Violencia y locura en América Latina a partir de las prefiguraciones de Lalo Cura (Roberto Bolaño)

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Teresa Basile
Universidad Nacional de La Plata

Proponemos leer el vínculo entre violencia y locura en América Latina, a partir de las significaciones del personaje de Lalo Cura y sus avatares a lo largo de los textos en los que Roberto Bolaño lo va configurando: desde su nacimiento en el cuento “Prefiguración de Lalo Cura”, publicado en 2001 en el volumen Putas asesinas, hasta sus reapariciones en las novelas póstumas 2666 (2004) bajo el nombre de Lalo Cura Expósito y en Los sinsabores del verdadero policía (2011) bajo el nombre de Francisco (Pancho) Monje Expósito. Se trata de un “personaje conceptual” capaz de iluminar la década de los 90, desde diferentes perfiles ya que, en un gesto innovador respecto a las construcciones de personajes tipo, Bolaño va modificando su historia, su genealogía y su nombre. Así logra reunir un haz de significaciones diversas pero convergentes, que traman la historia de América Latina: desde la Madre violada en la conquista a los femicidios de Ciudad Juárez, y desde las revoluciones de los 60 hasta su derrota de los 90, que en el Cono Sur fueron seguidas por el ciclo de las dictaduras que truncó toda una generación de jóvenes y dejó huérfana a la siguiente: los expósitos que habitan el manicomio de América Latina.


Territorios y genealogías de la violencia
En el centro de la escritura bolañana se encuentra la violencia, y su narrativa la despliega y varía: desde la violencia de la dictadura chilena (1973-1990), experimentada por Bolaño de un modo personal y que oficia como punto original y primero, hasta todo tipo de violencia –política, criminal, económica, psíquica– que atraviesa el mapa de América Latina para recalar finalmente, en su novela póstuma 2666 (2004), en los femicidios de Ciudad Juárez, y desde allí desplazarse hacia el orbe entero. La violencia de las dictaduras del Cono Sur es el incipit del relato pero no su límite (ni histórico, ni geográfico, ni en cuanto a la índole siempre versátil de la violencia). Así Mauricio Silva, llamado el Ojo (en “El Ojo Silva”), aparece como un claro ejemplo de alguien que, marcado por la experiencia de la dictadura chilena, no puede escapar a la violencia, aun cuando intenta huir de ella viajando a otros países lejanos como la India: “[...] pero [...] de la verdadera violencia, no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década del cincuenta, los que rondábamos los veinte años cuando murió Salvador Allende” (2001: 11). Junto a la extensión territorial, los textos de Bolaño despliegan un largo alcance temporal que es posible leer por ejemplo en “Dos cuentos católicos” (Bolaño 2003) que se remontan a los primeros tiempos –los siglos III y IV después de Cristo– al recuperar la historia de mártires cristianos y gobernantes torturadores. En esta proyección del nudo de la violencia tanto en América Latina como en el orbe cristiano y en un pasado remoto, se advierte una búsqueda genealógica que explora las condiciones históricas y las fuerzas del poder que fraguaron su emergencia (Foucault 1979). Nada parece poder escapar a la violencia, ya que la violencia es católica: del griego καθολικός, “universal, que comprende todo”.1

La violencia fundatrix: las hipérboles de la violencia y la violación
En esta lectura nos interesa explorar de qué modo se articula la locura con la violencia en los textos bolañanos, a partir de la figura de Lalo Cura, sin ingresar en otras posibles perspectivas sobre la locura que su obra autoriza.2 Este personaje, cuyo nombre es Olegario Cura, hace su primera aparición en el cuento “Prefiguración de Lalo Cura”, publicado en 2001 en el volumen Putas asesinas. Reaparece en las novelas póstumas 2666 (2004) bajo el nombre de Lalo Cura Expósito y en Los sinsabores del verdadero policía (2011) bajo el nombre de Francisco (Pancho) Monje Expósito.

“Prefiguración de Lalo Cura” y “El retorno” (Bolaño 2001) constituyen dos relatos que exacerban e hiperbolizan el alcance de la violencia hasta trascender la mera existencia y extenderse a un antes y a un después de la vida misma: desde el momento previo al nacimiento hasta el posterior a la muerte, desde el feto hasta el cadáver. Puestos uno al lado del otro (tal como me dispongo a colocarlos), estos cuentos suscitan una gran carcajada macabra e irrumpen con su desmesura en el trazo por momentos minimalista de Bolaño.

El tropo que domina “Prefiguración de Lalo Cura” es la hipérbole que desplaza, exaspera y agiganta la experiencia de la violencia sufrida por el narrador, Olegario (Lalo) Cura, al recolocarla en la etapa en la que él era un feto. Su madre, Connie Sánchez, trabajaba como actriz porno en la Productora Cinematográfica Olimpo, bajo la dirección del alemán Helmut Bittrich. Cuando queda embarazada de un “cura renegado” que a los pocos meses desaparece, ella participa en las series “Milch” y “Pregnant Fantasies” en el rol de embarazada que es penetrada sexualmente por el actor Pajarito Gómez. Esta escena primaria, que Lalo sufrió siendo un feto, articula varias cuestiones: se trata de una experiencia de violencia radical “antes de nacer”, que se encuentra en el origen histórico del sujeto y marca su destino, lo pre-figura. Es entonces un señalamiento del origen violento de América Latina. Como afirman varios intelectuales, desde Ernest Renan (1946) hasta Michel Foucault (1979: 7-29), la violencia se encuentra en el origen histórico, en los “inicios bajos” de los Estados nacionales –y en el caso de América Latina comienza con la conquista española.

Este acontecimiento fundante de la violencia en el sujeto latinoamericano se ancla en el cuento en la figura de la madre, connotada por las series pornográficas que aluden a la “fijación por la leche materna” –“Milch” y “Pregnant Fantasies” (99)–, que a su vez nos recuerda la serie martiana de “Madre América” y “Nuestra América” (Martí 1991, 2005). El acto sexual al que es sometida la madre embarazada, que Lalo lee como un acto de violencia extrema, como un acto abyecto, como una violación, no puede dejar de vincularse a esa gran figura mexicana de la Malinche, aquella indígena que ofició como intérprete y amante de Hernán Cortés, luego convertida en símbolo de la Madre América violada por los españoles, de la Chingada, que señala metonímicamente –a través de la imagen de la “violación”– el punto mayor de la violencia situada en el mismo origen de la conquista de América Latina (Paz 1959). De este modo, la hipérbole puede ser leída como metáfora de la violencia radical que atraviesa América Latina.

La convergencia entre violencia y violación también se simboliza en el barrio en que Lalo nació, “Los Empalados”, en tanto apunta a la práctica medieval del empalamiento, un mecanismo al mismo tiempo de tortura y de ejecución en el cual la víctima era atravesada –penetrada– por una estaca que podía entrar por un costado, por el recto, la vagina o la boca.

Estas dos circunstancias –el barrio “Los Empalados” y la violación del feto– van a condicionar (a “prefigurar”, como señala el título) al narrador a “lalocura”: su barrio será “el sendero de llegada o de salida del infierno” (Bolaño 2001: 97) y la penetración sexual de su madre le abrirá “los ojos en la oscuridad” (97). Si la imagen de la violación nos reenvía a los orígenes históricos de América Latina, al “misterio de la vida en Latinoamérica” (100), por otra parte el relato se sitúa en Medellín, en la Colombia del narcotráfico, uno de los actuales centros de la violencia radical en tiempo presente, en donde Lalo Cura es un sicario que actúa en los carteles de la droga.

El otro de los cuentos que aquí consideramos, aun cuando no aparece el personaje de Lalo Cura, es “El retorno”, ya que puede considerarse como el cierre de este relato metafórico de la violencia, configurando un arco temporal que va desde la “prefiguración” antes del nacimiento hasta su “retorno” post mortem. El narrador-protagonista de “El retorno” es un fantasma que ha muerto súbitamente en una discoteca de París, y cuyo cadáver es llevado a la morgue y de allí a la mansión de Jean-Claude Villeneuve, en uno de los barrios parisinos más exclusivos, para convertirse en objeto sexual del famoso modisto francés. Hay una frase en otro de los cuentos de Bolaño, “El Gusano”, que parece resumir esta ecuación: “Y después añadió: pero sólo los muertos están tranquilos. Y al cabo de un rato: ni los muertos, bien pensado” (2001: 82).

En las antípodas estéticas de “Prefiguración de Lalo Cura”, este cuento carece de todo dramatismo, evita el tono trágico y se desarrolla casi como una comedia norteamericana con un toque fantástico, al estilo del film Ghost recordado en el mismo cuento.3 Pero en el interior de esta casi comedia va a acontecer un acto de necrofilia. El cuento se abre con un párrafo que parece sintetizar este juego entre el chiste y el evento traumático, dando el tono particular que adquiere esta suerte de humor negro amigable: “Tengo una buena y una mala noticia. La buena es que existe vida (o algo parecido) después de la vida. La mala es que Jean-Claude Villeneuve es necrófilo” (129).

El narrador y protagonista, el fantasma en cuestión, es un tanto frívolo (lo que en Argentina llamamos “cholulo”), fascinado por la distinción, los delicados modales y el gusto refinado del modisto; es ingenuo, conciliador, dispuesto a perdonar con prontitud, y tiende siempre a desdramatizar y alivianar lo que le sucede.4 Pero en este relato de tono liviano y narrado por un yo frívolo e ingenuo se inserta el robo del cadáver de la morgue, su alquiler y su vejación.5 Este es uno de los relatos bolañanos que extrema la contraposición entre una superficie en la que nada grave parece suceder y un acontecimiento de violencia extrema que la subyace. Es la elección de este narrador tan particular –un narrador que, además de estar muerto, parece no ver la gravedad de lo que le acontece, y que forma parte de la extensa galería de narradores que Bolaño diseña con gran destreza, ironía y sentido lúdico, desde aquellos que comprenden lo que ocurre pero no lo informan al lector hasta aquellos que saben menos que el texto o no entienden lo que les pasa– lo que permite articular una doble instancia del relato.

Establecer un arco entre ambos cuentos permite por un lado medir la radicalidad de la violencia que en la figura de la hipérbole se extrema hasta alcanzar al feto y al cadáver, y por el otro advertir las muy diversas soluciones estéticas ensayadas en los relatos para abordar la herida de la violencia desde lo abyecto. En los dos relatos nos enfrentamos con lo abyecto tal como lo caracteriza Julia Kristeva en Poderes de la perversión: acontecimientos exorbitantes, que superan lo posible, lo tolerable, lo pensable y suscitan repugnancia y rechazo (aunque también están atravesados por la atracción, la fascinación y la tentación), colocando al sujeto fuera de sí (1988: 7-9). Lo abyecto es lo que perturba una identidad, un sistema, un orden, es aquello que no respeta los límites, los lugares, las reglas, los tabúes. Desde este marco, la vejación del cadáver en “El retorno” y la abyección de sí en “Prefiguración de Lalo Cura” corresponden con dos de los acontecimientos de lo abyecto que Kristeva destaca en sus análisis, aun cuando la escritura bolañana se distancie de la crudeza de lo que está narrando y descarte los tonos dramáticos o demasiado enfáticos. Si lo abyecto recupera lo sucio, el desecho, lo inmundo –es decir, aquello que apunta a lo impuro–, el cadáver (cadere, caer) es en esta línea el más repugnante de los desechos, es aquello que irremediablemente ha caído, cloaca y muerte, es el colmo de la abyección (10-11). En Lalo Cura, la vejación sufrida desde su existencia como feto lo contamina y desata en él una abyección de sí en tanto experiencia de “reconocimiento de la pérdida inaugural fundante de su propio ser” (12), que va a marcar su existencia y lo va a convertir en un ser errante, en un viajero extraviado y en un criminal al servicio de los carteles de la droga.6

La representación de la violencia extrema en ciertos textos de Roberto Bolaño está contaminada por la presencia de lo abyecto tanto en la radicalidad del horror como en la fascinación que suscita. En “Jim”, el protagonista permanece hipnotizado ante las llamaradas lanzadas por un tragafuegos en las calles mexicanas del DF, que lo reenvían a su pasado como marine en Vietnam, un pasado que desea infructuosamente dejar atrás para dedicarse a la poesía pero que aún lo convoca y hechiza, que lo lleva a unir el horror de la violencia con la fascinación por el fuego, el éxtasis con la destrucción, un doble movimiento característico de lo abyecto (Kristeva 1988: 28-9) que termina por acercar a Jim al borde de la propia autodestrucción bajo las llamas del tragafuegos.7

Violencia y locura en los 90
En la lectura conjunta de estos dos cuentos señalamos la profundidad y permanencia de la violencia, hilada en un arco temporal que abarca desde el feto al cadáver en la historia de un individuo, y desde la conquista hasta el presente de la guerra de las drogas en la historia de América Latina.

En 2666 –en especial en “La parte de los crímenes”–, Lalo Cura adquiere el nombre de Olegario Cura Expósito, un muchacho que vive en Villaviciosa y a quien Pedro Negrete, el jefe de policía, contrata para trabajar en Santa Teresa, primero como parte del servicio de guardaespaldas del narcotraficante Pedro Rengifo y luego como policía en el escenario de los femicidios. Su desempeño no lo vincula directamente como cómplice ni del negocio de las drogas ni de los crímenes contra las mujeres, por el contrario y en la medida de lo escasamente posible, se comporta manteniendo cierta ética en su trabajo. Es el único de los tres guardaespaldas que defiende con valentía a la Señora Rengifo en un atentado ejecutado por sicarios (495-6). Se niega a participar en la orgía y las violaciones de prostitutas encarceladas en la Comisaría, cometidas por varios policías (501-2). Procura instruirse en la tarea de investigador policial a través de la lectura de libros que encuentra arrumbados, sin que alguien los haya leído, en la Comisaría (548). Ante la pregunta burlona de uno de los jóvenes policías sobre la posibilidad de que un marido viole a su esposa, Lalo Cura responde con seriedad: “la violó porque la forzó, porque la obligó a hacer algo que ella no quería, dijo. De lo contrario, no sería violación” (549). En el contexto de desidia, ineptitud y complicidad de la policía con las organizaciones delictivas, ninguna de sus actitudes desemboca en algo positivo ni genera cambios. Incluso cuando descubre, por su propia cuenta, el cadáver de una mujer en el barranco de Podestá, Epifanio lo reprende: “no se meta donde no lo llaman, buey” (658).

En cambio, lo que en 2666 interesa es la reconfiguración del origen de Lalo, ahora como último vástago de una genealogía de mujeres huérfanas, violadas en su adolescencia, que –durante cinco generaciones– dan a luz a una hija, todas bajo el nombre de María Expósito. Se trata de un homenaje y una puesta al día del realismo mágico de Cien años de soledad de García Márquez. A la violación, aquí se añade la orfandad de los “expósitos”. La línea temporal vincula la vejación primera de la madre con los femicidios actuales. Sin embargo, en este linaje sólo la madre de Lalo, la última María Expósito, no es violada –y con ello se corta la cadena– sino que queda embarazada en 1976 luego de mantener relaciones sexuales durante una semana con dos estudiantes del DF que se encontraban perdidos en el desierto o procuraban huir de algo. Además estos estudiantes anunciaban una nueva revolución: “una revolución invisible que ya se estaba gestando pero que tardaría en salir a las calles al menos cincuenta años más. O quinientos. O cinco mil” (697). Asimismo en el cuento “Prefiguración de Lalo Cura” el padre del protagonista, un “cura renegado”, tiene cierta fisonomía de sacerdote tercermundista que pregona el Evangelio latinoamericano, moviéndose “entre las masas afiebrado y sin amor, lleno de pasión y vacío de esperanza” (98).

En Los sinsabores del verdadero policía (2011) Lalo renace como Francisco (Pancho) Monje Expósito y se reitera esta última versión sobre su concepción y nacimiento, aunque en este caso se trata de tres estudiantes de Monterrey que están preparando la revolución campesina de 1968.8 En este sentido, Lalo Cura articula dos fuerzas de la historia latinoamericana: la violencia-violación de la Madre junto con la Revolución del Padre (Cura o Monje), una revolución atravesada por el fracaso y la derrota, sesgada por la falta de esperanza o desplazada a un futuro imposible. Allí está el germen de la locura en América Latina, atrapado entre la violación de la conquista y los fracasos revolucionarios.9

Podemos considerar a Lalo Cura como un “personaje conceptual” (Deleuze y Guattari 1993) o como una “metáfora-concepto” (Spivak 1985) del sombrío contexto de los noventa en el que se cruza la derrota de gran parte de los movimientos revolucionarios de los sesenta10 y la consolidación de nuevas formas de la violencia en las guerras de las drogas y en los femicidios de Ciudad Juárez. Este personaje vehiculiza la locura a través de su nombre como dispositivo clave, y no en la representación de la demencia ni en el trabajo con la escritura. Para decirlo en términos de Shoshana Felman (1985), no estamos frente a una escritura de la locura que fractura y trastorna el hilo o la sintaxis del discurso, sino sobre la locura, enunciada desde una matriz racional. Tal vez porque ésta se haya normalizado o porque forme parte de cierta racionalidad, lo cierto es que en los textos referidos a Lalo Cura se evita el cuadro patológico.

Si la figura de Calibán, esgrimida por Roberto Fernández Retamar en su ensayo homónimo de 1971, constituyó uno de los personajes conceptuales que condensaba los ideales revolucionarios y defendía la violencia armada de la izquierda latinoamericana cuyo foco fue la Revolución Cubana, Lalo Cura marca su fin y reemplazo, ya que hay un cambio en el estatuto de la violencia en lo que va de los ´60 a los ´90. La “violencia revolucionaria” fue objeto de intensas elucubraciones teóricas, de una ingeniería conceptual, de la necesidad de un sustento y una fundamentación argumentativa, que se fue articulando desde diversas esferas del saber, para fundamentar la revolución que desde Cuba atravesó el continente latinoamericano. Así la violencia armada proclamada por la teoría del foco de Ernesto Guevara (1961) y Régis Debray (1963); la violencia colonial en y de los condenados de la tierra, esgrimida desde las perspectivas sobre el colonialismo de Frantz Fanon y Jean-Paul Sartre (1963), atravesadas asimismo por la influencia de la violencia vitalista de Georges Sorel (2005); la violencia estructural del capitalismo y de la democracia en la Teoría de la Dependencia; la violencia estudiantil en las protestas del mayo del 68, que Hannah Arendt teorizó (2006); e incluso la defensa del empleo de la violencia justa contra la violencia injusta por parte de la Iglesia “rebelde” reunida en Medellín (Cavillioti 1972): todas estas perspectivas –y otras más– se ocuparon de argumentar en favor de la violencia revolucionaria, de reflexionar en torno a las diversas categorías en que la violencia podía ser encarada y de exhibir la performatividad de la violencia armada. En esta línea, la violencia era percibida como un camino de liberación del estado de “neocolonialismo”, de “subdesarrollo”, de “dependentismo” de América Latina a través de la empresa revolucionaria, era un arma del poder de los oprimidos (es la violencia de Calibán) que les permitiría recuperar su humanidad y crear nuevas sociedades bajo otras leyes e instituciones más justas. En cambio la violencia de los ´90, aquella que se hace visible en la guerra de las drogas y en los femicidios de Ciudad Juárez es una “violencia sin ideología”, al servicio de los poderes y las organizaciones criminales del narcotráfico, llevada al paroxismo por las políticas económicas depredadoras del neoliberalismo y la globalización de la tardomodernidad.

Recuperando las líneas anteriores, Lalo Cura es entonces un “personaje conceptual” capaz de interpretar los años ´90 desde diversos perfiles ya que, en un gesto innovador respecto a las construcciones de personajes tipo, Roberto Bolaño va modificando su historia, su genealogía, sus nombres. Así logra reunir un haz de significaciones diversas pero convergentes, que traman la historia de América Latina: desde la Madre violada en la conquista hasta los femicidios de Ciudad Juárez, y desde las revoluciones de los ´60 hasta la derrota de los ´90, que en el Cono Sur fueron seguidas por el ciclo de las dictaduras que truncó toda una generación de jóvenes y dejó huérfana a la siguiente11: los expósitos que habitan el manicomio de América Latina, tal como el mismo Bolaño describe el continente:

Latinoamérica es como el manicomio de Europa. Tal vez, originalmente, se pensó en Latinoamérica como el hospital de Europa, o como el granero de Europa. Pero ahora es el manicomio. Un manicomio salvaje, empobrecido, violento, en donde, pese al caos y a la corrupción, si uno abre bien los ojos, es posible ver la sombra del Louvre (Bolaño 2008: 111).12

Obras citadas
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Notas
1
Exploro la configuración de una “ficción traumática” en los cuentos de Bolaño en Basile (2015).

2 Sin procurar agotar las posibles perspectivas sobre la locura en los textos de Roberto Bolaño, podemos señalar que la literatura y en especial la poesía constituyen vías para abismarse en la locura, tal como se advierte en el poeta de Mondragón en 2666. Desde otro lugar y marcando diferencias con la locura, varios personajes exhiben marcas del trauma sufrido ante la violencia radical del Estado, desde la dictadura chilena hasta Tlatelolco, pasando por los terrorismos estatales europeos, entre otros casos.

3 Aun cuando implica “Una solución fácil, digna del cine americano, superficial y nada creíble”, el protagonista se queda estupefacto al comprobar que está “interpretando involuntariamente una de las peores escenas de Ghost” (Bolaño 2001: 130).

4 Cfr. la siguiente cita: “Experimenté sensaciones encontradas: disgusto por lo que veía, agradecimiento por no ser sodomizado, sorpresa por ser Villeneuve quien era, rencor contra los camilleros por haber vendido o alquilado mi cuerpo, incluso vanidad por ser involuntariamente el objeto del deseo de uno de los hombres más famosos de Francia” (140).

5 El narrador apenas toma nota de la gravedad de lo que le acontece cuando sospecha que puede ser un sueño, y más que un sueño, una “pesadilla” donde acecha el dolor y el terror: “Por un instante se me ocurrió la posibilidad de que todo fuera un sueño. Con el valor de los fantasmas me dije que si era un sueño lo mejor (y lo único) que podía hacer era seguir soñando. Por experiencia sé que intentar despertarse de golpe de una pesadilla es inútil y además añade dolor al dolor o terror al terror” (141).

6 Cfr. la siguiente cita: “El nombre, con su cuerno, abre un camino en el sueño y el hombre camina por ese sendero. Un sendero tembloroso. Siempre crudo. El sendero de llegada o de salida del infierno. A eso se reduce todo. Acercarse o alejarse del infierno. Yo, por ejemplo, he mandado matar. He hecho los mejores regalos de cumpleaños. He financiado proyectos faraónicos. He abierto los ojos en la oscuridad” (97).

7 Cfr. la siguiente cita: “Asimismo descubrí, con menos asombro con el que ahora lo escribo, que el tragafuegos estaba trabajando exclusivamente para él, como si todos los demás transeúntes de aquella esquina del DF no existiéramos. Las llamaradas, en ocasiones, iban a morir a menos de un metro de donde estábamos. ¿Qué quieres, le dije, que te asen en la calle? Una broma tonta, dicha sin pensar, pero de golpe caí en que eso, precisamente, esperaba Jim” (13).

8 Cfr. la siguiente cita: “En 1968, mientras en París los estudiantes tomaban las calles, la joven María Expósito, que aún era virgen, fue seducida por tres estudiantes de Monterrey que preparaban, según decían, la revolución campesina y a los que después de una semana vertiginosa nunca más volvió a ver” (Bolaño 2011: 242)

9 Sobre el personaje de Lalo Cura existen varios e interesantes análisis críticos, entre los cuales menciono: Marras (2011) y Rodríguez (2015).

10 Las dos “olas” o “generaciones” (Castañeda 1993) del brote de la izquierda armada se inician con la entrada de Fidel a La Habana el 8 de enero de 1959 y llegan a su término a comienzos de la década de 1990, signada por varias derrotas. Así, el endurecimiento de la dictadura en Brasil en 1968 y los golpes de estado en Chile (1973), Uruguay (1973) y Argentina (1976), donde la brutal represión impulsada por las Doctrinas de Seguridad Nacional aplasta a la guerrilla en el Cono Sur, cierran la primera ola. En cambio en el norte, la segunda ola encuentra en 1990 su fecha de cierre: así, entre varios ejemplos, el Ejército Guerrillero de los pobres (EGP) de Guatemala fue –junto con otros grupos– violentamente reprimido y quebrantado entre 1982 y 1983; o el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) de El Salvador firma en 1992 el Acuerdo de Paz que lo condujo a la legalidad como partido político; o el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua es derrotado en las urnas en 1990 frente a Violeta Chamorro. Asimismo, en 1992 es capturado Abimael Guzmán Reynoso, el principal cabecilla del Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso (PCP-SL). La desintegración del bloque socialista de la URSS y la caída del Muro de Berlín en 1989 golpearon también a la izquierda revolucionaria y provocaron un giro en el gobierno revolucionario cubano quien dio inicio en 1990 al denominado “Período Especial en Tiempo de Paz.”

11 Paula Aguilar (2015) trabaja, en algunos textos de Bolaño, el tópico de la juventud sacrificada y de la juventud castrada por las derrotas de los movimientos revolucionarios y por los crímenes de las dictaduras del Cono Sur.

12 América Latina, en diversas coyunturas históricas, fue alternativamente el hospital o el granero de Europa, es decir el “Nuevo Mundo” donde se proyectaban las utopías de un mundo más justo, imaginadas aunque no concretadas, por los europeos y ya presentes en la figura del Paraíso Perdido en los diarios de Cristóbal Colón, el territorio en el cual se podrían corregir los males del “Viejo Mundo”, o donde -en su versión más material y económica- Europa podía abastecerse de las materias primas para el desarrollo de la industria europea y la exportación de los productos manufacturados. En cambio Roberto Bolaño introduce ahora la imagen del manicomio, donde cobra protagonismo la saga de Lalo Cura con las significaciones que fuimos anotando.