De Maracaná a Mercosur: La (re)construcción de la identidad nacional uruguaya en Andamios de Mario Benedetti

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Ernest Carranza Castelo
The Ohio State University

 

Este artículo propone una lectura de la novela Andamios (1996) de Mario Benedetti como parte del proceso de indagación colectiva sobre los elementos constitutivos de la identidad uruguaya en el contexto de la segunda mitad de la década de los 90. Se examina cómo, en el marco de una reflexión en torno al desexilio, el autor lleva a cabo una exploración sobre el ser nacional uruguayo con el objetivo de (re)construirlo y dotarlo de nuevos significados tras el trauma de la dictadura cívico-militar (1973-1985) que truncó algunos de los grandes imaginarios del país, como el de la república socialmente avanzada del batllismo. Para llevar a cabo dicho examen se parte de las aportaciones teóricas de Homi Bhabha y Renato Ortiz, quienes conciben la identidad nacional como un terreno de ambivalencias y disputas en el que el escritor, en tanto que intelectual, tiene una capacidad de mediación simbólica.

Palabras Clave: Uruguay, literatura uruguaya, identidad nacional, intelectuales, dictadura, desexilio.

 

La violencia política de la década de los años 60 y la dictadura cívico-militar (1973-1985) constituyen un punto de inflexión en la historia de Uruguay. Desde principios del siglo XX el país venía disfrutando de décadas de democracia y prosperidad económica, lo que le había valido el calificativo, devenido en tópico a lo largo del siglo XX, de la Suiza de América. La confrontación social en el marco de la Guerra Fría, la represión y el exilio motivaron un truncamiento del proyecto colectivo uruguayo y un tambaleo de sus pilares fundamentales, produciéndose un impacto en la percepción de su identidad nacional similar a la de otros países latinoamericanos como Argentina o Chile. Con la vuelta a la democracia y el retorno de los exiliados se hizo evidente la necesidad de recomponer los fragmentos resultantes del quiebre nacional. En este cometido, intelectuales como Mario Benedetti (1920-2009), uno de los muchos huidos al extranjero, tuvieron un papel determinante como promotores de un debate público sobre el presente y el futuro de Uruguay. En el marco de dicho debate intelectual, este trabajo propone un análisis de la novela Andamios de Benedetti, publicada por primera vez en 1996, como un mecanismo de búsqueda de los rasgos definitorios de la identidad colectiva uruguaya. En concreto, se examina cómo, en el marco de la reflexión en torno al desexilio —es decir, el proceso de regreso y readaptación a la patria tras el trauma dictatorial— el autor lleva a cabo una exploración sobre el ser nacional uruguayo, con el objetivo de (re)construirlo, dotarlo de nuevos significados y reelaborar algunos de los ya existentes. Este análisis pretende, pues, aportar luz sobre un aspecto escasamente estudiado en producciones académicas previas sobre la obra de Benedetti, como es la contribución de sus novelas a la reflexión sobre la cuestión nacional.1

Fundamentos teóricos
Para llevar a cabo el examen propuesto, se parte de las aportaciones de teóricas de Homi Bhabha y Renato Ortiz, quienes han concebido la identidad nacional como un terreno de ambivalencias y disputas. En la introducción a Nation and Narration (1990), Bhabha sugiere que la nación se caracteriza por la ambivalencia, la indeterminación conceptual y la oscilación entre vocabularios (2), contraviniendo así las visiones historicistas que la conciben como un ente definido y de nítidos orígenes. De acuerdo con Bhabha, la nación es una realidad creada mediante la narración, de ahí que su conformación sea el resultado de la oposición de narrativas y contranarrativas que discuten las visiones dominantes en el seno de la comunidad, tal y como sostiene en The Location of Culture (1994): “Counter-narratives of the nation that continually evoke and erase its totalizing boundaries—both actual and conceptual—disturb those ideological manoeuvres through which ‘imagined communities’ are given essentialist identities” (149). Bhabha pone el acento en el carácter textual de la nación y en cómo mediante la letra se reproduce y problematiza este espacio de interacción social. Si bien el teórico parte para su conceptualización de la capacidad resignificadora de la nación que tienen los inmigrantes y los sujetos intersticiales, la problematización del espacio nacional mediante la escritura puede hacerse extensiva a todo escritor e intelectual. La narración permite construir una identidad nacional, hegemónica o alternativa o, como es el caso de Benedetti, también (re)construirla, tomando los fragmentos que el trauma dictatorial dispersó para componer una imagen identificativa del país, aunque siempre de una manera más tentativa que axiomática.

Las formulaciones de Ortiz, al igual que las de Bhabha, pueden adscribirse a las teorías posmodernas predominantes en el campo de los estudios sobre la nación. Según el teórico brasileño, la identidad nacional no es un carácter esencial sino una construcción simbólica sujeta a disputas. En esta pugna, los intelectuales jugarían un rol fundamental en tanto que mediadores:

El debate sobre la identidad se encuentra pues, permanentemente permeado por intereses conflictivos. Por eso, en su elaboración, los intelectuales desempeñan un papel preponderante; actúan como mediadores simbólicos que establecen un vínculo entre el pasado y el presente. Se tiene así la legitimación de esa o de aquella visión, de tal o cual destino. La memoria nacional es por lo tanto un terreno de disputas, en el que se enfrentan las diversas concepciones que cohabitan en la sociedad. (101)

De acuerdo con Ortiz, la identidad nacional, igual que otras identificaciones colectivas, requiere de una construcción simbólica en torno a un referente, que en este caso sería la nación como comunidad. En tanto que proceso construido, el referente estaría abierto a aportaciones e interpretaciones múltiples y discrepantes. A partir de la conceptualización de Bhabha y Ortiz, se entienden el texto y el intelectual como mediadores de las tensiones identitarias presentes en la sociedad. De acuerdo a esto, se analiza Andamios como un espacio de enunciación desde el cual se negocian las discrepancias en torno a la identidad uruguaya que, lejos de ser fija y estática, ha sido históricamente objeto de cuestionamiento.

En su trabajo seminal sobre la nación como comunidad imaginada,2 Benedict Anderson hace hincapié en la importancia de la escritura en la conformación de imaginarios nacionales. Anderson resalta cómo los nuevos medios de comunicación de masas y, especialmente los periódicos, fueron durante los siglos XIX y XX generadores de nuevos horizontes simbólicos coincidentes con la extensión territorial de los estados. El teórico norteamericano ilustra este proceso de significación con el ejemplo de El Periquillo Sarniento (1816), novela de José Joaquín Fernández de Lizardi que ofrece un “paisaje sociológico” del México colonial a través de un tour por lugares y grupos sociales característicos del país (30). Andamios es un ejemplo de cómo la novela, pese a haber perdido el papel preponderante que ostentaba en la sociedad latinoamericana del siglo XIX, sigue atesorando un potencial considerable para delimitar y cuestionar los contornos de la nación en el contexto finisecular, marcado por el auge de nuevas tecnologías y medios de comunicación. En este sentido, la ficción literaria novelística es el terreno en el que el intelectual lleva a cabo su mediación simbólica sobre la nación tal y como la propone Ortiz.

El debate sobre la identidad uruguaya
Uno de los rasgos que ha definido el Uruguay contemporáneo es la ausencia de una identidad nacional fuerte y claramente definida, de ahí que uno de los temas de interés entre sus intelectuales haya sido la búsqueda de rasgos nacionales comunes. País pequeño, o “petizo”, esto es, bajito, de poca altura, fronterizo, rodeado de gigantes, este pequeño Estado constituye una de las mayores paradojas en lo que se refiere a los debates sobre la nación en el contexto latinoamericano. Por un lado, se trata de uno de los territorios con mayor homogeneidad social, económica y étnica del continente, un caso paradigmático de articulación en torno a la mesocracia y el Estado del bienestar, tal y como lo ha definido históricamente el batllismo.3 Por otro lado, pese a la estructuración que los mitos nacionales y las políticas progresistas han posibilitado, se trata de una de las comunidades que más ha discutido y discute sobre su ser, sus esencias, su pasado, presente y futuro. Uruguay ha sido, históricamente, un grupo humano en busca de sí mismo, de su lugar en el mundo, de su ubicación en América Latina. Esta necesidad de autocomprensión se acentúa notablemente a raíz de la dictadura cívico-militar; un hecho de enorme trascendencia para el país, que hizo saltar por los aires buena parte de las convenciones que la sociedad uruguaya tenía sobre sí misma.

Aunque atenuado desde el ingreso del país en la globalización y el neoliberalismo, el debate sobre la idiosincrasia uruguaya ha seguido desde la década de los 90 y en él han participado, en mayor o menor medida, numerosos intelectuales. Entre estos podemos destacar a escritores como Mauricio Rosencof, Eduardo Galeano o el propio Benedetti, además de académicos como Hugo Achugar, Felipe Arocena, Rafael Bayce, Gerardo Caetano o Adolfo Garcé. Todos ellos parten, a su vez, de una longeva tradición de reflexión sobre Uruguay en la que cabe destacar otros nombres como los de José Enrique Rodó, Carlos Vaz Ferreira, Carlos Quijano, Carlos Real de Azúa o Ángel Rama. Una de las motivaciones de este debate ha sido la necesidad de reconstruir el proyecto colectivo que la Guerra Fría y la dictadura truncaron de manera irremisible a partir de la década de los 60.

Con el fin de la dictadura y la vuelta de los exiliados (y el consiguiente “desexilio”, tal y como lo entiende Benedetti) se abre un proceso de reflexión nacional mediante el cual se reactualizan algunas de las narrativas que habían sustentado el entramado simbólico del país y que habían quedado en entredicho tras la violencia militar y la polarización ideológica. Mitos como la Suiza de América, el país de las vacas gordas, la Atenas del Plata o el welfare state son puestos en cuestión desde mediados de la década de los 80 (Achugar 42) al perder peso la idea de un país pequeño y cohesionado social y políticamente en torno a la socialdemocracia. Tal y como apunta Abril Trigo, se mantienen a finales de los 90 los “ideomitos fundacionales” de la nación uruguaya, entre los que destacan José Artigas, El Éxodo de 1811 o los “33 Orientales” (¿Cultura 10).4 Sin embargo, el consenso en torno a la República Modelo batllista se ha resquebrajado y convive con la frustración generada tras el fracaso de los dos modelos que se disputan la hegemonía en el Cono Sur durante la Guerra Fría: el socialismo revolucionario y el autoritarismo neofascista (Trigo, ¿Cultura 15-16). En las últimas décadas, las concepciones tradicionales de Uruguay como un país homogéneo y cohesionado se han visto problematizadas por las dinámicas de la globalización, el capitalismo posmoderno y las migraciones.5

Andiamos, reflejo del Uruguay posdictatorial
En el momento en que Benedetti escribe Andamios, entre 1994 y 1996, Uruguay intenta recuperar la autoestima colectiva tras 30 años de crisis económica y con las heridas aún recientes de doce años de privación de libertades y represión que habían erosionado el proyecto colectivo. Como apunta el historiador y diplomático Juan José Arteaga, “el Uruguay democrático, para afianzar y desarrollar sus logros ya evidentes, necesita ilusionar a su pueblo y especialmente a sus jóvenes con un ideal, un proyecto, un sueño movilizado” (356). En 1995 accede a la presidencia Julio María Sanguinetti, miembro del sector batllista del Partido Colorado (PC), quien continúa con las reformas neoliberales de sus predecesores, si bien con una cierta expansión del gasto público, así como cambios en el sistema educativo y electoral. Desde su retorno al país en 1985, Benedetti venía centrando varias de sus obras y escritos en torno a la cuestión del desexilio, siendo Andamios la culminación del proceso de reflexión al respecto.6 En este proceso, la necesidad de (re)construcción grupal discurre paralela a la necesidad de reparación individual. La producción crítica sobre esta novela se ha centrado en varios aspectos que conectan con la complejidad del exilio. Por ejemplo, Sylvia Lago ha apuntado cómo en la novela Benedetti recurre a la memoria como sostén del país que intenta reconstruir en su propia imaginación (89). Tras la caída de la dictadura, surgen varias incógnitas: por ejemplo, cómo restañar las heridas que la violencia y la represión han infligido en el proyecto colectivo y qué papel ha de ejercer cada uno como individuo en ese proceso. Para Corina S. Mathieu, Benedetti plantea la dificultad que implica ser uruguayo en un momento de escasez de anclajes y resalta los obstáculos añadidos que tienen los que perdieron sus puntos de referencia por el exilio (556). La postura del escritor conduce no sólo a una reconstrucción, sino también a una problematización de la identidad posterior al trauma, un proceso de revisión del que también estaba participando la historiografía uruguaya del momento, tal y como destaca Manuel Frau (130). A principios de la década de los 90, Uruguay busca reelaborar su imagen, no sólo para recuperar lo que se perdió tras el golpe, sino como continuidad de una búsqueda histórica por la identidad colectiva que tiene sus raíces en la fundación misma del país.

Andamios es la plasmación de una búsqueda, la colectiva, que no puede entenderse sin la reconstrucción del sujeto exiliado. Como su propio nombre sugiere, hay una obra en construcción, con su necesidad de cimientos, de estructura, de cemento: en definitiva, elementos para erigir un edificio robusto, resistente a nuevos vendavales. Pero las circunstancias postraumáticas impiden que lo nuevo se construya con las mismas certidumbres con que se levantó lo viejo. Por ello, como reconoce el mismo autor, la novela no responde a la organización clásica de este género: lo que se nos ofrecen son retazos, perspectivas, momentos, encuentros y reflexiones (principalmente políticas), por oposición a una trama de claro y nítido desarrollo. La cuestión de las perspectivas es relevante en la obra, ya que a lo largo de los “andamios” se alternan las narraciones omniscientes en tercera persona con las focalizadas a través de varios personajes y otras en primera persona. Tanto la estructura de la obra como su carácter polifónico pueden interpretarse como una alegoría del carácter heterogéneo y fragmentario del ser uruguayo.

A grandes rasgos, la obra aborda el retorno de Javier, periodista quien, como el autor, estuvo exiliado en España: allí deja a su pareja Raquel y a la hija de ambos, Camila. Al regresar a Uruguay, Javier se reencuentra con varios personajes que median en su readaptación: su madre Nieves, antiguos compañeros de lucha política como Fermín, Rosario o Rocío, que se convierte en su nueva pareja, o sus hermanos Gervasio y Fernanda, que viajan desde EEUU para hablar de una herencia inesperada de Nieves. La obra concluye con un grave accidente de coche en el que Rocío pierde la vida y con la anunciada visita de Raquel y Camila. Este reencuentro familiar y la posibilidad de reconciliación han sido descritos por el crítico José Castro como un intento alegórico de “elaborar una nueva imagen de unidad en una sociedad uruguaya del futuro” (116). Si bien esta dimensión alegórica está articulada mediante la configuración de los personajes, es el discurso de estos el marcador más evidente de la construcción narrativa de la nación que propone Bhabha.

En la novela, Javier encarna el rompecabezas individual y colectivo del desexilio de una manera que muestra trazas de la subjetividad del autor empírico. El protagonista empieza delimitando el problema verbalmente como inicio del proceso de autoindagación. En su reencuentro con Fermín confiesa: “Necesito distancia, quiero reflexionar, tratar de asimilar un país que no es el mismo, y sobre todo comprender por qué yo tampoco soy el mismo” (15). El punto de partida es la constatación de un cambio que va más allá de lo individual, de una transformación cuyo alcance el personaje sólo podrá entender de forma progresiva. Hacia el final de la novela Javier considera que, si bien el país ha cambiado, mantiene un núcleo esencial, como nos cuenta el narrador omnisciente: “De a poco va llegando a la conclusión de que el país no ha cambiado en esencia. La cáscara es otra. Eso puede ser. Pero la pulpa y el carozo son los de siempre” (276). Las preguntas que Javier se hace a sí mismo son, para el crítico Ambrosio Fornet, dos de las más comunes en la novelística latinoamericana sobre traumas políticos: dónde y cuándo acabó el viejo país y dónde y cuándo empieza el nuevo (550). En este proceso de discernimiento se hace necesario encontrar elementos de unión, rellenos para los huecos que abre la existencia. Como Benedetti sugiere en el artículo periodístico “El desexilio”, publicado en 1983, el reconocimiento de las carencias generadas por la separación forzosa, e incluso la aceptación del bagaje sentimental adquirido en el país de acogida, son parte de la argamasa con la que construir el futuro: “Y si no debemos sentirnos culpables por todo lo que recordamos y trajimos con nosotros, así fueran miedos, decepciones, frustraciones, derrota, tampoco debemos avergonzarnos de los recuerdos que hoy estamos construyendo, y que si un día o una noche nos vamos, integrarán nuestra mochila” (43). Así, la aceptación del exilio y el desexilio se establece como un elemento imprescindible para llevar a cabo el ejercicio de búsqueda interior que el autor propone.

En la (re)construcción de la identidad nacional que Benedetti lleva a cabo pueden distinguirse dos clases de elementos: los consensuales, o lugares comunes, y los problemáticos o sujetos a controversia. Esta división no implica que el primer grupo esté exento de problematización, como se verá a partir de las reflexiones del protagonista, pero pretende enfatizar el amplio grado de aceptación que dichos aspectos tienen en la sociedad uruguaya en el momento de la escritura. En esta primera tanda destacan, por ejemplo, las alusiones a la diversidad cultural del país. Así lo refleja la siguiente reflexión de Javier mientras observa la abigarrada Plaza Independencia durante uno de sus paseos por Montevideo: “La plaza era poco menos que representativa de la mezcolanza y el amontonamiento de modos y maneras, de estilos e influencias, de herencia y espontaneísmo, de originalidad y mestizaje, algo que, después de todo, constituía nuestra confusa identidad” (212). La mezcla característica de lo uruguayo, debida en gran medida a la aportación de las sucesivas oleadas migratorias desde Europa, tiene una de sus máximas expresiones en la gastronomía. En una conversación con Leandro, un viejo compañero de debate político, y su hermana Teresa, Javier destaca que algunos países como Inglaterra no pueden presumir de difundir una cocina propia. Entonces, Teresa le contesta: “Nuestra cocina, en cambio, es toda de prestado: pasta sciuta, tortilla a la española, pizza y fainá, frankfurters, milanesas. En los postres somos algo más autóctonos: el dulce de leche, el zapallo en almíbar (me refiero al que se hace con cal), el chajá de Paysandú” (144). Sin caer en el chovinismo o el esencialismo, el texto de Benedetti utiliza el diálogo de los personajes para confrontar la proclamada singularidad de Uruguay con su carácter de cultura trasplantada.

Otro elemento identitario de consenso es José Gervasio Artigas, el omnipresente héroe de la independencia, cuya figura permea el pasado y el presente del país. Benedetti recoge este mito, que es el de la gran mayoría de uruguayos, aunque lo interpreta de acuerdo con su ideología izquierdista, como vemos en esta afirmación del narrador focalizado a través del protagonista: “Es cierto que, se decía Javier en el segundo tramo de su insomnio, nuestro héroe máximo fue un Artigas derrotado, pero ¿qué héroe de esta América no ha sido un derrotado? San Martín, Bolívar, Martí, Sandino, el Che Guevara, todos derrotados. No se consolidaron en el poder y tal vez por eso no se corrompieron” (147). La visión que el escritor plasma debe entenderse a partir de lo que Trigo ha denominado como “polifonía creacional ideomítica” (Caudillo 249), es decir, la consolidación de visiones divergentes del legado de Artigas. En el disenso en torno a esta figura histórica la polarización política de la década de los 60 y la dictadura han jugado un papel fundamental, puesto que han contribuido a la implosión del consenso en torno a la República Modelo del batllismo, que a su vez se erigía sobre el mito fundacional del prócer uruguayo.

En Andamios el fútbol se presenta como un pilar fundamental de la identidad consensual uruguaya. Mientras la geografía, la economía o la capacidad de influencia internacional lo sitúan a la sombra de potencias como Argentina, Estados Unidos, Brasil o España, el balompié tiene el poder de elevarlo a las cotas más altas, como apunta Javier cuando alude a “la única indiscutible victoria histórica, internacional y provocadora, ese hito imborrable que fue Maracaná” (149).7 Aparte de Artigas, el resto de héroes y gestas de la historia oficial uruguaya son ajenos a muchos jóvenes. Allí donde no llegan los próceres alcanzan los triunfos y las derrotas de la Celeste (la selección nacional) y cuya historia, en palabras de Manuel Frau, es “una historia cercana, viva, que se aprende en la familia, con los amigos, en los patios de las escuelas” (136). Andamios refleja, así, la trascendencia que el deporte tiene en la cohesión de Uruguay como grupo, ofreciendo una reinterpretación acorde con los postulados críticos del autor:

[Maracaná] se había transformado con los años en una victoria a medias, o sea, en casi sinónimo de una derrota a medias (…) La maracanización nos fue quitando, lustro tras lustro, uno de nuestros rasgos patrios más dignos de sobrevivir: una sobria templanza en la que nos sentíamos decentes y acompasados. Nos convertimos de pronto en los nuevos ricos del deporte. (149)

En esta y otras citas se evidencia la voluntad de Benedetti de hacer una relectura de ciertos mitos nacionales para ofrecer una visión alternativa que permita al país progresar. En este sentido, la (re)construcción del escritor es un proceso eminentemente crítico: no solo hay una censura del nacionalismo acomodaticio, sino que también está implícita la idea de que ningún grupo dentro de la nación puede arrogarse su exclusiva interpretación.

Aspectos del disenso uruguayo en la novela
Entre los aspectos que podemos considerar como problemáticos, en tanto que no generan un consenso tan amplio en Uruguay, podemos destacar las relaciones con otros países. El vecino argentino es probablemente el ejemplo más claro de esta necesidad de compararse para tener una verdadera idea de lo que uno es. Y lo es de tal manera que lo argentino está implícito en la rememoración del mismo Uruguay. Por ejemplo, al principio de la novela, el protagonista recorre las calles y se detiene a observar establecimientos emblemáticos de Montevideo, un ejercicio que revive la memoria del país antes de la dictadura:

Yo me acuerdo de cómo éramos. A ver, ¿cómo éramos? ¿Más amables, menos hoscos? ¿Más sinceros, menos hipócritas? Quizá éramos menos desagradables, okei, y a lo mejor todavía hoy somos menos soberbios que los porteños. Dice Quino que un uruguayo es un argentino sin complejo de superioridad. No tanto, no tanto. También puede ser que un argentino sea un uruguayo sin complejo de inferioridad. ¿Cómo somos? (50)

En el fragmento se advierte la necesidad que el protagonista siente de indagar en el ser colectivo uruguayo y de hacerlo por comparación con un “otro” cultural y geográficamente cercano. Se evidencia, asimismo, un intento crítico de revisar algunas presunciones uruguayas autocomplacientes, como el hecho de pensar que los miembros de la propia nación no se sienten inferiores a los argentinos. Estas comparaciones muestran una construcción de la identidad nacional de forma dialéctica y dinámica, que rehúye visiones estáticas idealizadas. Para Benedetti, responder a la pregunta de qué somos requiere algo más que indagar sobre nosotros mismos: se hace necesario también preguntar qué nos diferencia respecto a otros, especialmente cuando nuestra relación con ese “otro” está condicionada por desencuentros pasados.

Europa, y la cultura occidental por extensión, se configuran como otro “otro” significativo en la novela. España, pese a ser el país de acogida del protagonista (y del autor) exiliado, es vista desde una doble vertiente: como un lugar con un sustrato cultural común pero también como ejemplo de la visión sesgada y reduccionista que el primer mundo tiene de Latinoamérica. Las disquisiciones de Javier sobre qué tema puede ser de interés para enviar un artículo a una agencia de noticias española reflejan estos prejuicios:

En Uruguay no hay terremotos ni asesinatos políticos, ni balseros (¿adónde irían?) ni guerrilla en activo, comparativamente hay poca droga y es el único país latinoamericano que se libró del cólera, por suerte no hay perspectivas de golpe y los módicos desplantes militares ocurren intramuros. La paz lisa y llana, exterior al Primer Mundo, no es noticia en sus mass media. (92)

En la novela, la idea de la nación pequeña y modesta en el escenario internacional, en la que apenas ocurren acontecimientos dignos de difusión, se compara con la de España como potencia europea que, pese a disponer de más recursos, adolece de ignorancia sobre la situación de las antiguas colonias. Hay, indudablemente, una reivindicación de un proyecto de país imperfecto, si bien pacífico y limpio de manchas coloniales, que entronca con la ideología del autor y, por tanto, es enfrentado al primer mundo explotador. La descripción que el protagonista hace sobre su país ahonda en la contraposición entre Uruguay (y Latinoamérica, por extensión) y Europa: “No tenemos cataratas ni petróleo ni coca ni indios. Tenemos estrellas, constelaciones. Pocos negros, que por fortuna aportan algo al fútbol y dan vida y prestancia al carnaval. Somos blanquitos como los europeos, pero no somos europeos. Blanquita la piel y el corazón mulato” (94). Se observa cómo Benedetti alude a la singularidad uruguaya en el contexto latinoamericano citando su mayor homogeneidad étnica a la vez que evita reproducir el discurso que representa Uruguay como una sociedad trasplantada, de raigambre europea.

Las relaciones que Andamios retrata entre Uruguay y Argentina, por un lado, y Uruguay y España, por otro, recogen la compleja naturaleza de dichas interacciones: los uruguayos no son argentinos ni españoles, pero tampoco pueden entenderse enteramente sin ellos, o sin la posibilidad de diferenciarse de los mismos. Con Estados Unidos ocurre algo diferente: no sólo representa la lejana cultura occidental, sino que simboliza el imperialismo, antítesis de la visión política del autor. Para Benedetti, socialista declarado, el país norteamericano representa un doble “otro”, un ente ajeno tanto ideológica como culturalmente, que condiciona la identidad uruguaya en tanto que actor principal del orden neoliberal. Leandro, personaje de sólidas convicciones progresistas, articula esta visión en una de sus conversaciones con Javier:

No vayas a creer que admiro a Maastricht,8 nada de eso, pero reconozcamos que aquello es una contienda de leones, en tanto que el Mercosur9 es apenas una jaula con dos linces y unos gatitos (el domador habla inglés, of course). Y nosotros, como Gatito Oriental del Uruguay, no tenemos ni voz ni voto; en el mejor de los casos, sólo votito y vocesita. (146)

De nuevo, la contraposición entre lo grande y lo pequeño, el dominado y el dominador, como expresión de los desequilibrios globales entre norte y sur se configuran como uno de los pilares del discurso crítico de Benedetti.

La inclusión de Mercosur en la novela responde al hecho de la trascendencia que esta unión ha tenido para el país. Para Gustavo de Armas y Adolfo Garcé, la integración en dicho espacio ha transgredido el mito oficial de Uruguay como un país donde no ocurren cosas (69-70). Achugar va más allá y sostiene que Mercosur ha redefinido Uruguay al enfatizar su carácter fronterizo y de tierra de paso y al contribuir a la difusión de sus límites nacionales en pos de su integración regional (22). Como vemos, Benedetti da continuidad a los discursos intelectuales y académicos que enfatizan la relevancia de Mercosur para el nuevo Uruguay, si bien su visión se articula mediante una lectura crítica de las desigualdades económicas que subyacen a dicha unión.

En otro pasaje, en el que se reproduce un fragmento de la carta que Fernanda, residente en EEUU, envía a su hermano Javier, se refleja la visión del país norteamericano como la antítesis del proyecto de nación progresista que Benedetti defiende: “Por sus riquezas naturales, por su composición pluriétnica y multilingüista, por el espíritu de su Constitución y su trama democrática, esta nación podría ser una suerte de paraíso, pero el desaforado culto del dinero la ha convertido en un infierno […] No sé si a esta altura ya te habrás dado cuenta, pero en el fondo te envidio” (235). Como apunta Gloria da Cunha-Giabbai, Benedetti se erigió en Uruguay y América Latina como “intelectual-escritor comprometido” que participa activamente del proceso de toma de conciencia del pueblo (59). El antiimperialismo y la visión crítica de EEUU constituyen uno de los pilares del discurso del autor, quien reserva para la gran potencia americana un lugar crítico en su novela. Aunque EEUU representa la antítesis de los postulados políticos del escritor, este reconoce de manera implícita que Uruguay y, por extensión, América Latina, no podrían entenderse sin la compleja dialéctica con el gigante del norte.

Una de las ideas elaboradas en Andamios es que Uruguay no puede desprenderse totalmente de lo occidental, porque ese legado está incrustado en su misma historia. Esto se refleja en la capital, Montevideo, donde se manifiesta otro de los problemas fundamentales en la articulación de la nación: la división entre la capital y el resto del país. En uno de sus artículos para la agencia madrileña, Javier escribe: “De espaldas a América, y de hecho también de espaldas al resto del país, Montevideo, ciudad-puerto, sólo mira al mar, es decir a eso que llamamos mar y es sólo río (eso sí, el más ancho del mundo) y depende de imprevistas corrientes internacionales que sus aguas políticas o culturales sean dulces o saladas” (103). Este pasaje evidencia la importancia que para el autor tiene el hablar de los aspectos divisivos del país, aquellos menos propensos a la generación de un consenso, pero que de ser obviados pueden derivar en una desarticulación de la sociedad. El autor alude a un choque dialéctico entre dos partes de Uruguay, un contraste que, según Trigo, existe entre los dos núcleos ontológicos que determinan el país: la pradera y el puerto (Caudillo 257). La dicotomía ciudad-campo se remonta a tiempos pretéritos y, sin embargo, se proyecta sobre el país del presente. Existen, no obstante, otras amenazas en ciernes a la unidad de la nación, como el abismo generacional. Esta inquietud la encarna Braulio, un joven de 18 años, amigo del hijo de Fermín, que le confiesa a Javier su hartazgo con los viejos referentes colectivos:

Te confieso que hay tópicos de tu franja o de las precedentes o de las subsiguientes, que me tienen un poco harto. Que el Reglamento Provisorio, que el viejo Batlle, que el Colegiado, que Maracaná, que tiranos temblad, que el Marqués de las Cabriolas, que el Pepe Schiaffino, que Atilio García, que el Pueblo Unido Jamás Será Vencido, que los apagones, que los cantegriles, que Miss Punta del Este, que la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado, que la Vuelta Ciclista, que las caceroleadas, que la puta madre. Harto, ¿sabés lo que es harto? (270-271)

La reflexión posterior de Javier permite adivinar el razonamiento que el autor lleva a cabo sobre este desapego: “Hoy los padres les dan a sus chicos tanta autonomía que, aunque suene a paradoja, los hace sentirse esclavos de esa libertad. Están obligados a liberarse de cualquier cosa, no saben bien de qué. No hay nada a conquistar. Para qué trabajar si trabajan los veteranos. Para qué estudiar si cuando culminan la carrera no hay quien les dé trabajo” (278). El presente de las nuevas generaciones, huérfanas de identidad y carentes de un “otro” al que oponerse políticamente en un contexto de democracia, estabilidad económica y capitalismo globalizado se presenta en Andamios como una de las posibles fallas del proyecto nacional.

La falta de correspondencia entre las aspiraciones de unos y otros en el Uruguay posdictatorial dibuja un retrato escéptico que contrasta con la visión optimista que podría esperarse de un reencuentro con la patria. Esta desconfianza respecto al rumbo del país sale a relucir en comentarios como el siguiente de Javier a su madre Nieves respecto de las carencias que siente el desexiliado y las que sufre la nación:

El país ha cambiado y yo he cambiado. Durante muchos años el país estuvo amputado de muchas cosas y yo estuve amputado del país (…) Cada uno de nuestros países creó su propio murito de Berlín y éste aún no ha sido derribado (…) Todo esto es cuestión de tiempo. Al final nos acostumbraremos a los nuevos modos y maneras y hasta llegará el día en que proclamaremos el fin de la transición y lo festejaremos con champán (o con añeja). Eso sí, seremos otros, claro, y no sé si nos gustará cómo seremos. (220)

El pasaje deja entrever un optimismo amargo fruto de contrariedades que el autor probablemente experimentó tras el retorno al país. Si bien Benedetti aclara en el prólogo que la obra “de ningún modo pretende ser una interpretación psicológica, sociológica ni mucho menos antropológica, de una repatriación más o menos colectiva” (12), lo cierto es que Andamios contiene suficientes elementos de reflexión sobre la identidad uruguaya como para pensar que el autor sentía una cierta ansiedad por el hecho nacional y su evolución futura que podía vehicularse a través de la ficción.

A modo de conclusión, puede decirse que el escepticismo patrio que Benedetti muestra a lo largo de la novela configura una contranarrativa nacional —en el sentido propuesto por Bhabha— que debe interpretarse como una muestra genuina de una voluntad de incidir en los debates sobre la uruguayidad ejerciendo el rol de intelectual mediador. Benedetti ha sido encuadrado en una generación de escritores, la del 45, que fue crítica con la cultura oficial del batllismo (De Armas y Garcé 8) y que se erigió en alternativa a los discursos hegemónicos en el país. La novela es, en este sentido, un reflejo de la voluntad de continuar con la labor crítica tras el paréntesis del gobierno militar y el consiguiente esfuerzo de desexilio. Lejos de caer en los viejos tópicos de la Suiza de América, el país único del “como el Uruguay no hay” o el optimismo exacerbado del “Maracanazo”, Benedetti dibuja un país cambiante y en proceso de reencuentro mutuo cuya evolución es, cuando menos, incierta. Si bien el autor no renuncia a ciertos elementos tradicional y consensualmente uruguayos (los mitos fundacionales, la diversidad cultural, el fútbol) se evidencia un intento de contestar las narrativas culturales dominantes mediante un énfasis en los conflictos irresueltos (la dependencia de las potencias occidentales, la tensión campo-ciudad, la brecha generacional, las transformaciones neoliberales) y una advertencia sobre el peligro de las lecturas autocomplacientes de la nación. Para finalizar con un símil constructivo, puede afirmarse que el país reflejado en la novela es un edificio en construcción, más que una obra finalizada. Las memorias, reencuentros, reflexiones, certezas y dudas que aparecen a lo largo de la misma constituyen una base, tentativa, pero de donde asirse al fin y al cabo, tras épocas tempestuosas que trastocaron las coordenadas previas. El libro es, en definitiva, un muestrario de los andamios que debe armar un desexiliado en su proceso de reintegración y de reconstrucción del país del futuro.

Obras citadas
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Anderson, Benedict. Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. Verso, 1991.

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---. “El desexilio”. 1983. Articulario: Desexilio y perplejidades. El País/Aguilar, 1994.

---. El país de la cola de paja. Arca, 1970.

---. Escritos políticos (1971-1973). Arca, 1985.

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De Armas, Gustavo y Adolfo Garcé. Uruguay y su conciencia crítica: Intelectuales y política en el siglo XX. Trilce, 1997.

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---. ¿Cultura uruguaya o culturas linyeras? Para una cartografía de la neomodernidad posuruguaya. Vintén Editor, 1997.

---. Memorias migrantes: testimonios y ensayos sobre la diáspora uruguaya. Ediciones Trilce, 2003.

Notas
1 Conviene señalar, no obstante, que Benedetti ha reflexionado sobre Uruguay mediante otros géneros textuales que han recibido atención crítica, como los artículos periodísticos. Dos recopilaciones destacadas en este ámbito son El país de la cola de paja (1970) y Escritos políticos (1971-1973) (1985). En los textos incluídos en dichas obras, Benedetti expone su visión crítica sobre el país y su futuro político y social en el contexto de la década de los años 60 y 70, respectivamente.

2 La obra en cuestión es Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism (1991), una de las principales aportaciones a los estudios sobre la nación y el nacionalismo desde una perspectiva posmoderna. Esta corriente sostiene que la nación es un fenómeno intrínseco a la modernidad, cuyas primeras manifestaciones ocurren a finales del siglo XVIII en Europa y Norteamérica.

3 El batllismo es la corriente política fundada por Jorge Batlle y Ordóñez (1856–1929), político, periodista y líder del Partido Colorado. Ejerció como presidente de Uruguay en dos períodos durante el primer cuarto del siglo XX (1903­–1907, 1911­–1915) y creó un proyecto político de fuerte resonancia en décadas posteriores basado en la intervención estatal, la protección social y laboral y el anticlericalismo, todo ello en el contexto de una economía capitalista. Se le considera uno de los principales artífices del mito de Uruguay como welfare state en el marco latinoamericano.

4 José Gervasio Artigas (1764–1850) fue un político y líder militar que destacó en la Guerra de Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, durante el primer tercio del siglo XIX. Es considerado como uno de los máximos exponentes del federalismo en América Latina por su oposición al centralismo bonaerense, así como el padre de la nación uruguaya por su contribución a la independencia de la banda oriental del Río de la Plata. El Éxodo de 1811 fue una emigración masiva de habitantes de la Banda Oriental del río Uruguay siguiendo a Artigas tras el levantamiento del sitio de Montevideo, último bastión de los españoles en el Río de la Plata. Los 33 Orientales son los hombres que emprendieron la insurrección para recuperar la independencia de la Provincia Oriental del Río de la Plata en 1825 cuando dicho territorio estaba en poder de los brasileños.

5 Son varios los académicos que se han interesado desde la década de 1990 en el papel de las nuevas identidades uruguayas. Entre los estudios que abordan la cuestión pueden destacarse ¿Cultura uruguaya o culturas linyeras? Para una cartografía de la neomodernidad posuruguaya (1997) y Memorias migrantes: Testimonios y ensayos sobre la diáspora uruguaya (2003), ambos de Abril Trigo, así como “La contribución de los inmigrantes en Uruguay” de Felipe Arocena (2009).

6 Entre las obras de Benedetti que abordan el exilio y el desexilio destacan la novela Primavera con una esquina rota (1982) y la recopilación de textos periodísticos Articulario: Desexilio y perplejidades (1994).

7 El pasaje alude a la victoria de la selección nacional de fútbol de Uruguay frente a la favorita Brasil en la final de la Copa Mundial de Fútbol de 1950, popularmente conocida como “Maracanazo”. Este hecho ha sido a menudo interpretado en la cultura popular uruguaya como una muestra del supuesto carácter rebelde y aguerrido de la nación; también ha sido formulado en términos épicos, en el sentido de una reedición del episodio bíblico de la victoria de David contra Goliat.

8 Palabra con la que se conoce de forma abreviada el Tratado de Maastricht de 1992, uno de los acuerdos fundacionales de la Unión Europea (UE).

9 Mercosur: nombre que recibe el proceso de integración iniciado en 1991 por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, cuyo objetivo es facilitar la consolidación de un mercado común y políticas económicas coordinadas.