Cuerpos migrantes, cuerpos inermes

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Armando Octavio Velázquez Soto*
Universidad Nacional Autónoma de México

 

Escrita con claras referencias a La divina comedia y la tragedia griega, Las tierras arrasadas (2015) de Emiliano Monge narra uno de los aspectos más brutales de la migración: el secuestro y tráfico de personas. En este trabajo me interesa analizar de qué elementos se vale la novela para construir un “artefacto cultural” (de acuerdo con Astrid Erll) que participa en las mediaciones materiales de la memoria cultural; asimismo, también relacionaré mi análisis con algunas de las propuestas de Mbembe sobre la necropolítica y con las escrituras que surgen en contextos de violencia estudiados por Valencia y Rivera Garza.


 

Vine a San Fernando a buscar a mi hermano.
Vine a San Fernando a buscar a mi padre.
Vine a San Fernando a buscar a mi marido.
Vine a San Fernando a buscar a mi hijo.
Vine con los demás por los cuerpos de los nuestros.
Sara Uribe, Antígona González

El fin de semana del 23 y 24 de abril del 2016, se presentó el informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes sobre el “caso Ayotzinapa”; el mismo fin de semana, las calles de 27 ciudades de México fueron tomadas en protesta contra la violencia de género; ese sábado apareció en el periódico Reforma una breve nota vinculada a las investigaciones que se realizaron después de la primera masacre de San Fernando, en Tamaulipas, en la cual fueron asesinados 72 migrantes centroamericanos. La información proporcionada por el diario, y reproducida casi literalmente en diversos portales, reveló que agentes del Instituto Nacional de Migración secuestraban migrantes para entregarlos al crimen organizado. La detención y el posterior procesamiento de los agentes nunca apareció en los informes dados por el gobierno federal en los comunicados emitidos sobre las investigaciones de la masacre, con lo cual se omitió un hecho fundamental: cuando menos en este caso, las autoridades y el crimen organizado traficaron migrantes de manera conjunta.

La violencia ejercida por autoridades y grupos criminales en contra de los centroamericanos que atraviesan México buscando ingresar a Estados Unidos debe inscribirse en el contexto de la “guerra contra el narco”, un ejercicio bélico que a su vez forma parte del despliegue mundial de la guerra contra las drogas iniciada a finales de los ochenta por Ronald Reagan. En diciembre del 2006, Felipe Calderón, entonces presidente de México, inició la por él llamada guerra contra el narco, un operativo a gran escala en el que la policía federal y el ejército enfrentaron directamente a los cárteles de la droga del país; a partir de ese año la violencia desencadenada por el conflicto se extendió a la población civil, las “víctimas colaterales” de esta guerra actualmente son más de 60 mil muertos, miles de heridos y alrededor de 280 mil desplazados que han huido hacia otras zonas de México o a otros países. A pesar de la ingente cantidad de recursos invertidos en este operativo, México continúa siendo tanto país de tránsito para estupefacientes como uno de los principales productores de drogas del mundo y los cárteles se han multiplicado y vuelto más poderosos, incluso algunos de ellos se han establecido en Estados Unidos, Europa y Australia.

Al valorar estos resultados podría suponerse que después de una década la guerra contra el narco ha fracasado; no obstante, debe tenerse en cuenta que nunca tuvo como finalidad erradicar el narcotráfico del país. En una entrevista del 2008, el procurador general de justicia de México, Eduardo Medina Mora, declaró: “El planteamiento del gobierno no es terminar con el narcotráfico […] sino quitarle a estas organizaciones el enorme poder de fuego que acumularon a lo largo de estos años y por consecuencia su capacidad de destruir instituciones” (Valencia, 2016: 49). Es decir, el enfrentamiento directo no persigue terminar con una actividad ilegal, sino reorganizar a los agentes de la violencia y subordinarlos al Estado. Asimismo, la guerra contra el narco también fue utilizada para legitimar a un presidente de quien se sospecha ganó las elecciones fraudulentamente y, como un “beneficio” extra, desmantelar cualquier forma de organización colectiva que impidiera la implantación de las medidas neoliberales de precarización que se han impuesto en el país desde mediados de los ochenta, pero con mayor fuerza a partir de la firma del TLC (NAFTA) en 1994. En este sentido, puede observarse que el despliegue de violencia ejercida tanto por el gobierno como por el crimen organizado en contra de la población del país es una manifestación de la fuerza constitutiva de los sistemas políticos y económicos actuales, que se fundamentan en la dominación, explotación y destrucción de los seres humanos y la naturaleza. Para Žižek, la violencia evidente corresponde a lo que él llama la “violencia subjetiva”, conformada por el conjunto de acciones ejercidas por diversos individuos o grupos en contra de otro; en contraste, la “violencia objetiva” no puede atribuirse a sujetos concretos, tiene un carácter sistémico y anónimo (Žižek, 2008: 11-15); es decir, en términos generales puede afirmarse que la violencia subjetiva es la manifestación visible de la violencia objetiva, las acciones en contra de la primera no necesariamente implican terminar con la segunda.

Aunque el enfrentar directamente a las organizaciones criminales del país (los cárteles) no ha resultado en su desaparición, sí se han dado deslizamientos y reacomodos en las dinámicas de violencia que rigen el funcionamiento de estos grupos. Las organizaciones criminales han emprendido otras actividades en su búsqueda de recursos que antes obtenían con el tráfico de drogas, dentro de éstas el secuestro y tráfico de personas son las más redituables. La depredación ejercida por uno de estos grupos alcanzó un punto extremo entre el 22 y 23 de agosto del 2010 con la masacre de San Fernando; las investigaciones para esclarecer este crimen señalaron dos móviles posibles: en el primero se afirmó que el grupo criminal de Los Zetas secuestró a los migrantes para exigir como rescate el pago de 1000 dólares, matando a quienes no pudieron pagar; la segunda hipótesis apuntó que Los Zetas asesinaron a los migrantes porque pensaban que formaban parte de bandas rivales. A pesar de que las autoridades capturaron y condenaron a algunos de los responsables de esta masacre, lo cierto es que la extorsión, el secuestro, el tráfico y el asesinato de migrantes son crímenes constantes atendidos sólo parcialmente por el gobierno mexicano.

A partir de la masacre de San Fernando, en México diversas organizaciones de derechos humanos evidenciaron los peligros que los centroamericanos enfrentan al atravesar nuestro país para llegar a los Estados Unidos; asimismo, surgieron distintos proyectos artísticos que desde el campo de lo estético respondieron a este conflicto, tales como el volumen colectivo 72 migrantes (2011) o el texto Antígona González (2012) de Sara Uribe, obras que no recrean ficcionalmente lo ocurrido con los migrantes, sino que se posicionan políticamente al nombrar un conflicto que no ha sido censurado deliberadamente, sino acallado por la indiferencia que anula las desgracias de los diferentes. Sin duda este asesinato colectivo marcó un punto de inflexión para la sociedad mexicana, por primera vez consciente de lo que viven los migrantes nacionales y centroamericanos que recorren el país; se hizo visible al flujo de seres humanos que diariamente ingresan a México por los sureños estados de Chiapas y Tabasco, miles de personas expuestas a los abusos y violencias de los grupos criminales, pero también de las autoridades locales y federales (principalmente los policías). Dada la brutalidad de lo ocurrido, pareciera que sólo el lenguaje metafórico puede nombrar la dramática situación que viven estos seres humanos, por lo cual es frecuente que se recurra a una serie de comparaciones que remiten al infierno judeocristiano cuando se habla de los migrantes. Dentro de la isotopía infernal, el conjunto de trenes de carga que abordan los centroamericanos para atravesar buena parte de México es conocido como “La bestia” debido a la gran cantidad de personas que han muerto o quedado mutiladas al caer accidentalmente o ser arrojadas de forma deliberada a las vías del tren.

Además de los textos que respondieron directamente a los asesinatos de San Fernando, al día de hoy se han publicado tres novelas que recrean ficcionalmente las atroces situaciones que viven los migrantes centroamericanos en México. La primera de ellas es Amarás a dios sobre todas las cosas (2013) del narrador y periodista Alejandro Hernández, quien además de investigar en diversas fuentes oficiales y archivos de comisiones de derechos humanos, durante cinco años recorrió las rutas migratorias de México, Centroamérica y Estados Unidos. En el mismo año apareció La fila india del narrador Antonio Ortuño, quizá la más conocida de las tres obras e, incluso, traducida a varios idiomas; finalmente, fue publicada Las tierras arrasadas (2015) de Emiliano Monge. Cada una de las novelas trata la situación de los migrantes desde una perspectiva distinta, con lo cual se ofrece una visión de conjunto más amplia y abarcadora: Amarás a dios sobre todas las cosas está narrada desde la voz de Walter, un hondureño que escribe las experiencias que vivió las dos veces que intentó llegar a Estados Unidos; La fila india se centra en Irma, una joven funcionaria de migración que es enviada al sur del país después de que un albergue para migrantes es incendiado; por último, Las tierras arrasadas narra las vidas de Estela y Epitafio, quienes forman parte de una red de secuestradores de migrantes.

Sin proponérselo, las tres novelas funcionan como un conjunto en el cual dialogan distintas perspectivas y estilos para presentar no una visión total de la migración, mucho menos proporcionar una solución. En ellas se despliegan varios de los muchos elementos que conforman el complejo y en apariencia irresoluble problema de los desplazamientos forzados por la precariedad económica y los contextos de inestabilidad social presentes en Centro y Sudamérica. Para Astrid Erll la literatura desempeña un papel fundamental dentro de las culturas del recuerdo, por ejemplo: “formar representaciones sobre mundos pasados, transmitir imágenes de la historia, negociar las competencias del recuerdo y reflexionar sobre los procesos que lleva a cabo la memoria colectiva y los problemas que enfrenta” (2012: 197). Asimismo, la literatura también constituye una respuesta a situaciones complejas del pasado reciente que han pasado desapercibidas para otros discursos, de tal manera que al formularlas verbalmente busca incluirlas en el recuerdo de la colectividad y, en muchas ocasiones, propiciar la reflexión sobre lo que ha ocurrido. En relación con esto, puede afirmarse que las novelas de Hernández, Ortuño y Monge trabajan con sucesos del pasado reciente en nuestro país (los cuales siguen sucediendo) para integrarlos a la cultura del recuerdo a través de lo que Erll llama la dimensión material: “medios y otros artefactos culturales (i. e. historia escrita, monumentos, documentos, fotos)” (2012: 142); de esta manera, las novelas son “artefactos culturales” que vuelven accesibles los recuerdos para los miembros de una comunidad. Pese a lo interesante que resultaría el estudio comparativo de las tres novelas, en las siguientes páginas me centraré solamente en Las tierras arrasadas de Emiliano Monge, para lo cual profundizaré en aspectos en torno a la migración vinculándolos a la necropolítica, la soberanía y los cuerpos inermes.

Politólogo de formación académica, Emiliano Monge (1978) ha referido en diversas entrevistas que el proyecto de Las tierras arrasadas comenzó como una obra de teatro protagonizada por los migrantes; en los primeros borradores, los secuestradores no aparecían en escena, aunque permanecían al acecho como presencias tras bambalinas; asimismo, la estructura de la obra era semejante a la de la tragedia griega, en la que el coro sería la voz colectiva de los migrantes frente a los diálogos individuales de otros personajes. La extensión de la obra hizo que Monge desistiera de esta primera tentativa y lo llevó a la novela, a la que trasladó y adaptó la estructura que le interesaba (Casasús, 2016). La novela Las tierras arrasadas está conformada por tres libros y dos intermedios: “El libro de Epitafio”, “Primer intermedio”, “El libro de Estela”, “Segundo intermedio” y “El libro de los chicos de la selva”. Además, se entretejen citas de La divina comedia (que aparecen en cursivas) y testimonios de migrantes recogidos por el autor y diversas comisiones de derechos humanos, estos últimos funcionan como una especie de coro que presenta una perspectiva individual de lo que experimentan los migrantes al ser secuestrados, lo dicho en estos fragmentos (que han sido intervenidos por el autor) constituye un ejercicio de reapropiación textual: literalmente leemos testimonios de sobrevivientes. A pesar de ser individuales, los testimonios dan cuenta de situaciones generalizadas, de prácticas comunes repetidas a diario en los cuerpos de quienes han sido despojados incluso de su fuerza de trabajo. Los migrantes de Las tierras arrasadas son cuerpos, son dolor, son despojos que se dejan en la selva no con la intención de ocultarlos, pues no existe ni siquiera la posibilidad de que alguien los busque.

Las relaciones intertextuales que esta obra mantiene tanto con la tragedia griega como con La divina comedia remiten a los puntos de convergencia que Erll ha identificado entre literatura y memoria: “en primer lugar, en ambas se dan distintos procesos de condensación […], ambas se valen de la narración como formato ubicuo de creación de sentido y, en tercer lugar, ambas utilizan modelos de estilo literario, en cuanto formas convencionales de codificación del devenir de los acontecimientos” (2012: 198; cursivas en el original). Es en la condensación de significados en los que Erll ubica la metáfora, la intertextualidad y la alegoría como procesos literarios que permiten “reunir y superponer diversos ámbitos semánticos en un área mucho más estrecha” (2012: 199). De los procedimientos destacados por Erll me interesa principalmente el de la intertextualidad, el cual ha sido caracterizado por Renate Lachmann como una forma de memoria: “The memory of the text is formed by the intertextuality of its references. Intertextuality arises in the act of writing inasmuch as each new act of writing is a traversal of the space between existing texts” (2008: 304). En este sentido, la mediación material que la novela realiza para inscribir los problemas de los migrantes en los debates sobre lo que una sociedad recuerda, adquiere una profundidad mayor al valerse de relaciones intertextuales con obras de la cultura occidental poderosamente cargadas de significados; por ejemplo, el remitirse a La divina comedia activa muchos de los sentidos asociados a esta obra, principalmente los relacionados con la isotopía infernal, tan importante para la construcción espacial de Las tierras arrasadas.

Relatada desde la perspectiva de un narrador omnisciente, que recurre a elementos de la épica (uso de epítetos, descripciones mínimas de los pensamientos de los personajes, entre otros), la historia comienza en un claro de la selva durante la noche; de pronto unos reflectores se encienden y alumbran con potencia a “los que vienen de muy lejos”, “los sin nombre”; en la novela, la palabra “migrantes” prácticamente no aparece y es sustituida por distintas construcciones verbales que dan cuenta no de la disolución de la identidad de este grupo, sino de su aniquilación por parte de otros: los migrantes no pierden su identidad, ésta es eliminada y ellos son reducidos a la mera corporalidad física. Los ilumina un comando dirigido por Epitafio y Estela, una pareja de secuestradores que obedecen las órdenes del padre Nicho, el sacerdote que desde El Paraíso, el orfanato en el que ambos crecieron, coordina todo el tráfico de migrantes. Los nombres de los secuestradores están asociados a rituales funerarios: Epitafio, Estela, Mausoleo, Sepelio y el padre Nicho son el eslabón que lleva a los “sin dios” de la selva al mercado, los intermediarios que deciden sobre la vida y muerte de sus mercancías.

Las distintas construcciones que se emplean en Las tierras arrasadas para nombrar a los migrantes sirven para caracterizarlos a partir de dos elementos: sus acciones –“los que vienen de muy lejos”, “quienes llevan varios días andando” (Monge, 2015: 13), “los hombres y mujeres que cruzaron la frontera” (2015: 14)– y en función del nuevo estatuto que han adquirido al atravesar una frontera –“ésos que también aquí extraviaron sus anhelos y sus nombres” (2015: 32), “las mujeres cuyas voces yacen rotas”, “los que ya no esperan nada de la suerte” (2015: 84). Vale la pena destacar que, al ser caracterizados por sus acciones, los migrantes de Las tierras arrasadas parecen definirse por su estar en tránsito, este desplazamiento se inscribe en las dos formas del movimiento asociadas a la migración: la expansión y la expulsión. Para Thomas Nail la incesante circulación de comunidades enteras es el resultado de la expansión del capital, el cual para apropiarse de recursos requiere de la expulsión de ciertas poblaciones de su lugar de origen. La expulsión culmina cuando las personas abandonan/pierden su territorio, pero para que esto ocurra, previamente han sido relegadas de diversas formas: se restringe su acceso al trabajo, se anulan ciertos derechos fundamentales y, posteriormente, se les criminaliza. La expansión del capital genera la acumulación de territorios, de poder político, de recursos económicos y la conformación de un sistema jurídico acorde a los intereses económicos. Pese a que los sistemas de producción han cambiado históricamente, Nail afirma que la dinámica expulsión/expansión es una constante adaptada a cada uno de los contextos: los sedentarios expulsaron a los nómadas, cada imperio expandió su territorio sojuzgando a otros grupos, las empresas despojan a los campesinos, los bancos se quedan con las casas de quienes no pueden pagar sus deudas, los gobiernos concesionan, privatizan, desapropian, etc. En este sentido, puede afirmarse que la migración/expulsión siempre es forzada; aunque sus causas varíen en forma y grado, migrar es la opción que se elige cuando se han agotado las posibilidades locales, y el éxito del migrante depende de los recursos con los que cuente: económicos, culturales y físicos, entre otros (Nail, 2015a: 21-38).

Los migrantes forman parte de lo que Achille Mbembe llama “la población superflua” (Mbembe apud Fernández-Savater, 2016), millones de personas que no son útiles al mercado en función de la explotación laboral, sino a partir de las ganancias que se obtienen con sus cuerpos (biopolítica) y con su muerte (necropolítica). En una perspectiva compatible con la de Mbembe, Thomas Nail define al migrante como el resultado de la expulsión social; es el nombre colectivo con el que se designa a todos aquellos que han sido territorial, jurídica, política, ecológica y económicamente desplazados. Nail enfatiza el aspecto político porque el migrante debe entenderse en relación con las medidas de exclusión generadas en toda polis (más que en ciudad, hoy día tendríamos que pensar en estados-nación) y retoma lo que Aristóteles dice con respecto a los bárbaros, los no incluidos en la ciudad griega; para el Estagirita el bárbaro reúne tres faltas que lo condenan a la inferioridad jurídica, por un lado, y ontológica, por el otro: no habla el lenguaje de la ciudad, no piensa de acuerdo a la ciudad (logos en su doble dimensión), no tiene un sitio dentro de la ciudad. El estar en la ciudad sin pertenecer a ella genera la inferioridad jurídica del bárbaro (migrante), que lo condena a un estatus intermedio entre lo humano y lo animal. Aristóteles concluye que el bárbaro (migrante) y el esclavo son iguales por naturaleza (Nail, 2015b: 189-193).

Aunque Nail parte de la delimitación del territorio-nación en su aproximación a la “figura del migrante”, es necesario destacar que en la actualidad los territorios no sólo se construyen en relación con las soberanías nacionales, sino en función de los mercados económicos. En el caso de México, a pesar de compartir una historia mucho más cercana con Centro y Sudamérica, los pactos comerciales firmados con Estados Unidos y Canadá han reorganizado el mapa continental, haciendo de todo México una suerte de puesto fronterizo que impide el tránsito de personas hacia los países ricos del norte; de tal forma que las fronteras de los países del continente se han movido para adecuarse a los nuevos mapas económicos exigidos por el capitalismo neoliberal. Podría decirse que México más que ser una frontera que conduce el flujo de migrantes es un “confín”, el cual “representa una línea de división y protección de espacios políticos, sociales y simbólicos constituidos y consolidados” (Mezzadra, 2005: 112). Si las fronteras funcionan como membranas que regulan los intercambios de los espacios que separan, los confines son obstáculos para contener y diezmar a las mujeres y hombres expulsados por la miseria, la guerra, la contaminación, etcétera. Es importante destacar que un mismo límite puede operar como frontera o como confín, su funcionamiento depende de quién sea el que lo cruce: para los migrantes legales, que viajan en autobús o en avión, el cruce de la frontera sólo depende de un trámite; no obstante, para los “sin papeles”, que se trasladan a pie (la forma básica del movimiento) o en vehículos deplorables, el límite es casi siempre infranqueable; los confina a permanecer fuera de la polis.

La dimensión espacial de Las tierras arrasadas puede comprenderse a partir de esta nueva forma de organización territorial, los espacios de la novela remiten al sureste mexicano, pero nunca se emplean nombres referenciales; los lugares en los que se desarrollan las acciones de esta obra construyen una geografía en la que se superponen sitios infernales con espacios que ya no se comprenden en función de las divisiones entre países. El lugar en el que los migrantes de la obra son secuestrados es un sitio en medio de la selva conocido como Ojo de hierba o El tiradero. Ellos vienen “del otro lado” solo para ser torturados por hombres armados que los distribuyen en varias camionetas y en un tráiler llamado Minos; los vehículos los llevan a una construcción que antes fue un matadero y ahí salen a un nuevo destino. La desaparición de las referencias espaciales crea esta geografía del infierno en la que se distribuyen los cuerpos. Los secuestradores y la red de la que forman parte, son las “máquinas de guerra”, de acuerdo con Deleuze y Guattari; Achille Mbembe las caracteriza como “facciones de hombres armados” y “sociedades mercantiles” que han “desarrollado mecanismos depredadores extremadamente organizados” (2011: 50) que entran en pugna con el Estado al apropiarse del ejercicio de la violencia.

La escritora mexicana Cristina Rivera Garza se pregunta “¿qué significa escribir hoy en ese contexto?” de violencia que se vive en México y añade una pregunta más: “¿cómo es posible, desde y con la escritura, desarticular la gramática del poder depredador del neoliberalismo exacerbado y sus mortales máquinas de guerra?” (2013: 19). Si ya Roberto Bolaño construyó en “La parte de los crímenes”, uno de los apartados de la monumental 2666, la ficcional necrópolis de Santa Teresa para darle un centro al mal y situar el horror, Rivera Garza apunta cómo la muerte se ha ido desplazando a otras geografías de México para configurar una especie de “necropaís” regido por el poder de quienes quitan la vida. En este sentido, además de la migración, la novela de Monge se estructura en torno a la muerte: migración y muerte parecieran ser los elementos fundamentales de esta obra, ambos se vinculan con las reconfiguraciones de las soberanías territoriales y con el despliegue de la violencia horrorista contra los inermes. Rivera Garza llama “necroescrituras” a estas obras que surgen y dan cuenta de las condiciones de extrema mortandad que se viven en México y en otros países.

Para Sergio Villalobos (2015) ciertas vertientes de la literatura latinoamericana contemporánea dan cuenta de la transformación de la soberanía del Estado moderno al separarse del pueblo al que protegía y trasladarse a grupos que surgen y responden al orden neoliberal. Si la soberanía era el poder que una autoridad ejercía dentro de un territorio para proteger a sus habitantes (ciudadanos), las formas recientes de la soberanía se desprenden de la necropolítica; para Mbembe esta manera soberana del necropoder “consiste en ejercer un control sobre la mortalidad” (2011: 20), es el “derecho a matar” que las máquinas de guerra han apropiado como una de sus prerrogativas. En Las tierras arrasadas es evidente el cuestionamiento a las instituciones estatales que dan cuenta del poder soberano del Estado; mientras los hombres de Estela y Epitafio secuestran a los centroamericanos, un helicóptero de migración los ilumina desde el cielo, frente a lo cual Epitafio dispara una bengala para indicarles que sigan su camino. Ante la nula actuación de las autoridades, el líder de los secuestradores se autonombra “la patria”:

¿No querían otra patria? […] ¡qué estos sientan el calor de nuestra patria! […] ¡van a saber lo que es la patria… van a saber quién es la patria!
–¿Quién es la patria? –vocifera Estela dándose la vuelta.
–¡Yo soy la patria! –responde Epitafio abriendo los brazos teatralmente.
–¿Y qué quiere la patria?
–La patria quiere que se hinquen. […] La patria dice: que se tumben sobre el suelo. […] la patria quiere que comiencen a esculcarlos. (Monge, 2015: 26-27)

Epitafio y sus hombres son la patria y la patria exige respeto, demanda silencio, ordena la muerte. Epitafio es una voz que manda y nombra, distribuyendo la suerte entre quienes elige para que formen parte de su grupo, como ocurre con el personaje de Mausoleo, un enorme exboxeador, medallista olímpico, que es seleccionado por su habilidad para la violencia. Al asumirse como la patria, el líder de los secuestradores da cuenta no de la disolución total del Estado-nación, sino de la fragmentación territorial de la soberanía: el Estado existe, más aquí ha sido sustituido por grupos locales que administran la violencia. Cabe destacar que la buena suerte del exboxeador radica en su utilidad para la patria, pues lo primero que se le pide es que vigile a los secuestrados y, después, que mate a golpes a otro hombre sólo para divertir al grupo de Epitafio. Sayak Valencia ha analizado cómo la “economía empresarial del crimen” requiere de “especialistas en la violencia” que destacan por su capacidad para infringir dolor a los demás (2016: 55-56); lo paradójico en el caso de Mausoleo es que descubre que su talento deportivo es mejor aprovechado en los mercados de la muerte.

Si la migración y la muerte son los hilos principales en la trama de esta novela, el desplazamiento forzado realizado por los migrantes es un moverse por el espacio para ser conducidos hacia la muerte, de tal manera que las dos formas de desplazamiento están signadas por la violencia: los migrantes son obligados a salir de sus casas, son violentados en el camino y, finalmente, son torturados y asesinados. Adriana Cavarero realiza una sutil distinción entre terror y horror, y señala que este último no se limita a violentar y asesinar al otro, también busca la desfiguración del cuerpo; el horrorismo lleva al extremo la vulnerabilidad del cuerpo humano al reducirlo a su materialidad fragmentaria. Cavarero señala que todos los seres humanos somos vulnerables porque nuestro cuerpo puede ser herido; la vulnerabilidad pareciera ser una condición de los seres vivos. No obstante, las víctimas del horror además de vulnerables son inermes, es decir, incapaces de defenderse de la agresión; su ser inerme incluso les impide huir de la violencia, al tiempo que son víctimas casuales (intercambiables y desubjetivadas) y seres reducidos a la mera corporalidad física, reducidos al dolor de ser cuerpo (Cavarero, 2009: 147-157). La tortura que los secuestradores ejercen en contra de los migrantes en Las tierras arrasadas no tiene la finalidad de dominarlos, sino de reducirlos a seres inermes y anónimos:

–Soy la suerte y soy la patria –suma Lacarota [Epitafio] cuando llega Mausoleo a su lado, y señalando una silla añade–: siéntate y observa lo que viene […] toca acabar de enmudecerlos… castigarles la cabeza… volverlos ahora nadie. […] Hay que lograr que no se acuerden… que no sepan quiénes son ni quién los otros –explica Lacarota tras un largo silencio–: toca luego dividirlos… los que son nuestros… los que van de aquí a llevarse. (Monge, 2015: 81)

Si la invisibilidad de los migrantes se desprende de su estar fuera de lugar (pérdida del hogar), ser ilegales (pérdida de derechos políticos) y ser diferentes (pérdida de los derechos sobre su cuerpo), hacerlos inermes significa usar todo lo que “les falta” para convertirlos en pura materia: las representaciones de las torturas padecidas por los migrantes que se hacen en estas novelas son la violencia subjetiva ejercida sobre los cuerpos inermes, pero la violencia objetiva (la del funcionamiento del mercado) que permite convertir al migrante en puro cuerpo que duele se manifiesta cuando los migrantes son transformados en mercancías. Sayak Valencia ha señalado que, si bien la explotación de los cuerpos ha sido algo frecuente en la historia de la humanidad, en la actualidad enfrentamos una situación generalizada distinta y atroz:

Estamos frente a un capitalismo cuyos efectos son simultáneos en la destrucción de los cuerpos y la producción de capital, cuya producción se basa en la especulación de los cuerpos como mercancía […] Producir cuerpos muertos, mutilados o vejados como una forma de mercancía que abre, mantiene y se justifica en el proceso de la oferta y la demanda del nuevo capitalismo.
El asesinato es ahora concebido como una transacción, la violencia extrema como herramienta de legitimidad, la tortura de los cuerpos como un ejercicio y un despliegue de poder ultrarrentable. (Valencia, 2016: 96; cursivas en el original)

¿Cuál es el propósito de toda la violencia ejercida en contra de los migrantes? ¿Qué sentido tiene reducirlos a seres inermes? Quizá la respuesta se encuentre en la noción de “acumulación por desposesión” de David Harvey (2005). Si el sistema económico actual se rige por privatizar lo que era común, por apropiarse de lo que era de todos, la reducción del migrante a mercancía implica desposeerlo de su condición de ser humano, expulsarlo del último reducto que aún le pertenecía. Lo que se representa en Las tierras arrasadas son las formas más actuales y sofisticadas de la explotación que consideran la destrucción de la naturaleza y el exterminio de grupos humanos la realización total del emprendimiento capitalista. La violencia ejercida contra estos cuerpos inermes es un medio y un fin en sí misma: es el medio para “volverlos ahora nadie” (Monge, 2015: 81) a través de la tortura; es el fin que se persigue porque se asocia al poder que ya no sólo es jurídico o económico, es el poder de ejercer la violencia libremente.

Sin duda alguna, Las tierras arrasadas de Emiliano Monge, junto con Amarás a dios sobre todas las cosas de Alejandro Hernández y La fila india de Antonio Ortuño, forma parte de los dispositivos literarios contemporáneos que buscan responder a la pregunta planteada por Cristina Rivera Garza: “¿cómo es posible, desde y con la escritura, desarticular la gramática del poder depredador del neoliberalismo exacerbado y sus mortales máquinas de guerra?” (2013: 19).

Frente a la indiferencia por el destino de los diferentes, las novelas sobre la migración de centroamericanos en México se suman a las acciones colectivas que luchan por visibilizar a estas víctimas que también forman parte de los miles de desplazados, heridos, asesinados y desaparecidos que pertenecen a nuestra realidad diaria, pero no por eso cotidiana y mucho menos normal. Estos textos, son actos frente al “poder depredador”, artefactos para nombrar y buscar los cuerpos inermes dispersos por México, pues como dolorosamente escribe Sara Uribe en Antígona González:

Yo también estoy desapareciendo, Tadeo.

Y todos aquí, si tu cuerpo, si los cuerpos de los
nuestros.

Todos aquí iremos desapareciendo si nadie nos
busca, si nadie nos nombra.

Todos aquí iremos desapareciendo si nos quedamos
inermes sólo viéndonos entre nosotros, viendo cómo
desparecemos uno a uno. (Uribe, 2012: 97)

Obras citadas
Casasús, Mario. “Emiliano Monge: «Los coros de Las tierras arrasadas recrean el horror de la migración»”. Clarín 2016. Web 15 de Agosto de 2017. http://www.elclarin.cl/web/entrevistas/18282-emiliano-monge-los-coros-de-las-tierras-arrasadas-recrean-el-horror-de-la-migracion.html

Cavarero, Adriana. Horrorismo. Nombrando la violencia contemporánea. México: Anthropos, 2009. Impreso.

Erll, Astrid. Memoria colectiva y culturas del recuerdo. Estudio introductorio. Trad. Johanna Córdoba y Tatjana Louis. Santa Fe de Bogotá: Universidad de los Andes, 2012. Impreso.

Fernández-Savater, Fernando et al. “Achille Mbembe: «cuando el poder brutaliza el cuerpo, la resistencia asume una forma visceral»”. Eldiario.es 17 de Junio de 2016. Web 30 de Agosto de 2016. http://www.eldiario.es/interferencias/Achille-Mbembe-brutaliza-resistencia-visceral_6_527807255.html

Guillermo Prieto, Alma et al. 72 migrantes. México: Almadía, 2011.

Harvey, David. “El ‘nuevo’ imperialismo: acumulación por desposesión”. Trad. Ruth Felder. Buenos Aires: CLACSO, 2005, pp. 99-129. Web 1 de septiembre de 2017. http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/se/20130702120830/harvey.pdf

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Mbembe, Achille. Necropolítica. Santa Cruz de Tenerife: Melusina, 2011. Impreso.

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Lachmann, Renate. “Mnemonic and Intertextual Aspects of Literature”. Cultural Memory Studies. An International and Interdisciplinary Handbook, eds. Astrid Erll y Ansgar Nünning. Berlin y New York: Walter de Gruyter 2008, 301-310. Impreso.

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Žižek, Slavoj. Violence. Six Sideways Reflections. New York: Picador, 2008. Impreso.

Nota
* Agradezco a la DGAPA-UNAM el apoyo que brindó al proyecto PAPIIT IN 402615, “Memoria cultural y culturas de rememoración”, en cuyo marco realicé la investigación para el presente trabajo.