Locura, memoria y violencia en la cultura latinoamericana: introducción

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Brigitte Adriaensen y Marileen La Haije
Radboud Universiteit Nijmegen (Países Bajos)

“¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos por un ratito? Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para “adivinar otro mundo posible” (342), como propone el escritor uruguayo Eduardo Galeano (1940-2015) en su conocido ensayo “El derecho al delirio”. Al imaginar este otro mundo posible, Galeano subraya la importancia de las Madres “locas” de Plaza de Mayo como portavoces de la memoria que contrarrestan el silencio y el olvido: “En Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria” (Galeano). Esta idea de la figura de la loca o del loco como portavoz de la memoria es recurrente en la cultura argentina, en particular, y en la latinoamericana, en general.

Dice Michael Lazzara, en Prismas de la memoria, que el discurso de la locura en la narrativa chilena sobre la dictadura –y en particular en El padre mío de Diamela Eltit– “pone de relieve, metafóricamente, las dificultades de dar testimonio del trauma de una manera racional, desafiando a la vez la narrativa limpia, brillante, y engañosamente transparente de los años de Pinochet” (108). En otras palabras, el prisma de la locura indica las dificultades o “imposibilidades” del lenguaje (racional) para dar testimonio de una memoria traumática (Lazzara 64), a la vez que desafía los límites del discurso racional del poder. Siguiendo este argumento, podríamos decir que el prisma narrativo de la locura no sólo presenta una “poética de lo imposible” (Lazzara 209), relacionada con la narración de la memoria traumática, sino también una poética de lo posible, relacionada con el desafío de los discursos del poder.

El presente dosier propone explorar estas y otras funciones de la locura —y la figura del loco— en la representación de la memoria y la violencia en Latinoamérica, centrándose en una serie de producciones literarias, testimoniales y teatrales de la región. En lo que sigue, quisiéramos proponer dos aproximaciones a la locura y la figura del loco que nos parecen centrales para la lectura del conjunto, y que vuelven una y otra vez en las diversas contribuciones de esta colección de ensayos.

La primera aproximación se podría denominar “foucaultiana”, al centrarse en la relación entre la locura y el sistema, partiendo de la idea del “loco” como una figura marginalizada que se encuentra en los límites del poder y de las normas sociales. En Historia de la locura, Michel Foucault analiza las diferentes maneras en que el “loco” ha sido marginalizado a lo largo de la historia. Durante la Edad Media, o la llamada época teleológica, todavía el loco poseía cierto prestigio, lo cual era un relicto de las sociedades primitivas donde el poseso se consideraba privilegiado al poder comunicarse con los espíritus. Durante la época clásica, sin embargo, la percepción del loco cambió radicalmente. Se le empezó a considerar como un personaje peligroso, que debería ser confinado en el hospital general, junto con los demás parias de la sociedad que conformaban el mundo de la "sinrazón”: prostitutas, mendigos, perversos, etcétera. Tomando el relevo de los leprosos, que anteriormente habían sido recluidos en los mismos hospitales, los locos, junto con otros personajes no modelables según el nuevo imperativo de la Razón y del Progreso, en adelante se convirtieron en los nuevos chivos expiatorios de la comunidad. Más tarde todavía, durante la época moderna, los “locos” debían ser separados de los demás “sin razón”. Salieron de los hospitales para ser recluidos en adelante en los manicomios, donde serían diagnosticados y tratados separadamente como personas mentalmente enfermas. Como lo explica Roland Jaccard (14), la ideología de cada época fabrica su polo opuesto (la bruja, el loco), se inventa su propio sistema de persecución (la Inquisición, la psiquiatría), y su propio método de castigo (la hoguera, el asilo).

En sus charlas sobre el poder psiquiátrico, Foucault entra en detalles sobre los mecanismos del poder disciplinario que se producen en el manicomio. Dice Foucault que este poder disciplinario tiene una doble función. Por un lado, aísla al enfermo mental y destaca su carácter aberrante, presentándolo como una figura inasimilable a los esquemas normativos y disciplinarios: “As for the mentally ill, they are no doubt the residue of all residues, the residue of all the disciplines, those who are inassimilable to all of a society’s educational, military, and police disciplines” (2006: 54). Por otro lado, el poder disciplinario siempre intenta normalizar, es decir, inventar una y otra vez sistemas disciplinarios suplementarios para recuperar a estos individuos descartados. Esta normalización de la figura marginalizada del loco suele producirse a través del discurso psiquiátrico y el saber (poder) científico del que se apropia en nombre de las ciencias médicas: “The question of truth will never be posed between madness and me for the very simple reason that I, psychiatry, am already a science” (2006: 134). Según Foucault, el loco que se ve categorizado, objetivado y silenciado por este discurso psiquiátrico puede hacer uso de estrategias de resistencia, una de las cuales está basada en la “untruthfulness of simulation, madness simulating madness” (2006: 136): “If you claim to possess the truth once and for all in terms of an already fully constituted knowledge, well, for my part, I will install falsehood in myself” (2006: 136). Esta misma estrategia de refugiarse en la locura, una locura a veces fingida, podría de hecho considerarse como una prueba de salud. Como dice la famosa frase del psiquiatra escocés Ronald David Laing: “Insanity —a perfectly rational adjustment to an insane world”. En Historia y trauma, Françoise Davoine y Jean-Max Gaudillière elaboran esta idea, diciendo que “algunos comportamientos aberrantes deben considerarse normales frente a la locura del entorno: una locura normal frente a una normalidad trastornada” (104).

Varios de los artículos que conforman el presente dosier siguen esta primera aproximación que parte de la idea del “loco” como una figura marginalizada, destacando, además, las estrategias de resistencia de las que puede hacer uso en contextos de violencia y desmemoria. Ana María Amar Sánchez analiza en tres relatos de Rodolfo Walsh una serie de personajes que “se vuelven locos”, considerándolos como “víctimas del sistema, aquellos que no pudieron sobrevivir, no supieron adaptarse, no se disciplinaron ni acataron el orden dominante”. Transcurriendo en una etapa compleja y fundamental de la historia argentina del siglo XX —la década infame y el peronismo— desde Yrigoyen a Perón, los cuentos denuncian el autoritarismo inherente al regreso al poder de la derecha gracias a los golpes de Estado. En estas condiciones, el volverse loco, dice Amar Sánchez, resulta ser “la única salida sensata, un escape eficaz al espanto en que se va convirtiendo la vida. Esos locos son entonces los que encarnan la verdad para nosotros, la memoria de una trayectoria marcada, irónicamente, por la sinrazón del poder”.

Ludmila da Silva Catela, por su parte, analiza la relación entre la locura y el Proceso, observando que la locura sigue siendo en el contexto de la memoria de la última dictadura argentina un “tema tabú, silenciado o raramente expuesto al debate”. Compartiendo nuestra intuición de que es necesario estudiar con más atención el uso discursivo y semántico de la noción de “locura” en diferentes contextos de memoria en América Latina, ella muestra un raro sentido crítico al analizar estos silencios en el discurso de los mismos estudios de la memoria:

efectos psicosociales, trauma, dolor, angustia, son las nociones que prevalecen para dar cuenta de las situaciones por las que pasaron las víctimas, luego de ser secuestradas y haber sobrevivido a los centros clandestinos de detención o a las situaciones límite atravesadas por ser familiares de desaparecidos o de presos políticos. Usar la noción de locura en relación a quienes padecieron directamente la situación límite al vivir en carne propia el terrorismo de Estado, pareciera que se convierte en un estigma más que en un proceso de comprensión sobre la complejidad de la propia noción de víctima.

Muy en la línea de Foucault, Ludmila da Silva investiga de qué manera y cuándo se utiliza la noción “estar loco”, “sentirse enloquecido”, en relación a los usos del pasado reciente en este presente de construcción de memorias, y se pregunta: “¿Cuál es el sistema de significados —sobre el que todavía no se ha indagado profundamente— en torno a la locura y terrorismo de Estado a partir de las nociones nativas y sus sentidos?” Destaca no sólo la calificación de los militares como “locos”, una estrategia para alejarlos del “sentido común” y de la colectividad, o al revés, la denominación de los guerrilleros como “locos” por parte del gobierno, sino también recupera la posibilidad de que la locura sea un lugar de esperanza y acción política, retomando así, como Eduardo Galeano, el ejemplo de las Madres de Plaza de Mayo, cuya "'locura’ estaba constituida por sus acciones ‘fuera de lugar’”: “Allí donde se pretendía instituir un desierto, se generó un territorio poblado de acción, resistencia y creación. La locura, los locos, las locas, habitaron un mundo poblado de sentidos y verdades”. Sin embargo, los testimonios que Ludmila da Silva escruta le permiten ir más allá de estas nociones más establecidas de la locura, para extender su repertorio hacia la correlación de la locura con la (pérdida de la) memoria y las estrategias de fuga, donde los perseguidos se dirigieron literalmente a los asilos para estar al resguardo de la persecución dictatorial.

En una línea similar, María Teresa Johansson se enfrenta también con el contenido trágico de los testimonios, esta vez no argentinos sino uruguayos, para estudiar la relación entre locura, prisión política y testimonio literario. Combinando las teorías de Foucault procedentes tanto de Vigilar y castigar como de Historia de la locura, Johansson demuestra que, por una parte, la locura en los testimonios “evidencia las condiciones de sometimiento a una tecnología política represiva cuyo objetivo final es el logro del trastorno psíquico y por otra, devela el impulso de huida, fuga o liberación”. En su contribución, estudia primero la aparición de la locura en las instituciones y prácticas carcelarias y, en su extensión, el hospital (siquiátrico) al que los presos en limitadas ocasiones fueron trasladados, formando en realidad un continuo del espacio carcelario con condiciones similares. Luego el análisis se enfoca en la locura como locus de enunciación en los testimonios —más o menos literarios— de los presos. Esto le lleva a Johansson a concluir que “estas escrituras testimoniales que, por una parte, albergan la palabra de la locura y, por otra, se sitúan en la frontera de los lenguajes literarios, pueden ser consideradas como un discurso singular de especial potencia crítica”. Indagando en el potencial del delirio tanto fantástico como melancólico en varios textos, insiste en el potencial regenerador de la posición enunciativa articulada desde la locura, al posibilitar la emergencia de una subjetividad que resiste la aniquilación.

Valeria Grinberg Pla, por su parte, amplía las ideas de Michel Foucault mediante el concepto de la “necropolítica”, definido por Achille Mbembé como “the generalized instrumentalization of human existence and the material destruction of human bodies and populations” (14). Efectivamente, como argumenta la autora, “pensar críticamente la necropolítica de la racionalidad occidental es reflexionar sobre la piedra de toque de la locura”, puesto que la necropolítica implica el uso instrumental de la racionalidad moderna (en toda su crueldad) para la consolidación de la soberanía política. La autora centra su análisis en Cárcel de árboles (1991), una nouvelle de Rodrigo Rey Rosa que se puede relacionar con el genocidio ixil ocurrido en Guatemala a principios de los años 80. El cuento narra la situación exasperante de unos prisioneros recluidos en una especie de cárcel-sanatorio en medio de la selva, donde son sometidos a una serie de experimentos médicos destinados a convertirlos en máquinas asesinas sin conciencia ni voluntad propia. Siguiendo el argumento de Grinberg Pla, el texto se acerca pues al género de la ciencia ficción para cuestionar la supuesta racionalidad científica con la que se llevó a cabo la necropolítica guatemalteca durante el gobierno de Efraín Ríos Montt. En lugar de repetir los discursos de la Modernidad, sin embargo, la escritura ficcional se presenta como el último resguardo del horror, el lugar de la esperanza al “escurrirse por los recovecos de las formas de control lingüísticas y sociales que regulan la gramática de la racionalidad científica”. De esta manera, Grinberg Pla reflexiona asimismo sobre la particularidad de la literatura en el discurso sobre la locura.

La aproximación foucaultiana a la locura, entonces, privilegia las funciones política y ética de la locura en la literatura. En efecto, la mayoría de los artículos que conforman este dosier, incluyen una línea interpretativa similar que analiza la locura como un recurso para mostrar y, en algunos casos, denunciar, desde una preocupación ética, las acciones de los regímenes militares y dictatoriales de las últimas décadas del siglo pasado en Latinoamérica, así como sus secuelas en el presente.

La mayoría de las contribuciones combinan la tesis foucaultiana con una segunda aproximación centrada en la relación específica entre la literatura y la locura, partiendo de la idea de que la literatura “sheds light on madness in a specifically literary way, a way that is not merely a reflection of the theoretical pronouncements of psychoanalysis, sociology, or philosophy” (Felman 17). En Writing and Madness, Shoshana Felman parte del debate entre Michel Foucault y Jacques Derrida sobre la relación entre el lenguaje (histórico, filosófico, literario) y la locura para elaborar sus ideas sobre la complicidad entre el discurso literario y la locura: “if, as my view, it is madness that accounts for the thing called literature, this is not, as some have thought, by virtue of a ‘sublimation’ or a properly therapeutic function of writing, but rather by virtue of the dynamic resistance to interpretation inherent in the literary thing” (254, cursivas en el original). La denominación de la locura como aquella resistencia a la interpretación inherente a la literatura, aproxima la perspectiva de Felman a la que defiende Jacques Derrida en su teoría de la desconstrucción, y más en particular, en su gramatología. Felman explora las implicaciones del argumento de Derrida para la relación entre la locura y el discurso literario como sigue:

If is true then that the question underlying madness cannot be asked, that language is not capable of asking it; that through the very formulation of the question the interrogation is in fact excluded, being necessarily a confirmation, an affirmation, on the contrary, of reason: an affirmation in which madness does not question, is not in question; it is, however, not less true that, in the fabric of a text and through the very act of writing, the question is at work, stirring, changing place, and wandering away: the question underlying madness writes, and writes itself. And if we are unable to locate it, read it, except where it already has escaped, where it has moved —moved us— away it is not because the question relative to madness does not question, but because it questions somewhere else: somewhere at that point of silence where it is no longer we who speak, but where, in our absence, we are spoken. (55, cursivas en el original)

En su aproximación a la locura en la literatura, Felman destaca la importancia del lugar de enunciación, diciendo que “literature and madness by no means reside in […] the content of a statement. […] The crucial problem is that of the subject’s place, of his position with respect to the delusion” (50). Distingue entre dos posiciones enunciativas con respecto a la locura —una articulada desde la razón, otra desde la locura— para luego desconstruir esta misma oposición. Según Felman, el sujeto que habla no puede simplemente negar ni tampoco asumir o afirmar la locura:

It is somewhere between their affirmation and their denial of madness that these texts about madness act, and that they act themselves out as madness, i.e., as unrepresentable. It is somewhere between their literary rhetoric of madness and the madness of their literary rhetoric that these texts, in speaking about madness, in effect enact their madness, enact the encounter between “speaking about madness” and the “madness that speaks.” If the texts about madness are not conscious (are not present to) their own madness, it is because they are, paradoxically, the very madness they are speaking about. (251, cursivas en el original)

En el presente dosier, Kate Richards analiza en su contribución “Wild Minds: Writing from the Heart of Madness” las maneras en que las dos posiciones de enunciación –desde la razón y desde la locura– se confundieron en su propio relato autobiográfico. Ofrece así una reflexión sobre las dificultades que ella misma experimentó a la hora de escribir su testimonio Madness: a memoir (2013), un libro extraordinario del que incluimos asimismo un fragmento traducido en este dosier. El testimonio es tan excepcional por permitirle al lector una entrada estremecedora al mundo de la psicosis, así como por su gran valor literario. En su contribución, Richards desarrolla el problema de la memoria en relación con la locura, y se pregunta, por ejemplo, cómo escribir una autobiografía sobre la psicosis si esta afecta las capacidades de la memoria misma. Explica también que, al intentar recuperar el equilibrio entre la razón y la locura en su obra, desarrolló dos diferentes voces narrativas en sus memorias, “rational Kate” y “mad Kate”:

Rational Kate is the voice of reason, a medically trained writer, able to reflect on the illness (the madness) and try to make sense of it within the context of her whole life and the lives of the people she loves. This narrator bridges the gap between the external world and the internal one because readers do need insight into the why: something beyond just a description of what happened; some kind of objective analysis of the episodes of illness and their consequences, and a broader, medical discussion of madness. […] “Mad Kate” is the contrasting voice of unreason. A narrator whose consciousness is part-delirium and part-dream, whose sensibility is boundless, a fire of open and burning flame, an agitation of cerebral fluid, the air around filled with magic and music and colour and the boundaries of everything shifting, including those of space and time. This narrator believes she can absorb sound in all three dimensions and process each independently. She spends hours writing columns of words that rise from the page into strange spirit phrases and engulf her. It seems to her that every person, and the sky, the air, a tree in the garden, a leaf on that tree, the veins in the leaf on that tree ― each is the most significant entity, the most vital piece of existence on earth. (7)

En su contribución, Teresa Basile retoma esta distinción entre el discurso sobre la locura, construido desde la razón y con un lenguaje lógico, y el discurso de o desde la locura, analizando las prefiguraciones de Lalo Cura en la obra de Roberto Bolaño. Dice Basile que el personaje de Lalo Cura “vehiculiza la locura a través de su nombre como dispositivo clave, y no en la representación de la demencia ni en el trabajo con la escritura,” concluyendo que “no estamos frente a una escritura de la locura que fractura y trastorna el hilo o la sintaxis del discurso, sino sobre la locura, enunciada desde una matriz racional”. Analizando la genealogía del personaje de Lalo Cura en la obra de Bolaño, desde varios cuentos pasando por su magistral novela 2666 y terminando con Los sinsabores del verdadero policía, Teresa Basile desmenuza la relación interpretativa entre locura, violencia colonial y violación en relación con Lalo Cura. Destaca cómo Bolaño utiliza a Lalo Cura como un “personaje conceptual”, para mostrar el origen y el desarrollo de Latinoamérica como el manicomio de Europa, “[u]n manicomio salvaje, empobrecido, violento, en donde, pese al caos y a la corrupción, si uno abre bien los ojos, es posible ver la sombra del Louvre” (Bolaño por sí mismo 111).

Luz Rodríguez Carranza, por su parte, se centra en la obra de teatro La paranoia (2008) del dramaturgo argentino Rafael Spregelburd, para destacar un tercer espacio desde donde narrar la locura. En efecto, introduce el concepto de “metaparanoia”, definido como una “ficción conscientemente inventada [que] está tan presente como la creencia en el mito, lo que hace su realidad más contundente y amenazadora”, para así acercarse a la función estética, y de ahí política, de la locura. Partiendo del concepto de heterotopía de Foucault (cuyo espectro planea sobre todas las contribuciones), Rodríguez Carranza muestra cómo la confusión continua de las poéticas teatrales y cinematográficas, así como la combinación del policial con el terror gótico, genera una especie de tercer lugar, un tercer grado intersticial (podríamos pensar en Homi Bhabha, tal vez), donde nace una ironía que no cura, sino pone al desnudo el delirio al segundo grado, o la llamada “metaparanoia”.

En su análisis de la obra narrativa del escritor argentino Marcelo Cohen, Miriam Chiani sigue la reflexión sobre la relación entre género y locura, entrando en detalles sobre la noción de “ficción paranoica”, introducida por Ricardo Piglia (1991). Resumiendo las ideas de Piglia, dice Chiani que la ficción paranoica es “un género que deriva del policial en el que confluyen una subjetividad amenazada, el enemigo (el perseguidor), el complot que acecha a la conciencia que narra (‘conciencia paranoica’) y ‘el delirio interpretativo’, es decir, la interpretación que intenta borrar el azar, evidenciar que hay una suerte de mensaje cifrado, oculto, dirigido al detective, al investigador”. Una de las funciones que puede cumplir este género, dice Chiani, siguiendo de nuevo a Foucault, es despatologizar “los ‘tópicos’ del discurso médico”, “relativizar esa ‘verdad’ construida por el saber-poder del discurso médico-psiquiátrico”. Chiani explora esta y otras funciones de la ficción paranoica en su análisis de la obra narrativa de Marcelo Cohen.

Como vimos, las reflexiones de Felman y Richards sobre la locura y la escritura invitan a explorar la relación entre la maquinaria narrativa y la locura, partiendo de la idea de que la literatura —así como también el cine, el testimonio, el teatro y otras expresiones culturales— tiene a su disposición una serie de recursos para representar, poner en escena, simular o disimular la locura. En De retoriek van waanzin (“la retórica de la locura”), Lars Bernaerts analiza las técnicas narrativas a partir de las cuales se construye la perspectiva del narrador loco. Distingue entre dos tipos de narradores locos en la literatura: el fou raisonnant y el fou imaginant. El loco razonador se caracteriza, entre otras cosas, por una fuerte tendencia a la racionalización y la autodefensa (84). El loco imaginador, por su parte, se caracteriza por la experiencia del delirio, que implica una relación alterada, de carácter patológico, con la realidad (94). Bernaerts estudia las distintas características narratológicas de estos dos tipos de narradores locos, entre las cuales destaca la noción del narrador no fidedigno. Un narrador que es presentado como loco, a menudo es caracterizado como no fidedigno. Percepciones alteradas, voces ilusorias e historias incoherentes son algunos de los índices que pueden encontrarse en el relato de este tipo de narradores.

En su contribución, Marileen La Haije analiza estas tensiones en el discurso del narrador loco en Diccionario esotérico (2006), del escritor guatemalteco Maurice Echeverría. Siguiendo el argumento de La Haije, el carácter no fidedigno del narrador de la novela, Daniel, se manifiesta especialmente a nivel ético. Daniel no disimula que siente placer al herir psicológica y físicamente a sus cercanos. Así, Diccionario esotérico parece sugerir un vínculo entre la mente perturbada del narrador y sus actos (de habla) violentos. La narración no fidedigna contribuiría a enfatizar el perfil del perpetrador loco, destacando su otredad y carácter anormal. Esta otredad, dice La Haije, se intensifica por las descripciones de los intereses y habilidades paranormales de Daniel que, como su mente paranoica, desafían “el discurso de la norma(lidad)”. La autora elabora sus reflexiones sobre el vínculo entre la paranoia y lo paranormal, arguyendo que este no sólo contribuye a la caracterización del protagonista; también es clave para interpretar el devenir (y la derrota) del “ejército de magos terroristas” (Echeverría 238), encabezado por Daniel. A partir del argumento de León Rozitchner sobre los efectos psicosociales de la violencia organizada en Argentina, La Haije relaciona la paranoia con el terrorismo, diciendo que este “hace realidad los terrores imaginarios del paranoico”. Analizando el vínculo entre lo paranormal y el terrorismo en Diccionario esotérico, la autora señala que el ejército de magos terroristas introduce una forma de terrorismo, el “terrorismo mágico”, que invalida la distinción entre lo real y lo imaginario.

Por último, la contribución de Pablo Hernández Hernández abre otra vía interpretativa en cuanto a la locura y su relación con la imagen visual. Definiendo la locura en relación con la noción de posesión, una conexión que ya conoce una larga tradición desde la Antigüedad, se pregunta si y cómo una imagen visual puede poseernos. Para contestar esta pregunta, pasa revista a cinco grandes filósofos, para así trazar la relación entre locura e imagen a través de los tiempos. Comenta así la obra de Platón, Erasmo de Rotterdam, Karl Marx, Michel Foucault y Georges Didi-Huberman. Si para los dos primeros, la locura se sitúa no tanto en el escenario de la salud mental individual, sino “en el de la salud política, social y cultural de las ilusiones que mueven al ser humano hacia el futuro”, Karl Marx asocia la locura sobre todo con el idealismo exacerbado o el capitalista enajenado. Sin embargo, para Marx también existe una especie de locura radical y emancipatoria, la locura del revolucionario, que se opone a los fetiches y los fantasmas capitalistas. Para Foucault, luego, la Modernidad implica que las imágenes “hacían de la locura un puro espectáculo, un teatro de la sinrazón que termina institucionalizándose en el régimen de observación y clasificación del asilo y el hospital psiquiátricos”. Por último, en su discusión de la obra de Didi-Huberman, Hernández insiste en la imagen como “gesto violento de abrir [el cuerpo] para su apropiación, aunque sea a la fuerza y con un enorme grado de crueldad”, lo cual se puede extender hacia las imágenes artísticas de la locura, “como un proceso mórbido, como demencia, como un fenómeno escandaloso, retorcido y amenazante”. Este recorrido apasionante le lleva a la conclusión de que “la posesión, entendida como el proceso por el que algo llega a uno para apoderarse durante un tiempo de él, coloca a la locura y a la visualización dentro de la constante vorágine de nuestra condición existencial de estar abiertos y expuestos, de ser permeables, de estar constantemente obligados a negociar nuestra potencia de actuar, nuestras capacidades agentes”, otorgándole así no solo al estar loco, sino también al “volverse loco”, un claro potencial político y, tal vez, emancipatorio.

Obras citadas
Bernaerts, Lars. De retoriek van waanzin: taalhandelingen, onbetrouwbaarheid, delirium en de waanzinnige ik-verteller. Garant, 2011.

Bolaño Roberto. Bolaño por sí mismo: entrevista escogidas. Universidad Diego Portales, 2006.

Davoine, Françoise & Jean-Max Gaudillière. Historia y trauma: la locura de las guerras. Fondo de cultura económica, 2011.

Felman, Shoshana. Writing and Madness. Literature, Philosophy, Psychoanalysis. Cornell University Press, 1985.

Foucault, Michel. Historia de la locura en la época clásica. Fondo de cultura económica, 1976.

Foucault, Michel. Psychiatric Power. Lectures at the Collège De France, 1973-74. Palgrave Macmillan, 2006.

Galeano, Eduardo. Patas arriba: la escuela del mundo al revés. Siglo XXI, 1999.

Jaccard, Roland. La folie. Presses Universitaires de France, 2015 [1979].

Lazzara, Michael. Prismas de la memoria: narración y trauma en la transición chilena. Editorial Cuarto propio, 2007.

Mbembé, Achille. “Necropolitics.” Public Culture 15.1 (2003): 11-40.