Moralidad torcida y terrorismo mágico en Diccionario esotérico de Maurice Echeverría

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Marileen La Haije
Radboud Universiteit Nijmegen (Países Bajos)

Este trabajo se centra en la novela Diccionario esotérico (2006) del escritor guatemalteco Maurice Echeverría (1976). Situada en la posguerra guatemalteca, la novela presenta la historia en primera persona de Daniel, quien está obsesionado por las artes esotéricas, sufre de paranoia y tiene una actitud violenta enfermiza. El protagonista-narrador de la novela decide fundar un movimiento guerrillero, llamado la Guerrilla Trismegisto, para combatir a los evangélicos en Guatemala. Se trata de un ejército de magos terroristas, encabezado por Daniel quien se proclama “el padre Salvador” (252). En este trabajo, proponemos analizar los vínculos entre la paranoia y lo paranormal en la novela de Echeverría. Además, estudiaremos cómo se introduce la locura en la narración, centrándonos –entre otras– en las incoherencias del relato del narrador a nivel interpretativo, narrativo y ético.


A partir de la narración en primera persona, conocemos al protagonista-narrador de Diccionario esotérico: Daniel, un hombre guatemalteco, violento, paranoico y obsesionado por las artes esotéricas. Al inicio, nos habla de la violación de la que han sido víctimas él y su ex novia cuando eran jóvenes: “Nos quitaron la virginidad cinco hombres un día que estábamos en un parque. Nos dieron una buena violada” (54). Más adelante, nos enteramos de que, a lo largo de su vida, Daniel ha violado a niñas y niños, cuando le vienen a la mente sus “cuerpos deliciosos” (123). Este placer por el dolor, propio y ajeno, se evidencia también en la serie de asesinatos que comete Daniel a lo largo de la historia. Flavio el Cátaro, su maestro en las artes esotéricas, será una de sus principales víctimas. Lo mata para poder acceder al Diccionario esotérico que incluye los apuntes de Flavio acerca de sus conocimientos sobre las artes esotéricas. Más allá de este objetivo inmediato, el acto de matar y el fenómeno de la muerte parecen fascinarle: “Como casi toda muerte, la de Flavio fue de lo más interesante” (124). Luego, Daniel se dirige a un público/lector imaginario, preguntándose: “¿Cómo es que –preguntarán algunos– pudo Daniel matar a su propio mentor, al que le enseñó todo, así fríamente?” (124). Aunque “todo esto merece largo análisis,” sostiene Daniel, se limita a decir “didácticamente”:

Yo había desarrollado una forma de odio hacia Flavio el Cátaro […] y lo repudiaba pues habían sido sus lecciones de magia las culpables indirectas (descuidé a Carmen por darle más y más atención a Flavio el Cátaro) y directas (la maté recurriendo a la magia que Flavio el Cátaro me había enseñado) de mi crimen imperdonable. (124)

Se nota el tono didáctico en este fragmento en el que Daniel intenta explicar el crimen que cometió con motivos lógicos, racionalizando la violencia a la que recurrió. También es significativo el uso de la tercera persona, en vez de la primera, en la pregunta “¿cómo […] pudo Daniel matar a su propio mentor?” En su análisis del cómo, el narrador parece tomar distancia de sus propios actos para poder explicarlos.

El “crimen imperdonable” al que se refiere Daniel es el asesinato de su ex novia Carmen, quien lo dejó por adulterio. Después de la ruptura con Carmen, Daniel la empieza a imaginar como la “bruja del siglo XVII” que ha venido por su alma (74). En ese momento, se da cuenta de que necesita ayuda, diciéndose que “es hora de ir a ver a un psiquiatra, Daniel” (ibídem). De nuevo, se destaca cierto distanciamiento de la propia persona. En un momento de lucidez, Daniel reconoce el carácter enfermizo de sus pensamientos sobre Carmen “la bruja,” sabiendo que está por sufrir un colapso mental, y se dice a sí mismo que tiene que ir a ver a un psiquiatra. A Francisco, su psiquiatra, le cuenta sobre sus actuales “hábitos de viable demencia” (75). Al inicio le da un poco de alivio, sintiendo que su dolor tiene “un sentido profesional, psiquiátrico” (ibídem). Es decir, entrar al psiquiatra le ayuda a profesionalizar su dolor para, así, despersonalizarlo. Sin embargo, su relación con Francisco empeora cuando Daniel descubre la “trampa” que implica sentarse en el sofá “donde uno termina meses y meses hablando sus porquerías”: “Estar en el psiquiatra es como tener luz verde para estar loco; entonces uno le agarra gusto a la cosa, uno se revuelca en su propia locura” (78).

Las sesiones con Francisco, el psiquiatra, parecen basarse en las técnicas del psicoanálisis que, según Peter Brooks, es “one of the most conspicuous inventions of the twentieth century, [that] offers a secular version of religious confession: it insists on the work of patient and analyst –comparable to confessant and confessor– toward the discovery of the most hidden truths about selfhood” (9). La relación entre el que confiesa y el confesor es clave para entender la producción de la confesión, dice Brooks (35). Además, dicha relación es la que incita al habla: “The bond between them, like that of suspect and interrogator, patient and analyst, urges toward speech” (6). En Diccionario esotérico, la relación entre el que confiesa (Daniel, el paciente) y el confesor (Francisco, el psiquiatra), así como la dinámica de la conversación se basan, según Daniel, en el engaño. Durante las sesiones con el psiquiatra, a Daniel le gusta manipular a Francisco: “A veces haciéndole pensar que yo estaba muy bien. A veces haciéndole pensar que yo estaba muy mal. Pero nunca le decía la verdad” (78-9). Siempre evita hablar sobre sus inquietudes concretas acerca de Carmen, extendiéndose sobre cuestiones filosóficas, ajenas a sus problemas individuales. Durante un tiempo, Daniel creyó conseguir engañar a su psiquiatra, pero termina dándose cuenta de que no es el caso. Al contrario, Francisco “se dejaba engañar” (79) para que Daniel siguiera hablando y él cobrando.

Habiendo descubierto que Francisco lo está engañando, Daniel comienza a buscar alternativas para aliviar sus inquietudes mentales. Empieza a frecuentar un grupo de Codependientes Anónimos (CODA): “Convencido de que yo era un Codependiente, me subí con frecuencia a tribuna a contar mis desdichas (cada grupo posee una tribuna para que uno se desangre a gusto). A esas alturas del partido, yo ya estaba loco” (81). Se destaca en este fragmento una mirada retrospectiva a partir de la cual el narrador, desde el presente de la narración, califica a su yo de aquel entonces como loco. Desde esta perspectiva, reflexiona sobre el funcionamiento de las sesiones del CODA a las que asistió, lo cual le causa “hoy cierta vergüenza” (ibídem). Según Daniel, las sesiones del CODA funcionan como un “confesionario público” en el que uno –el que confiesa– se sube a la tribuna para dejarse humillar por los demás –los confesores– que terminan diciéndole “lo mal que est[á] haciendo las cosas” (81). Este procedimiento, llamado “apadrinamiento,” parte de la idea de que el “‘enfermo’ posee una deformidad óptica que le impide ver su propia vida con lucidez, y por lo tanto necesita que otros le digan qué y qué no hacer” (ibídem).

Vemos que la relación entre el que confiesa y el confesor en el CODA es distinta a la relación entre el psiquiatra y su paciente. En el CODA, el confesor se comporta como un padrino. Es el que dice lo que el “enfermo” tiene que hacer o dejar de hacer, ya que se supone que este ahora no es capaz de tomar decisiones lúcidas sobre su propia vida. Además, mientras que las sesiones con el psiquiatra son privadas, los confesionarios del CODA se hacen en público. La tribuna del CODA constituye un escenario en el que el codependiente confiesa sus pecados relacionados con su codependencia. Es decir, la tribuna “permits the staging of a scene of exposure” (Brooks 20). Desde una perspectiva retrospectiva, Daniel concluye que el CODA tiene un efecto contraproducente en sus miembros: “En CODA se combate la enfermedad de la Codependencia más o menos afirmándola” (81). Esta conclusión se parece a la que sacó Daniel después de sus visitas al psiquiatra. Es decir, en vez de aliviar a las personas perturbadas, el CODA y el psiquiatra, según el narrador, hacen que se enloquezcan más y se vuelvan dependientes de ellos.

Al final, Daniel decide optar por el camino de la acción, desprendiéndose de la causa de su codependencia: Carmen. Con la ayuda de un compañero del CODA, Pinzón –el único que le toma en serio cuando habla de sus ideas sobre Carmen “la bruja”–, y recurriendo a sus habilidades mágicas, la mata, quema y entierra en un bosque en los alrededores de la Ciudad de Guatemala. En vez de disminuir, su perturbación mental parece agravar. Después de la tristeza le entra la paranoia (99). Desde la perspectiva del presente, Daniel pasa del ámbito individual al general, reflexionando sobre la paranoia como la “emoción reinante del siglo XXI” (99).1 De nuevo, vemos que evita hablar sobre sus problemas personales concretos y prefiere extenderse sobre cuestiones más generales, alejadas del ámbito íntimo. Además, parece que intenta situar sus inquietudes mentales dentro de un contexto más amplio para, así, explicar y racionalizarlas. Dice que en una realidad regida por el pavor, “con todos sus comentarios de muerte asistiéndonos una vez y de nuevo,” todos estamos atacados por los “epígonos del miedo,” “aún las personas que no sufren una paranoia clínica” (99).2

Volviendo al ámbito personal, Daniel comenta que empieza a ver presencias: “monstruos, insectos de otros mundos, ánimas andrajosas vagando por doquier, soñadoramente” (99). No lo tocan ni le hacen daño, sólo lo acompañan, diciéndole: “Aquí estamos […], para acompañarte, porque tú necesitas ayuda, porque estás loco” (100). Ahora no es Daniel, en un momento lúcido, quien se dice a sí mismo que necesita ayuda porque está loco, sino que son otras voces procedentes de su propia mente que lo repiten. Entre paréntesis, Daniel nos habla de las voces que escuchaba cuando era niño, voces “chillantes, atropelladas” que le gritaban en la oreja, diciéndole lo que tenía que hacer (101). Así, nos enteramos de que, ya desde chico, Daniel tiene una disposición mental frágil con tendencias esquizofrénicas. Incluso, se insinúa que sus antecedentes criminales (violaciones, asesinatos, etcétera) han sido incitados por estas voces interiores. El protagonista estaba dispuesto a hacer lo que quisiera, “pero que, por favor, me dejase de gritar en la oreja” (ibídem).

El protagonista de Diccionario esotérico concluye sus cavilaciones, diciendo que “sólo puedo decir que estoy diciendo la verdad” (101). Este insistir en su “Glaubwürdigkeit,” dice Haas, “macht ihn jedoch erst recht verdächtig, vor allem weil andere Figuren im Roman Zweifel bekunden” (102). Efectivamente, ¿por qué tiene que asegurarle al lector que está diciendo la verdad? Y, ¿por qué lo estaría haciendo ahora, mientras que en varias otras ocasiones vemos que a Daniel le gusta manipular y mentir a sus interlocutores?3 A lo largo de la historia, encontramos índices del carácter no fidedigno del narrador de Diccionario esotérico en cuyo relato se presentan incoherencias a nivel de la percepción, narración y evaluación de los hechos. Al narrar los hechos, Daniel a veces se contradice, otras veces deja lagunas y algunas veces dice disparates. Por ejemplo, después de uno de sus experimentos mágicos realizados en estado de trance, Daniel pierde la conciencia y se despierta al día siguiente sin recordar lo que pasó (148), dejando una laguna en su relato. Por otra parte, las presencias y voces ilusorias de las que habla Daniel nos dan índices de su percepción alterada de los hechos.4

El nivel ético parece ser el que más se afecta en el relato de Daniel. Este nivel refiere a las maneras en que el narrador evalúa los hechos e interactúa con los demás, según las ideas que tiene del bien y del mal. Vemos que al narrador de Diccionario esotérico le gusta manipular, engañar, mentir y herir psicológica y físicamente a sus interlocutores; cosa que no le oculta al lector. Siendo testigo de los actos y confesiones de Daniel, el lector de la novela de Echeverría parece fungir como confesor que, al igual que el “padrino” del CODA, juzga el comportamiento del “enfermo” (81) como éticamente cuestionable. En otras palabras, como lectores, pretendemos constituir una perspectiva racional desde la cual se determina la norma y lo que se desvía de ella. Desde dicha perspectiva, se destacan las discrepancias entre lo que dice y lo que hace Daniel que, asimismo, ponen en tela de juicio su carácter fidedigno a nivel ético. Por ejemplo, al ver que un chico está pegando a otro chico más pequeño, el narrador dice: “Me revuelve todo mi ser moral, que sólo cree en la violencia cuando es absolutamente necesaria” (247). Conociendo la historia de asesinatos y violaciones cometidos por Daniel, este comentario parece muy discutible.

El carácter éticamente cuestionable de los actos de Daniel llega a un extremo después de uno de sus experimentos mágicos de importancia: la resurrección de Carmen. En el cuarto de las realizaciones mágicas, Daniel intenta revivir a Carmen en un estado de trance, después del cual pierde la conciencia. Al día siguiente no recuerda nada y piensa que fracasó en su intento de revivirla. Después de unos días, aparece una oruga de dimensiones sobrehumanas. Daniel cree que se trata de Carmen, la oruga Carmen que dentro de poco se convertirá en la Carmen humana de antes. Le empieza a sentir cierta atracción y termina teniendo sexo con ella.5 Este episodio –junto con otros que describen sus “hábitos de viable demencia” (75)– contribuye a la caracterización de Daniel como un hombre mentalmente perturbado que tiene hábitos violentos y sexuales éticamente cuestionables. Las descripciones de los experimentos mágicos que realiza Daniel a lo largo de la historia contribuyen a complementar dicha imagen. El protagonista, además de estar fuera de la mente, es caracterizado como un hombre cuyos intereses y habilidades apuntan a un ámbito fuera de lo normal. Parece que el protagonista de Diccionario esotérico, al tener una mente paranoica, así como habilidades paranormales, transgrede los límites de “lo normal” en dos sentidos. Más adelante, cuando analizamos la tercera parte de la novela que describe la fundación, el desarrollo y, finalmente, la derrota de la Guerrilla Trismegisto, estudiaremos otros posibles vínculos entre la paranoia (en relación con el terrorismo) y lo paranormal.

En su análisis de Diccionario esotérico, Nadine Haas arguye que la novela, al describir las creencias y conductas éticamente cuestionables de Daniel exclusivamente desde su punto de vista –sin que sean cuestionadas o criticadas por otra instancia narrativa, desde otra perspectiva–, “verdeutlicht […] gewalttätiges Verhalten und Strukturen, um sie dann unangefochten stehen zu lassen. Kritik an der Gewalt sucht man vergeblich, im Gegenteil scheint der Roman sie mit Daniel zu verherrlichen” (109). Quisiéramos matizar esta idea de la exaltación de la violencia en la novela de Maurice Echeverría, considerando las reflexiones de Jenni Adams sobre los efectos de lectura que pueden producirse a partir de la narración no fidedigna del perpetrador. Según Adams, la técnica de la narración no fidedigna puede tener un efecto desestabilizador que “functions to dislodge the reader from a passive orientation towards the text, eliciting a questioning and interrogative form of reading that is valuable as a means of responding to the novel’s ethical provocations” (38). Creemos que el efecto en el lector de la novela de Maurice Echeverría puede ser similar. Al ser relatados por un narrador cuyo carácter fidedigno se ha ido cuestionando desde el inicio de la novela, sus actos de violencia no se quedan “unangefochten” (Haas 109), sino que invitan a ser leídos de una manera crítica e interrogativa. En este sentido, la técnica de la narración no fidedigna influye no sólo en la representación de la figura del perpetrador, sino también en la representación de la violencia perpetrada.

El día después del acto sexual con la oruga, Daniel se despierta con un dolor que, según él, no es físico, sino paranormal, por lo cual decide pedir la ayuda espiritual de Abraham, un evangélico. Abraham lo lleva a su casa donde lo cuida, con el objetivo principal de que se convierta al cristianismo. Cuando se da cuenta de que Daniel no accede, decide tomar medidas más rigurosas. Los compañeros evangélicos de Abraham lo empiezan a torturar. Como arguye Elaine Scarry en The Body in Pain, el dolor físico no se puede expresar a través del lenguaje, porque lo destruye activamente, “bringing about an immediate reversion to a state anterior to language, to the sounds and cries a human being makes before language is learned” (4). Lejos de lanzar tal grito, Daniel parece describir con cierta distancia y neutralidad las sesiones de tortura que sufre. Estos fragmentos se caracterizan por la mirada retrospectiva de un narrador que habla desde el presente, mostrando su curiosidad por las técnicas de tortura que utilizaron sus verdugos: “Me desmayo. Pero no hay problema: estas tres personas cuentan con métodos (métodos tan interesantes, me sonrojo al decirlo) para regresar y devolver al sujeto a la conciencia cuando cae fulminado por el sufrimiento” (190). Mientras que el yo de aquel entonces sufre extremadamente, el yo del presente reflexiona con asombro sobre los métodos de tortura que utilizaron en su contra.

Después de largas sesiones de tortura, Daniel termina accediendo, diciendo que acepta a Cristo en su corazón. Sus verdugos lo tiran en una cuneta, donde se queda varios días hasta que dos bomberos de la ambulancia, César y Marco Tulio, lo llevan a un hospital.6 Al haber salido del hospital, Daniel vuelve a la calle donde se reúne con los “otros descastados, parias y malparidos” (202) de la Ciudad de Guatemala. Es llamativo que los fragmentos en los que se describen las experiencias de Daniel como “el loco de la ciudad” (176) se narren en tercera persona. El narrador del presente parece tomar distancia de su período demente en la calle, no sólo temporalmente en este caso –a través de una mirada retrospectiva– sino también físicamente, al hablar en tercera persona. Sólo cuando Daniel haya recuperado la lucidez, vuelve a la narración en primera persona: “No entiendo qué manía o demencia me llevó a compartir mi existencia con ellos durante todos estos meses. Pero ahora eso ha terminado. Está claro. Hay claridad en mí, ahora” (209). Otra posible explicación del salto a la tercera persona en la narración es que el loco verdadero o el psicótico7 pierde el habla común y, así, la capacidad de comunicarse de tal manera que el otro lo entienda. Vemos que Daniel, en su período de demencia, no puede sino repetir constantemente las palabras “hocus pocus” (200). Es decir, ha perdido la capacidad de hacerse entender por los demás. Nos enteramos de su estado mental y sus experiencias en la calle a través de la narración coherente e inteligible en tercera persona. En otras palabras, este episodio no se relata desde dentro de la locura, sino que se percibe y narra desde afuera.

Habiendo recuperado la lucidez, Daniel decide alejarse de las calles de la Ciudad de Guatemala y su “locura que no requiere ser descubierta” (220). Vuelve al lugar donde enterró a Carmen, en un bosque en los alrededores de la Ciudad de Guatemala. Ahí se reencuentra con un grupo de pegamenteros que desde hace rato viven en el bosque. Daniel se instala en una de las chozas y se proclama “Comandante General de las Fuerzas Armadas de la Guerrilla Trismegisto” (224). Define la guerrilla, recién fundada por susodicho, de la siguiente manera:

un frente de guerra cuyo fin inmediato es combatir las iniquidades feudalizantes de la dictadura religiosa, principalmente cristiana, que ha sometido a Guatemala desde hace más de cinco siglos y ha tomado ahora un nuevo impulso con el ascenso vertiginoso de las comunidades protestantes. (225)

Según Daniel, los dos elementos constituyentes del frente de guerra son la magia y el terror, “dos recursos poderosísimos […]. El nuestro es un ejército de magos terroristas. Así habremos de definirnos en adelante” (238). Proponemos añadir un tercer elemento constituyente de la Guerrilla Trismegisto que se relaciona con el terror: la paranoia. En sus reflexiones sobre los efectos psicosociales de la violencia organizada durante la última dictadura argentina, León Rozitchner ofrece ideas sugerentes con respecto a este vínculo entre el terror y la paranoia:

El terror y la represión ampliaron el límite restringido a lo individual, rompiendo la separación entre fantasía y realidad, entre enfermedad y salud. Lo que los psicóticos alucinaban, sus terrores y amenazas destructivas que les hacían vivir en la angustia continua y en el pavor, se vieron confirmados como ciertos y realmente existentes en las torturas, las violaciones y los asesinatos. Las construcciones complejas y surrealistas de los psicóticos, todo lo que la imaginación individual aterrorizada fabulaba como persecución, agresión y despedazamiento, desarticulación e intrusión, profanación, violación, espionaje, conminaciones imperativas, repetición obsesiva de un tiempo vivido como infinito en su continuidad inacabada, todo esto apareció confirmado en la realidad histórica e institucionalizada del terror y sus laboratorios de horror. Ya no había diferencia entre lo fabulado y lo real: la realidad histórica misma lo confirmaba como cierto. (125)

Aunque Rozitchner no utiliza la palabra “paranoia” en sus descripciones de las imaginaciones de los psicóticos, varias de las ideas imaginarias que se describen en este fragmento son características de la paranoia, entre las cuales se destacan la “persecución”, el “espionaje”, la “intrusión” y las “conminaciones imperativas” (ibídem).

Siguiendo esta línea de ideas, podríamos decir que el terrorismo hace realidad los terrores imaginarios del paranoico. Vemos un desarrollo similar, de terrores imaginarios a terrorismo real, en Diccionario esotérico. Después de haber sido aterrorizado por confabulaciones imaginarias en su contra –por ejemplo, sobre Carmen “la bruja” (74)–, Daniel empezará a idear y realizar tramas conspirativas en contra de sus verdugos (los evangélicos) que irán más allá del ámbito de la imaginación individual. Veremos que las imaginaciones psicóticas de Daniel aparecen confirmadas en la organización de su ejército que, poco a poco, adquiere varias de las formas principales de aplicación de la violencia organizada: la desaparición de opositores al sistema, la tortura sistemática, así como el abuso de los medios de comunicación para sembrar el terror (Riquelme 11). A continuación, repasaremos estas distintas prácticas a medida de que aparezcan en la organización del ejército.

Para expandir su ejército, Daniel inicia un proceso de reclutamiento en la Ciudad de Guatemala. Secuestra a los pegamenteros de la calle y los lleva al campamento donde los internaliza en un centro de desintoxicación: “El proceso de desintoxicación dura noventa días. Son antiguos Pegamenteros ya rehabilitados los que se encargan de dar la ayuda incansable a los nuevos, según esquema copiado de mi antiguo grupo de Codependientes Anónimos” (236). Es notable que Daniel copie el esquema del CODA, cuyo funcionamiento criticó antes, arguyendo que no hacía más que afirmar la codependencia. Es justamente esa codependencia la que Daniel desea afirmar ahora en los reclutas por medio de un proceso de adoctrinamiento. Esta intención se explicita al final de uno de sus discursos que termina con las siguientes palabras: “Cristo no existe, Compañeros. Existimos nosotros” (238). Después de la charla, los reclutas aplauden frenéticamente, pero Daniel no sabe si realmente entendieron el mensaje: “de hecho, me pareció que no entendieron nada, es decir: nada de nada. Los muy serviles aplauden cualquier cosa… No importa… Justo lo que quería…” (ibídem).

La formación de los reclutas incluye la adquisición de una serie de habilidades paranormales que, según Daniel, serán “de mucha utilidad durante la guerra Laica” (247).8 Al final, el campamento cuenta con “11 chamanes certificados, expertos en recabar sicogramas” (247), “por lo menos quince nigromantes certificados, expertos en invocar muertos” (ibídem) y “por lo menos cinco numerólogos certificados, expertos en el poder de los números” (248). Con estos expertos paranormales, Daniel formará un ejército de magos terroristas que, como veremos más adelante, recurrirán a sus poderes mágicos para combatir a los evangélicos en la Ciudad de Guatemala: “Los Patojos, aparte de sus armas de fuego, utilizan a su vez sus conocimientos mágicos” (319). Podríamos decir que la Guerrilla Trismegisto, cuyas estrategias terroristas se fundamentan en la magia, ilustra un fenómeno inédito del terrorismo: el terrorismo mágico. Se trata de una forma de terrorismo a través de la cual la diferencia entre “lo fabulado y lo real” (Rozitchner 125) queda completamente anulada. Fábulas sobre magos malévolos se vuelven reales.

Sin embargo, Daniel se da cuenta de que algunos reclutas se resisten al proceso de adoctrinamiento y mantienen su fe cristiana. Decide que “es preciso iniciar nuestra propia Revolución Cultural en el campamento, para evitar la fragmentación y ahogar desde el principio todo foco probable de rebeldía. Purgas, arrestos, deportaciones. Lo necesario” (239). Ahí es donde encontramos una de las principales formas de aplicación de la violencia organizada: la desaparición de opositores al sistema. Los reclutas que cuestionan el poder de Daniel o le llaman “mero ilusionista” (241) son desaparecidos a la noche y llevados a la prisión, administrada por el “Subcomandante” Pinzón. Pinzón dirige las sesiones de tortura sistemática –otra de las formas de aplicación de la violencia organizada– que forman parte íntegra del “proceso arduo de reconversión” de los disidentes religiosos (241). Parece que los roles del torturador y del torturado se han invertido: El torturado ya no es el brujo (el que no cree en Dios), sino el cristiano (el que cree en Dios).

Aparte de la administración de la prisión, Pinzón trabaja estrechamente con los pandilleros de la M-18 en actividades de narcotráfico, saqueos, secuestros, extorsiones, descuartizamientos, y “larga lista de etcéteras” (256). La gente de la ciudad no sabe qué está pasando. Los informantes que ha colocado Pinzón por toda la ciudad se ocupan de desinformar a los informantes del gobierno: “Un trabajo escultural. No dejan rastro; son invisibles” (256). En los periódicos se especula sobre la causa del aumento de la violencia, dando la culpa primero al gobierno y luego a los mareros. Dice Daniel que “están dispuestos a imprimir cualquier burrada con tal de acumular más opinión pública” (256). Más adelante, los periódicos siembran el pánico entre la gente de la Ciudad de Guatemala, cuando empieza a haber numerosos asesinatos de evangélicos. Comenta Daniel que, “por una vez, no es un miedo falso o exagerado […]: Bestias asesinan a evangélicos, publican” (306). Luego, dice que los periodistas enloquecen, “como es de esperar,” y empiezan a especular sobre la culpa del gobierno “de hacer contubernio con poderes paralelos” (312). No saben que los actores materiales de los asesinatos son homúnculos o “Vorrks,” creados y entrenados “pavlovianamente” (302) por Daniel con el fin de que exterminen a todos los creyentes evangélicos en Guatemala.

El aumento de la violencia e inseguridad provoca, a su vez, una fragmentación social en la que distintos actores y agrupaciones de la sociedad guatemalteca de posguerra entran en conflicto: El gobierno manda a asesinar a los periodistas, los antiguos militantes de izquierda se manifiestan ante las imputaciones de los empresarios que declaran que “los ataques han sido ‘cuidadosamente planeados’ por antiguos guerrilleros, […] ‘viejos fósiles nostálgicos del fusil’” (313), los estudiantes empiezan a “ponerse hostiles” (314), las organizaciones sociales se han juntado en la Plaza de la Constitución, “hasta que el ejército empieza a despachar las bombas lacrimógenas” para aplastar las manifestaciones (ibídem). El silencio que sigue es, según Daniel, el momento propicio para “soltar al Ejército Trismegisto” (315). Los magos terroristas con su poderío paranormal, inalcanzable por el Ejército de Guatemala, van tomando todos los templos evangélicos.

Sin embargo, las habilidades paranormales de Daniel decaen. Cuando las tropas contrainsurgentes están por atacar el campamento de la Guerrilla Trismegisto, el protagonista se da cuenta de que sus poderes mágicos han desaparecido, de repente. Intentando recuperar dichos poderes, el protagonista consulta el Diccionario esotérico, al que considera el “símbolo iluminado” de la “cruzada” anticristiana (316), “la sagrada piedra de la verdad” (318). Según explica el Diccionario, la “comodidad narcisista es un lujo que el mago no puede darse, porque la magia se funda en el coraje y el coraje no es más que la continua superación del ego” (328). La consecuencia del “creciente uso de la magia dentro de los límites estrechos de una visión que no se trasciende a sí misma,” añade el Diccionario, sería “la infusa aniquilación de todas las potencias, tarde o temprano” (ibídem). Daniel sigue buscando frenéticamente pero no encuentra ninguna clave o fórmula. En este fragmento, volvemos a encontrar índices del carácter no fidedigno del narrador a nivel de la percepción o interpretación de los hechos. Daniel no es capaz de encontrar la clave de la desaparición de sus poderes mágicos en la frase del Diccionario esotérico, mientras que al lector le queda claro que está ahí.

Después de la toma del poder por parte de Pinzón, la destrucción del campamento por el ejército de Guatemala y el rescate de Daniel por su fiel recluta Blake, la derrota se vuelve definitiva: Daniel pasa los días acostado en una cama en la casa humilde de la madre de Blake y escribe a veces para no aburrirse: “Un hombre que escribe, un hombre que ha sido derrotado y escribe, eso soy, y se sabe vivo y muriéndose” (347). Se da cuenta de que la locura le está cercando y que ya no sabe evitarla (348). Le vuelve a entrar la paranoia, una paranoia que se manifiesta en la actitud injustificadamente sospechosa de Daniel con respecto a las intenciones de sus cercanos: “A veces llego a pensar que inclusive Blake, o su madre, están tras de mí, quieren envenenarme con arsénico” (349).

Antes de partir a México con un pasaporte falso, Daniel asiste por última vez a una sesión de su “antiguo grupo de Codependientes” (360). Al subirse a la tribuna, comenta que “estar en tribuna es siempre difícil para un hombre tan tímido como yo, que sólo desea un poco de paz interna” (362). De nuevo, observamos un desacuerdo entre lo que dice y lo que hace Daniel. El hombre que se presenta ahora como una persona muy tímida a la que le cuesta hablar en público, antes se subía a la tribuna con frecuencia para dar un discurso ante sus reclutas, hablando de sus virtudes como el “Padre Salvador”. Por otra parte, se destaca la necesidad de confesar por parte del protagonista, la urgencia de hablar sobre “el error más grande” que cometió en su vida: “‘Yo maté a Carmen, señores’, agrego. ‘Matar a Carmen ha sido el error más grande de mi vida’, explico” (362). A partir de ahí, Daniel empieza a hablar sin parar, “palabras que describen experiencias ruines, no palabras sobre atardeceres y bellos amigos, sino palabras sobre gente que había que matar” (362).

Finaliza su discurso, diciendo (dos veces) que “ustedes son mis testigos” y concluye lo siguiente: “Puedo sentir que, luego de este relato fantástico y extenuante, he llevado a mi público a un lugar de profundo estupor, al grado último del asombro, vaciándolos por completo de iniciativa, están boquiabiertos” (363). El efecto en el lector de la novela de Echeverría parece ser similar. Se trata de un texto “extenuante” que provoca estupor. El lector, tal y como los presentes en la sesión del CODA, se vuelve el testigo o confesor del discurso confesional del perpetrador, leyendo sus “palabras que describen experiencias ruines”, “palabras sobre gente que había que matar” (362) –palabras que, para el narrador de la novela (el que confiesa), parecen tener un efecto expurgatorio. Después de su confesión, Daniel sale a la calle donde una “masa vociferante de gente” se lo acerca, “zoológicamente” (365). Parece que la “acumulación de psique humana” (97) que, según Daniel, constituye la Ciudad de Guatemala termina apoderándose de él. Mientras que el gentío le agrede, pega y desmiembra, Daniel empieza a alucinar. Al final de la novela, Daniel entra en un estado alucinatorio absoluto, creyendo que es recogido por un ángel que lo llevará lejos, “justo donde quiero estar: por encima de este miserable pueblo de malditos evangélicos” (368).

Para terminar este análisis, quisiéramos volver sobre el vínculo entre la paranoia y lo paranormal que se sugiere en Diccionario esotérico. Vimos que el protagonista de la novela de Maurice Echeverría desafía doblemente el discurso de la norma(lidad), teniendo poderes paranormales, así como una mente perturbada con tendencias paranoicas. Encontramos índices de la mente perturbada de Daniel en su relato, caracterizado por una serie de incoherencias a nivel de la percepción, narración y evaluación de los hechos que, a su vez, ponen en tela de juicio el carácter fidedigno del narrador de la novela. Además, hemos analizado la relación entre la paranoia, lo paranormal y el terrorismo en la última parte de Diccionario estérico que describe el devenir de la Guerrilla Trismegisto. Por una parte, hemos estudiado el vínculo entre la paranoia y el terrorismo, partiendo de la idea de que el terrorismo hace realidad los terrores imaginarios del paranoico (Rozitchner 125). Este desarrollo –de terrores imaginarios a terrorismo real– se destaca en el mismo protagonista de la novela de Echeverría que, después de haber sido perseguido por voces y presencias imaginadas por su mente paranoica, crea un movimiento terrorista para acabar con sus enemigos (reales), los evangélicos. Por otra parte, hemos analizado la relación entre el terrorismo y lo paranormal, arguyendo que Daniel, con su ejército de magos terroristas, introduce una forma de terrorismo inédita: el terrorismo mágico.

Obras citadas
Adams, Jenni. “Reading (as) Violence in Jonathan Littell’s The Kindly Ones.” En Representing Perpetrators in Holocaust Literature and Film, Jenni Adams & Sue Vice (eds.), Vallentine Mitchell Publishers, 2012, pp. 25-46.

Brooks, Peter. Troubling Confessions. Speaking Guilt in Law and Literature. Chicago: University of Chicago Press, 2000.

Echeverría, Maurice. Diccionario esotérico. Ciudad de Guatemala: Editorial Norma, 2006.

Freeman, Daniel & Jason Freeman. Paranoia: The 21st Century Fear. New York: Oxford University Press, 2008.

Haas, Nadine. Das Ende der Fiktion. Literatur und urbane Gewalt in Guatemala. Berlin, etc.: LIT Verlag, 2013.

Jaspers, Karl. General Psychopathology. Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1959.

López, Magdalena. Desde el fracaso: narrativas del caribe insular hispano en el siglo XXI. Madrid: Editorial Verbum, 2015.

Ortiz Wallner, Alexandra. El arte de ficcionar: la novela contemporánea en Centroamérica. Madrid: Iberoamericana; Frankfurt am Main: Verveurt, 2012.

Riquelme, Horacio & Amnesty International, Deutsche Sektion. Asedios a la memoria: la experiencia de psicólogos bajo las dictaduras militares en América del Sur. Santiago: Ediciones Chile América – CESOC, 2001.

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Scarry, Elaine. The Body in Pain. The Making and Unmaking of the World. New York: Oxford University Press, 1985.

Notas
1 Un poco antes, Daniel dice que la codependencia es “la enfermedad exacta del siglo XXI” (82).

2 Esta idea se parece al argumento de Daniel Freeman y Jason Freeman en Paranoia. The 21st Century Fear (2008). En su libro, dicen que aparte de las pocas personas que sufren una paranoia clínica, los pensamientos paranoicos son recurrentes en un cuarto de la población actual (11), siendo la paranoia “the 21st century fear” –o, en palabras del narrador de Diccionario esotérico, “la emoción reinante del siglo XXI” (90). Parece que el protagonista de la novela pretende situarse a sí mismo entre este cuarto de la población, aunque uno puede preguntarse si no pertenecería a esa minoría que sufre una paranoia clínica. Cabe señalar que el estudio de Freeman y Freeman se basa en investigaciones hechas en los Estados Unidos e Inglaterra. Partiendo de la idea de que “people’s paranoid fears” reflejan los tiempos en los que viven (Freeman y Freeman 24), uno se puede imaginar que el número de personas con pensamientos paranoicos recurrentes –sin necesariamente sufrir una paranoia clínica– es más alto en países como la actual Guatemala, país que forma parte del Triángulo Norte o “Negro” de Centroamérica (junto con Honduras y El Salvador), una región atormentada por la violencia.

3 El carácter manipulativo del discurso del protagonista de Diccionario esotérico se destaca en las sesiones con el psiquiatra que acabamos de comentar. Más adelante, Daniel miente –“dijementí” (135)– a su ex novia Dídi, ocultándole la verdadera razón por haberlos invitado a ella, su novio y su bebé al campo: asesinarlos.

4 Más adelante, estudiaremos otros ejemplos del carácter no fidedigno del narrador de Diccionario esotérico a nivel de la percepción y narración de los hechos.

5 Uno se podría preguntar si la oruga gigante no es otra de las presencias que se imagina Daniel –como los “insectos de otros mundos” (99)–, evidenciando su percepción alterada de los hechos.

6 Se destaca este tipo de detalles (los nombres de los bomberos) en el relato de Daniel. A veces recuerda detalladamente lo que le pasó, incluso en estados de semiinconsciencia como ahora, mientras que otras veces se acuerda “vagamente, y como en sueños” de los hechos (195) o no recuerda nada (148). En tales fragmentos, la novela parece cuestionar el carácter fidedigno del narrador a nivel de la percepción y narración de los hechos.

7 Karl Jaspers definió la distinción entre la neurosis y la psicosis en 1913 de la siguiente manera: “The most profound distinction in psychic life seems to be that between what is meaningful and allows empathy [neurosis] and what in its particular way is ununderstandable, mad in the literal sense [psicosis]” (577).

8 Según lo demuestran los “Experimentos Ectoplásmicos,” el recluta preferido de Daniel, Blake, es un “médium excepcional” que, incluso, logra establecer comunicación con Juan José Arévalo, “nada menos” (235). Juan José Arévalo (1904-1990) fue el primer presidente libremente electo en Guatemala (1945-1951) que inició una serie de reformas socialistas en el país. La referencia a este personaje clave en la historia guatemalteca es significativa en la novela de Maurice Echeverría que también hace alusión a la historia de la izquierda armada en Latinoamérica, así como la presencia de las “narcoguerrillas sudamericanas” (236) en el siglo veintiuno. El protagonista de Diccionario esotérico pretende situar la Guerrilla Trismegisto dentro de esta historia de reforma, revolución y guerrilla en Latinoamérica –y Guatemala, en particular– diciendo que “la Guerrilla Trismegisto es la culminación de las guerrillas” (232). Sin escrúpulos, Daniel tergiversa distintos retazos de la historia de la guerra fría –así como sus antecedentes y secuelas– con el propósito de reforzar el mensaje de la “revolución anticristiana” (325), así como su rol protagónico dentro de ella en la figura del “Padre Salvador” del pueblo guatemalteco (252). Dicha visión mesiánica –pensada “como la práctica de una individualidad rectora” (López 220), en este caso del “Padre Salvador”– puede interpretarse como una alusión, de índole caricaturesca, al carácter mesiánico de algunas de las organizaciones revolucionarias en América Latina –y Centroamérica, en particular– durante las últimas décadas del siglo pasado. Parece que el “gradual proceso de desmitificación […] de ‘la revolución’ y sus ideales” que ya se destaca en la novela La diáspora (1989) del escritor hondureño-salvadoreño Horacio Castellanos Moya (Ortiz Wallner 81), llega a completarse en la novela de Maurice Echeverría que caricaturiza el mismo proceso de mitificación del “Comandante” y los ideales de la “revolución anticristiana.”