Memorias rebeldes. Etnografía sobre el lugar de la locura durante el terrorismo de estado en Argentina

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Ludmila da Silva Catela
IDACOR/CONICET/Museo de Antropología

Una muñeca rusa dentro de otra nos muestra un rostro. Cuando las desplegamos se transforman en muñecas, todas similares y todas diferentes a la vez. La desaparición de personas en Argentina puede ser observada a partir de los movimientos que hacemos cuando abrimos las mamuskas. Un mismo rostro, 30.000 desaparecidos. Cada desaparecido un rostro, una mirada, una historia diferente. Uno puede confundirse una y otra vez creyendo ver sólo un rostro, sin distinguir miradas y experiencias, imaginando que lo único que queda de la desaparición es la huella de lo que fue. Las muñecas rusas confunden nuestros sentidos cuando las vemos una dentro de la otra y alivian la mirada cuando las podemos observar desplegadas. Sin embargo, de una u otra manera generan la idea de una comunidad, algo que necesita estar unido para tener sentido y ser comprendido.

La desaparición de personas, maquinaria extendida a lo largo de todo el país durante el terrorismo de Estado en Argentina, rompió los lazos sociales, culturales, políticos y familiares.1 El desaparecido, los desaparecidos como personas únicas e irrepetibles luchan, como representación, para volver a constituir esa comunidad rota, fragmentada y estallada por la violencia nacida del Estado, que hizo del ocultamiento de los cuerpos el centro de su acción política.

Frente a la desaparición y a su triple condición de ausencia: de la muerte, del cuerpo y de la sepultura; los procesos de memoria intentan substituir la huella por su contenido. La desaparición trae una y otra vez el problema de la restitución de la comunidad, la necesidad de volver a tejer lazos sociales, evocar la política como una manera de dar contenido a las grietas dejadas por la violencia. Pensar en este contexto la relación entre memoria y locura, pone en tensión preguntas y sentidos sobre las maneras cómo el pasado es y fue transitado hacia sus redes de significados en el presente. Pero también pone en foco un tema tabú, silenciado o raramente expuesto al debate.

Me interesa, en este texto iniciar un análisis sobre el pasado reciente y sus implicancias en la tensa relación que se genera entre memoria y locura. Intentaré volver a visitar algunos relatos que siempre me cautivaron y llamaron mi atención. Muchas veces los observé distante, desde una alteridad radical; otras los comprendí como meras anécdotas del campo de estudios sobre memoria y violencia política. Y esto en términos metodológicos implica aceptar que aunque los temas estén presentes, inclusive aunque sean preocupaciones de los hombres y mujeres con los que interactuamos en la investigación, no siempre forman parte del corpus de preguntas o cuestiones que se desarrollan en el campo de estudios o que se encuentran legitimados para ser estudiados. En este sentido, estas reflexiones, vuelven a reivindicar el testimonio, en todas sus formas (entrevistas, relatos, cuentos, chismes) como un poderoso espacio de conocimiento y a los archivos orales como reservorios a los cuales se puede volver una y otra vez con nuevas preguntas.

Memoria y locura desde el prisma del terrorismo de Estado
Al referirnos al terrorismo de Estado, rápidamente la noción de locura, en el sentido más amplio del término, se resuelve de manera casi homogénea en relación a los victimarios. Sobre ellos recae una y otra vez el peso de las categorías de perversión, sadismo, maldad. Al buscar una explicación para comprender la violencia desatada en Argentina entre 1976 y 1983 – visibilizada en los secuestros, torturas, desaparición y apropiación de niños – la respuesta más rápida y liberadora aparece: “los militares estaban locos”, “eran unos perversos y sádicos”. Estas construcciones parecen constituir dos visiones de mundo muy concretas. Por un lado, “ellos” no pertenecen al mundo de “nuestra” comunidad. Por otro lado, “ellos” configuraron un grupo de perversos, que debido a su excepcionalidad, potencialmente, nunca más volverán a reunirse para desatar la locura de la desaparición, la tortura, la apropiación de niños y los centros clandestinos de detención en todo el país.

Así, el uso de la noción locos, locura pretende de alguna manera alejar a estos seres criminosos, de la comunidad de pertenencia o sea del nosotros (entendido como nación, sociedad, país o grupo, familia….) y de alguna forma tranquilizar las maneras en las que resolvemos el pasado en el presente. El ejercicio de enunciación “estaban locos” pretende explicar aquello que como grupo social nos parece imposible comprender desde la razón.2

El reverso de esta mirada fue constituido desde las Fuerzas Armadas argentinas a partir de la construcción de una noción del “otro” como subversivo, demencial, irracional y aislado. Las palabras del presidente golpista Jorge Rafael Videla eran elocuentes, “la guerrilla ha dejado de ser una alternativa en la Argentina, está quebrada en su capacidad operacional y aislada de la población. Se han descabezado sus cúpulas y se ha destruido en gran medida su aparato logístico y de propaganda. Se han puesto en evidencia su irracionalidad de todas las formas de la subversión y su naturaleza demencial revestida de fraseología política” (Videla 1977: 82). La condición peligrosa de la guerrilla no está basada solamente en su poder de las armas o en los valores antipatrióticos sino en su condición de ser demencial. Una vez más resulta posible “evidenciar el mecanismo de exclusión como operador fundamental del discurso militar, ya no sólo construyen un enemigo que queda por afuera del ser nacional sino que selección una categoría que lo excluye aún más del campo discursivo y de la credibilidad social, la de enfermo mental” (Magrin 2009: 54).

De manera contraria poco se habla de la locura en relación a aquellos que padecieron los secuestros y la tortura. Efectos psicosociales, trauma, dolor, angustia, son las nociones que prevalecen para dar cuenta de las situaciones por las que pasaron las víctimas, luego de ser secuestradas y haber sobrevivido a los centros clandestinos de detención o a las situaciones límite atravesadas por ser familiares de desaparecidos o de presos políticos. Usar la noción de locura en relación a quienes padecieron directamente la situación límite al vivir en carne propia el terrorismo de Estado, pareciera que se convierte en un estigma más que en un proceso de comprensión sobre la complejidad de la propia noción de víctima.

Sin embargo, uno puede preguntarse de qué manera y cuando se utiliza la noción “estar loco”, “sentirse enloquecido” en relación a los usos del pasado reciente en este presente de construcción de memorias. ¿Qué relatos son habilitados y quiénes los construyen? ¿En qué contextos son usados y para dar cuenta de qué situaciones? ¿Cuál es el sistema simbólico que se enuncia para abarcar una pluralidad de nociones en torno a la locura? Frente a la situación límite (Pollak 2006) de tortura, desaparición y violencia sistemática me interesa reconocer cual es el sistema de significados -sobre el que todavía no se ha indagado profundamente- en torno a la locura y terrorismo de Estado a partir de las nociones nativas y sus sentidos.

Tres notas previas sobre la relación entre locura y memoria son necesarias aquí. La primera en torno a la trama que se teje entre memoria e identidad. Parto de la idea de una relación inestable entre ambas nociones. Así cuando observamos las maneras de construcción de memoria frente a situaciones límite, vemos que los procesos de demolición/construcción de identidades constituyen el centro de las acciones políticas que permiten visibilizar la violencia política como una acción. En este sentido, más que configurar la “locura”/el loco como una identidad o una condición, desde la mirada antropológica se la observa como una asignación y a la vez la imposición de nuevas violencias, simbólicas y físicas sobre el otro. Retomamos aquí las construcciones que colocan a las identidades como vehículos y soportes de traducciones normativas cuyo interés central es su control, regulación y dominación. La segunda gira en torno a pensar la noción de locura, de manera contraria, como espacio de producción de subjetividad y para esto localizarla en el panteón de la política como espacio de producción de sentidos y significados tanto culturales como sociales. Así este doble vínculo, entre la asignación y la producción de subjetividad en torno al concepto de locura, permiten pensarlo tanto en el espacio y en el tiempo que lo atraviesan y condicionan. Múltiples espacios de sentidos, en territorios de memorias superpuestos donde se inscriben los relatos y donde el pasado habita. De la misma manera los tiempos no son lineales, las memorias fluyen en temporalidades mixtas, algunas espiraladas y circulares.3

Memoria y locura como espacio de salvación y deseo
Espacio de significación y tiempos de comunidad frente a la ausencia

I
“Lo que pasa es que ahí se toca justo el tema de la desaparición, como nunca, incluso ahora por más que digas ya está muerto, siempre vas a tener un 1% de decir: ‘¿y, si está vivo en algún lugar?’ y ‘¿si está loco?’ Justamente creo que en ese momento como que afloró con más fuerza decir... nunca se quiso pensar directamente que estuviese muerto, incluso siempre hicimos misas y todo por él y siempre fue terrible, que ningún cura podía decir la palabra desaparecido, todos decían: por la muerte de Alfredo. Y para nosotros no está muerto. Es preferible pensarlo perdido… loco… que muerto”. (Entrevista personal a María, hermana de Alfredo Reboredo desaparecido en 1976, Trabajo de campo, La Plata, 2001)

II
Durante meses, entre los años 1976 y 1977, familiares de desaparecidos de diferentes lugares de la provincia de Córdoba, peregrinaron hacia el hospital de Unquillo, una pequeña ciudad en las sierras cordobesas. Llegaban al hospital a “mirar” a un paciente que decían estaba “loco”. Todos querían y deseaban que ese “loco” fuera su ser querido desaparecido. Cuentan los relatos, todavía hoy, que cada familiar entraba a la sala donde estaba este joven, lo miraban, circulaban alrededor de su cama y se iban desolados frente a la constatación de que no era su familiar. Este peregrinaje en torno “al loco”, como lo llamaban a este joven, duró meses. Nadie sabe decir quién era esta persona o cuál fue su destino. (Notas personales, registro trabajo de campo, Córdoba, 2007)

Estos relatos se suman a muchos otros donde la locura se constituye todavía hoy en una posibilidad narrativa de la memoria colectiva, vista, observada y deseada como un espacio de salvación. La búsqueda desesperada de aquellos hombres y mujeres desaparecidos, colocaban y colocan a la “locura” como el último lugar seguro donde buscar a sus seres queridos. Pensaban que su hijo o hija podía estar “loco”, “perdido”, “confundido” y no había mejor espacio de indagación que en hospitales psiquiátricos. Así la locura y los “loqueros” fueron, durante toda la dictadura, espacios de búsqueda y de simbolización metafórica de la desaparición.

Volver pensable la desaparición a partir de la locura, es darle un espacio de traducción y un lugar de palabras. Un espacio real: el hospital psiquiátrico. O un espacio simbólico: el loco que deambula por la ciudad. Ambos se constituyeron en un lugar exterior, que se podía compartir y donde el tiempo comenzaba a construirse en torno a la incomprensión de la desaparición. Allí donde se establecía el límite de la comunidad de los olvidados, se abría la posibilidad de encontrar hombres y mujeres abandonados, dejados, aislados. Paradójicamente se constituía como una esfera de encuentro, un tiempo potencial de vida frente a la insoportable presencia de la muerte y la desaparición.

Por otro lado, abría y abre un campo de la política justamente allí donde ésta era/es imposible. Al ser reconocida como un destino “deseable”, permitía y permite volver a construir lazos sociales, enunciar en vez de silenciar, recordar antes que olvidar. Si el desaparecido puede ser pensado como un loco es frente a la posibilidad del deseo de la vida y, por otro lado, al reconocimiento de que las instituciones psiquiátricas son un espacio donde el Estado abandona a los seres humanos. También la locura abre un tiempo sin tiempo donde se congela la imagen de ese ser querido desaparecido como alguien que no envejece, sino que en las representaciones de quienes lo buscan podría tener el mismo rostro que en el momento de su desaparición. El deseo de los familiares de desaparecidos de encontrarlos con vida, los llevó a pensar en el espacio de encierro de los hospitales psiquiátricos y al loco que deambula por las calles, paradójicamente, como un lugar de salvación. Justamente allí, dónde supuestamente aquellos que controlan y vigilan a los seres peligrosos se transformaban para los familiares de desaparecidos, en lugares imaginados como potencialmente de salvación.

Así nacía la idea de una comunidad en los bordes. Y no es casual que aquellas que componían la cara visible de esa lucha por conocer el destino de sus seres queridos, las Madres de Plaza de Mayo, hayan sido denominadas en los años setenta como “las locas de la plaza”.

Pero hay otra cuestión que es la visceral: la de mujer, la de madre, que nos impide dejar de hacer todo lo que tenemos que hacer para seguir buscando. También es cierto que muchos hombres se resintieron en su salud y se murieron. La mayoría de las abuelas son viudas... Y que para los militares el hombre era más peligroso. ‘¡Déjenlas a esas lloronas viejas locas!, ya se van a cansar...’ Si hubieran adivinado que íbamos a persistir para siempre nos hubiesen secuestrado en mayor número. (Entrevista a Estela de Carlotto, realizada por Gabriela Castori)

Esa “locura” estaba constituida por sus acciones “fuera de lugar”: una ronda en la plaza, la expresión de sentimientos como lágrimas y gritos en el espacio público, peregrinajes religiosos con pañuelos blancos en la cabeza, pasos silenciosos con el rostro de sus hijos colgados en el pecho. Una serie de acciones osadas y difíciles de clasificar, que mostraban en la esfera de lo público lo que el Estado ejecutaba clandestinamente en el espacio oscuro de los Centros Clandestinos de Detención, el ocultamiento de los cuerpos, la desaparición de sus hijos. Como afirma Saidón,

[N]o se puede resistir al terror con generalidades, con banderas abstractas, con programas políticos. Las Madres de Plaza de Mayo lo derrotaron con su singularidad, con ninguna bandera, con ellas mismas, con ninguna otra lucha que la de ellas, la de madres. Ellas son las locas porque radicalizan, intensifican hasta el fin su situación de madres.(2)

Poner en escena la desaparición fue enunciar a los muertos, muertos que no pertenecían sólo a ellas - las madres- sino a todos como parte de la humanidad. Así la intemperie pasó a ser un lugar seguro, un nuevo lugar de enunciación de aquello que el Estado terrorista pretendía silenciar. Allí donde se pretendía instituir un desierto,4 se generó un territorio poblado de acción, resistencia y creación. La locura, los locos, las locas, habitaron un mundo poblado de sentidos y verdades. Como bien señala Jean-Max Gaudillière:

[S]i los muertos no son del pueblo, entonces esto es el acta del nacimiento de los fantasmas, en el sentido de espectros. Y es también el comienzo de una investigación con herramientas especiales que son las herramientas de la locura. Cuando hablo de la utilización de instrumentos de la locura para instalar una investigación sobre hechos que fueron suprimidos, es una manera de reconocer la fuerza extrema de lo que han hecho las Madres “locas” de Plaza de Mayo. Supongo que al comienzo ese nombre les fue atribuido de una manera despectiva porque daban vueltas en torno de la Plaza de Mayo y utilizaban los instrumentos de la locura cuando reclamaban y pedían a sus hijos vivos. Por supuesto que estaban locas, porque la idea era que todos los desaparecidos estaban muertos. Ellas dicen “los queremos vivos” y entonces ponen en marcha un instrumento de la locura del mismo modo que los pacientes hablan, sin tener ideas de historiadores, de los campos de concentración de la Primera Guerra Mundial. Todo el mundo decía que estaban “locos”, que no había campos. Al cabo de los años, vemos que la fuerza de sus delirios lleva al descubrimiento de la verdad histórica. (Friera 2013: 2)

Locura como productora de subjetividad
Ser presa política y luchar contra fantasmas fotográficos
Vicky fue militante del ERP. Secuestrada y fotografiada en el D2 durante el año 1975. A partir del año 2007 comenzó a trabajar en el área de educación del Archivo Provincial de la Memoria de Córdoba, localizado en lo que había sido el centro clandestino de detención D2 de la policía de la provincia de Córdoba. Este trabajo se daba en un espacio de resignificación del pasado, un lugar donde había transitado la muerte, se convertía en un sitio de memoria para celebrar la vida. Ese lugar donde había estado presa, era un nuevo espacio de significación de la vida y la memoria. En los años setenta fue su lugar de cautiverio, en el nuevo siglo se transformó en un espacio que ella habitó para transmitir memorias. No para contar su experiencia personal, sino para escuchar a los niños y a los jóvenes; para hacer una ronda; pronunciar sus nombres y a partir de ellos recorrer el sitio de memoria y reconstruir alguna de las cientos de historias que pueblan ese espacio. Dar sentido a ese lugar de silencio con las voces de los más jóvenes, tender puentes entre su generación y la de los niños. Permitirse decir y escuchar, enunciar y soltar, romper silencios y habilitar la palabra.

Durante todos estos años de trabajo en el Archivo Provincial de la Memoria/Sitio de Memoria/Córdoba, Vicky relató que no recordaba bien la fecha de su secuestro. Pero en el recuento de ese pasado venía a la memoria un momento diferente, aquel cuando en ese centro clandestino de detención le habían sacado una foto. Por momentos dudaba de sus propios recuerdos sobre todo porque esa foto no aparecía.

Cientos de fotos del Registro de Extremistas son entregadas cada año a las personas que fueron fichadas durante su detención o recuperadas por sus familiares a partir del pedido de datos al Archivo Provincial de la Memoria y al trabajo sistemático de digitalización que esta institución realiza sobre los 150.000 negativos que componen esa serie documental. Vicky como ex presa política había solicitado la búsqueda de su foto. Pero la foto de Vicky no aparecía. Y ella repetía, “debo estar loca entonces… me lo habré imaginado…”

Vicky volvía una y otra vez al área de Archivo y conversaba con sus compañeros sobre ese día. Un día de 1975, aunque no recordaba cuando había sido exactamente. Podía ser un año antes o un año después, la memoria no fija las fechas con exactitud. Cada vez que se reunía con ellos les daba algún dato más, fue en el patioera de día… Pero un día recordó un dato muy importante, central para constituir su relato de verdad y convencerse a ella misma que “no estaba loca”. Vicky recordó que el día que la secuestraron tenía una remera a rayas.

Un día mientras digitalizaban una tira de negativos, se reveló la imagen de una joven con remera a rayas. Sus ojos, eran inconfundibles. Era la Vicky. Sus compañeros la llamaron para decirle que habían encontrado su foto y que estaba fechada el 4 de marzo de 1976. Vicky les respondió: “por favor, díganme que tenía una remera a rayas” (Entrevista personal a Vicky Rozas, noviembre de 2015, APM-Córdoba)


Figura 1. Fotografía Registro de Extremistas. Fuente: Archivo Provincial de la Memoria. Córdoba.

La restitución de su imagen de detención en el D2 constituyó un cierre a esa pregunta sobre la locura y permitió recomponer parte de esa identidad fragmentada, volver a pensar en su subjetividad como productora de sentidos diversos y potenciales puentes de memoria. La remera a rayas que vestía el día de su detención y que aparece en la fotografía volvió a generar sentidos e historias, junto a un conjunto de acontecimientos del día de su secuestro. En ese ejercicio de reconocimiento y autoafirmación, se construyó un nuevo lazo social, en la relación de alteridad, hubo un “otro” que sancionó una verdad singular: “Esta sos vos”. Una verdad que desde el reconocimiento del rostro y desde la acción del afecto promovió una reparación simbólica a partir de una verdad que no está anclada en la veracidad jurídica, pero que permite curar, sanar, reconocerse y ser reconocida.

Locura como condición social
Un escondite. Una experiencia límite en el espacio del despojo de la humanidad
Juan José (Toto) López es actor, en 1977 fue secuestrado y permaneció detenido y torturado en el centro clandestino de detención y exterminio de La Perla-Córdoba. Este centro clandestino de detención pertenecía al Ejército Argentino. Su historia y su testimonio están compuestos por múltiples pasados superpuestos y unidos por algunos ejes donde la locura pasa a adquirir diversos significados. Esta superposición de tiempos y espacios demuestra cuántos mundos y situaciones límite pueden ser reconocidos en el pasado que constituye este presente.

Toto López nació en Cosquín (Punilla) el 6 de mayo de 1952. Llegó al mundo en manos de una partera en su casa materna. Casa donde vivía su mamá con sus dos hermanas. Estas mujeres habían quedado huérfanas desde muy chiquitas. Las tres vivían juntas, con un tío que las había criado. Toto cuenta en su testimonio, como al pasar, que ellos vienes de “Ortiz que descienden de los comechingones…. Yo conocí a mi bisabuelo, Avelino Ortiz, que se pasaba horas y horas de la tarde, en un sillón de mimbre, mirando la sierra cuando caía el sol mientras pensaba qué harían sus hermanos del otro lado de la sierra” (Mecca y Becerra). Esta pertenencia al mundo indígena, es remarcada por Toto, en relación a su lugar dentro de la familia, cuando afirma que, “yo soy el primer hijo varón, y en la tradición de los pueblos originarios (que yo no cultivo ni profeso), es muy fuerte ser el hijo mayor, porque en la tradición de los pueblos originarios, vengo a ser el curaca… el cacique” (Mecca y Becerra).

Dentro de su relato, la locura y la pérdida, los psiquiátricos y el olvido ocupan un lugar desde su infancia en relación a sus abuelos, a quienes recuerda a pesar de no haberlos conocido:

Mi abuelo muere cuando mi papá tenía 13 años, muere loco, de delirium tremens. Y es enterrado como N.N. Mi hermana fue al Borda (neurosiquiátrico de Buenos Aires), y revisando encontró su historia clínica, pero no sabemos dónde está enterrado. Esa frase, “no tenés abuelos”, ese soy yo. Los tuve pero no los conocí. No me pude vincular con una generación más allá de mis padres”. (Mecca y Becerra)

Locura y desaparición, son dos tragedias que acompañarán a Toto desde su infancia y que se repetirán en la década del setenta frente a la violencia del Estado en Argentina, donde su mundo va a desarmarse poco a poco en torno a su participación política y sus constantes detenciones.

Empecé a militar en el anarquismo. Militaba y a la par estudiaba mucho. El conocimiento siempre me fascinó. No quedarme con una sola cosa, fue una de las etapas más rica, aprender a debatir, cómo hacer la revolución. En ese marco en la universidad vimos todos los colores, de derecha y de izquierda (…) tres veces estuve detenido en el D2. Caigo preso por primera vez en el año 72, en el aniversario del Cordobazo pegando afiches. Después en el 74 cuando el ERP, un lunes, había robado armas del Batallón 141, las fuerzas policiales, los organismos de seguridad, los psicópatas bah…, estaban muy nerviosos. Veníamos de una reunión, yo tenía documentos, publicaciones internas de la organización adentro de un diario, los tenían adentro. Y paran el auto, yo venía con Jorge Diez (que luego fue fusilado en abril del 77) del grupo de teatro nuestro La Chispa. Nos paran y nos vieron caras de raros, nos hacen bajar, nos palpan de armas, nos revisan, nada…. Tienen que acompañarlos y yo iba con el diario… entramos a la policía por Averiguan de Antecedente, y yo tiré el diario abajo del asiento en el auto el diario con los documentos… estábamos con la policía y llegan los mismos policías a preguntar de quién eran los diarios. Así nos llevaron al D2. La tercera fue, los Montos pusieron alrededor de 30 bombas de comisarios, sub comisarios, por todo Córdoba… y se pusieron locos, eso fue en el 75. Esa fue brava porque cobramos, yo no cobré tanto, pero los Montos o filo Montos… Por primera vez me vendaron. Yo estaba en la terminal, iba subiendo las escaleras, me dijo tírate al piso, baja la cabeza, me meten en un auto y me trajeron al D2. Cuando salí mis compañeros me dijeron: Toto empezá a cuidarte. Ahí yo bajé 40 kilos, me saqué los rulos y me corté el pelo cortito, me saqué los bigotes, me saqué todo y empecé a usar traje, maletín, anteojos y zapatos abotinados, era el mismo de antes pero no me conocían ni mis compañeros. Estaba haciendo un personaje si se quiere, ese fue el paso a la semi clandestinidad… pasaba al lado de compañeros y no me reconocían. Yo era peligroso para las organizaciones… así que bueno…. (Mecca y Becerra)

Las detenciones del año 72, 74 y 75 marcaron un camino en sus experiencias militantes, pero además fueron a medida que pasaron los años, cada vez más violentas sobre su propio cuerpo. Estas serían el inicio de una larga temporada en el infierno. Antes de su secuestro -ocurrido en el año 1977 en el centro clandestino de detención y exterminio La Perla- pasó una siniestra estadía en el Neuropsiquiátrico de Córdoba. Toto narra las razones del cómo, cuándo y el cuánto de la experiencia. Su internación fue una estrategia de rechazo a la incorporación al servicio militar obligatorio.5 No quería vivir esa experiencia y entonces recurrió al diagnóstico de “locura” como una salida y una respuesta a sus principios éticos. Consiguió un certificado de demencia dado por un médico amigo. Su estadía de años en un manicomio grafica el terror generado en instituciones del Estado.

Al recibirme en 1976 de profesor de filosofía ya no podía patear el servicio militar obligatorio para adelante. Corría el riesgo de que me declararan físicamente apto. Me presento con una radiografía trucha, de otra persona, y que planteaba una malformación ósea en la columna. Pero entonces, setiembre del 76, incorporaban a todos; las Fuerzas Armadas necesitaban de mucha tropa. Mantuvimos entre los compañeros un debate sobre si yo debía pasar a la clandestinidad. Pero me resistía. Habíamos montado una guardería, "La vaca bochinche", la primera en el barrio Jardín. Sin embargo, al fin me tocó la colimba. Salí apto total. Pese a la radiografía. Entonces tomamos contacto con un médico psiquiatra que se jugó. Me hizo consultorio externo, me dio material e indicaciones, más algunos estudios. Y presenté un cuadro para una internación. Ingresé en el Neuropsiquiátrico cuando éste era un hospicio cárcel. Pensaba que iba a ser un trámite de veinte días: fueron trece meses. El encierro duró hasta octubre del 77, con entradas, salidas, recaídas. Cargué con un diagnóstico que luego confirmaron allí con sus análisis y pruebas: un brote esquizoide a nivel extremo, masiva desintegración, pero que me salvaba de los electroshocks. No fuera a ser que me los dieran, estando absolutamente consciente de mis actos, mi situación y de los hechos que quería cumplimentar auto internándome en el Psiquiátrico cuando era un hospicio de pordioseros. Era el despojo de la humanidad. (Mecca y Becerra)

El despojo de la humanidad, resume en una frase las sensaciones que Toto vivió en sus experiencias límite, la del psiquiátrico y la del Centro Clandestino de Detención. Allí donde la humanidad vive su límite, allí donde la subjetividad es destrozada, allí donde la animalidad es ejercida para destruir todos los sentidos de la política. Su mirada sobre ese pasado permite ir y venir en su presente donde la vida cobra un sentido muy diverso, donde percibe al otro desde esa experiencia con la locura y el encierro.

Fue terrible esa temporada en ese infierno. Las pastillas, los fármacos, las inyecciones, la plancha, el lopidol… Fue terrible el grado de represión a todo lo que es el mundo afectivo de uno, donde están los afectos, que es lo que te sostiene vitalmente, que sostiene la pasión, el deseo. Que te sostiene el vivir, ahí te reprimen, ahí te dan, ahí las pastillas. Esos fármacos legales que te dan los médicos y los enfermeros. En ese año se reformaba el psiquiátrico, ahí estábamos todos los locos, ellos dicen los pacientes, los impacientes, todos juntos, los que hacían mucho, los perdidos, que estaban esperando un salvoconducto para llevarlos a otro depósito como Oliva o Santa María, estaban ahí, una camita al lado de la otra. El olor al neuro, las moscas, las violaciones, allí dentro, bueno… el no controlar esfínteres, esos olores. El ser considerado un objeto, una cosa, a los animales se los trata mejor…. Creo… lo enfermeros que nos ponían en el baño y nos rociaban con una manguera, desnuditos, en bola, de a diez, ese era el aseo. (Mecca y Becerra)

La descripción de esos días en el infierno, donde se desmonta poco a poco lo que Toto enuncia como el mundo de los afectos, donde el ser humano pasa a ser una cosa, donde la animalización es parte de esa destrucción. Toto dice “donde estábamos todos los locos”, sin embargo, en esa afirmación demuestra por oposición el proceso de destrucción que otros seres humanos portaban sobre sí mismos, los enfermeros, los médicos que con sus pastillas, sus mecanismos de represión farmacológica no podían reconocerse como humanos y por lo tanto tampoco a quienes tenían enfrente y sometían, con mecanismos directos como el Lopidol o simbólicos como una manguera para el baño colectivo.

Los días más tristes los domingos a la tarde en general… y como dice el poeta Isidoro Blastein: “los domingos a las 6 de la tarde la humanidad entera agacha la cabeza.” Esto era así. No había otra actividad que esperar para comer… se levantaba uno al desayuno y después deambular…. A las doce comer y volver a deambular hasta la cena y pastillas para dormir… eso era todo, entes, plantas… Los domingos había visita, nos preparaban a todos, no afeitaban a todos… nos ponían ropita limpia que traían las organizaciones de beneficencia… me río porque nos ponían unas ropitas que eran ridículas… yo estaba con un pulóver rosa, inaugure la pupera, me quedaba cortito…. Tan absurdo Los pantalones atados con piolines…. Sucios, orinados… el olor a mierda, a transpiración penetrante y a creolina. Convivían esos olores. Y lleno de moscas, moscas, moscas… me hice un gran experto en cazador de moscas en el aire… cazaba en el aires de a tres moscas con la mano y teníamos sólo una cuchara para comer… (Mecca y Becerra)

Plantas, entes, ropita chica, pantalones atados con piolines, olor a mierda, moscas, moscas, moscas. La tristeza del domingo. Una cuchara para comer. La desposesión de todos los derechos, del derecho a vivir, a comer, a vestir, a ser un ser humano. Esa acción, que va más allá de la violencia, la aplicación sistemática de la crueldad, descripta en esos pequeños y terribles detalles.

Pero nunca sentí tanta tristeza como los domingos a la 6 de tarde en el Neuro. Todos los locos ahí dando vueltas y nadie lo iba a ver… olvidados… Como dice Galeano, los olvidados, los nadies… los ninguneados. Eso era… era terrible, el abandono, la intemperie y la soledad. La soledad en la tortura allá, en La Perla y la soledad acá entre los locos. Hoy si comparo no sé qué me afectó más si La Perla [el centro clandestino de detención] o el Neurosiquiátrico. … (Mecca y Becerra)

Podemos pensar aquí el vínculo entre las instituciones de encierro y el preso político a partir del análisis de Giorgi (2013) cuando apunta a la relación entre el derecho animal y el derecho humano afirmando que “la historia de los derechos animales del preso político ilumina así una interrogación que llega hasta el presente: la nueva inestabilidad de ese bios que, a medida en que avanza el siglo XX, se fue convirtiendo en el horizonte de lo político, allí donde las violencias y las resistencias se conjugan de modos cada vez más nítidos en torno a los lenguajes de la vida y de la especie. Ese horizonte biopolítico proyecta un fondo sobre el cual se leen no muchas de las luchas de nuestra época: políticas en torno a lo que se concibe como “vida humana” y los derechos, las formas de vida y de comunidad que se conjugan bajo ese nombre” (Giorgi 2013: 1).

Dos instituciones de encierro, dos máquinas de deshumanización/animalización, el psiquiátrico y el centro clandestino de detención, una misma marca sobre el cuerpo de los seres humanos: la soledad. Ese espacio donde el torturador y el sistema médico intervienen con el dolor y la desposesión de todos los derechos.

A modo de no (en)cerrar la (lo) cura

El loco muestra lo que no puede decir. Lo muestra exagerándolo y busca desesperadamente a otro que reconozca la parte de verdad que hay en lo que muestra.
(Françoise Davoine 2013)

Volver a leer el pasado desde los bordes, los márgenes, a partir del uso de la noción de locura, puede permitirnos comprender que en las formas culturales de hacer política en Argentina, frente a las situaciones límite se genera comunidad allí donde esta puede parecer impensable. Los relatos sobre el hospital y el peregrinaje de las familias muestran cómo frente a la incomprensión de la desaparición, la locura era un espacio de esperanza, la misma que luego se convirtió en acción política, en la conformación de grupos humanos en instituciones de derechos humanos. El relato de Vicky demuestra cómo pensarse “loca” en torno a su propio recuerdo le permitió seguir buscando su foto y su propia historia a pesar de la violencia simbólica que pesa sobre los testimonios aún hoy como prueba sobre lo que pasó. Sus sensaciones permanecieron frente a su propia duda. La foto de su detención refuerza su memoria que estaba allí flotando pero, sin embargo, también la materialidad del registro fotográfico termina volviendo a consagrar el poder simbólico del documento, la prueba judicial contra la experiencia vivida. Finalmente el refugio de Toto en el psiquiátrico, nos pone frente a la deshumanización generada por y desde el Estado, sea el represor con sus CCD o el que se enuncia como “cuidador” en los psiquiátricos. La reiteración en su relato sobre las moscas y los olores, aquello que quedó marcado en su memoria, es bueno para pensar la animalización como el espacio de lo monstruoso, que termina siendo una metáfora universal para traducir las continuidades en los procesos de deshumanización donde los seres humanos son convertidos y tratados como cosas.

La locura como metáfora de la dictadura, de sus consecuencias y acciones pero también como espacio de resistencia, modos de lucha y constitución de comunidades expresa de manera contundente las experiencias que eran inexplicables en el pasado y que no encuentran un espacio cómodo en los relatos de las memorias dominantes. Cada una de las experiencias muestra a la locura como una forma de búsqueda, un reservorio de sentidos allí donde lo previsible no alcanza como explicación y actúa como el testimonio de lo que no ha podido ser narrado, expresado y transmitido de otro modo. Memorias rebeldes que están ahí, disponibles para hacernos pensar.

Epílogo
Escribir este texto me provocó mucho dolor. La extrema crueldad de la dictadura militar argentina y la de los neurosiquiátricos me generaron por momentos la imposibilidad de la reflexión. Me paralizaron al sentir que esas crueldades siguen pasando, aún metamorfoseadas en otras maneras más sutiles, pero no por eso menos violentas.

Cada día que me sentaba a escribir, en algún momento debía abandonar el texto, no soportaba la tensión generada entre el relato de la tragedia y la necesidad de distanciarme para comprender. Esto puede parecer “poco académico” y tal vez sea sólo una manera de hacer catarsis. Pero esa imposibilidad de soportar el dolor del otro es la manera de reflexionar también sobre el lugar y la responsabilidad que tenemos frente al ejercicio de la crueldad por parte del Estado. No puedo llegar a ninguna conclusión, sin embargo no quiero dejar pasar de largo, una vez más, la pregunta ¿cómo fue posible? y ¿cómo es posible que todavía vivamos, presenciemos y muchas veces aceptemos la animalización de los seres humanos en los variados procesos de violencias de los Estados?

Obras citadas
Bauman, Zygmunt. 1989. Modernidad y Holocausto. Editorial Sequitur. Buenos Aires.

Bloch, Sidney y Peter Reddaway. 1984. Soviet psychiatric abuse: The Shadow over World

Psychiatry. Victor Gollancz. Londres.

Castori, Gabriela. 1999. “Entrevista a Estela de Carlotto”. El Mensajero no. 3.

Da Silva Catela, Ludmila. 2007. “Notas personales, Registro trabajo de campo”. Córdoba, Argentina.

Da Silva Catela, Ludmila. 2000. “Entrevista personal a María Reboredo”. Trabajo de campo, La Plata, Argentina.

Da Silva Catela, Ludmila. 2015. “Entrevista personal a Vicky Rozas”. Trabajo de campo, Córdoba, Argentina.

Foucault, Michel. 1967. La historia de la locura. Fondo de Cultura Económico. México.

Foucault, Michel. 1992. El orden del discurso. Tusquets. Buenos Aires.

Friera, Silvina. 2013. “Siempre son los pacientes quienes nos están jaqueando”. Página 12 Entrevista con Françoise Davoine y Jean-Max Gaudillière: https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/17-30839-2013-12-16.html

Giorgi, Gabriel. 2013. “El animal comunista”. emisférica 10.1

http://hemisphericinstitute.org/hemi/en/e-misferica-101/e101-dossier-el-animal-comunista

Magrín, Natalia. 2009. Invenciones colectivas en la provincia de Córdoba 1995-2007.

Fórmulas de afrontamiento al asesinato de la muerte. Tesis de licenciatura. Universidad Nacional de Córdoba. Inédita.

Mecca, Damiana y Pablo Becerra. “Entrevista a Juan José ‘toto’ López”. Del 11 de noviembre al 4 de diciembre de 2008. Memorias de la represión en Córdoba, memorias del D2. Área de Historia Oral. Archivo Provincial de la Memoria, Córdoba.

Pollak, Michael. 2006. Memoria, olvido, silencio. La producción social de identidades frente a situaciones límite. Ediciones Al Margen. La Plata.

Saidón Osvaldo. “Las locas de plaza de mayo. Espacios Temáticos. Estados generales del Psicoanálisis”. http://www.psicomundo.com/foros/egp/locas.htm

Videla, Jorge Rafael. 1977. Mensajes Presidenciales. Proceso de reorganización nacional. 24 de marzo de 1976. Tomo I. Buenos Aires.

Notas
1 El 24 de marzo de 1976, se instaura el llamado “Proceso de Reorganización Nacional.” Los comandantes en jefe del Ejército Jorge Rafael Videla, de la Armada, Eduardo Massera y de la Fuerza Aérea, Carlos Agosti, derrocan y encarcelan a la presidenta constitucional Isabel Perón. Los militares denominan esta nueva etapa de “Proceso de Reorganización Nacional.” Más de 340 Centros clandestinos de detención (campos de concentración) fueron instalados a lo largo del país en las unidades de las Fuerzas Armadas y de seguridad y constituyeron los espacios por excelencia de la política sistemática de secuestro, tortura, apropiación de niños y desaparición de personas. Allí eran llevadas las personas secuestradas, generalmente de noche y sin orden judicial. Eran sometidas a torturas y luego eliminadas, desaparecidas, a partir de diversas estrategias clandestinas: fosas clandestinas en cementerios; incineraciones colectivas, tiradas vivas a ríos o al mar o asesinadas en enfrentamientos simulados. (Conadep 1986 55). Si bien las cifras oficiales de desaparición son una controversia hasta el día de hoy se han registrado aproximadamente 15.000 denuncias de desaparición. Sin embargo los organismos de derechos humanos han usado la consigna 30.000 desaparecidos como una bandera de denuncia y lucha.

2 Como muy bien analiza Bauman (1989) en su libro Modernidad y Holocausto, hay dos maneras de equivocarnos en la importancia del Holocausto para la sociología como teoría de la civilización. Por un lado, presentar el Holocausto como algo que les sucedió sólo a los judíos, como un evento de la historia judaica. Por otro, considerar que la agrupación de una serie de hombres torturadores, fue una excepción que no volverá a repetirse.

3 Esta propuesta de lectura sobre el lugar de la locura está inspirada en las discusiones fundantes de Michel Foucault, quien desde diferentes puntos de vista ha tratado el tema. En especial ha sido central la lectura de los textos, El orden del discurso (1992) donde se plantea la oposición entre razón y locura y La historia de la locura (1967).

4 La noción de desierto fue utilizada en Argentina en el genocidio indígena perpetrado por el Estado nacional al mando de Roca. La Campaña al Desierto arrasó con la población indígena y se apoderó de sus tierras tanto en el sur de la Argentina como en la zona del Gran Chaco. Con la llegada de los militares al poder en 1976, la campaña al Desierto fue reivindicada en diferentes ocasiones como una gesta de la cual la dictadura se sentía heredera. Antes indios masacrados, ahora “subversivos” desaparecidos, la misma práctica genocida por parte del Estado.

5 Es conocido el uso del hospital psiquiátrico como fin de confinamiento y tortura en la Unión Soviética. En ese contexto, a diferencia de la estrategia de salvación que estamos relatando en este texto, los hospitales psiquiátricos fueron usados frecuentemente por las autoridades rusas como prisiones para aislar prisioneros políticos (disidentes del sistema) del resto de la sociedad, desacreditar sus ideas, y destruirlos física y mentalmente. Puede consultarse, Sidney Bloch y Peter Reddaway (1984). Para el caso Argentino no se conoce por lo menos hasta ahora que la dictadura militar allá usado esta estrategia como modo de aislamiento de los detenidos-desaparecidos.