Lazos afectivos y discursos de la memoria acerca de la violencia de Estado y del exilio en dos cintas documentales

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Ute Seydel*
Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México

 

Por medio del análisis de los filmes documentales Papá Iván (2000), de María Inés Roqué, y Encontrando a Víctor (2005), de Natalia Bruschtein, el artículo se propone indagar en la importancia de los diversos lazos afectivos que se crearon en el marco de los proyectos político-sociales de la izquierda y de la lucha guerrillera en Argentina, así como en el exilio. Se compara la valoración hecha por los diversos entrevistados que con base en procesos de rememoración se acercan al pasado de la militancia política y lucha armada, con la de las documentalistas que crecieron en el exilio en México.

 

Los autores del volumen colectivo de 2004, Lazos de familia. Herencia, cuerpos, ficciones, compilado por Ana Amado y Nora Domínguez, se centran en los vínculos familiares y leen a partir de éstos la historia y cultura argentinas después del Cordobazo, en particular, la dictadura militar (1976-1983) y el activismo de los hijos de los detenidos-desaparecidos que en la postdictatura intentan construir su propia identidad como hijos de guerrilleros, de militantes de la izquierda y, en algunos casos, de exiliados.

Por medio del análisis de representaciones simbólicas, tales como el cine documental y ficcional, textos literarios, testimonios, fotografías y la obra del artista plástico Antonio Berni, las contribuciones del mencionado volumen abordan estos temas y las herencias que las generaciones de sus padres y abuelos han dejado a los nacidos a partir de la segunda mitad de los años sesenta y en adelante. El periodo abarcado en dichas representaciones comprende el surgimiento de partidos políticos marxistas-leninistas y de movimientos guerrilleros, el golpe de Estado de 1966, el Cordobazo de 1969, el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la desaparición forzada y la tortura durante la dictadura militar impuesta por este golpe, la transición a la democracia en 1983 y las diversas fases y estrategias para rememorar, llevar a juicio a los perpetradores, encontrar a los bebés secuestrados, así como para identificar los restos de las víctimas del terrorismo de Estado. “Desde los años setenta hasta la actualidad un encadenamiento familiar parece recorrer como metáfora, ficción o consigna política la inteligibilidad cultural del presente nacional”, afirman Amado y Domínguez al respecto (2004, 16).

A diferencia del propósito que perseguían los autores del volumen mencionado, en el presente artículo me interesa indagar no sólo en los lazos familiares como “preocupación teórico-política” (Amado y Domínguez 2004, 15),1 sino también en otros vínculos afectivos que pueden adquirir la misma importancia que los de parentesco, y llegar a ser incluso más fuertes, particularmente, en los casos de amistades y compañerismo creados en condiciones de militancia bajo dictadura y en la clandestinidad así como durante el exilio. Lo que une entonces no son los vínculos sanguíneos sino los de un mismo compromiso, de un proyecto político-social y de vida común, así como las vivencias y el destino compartidos en situaciones límite.

La perspectiva desde el exilio en dos cintas documentales de las hijas de guerrilleros
En las últimas décadas, hijos de detenidos-desaparecidos o de guerrilleros que murieron en los enfrentamientos entre organizaciones guerrilleras y las fuerzas armadas –ya sea por arma de fuego de los militares o porque decidieron suicidarse para no ser capturados y eludir el riesgo de delatar a compañeros de la militancia o la guerrilla bajo tortura– realizaron numerosas cintas documentales.2 Los dos filmes –Papá Iván (2000) y Encontrando a Víctor (2005)– que analizaré en el presente artículo, los hicieron las documentalistas María Inés Roqué y Natalia Bruschtein entorno a sus padres biológicos: Juan Julio Roqué y Víctor Bruschtein.

La historia que las motivó a realizar Papá Iván y Encontrando a Víctor, respectivamente, es familiar e intrínsecamente vinculada con la de su país de origen. No siempre los cineastas argentinos se han enfocado en su propia historia familiar marcada por la dictadura y la represión de los movimientos guerrilleros, tal como lo hicieron Roqué y Bruschtein en sus filmes documentales. En su lugar, algunos directores retrataron la lucha de otras personas que buscaron durante décadas a sus seres queridos, víctimas de delitos de lesa humanidad, y con los que perdieron el contacto durante un periodo largo o que fueron asesinados, ejecutados por parte de militares, miembros de la policía o grupos paramilitares, y cuyos cuerpos fueron desaparecidos. Por ejemplo en (h) historias cotidianas (2001), Andrés Habegger, siendo hijo de Norberto Habegger, un militante de las juventudes peronistas y, posteriormente, un montonero quien fue secuestrado y desaparecido a principios de agosto de 1978, cuando se encontraba en Río de Janeiro, ni reconstruyó la vida de su padre, ni consignó su propio intento de construir la imagen paterna; al contrario, realizó entrevistas a seis hijos de detenidos-desaparecidos para su largometraje documental.3

La perspectiva desde la que Natalia Bruschtein y María Inés Roqué realizan sus cintas documentales, es la del exilio, condición de vida que abordaré más adelante y que marcó no sólo sus propias vidas sino también las de sus madres. Fue la causa de la pérdida de los lazos afectivos con su respectivo padre biológico antes de que muriera o bien, fuera víctima de desaparición forzada; dada la permanencia de las cineastas en el exilio, también se vieron afectados los lazos con respecto a los familiares que se quedaron en Argentina y, en el caso de María Inés, con sus amigos de la escuela. Incluso, los familiares de Natalia que salieron a mediados de los años setenta a México, se regresaron a Argentina a mediados de la década posterior, de modo que ella se quedó sola con su madre en México, compartiendo la afición por el cine documental,4 lo que sin duda estrechó sus lazos a partir del primer lustro del nuevo milenio tanto entre ellas, como en relación con Nerio Barberis, la pareja de Shula y padre afectivo de Natalia; pues él es sonidista y, antes de partir al exilio durante la última dictadura argentina, había incursionado en su país de origen en el Cine de base, de orientación revolucionaria. Además, los hijos que se exiliaron en México también estrecharon lazos de amistad entre ellos, dentro de los cuales las experiencias compartidas son fundamentales.

Silvia Dutrénit Bielous afirma que las experiencias del exilio que “históricamente suelen afectar a varias generaciones tanto por constituir un hecho que cuando se produce afecta al involucrado directo, a sus padres y a sus hijos, dando lugar a un hecho multigeneracional, sino también porque de manera habitual desembocan en una transmisión generacional” (2013, 207). Según la investigadora, esto es aún más el caso cuando las circunstancias políticas implican desaparecidos y ejecutados como saldo de la represión y la violencia de Estado.5

En Encontrando a Víctor, creado acerca del activista y guerrillero Víctor Bruschtein Bonaparte, y en Papá Iván sobre el fundador de las Fuerzas Armadas Revolucionarias en Córdoba y el posterior líder Montonero Juan Julio “Iván” Roqué (Lino), las hijas manifiestan su tristeza acerca del hecho de haber crecido sin su padre biológico. Como veremos en el análisis, para Natalia la ausencia se sitúa primordialmente en un nivel simbólico, puesto que tenía poco más de un año cuando se exilió con su madre; incluso, dada la clandestinidad en que vivía su padre desde antes de su nacimiento, ni siquiera podía compartir la vida diaria con él en su primer año de vida. Por ello, Natalia sólo en el subconsciente guardó una memoria afectiva del cariño que él le dio en sus primeros 13 meses de vida. La amnesia infantil, término propuesto por Sigmund Freud y que atañe a los primeros cuatro años de vida, provoca que Natalia no pueda articular recuerdo alguno acerca de una vivencia que tuvo con su progenitor.

Al contrario, ya que María Inés tenía casi 5 años cuando su padre se fue a la clandestinidad dispone de algunos recuerdos propios, aunque fragmentarios. La carta que ella le escribió creyendo el relato de su mamá, quien la consolaba diciendo que sólo se había ido de viaje, son indicios para ella como adulta de lo mucho que extrañaba a su padre durante su infancia y juventud. Además, sufrió el engaño de parte de su madre, quien le había sugerido escribir una carta, pero nunca la envió en nombre de su hija; por ello, más tarde, la niña encontró dicha carta en un cajón. María Inés expresa en su documental la dificultad emocional que significó para ella el hecho de que jamás se encontrara el cuerpo de su padre imposibilitando así la realización de una ceremonia de duelo y despedida.

El interés fundamental para ambas directoras radicaba en encontrar más información acerca de los motivos que llevaron a su respectivo progenitor a optar por la militancia política primero y la vía armada después. Mientras que para María Inés es importante conocer además las circunstancias de la muerte de su padre, Natalia indaga en los motivos por los que su padre no se fue al exilio junto con ella, su esposa Shula, su hermano y su cuñada, su sobrino, así como su propia madre, Laura Bonaparte.

Las entrevistas hechas a su respectiva madre en el país de exilio, México, son para las dos realizadoras las fuentes más importantes. Pero ambas se trasladaron también a la Argentina para recabar información adicional y los testimonios de otras personas; Natalia sólo de sus familiares que tras el fin de la dictadura se regresaron a la Argentina: sus tíos Luis y Ana, así como su abuela. Al contrario, María Inés entrevistó no sólo a familiares, sino también a amigos, otros militantes, así como ex alumnas que tomaron clases por última vez con su padre en 1964.

El mediometraje documental Papá Ivan (2000)6
María Inés Roqué nació en julio de 1966 y llegó a México en 1976, con su hermano menor Iván Rafael y su madre Azucena Rodríguez Ousset.7 La pregunta a la que trata de responder en su mediometraje Papá Iván es cómo se pueden conciliar la vida familiar y la actividad política (Roqué según Bernades, 2004). Su padre se fue a la clandestinidad en junio de 1971, cuando ella estaba por cumplir cinco años. Desde entonces, tuvo que vivir con la ausencia del padre,8 el recuerdo de su ausencia, así como con la experiencia de vivir lejos del país de origen que se convirtió así en país imaginario, en el que permanecían muchos de sus familiares.

En su documental subjetivo, María Inés Roqué afirma inicialmente: “Hubiera preferido tener un padre vivo que un héroe muerto” (1:37-1:39). Lamenta particularmente el hecho de que creció sin la mirada de su padre, pues considera que la mirada del padre es importante para la constitución de la propia identidad y que los hijos crecen a ciegas sin ella. Roqué se refiere así a un aspecto en la vida de los huérfanos que dejó la dictadura, señalado también por Lucila Quieto, un miembro de la organización H.I.J.O.S:9 “la arqueología de la ausencia” (Amado 2004, 54), que abordaré más adelante. La organización H.I.J.O.S destaca no sólo los problemas en lo que atañe a la construcción identitaria de los hijos de guerrilleros o militantes que fueron apropiados por los militares o civiles cercanos a la Junta militar, sino también los que enfrentan los hijos que crecieron en el seno de su familia biológica; pues se esfuerzan por entender los motivos de sus padres para involucrarse en movimientos sociales y armados, pese a que éstos tenían hijos pequeños, arriesgando así que sus hijos se iban a quedar huérfanos de padre o madre, o de ambos.10

La historia de María Inés es emblemática para muchos hijos que crecieron en la orfandad: lo único que tiene de su padre son algunas fotografías y objetos, así como una carta larga de agosto de 1972 en que él traza su ideario y trata de explicar su decisión de irse a la clandestinidad, la que hizo imposible seguir con la vida familiar. Al realizar diversas entrevistas, ella se acerca a la figura paterna por medio de los recuerdos de estas personas, pero la combinación de estos recuerdos con los propios recuerdos fragmentarios, tampoco le permite crear una imagen paterna coherente. Visualmente, el hecho de que puede construir sólo de forma vaga la imagen de su padre se presenta por medio de tomas borrosas de las hojas de los árboles (2:39-2:48). La idea de la imposibilidad de obtener una imagen clara se refuerza cuando se realiza, finalmente, un travelling vertical.

La foto en que María Inés aparece a los cuatro años sonriendo hacia la cámara (30:50-30:58) tiene un papel importante para destacar su fragilidad como niña pequeña en el momento en que sus padres se separaron, dada la decisión de su padre de irse a la clandestinidad y la de su madre de no acompañarlo en este camino. Llama la atención el hecho de que la documentalista haya insertado muchas fotografías en que aparece con su hermano Iván o su medio hermano Martín (14:02, 14:11, 14:17, 14:32, por ejemplo), o bien, con varios cachorros (31:24 y 31:31). Todas esas imágenes del álbum familiar parecen dar constancia de un vida feliz e idílica antes de que su padre los abandonara para seguir con la lucha armada desde la clandestinidad. De estos tiempos felices data también la fotografía inicial, una de las pocas que tiene de su padre, en la que son retratados él, ella y su hermano Iván (0:58-1:03).

La cesura dramática para su vida es la despedida sin adiós de su padre. Al contrario, la documentalista repara poco en el efecto que tuvo para ella la salida al exilio en 1976, cuando tenía 10 años, exilio que significó el rompimiento de los lazos afectivos con los demás familiares, así como de los que había establecido con sus amigos de primaria. Tanto la música como el tono de la voz de la documentalista que se escuchan en off manifiestan melancolía, siendo así un recurso no verbal, por un lado, y un elemento paralingüístico, por otro, los que permiten articular en la película las emociones encontradas al tratar de armar el rompecabezas en torno a la pérdida del padre, primero cuando éste se fue a la clandestinidad –momento en el que la madre alimentaba en la niña la esperanza de que su progenitor regresaría–, y posteriormente, ya de forma definitiva, cuando muere en el enfrentamiento armado con los militares el 29 de mayo de 1977.

Su madre le reitera a la documentalista que para ella la vía armada siempre fue el camino equivocado y que no estuvo de acuerdo con la decisión de su entonces cónyuge de tomar las armas; al contrario, Aníbal Roqué, el hermano de Juan Julio, le proporciona a María Inés las claves para poder entender mejor esta decisión. Le dice que Juan Julio siempre fue más sensible respecto a las desigualdades y problemas sociales que él y que el golpe militar del 28 de junio de 1966, así como el asesinato del estudiante y obrero Santiago Pampillón, el 12 de septiembre de 1966, a manos de un policía, radicalizó el movimiento estudiantil en que Juan Julio participaba. El Cordobazo del 29 de mayo de 1969 es sólo un paso más en el camino de Juan Julio a la clandestinidad.

El cortometraje documental Encontrando a Víctor (2005)
Al igual que en Papá Iván, en Encontrando a Víctor predomina la narración en primera persona. Incluso, en comparación con el mediometraje documental de Roqué, hay una mayor presencia física de la documentalista Natalia Bruschtein en el encuadre, a lo largo de las entrevistas que realiza.

Durante los primeros segundos del prólogo del cortometraje documental, la cámara se enfoca en una foto en blanco y negro del padre de la documentalista. Fue tomada poco antes de que en agosto de 1976 Natalia abandonara la Argentina con su madre, Shula Erenberg. En el reverso de esa foto, su padre escribió palabras que reflejan su dificultad emocional de dejar atrás a los seres queridos sabiendo que la lucha clandestina implicaba arriesgar la propia vida: “Para que mi hija no me olvide y me reconozca cuando me vea de nuevo. Para que los demás no se olviden como soy. Me hace bien pensar que piensen en mí. Los quiero mucho a todos” (00:09-00:16).

Para situar las palabras del padre en el contexto histórico-político de Argentina, y para establecer el vínculo entre la historia familiar y personal, por un lado y, por otro, la del país, enseguida en un texto que aparece en pantalla se proporciona la información acerca del golpe militar y el devastador Proceso de Reorganización Nacional que implementó la Junta militar: “El 24 de marzo de 1976 hubo un golpe de estado en Argentina. Lo que provocó más de 30,000 desaparecidos, entre ellos están: mi papá, mis tías, sus esposos y mi abuelo” (00:27-00:33). En relación con lo anterior, se introduce otro texto en que se informa: “Mi papá desapareció el 19 de mayo de 1977. Casi dos años después nos enteramos que había sido secuestrado por los militares” (10:40-10:46). También se refiere en otro texto a los 2 millones de argentinos que durante la dictadura se fueron al exilio para salvar sus vidas (18:10).

Una forma distinta de entrelazar la historia personal y familiar con la historia colectiva de Argentina son las tomas de las marcas de la memoria en el espacio público que se insertan. En los traslados que efectúa la documentalista por diferentes lugares de Buenos Aires y sus suburbios para realizar sus entrevistas y visitar la fosa común en que yace su tía Aída, la cámara consigna diversas marcas de la memoria que son testimonio de una sociedad que ha puesto el trabajo con la memoria en su centro. En una persiana metálica enrollable pueden leerse, por ejemplo, las siguientes palabras: “A los 30,000 no los olvidamos y seguimos luchando” (00:39).

Aparece, asimismo, un señalamiento bajo el puente vehicular de la autopista 24 de mayo, en el lugar en que el llamado Club Atlético funcionó como Centro Clandestino de Detención de febrero a diciembre de 1977, hasta que se demolió a principios de 1978 para poder construir allí dicha autopista.11 Y más adelante (13:15), se ve una pinta: “Ni perdón, ni olvido, ni reconciliación, HIJOS”.

A diferencia de María Inés, Natalia no realiza entrevistas a ex compañeros de lucha de su padre. Todos sus entrevistados son familiares: el tío paterno, Luis Bruschtein, quien salió al exilio en 1975, vivió en Venezuela, Panamá y México, país donde pasó la mayor parte de su exilio antes de su regreso a Argentina en 1984; la tía Ana Villa, esposa de Luis; la abuela paterna, Laura Bonaparte, quien, al igual que Natalia y Shula, salió al exilio en 1976. Mientras que estos familiares regresaron entre 1984 y 1985 a la Argentina, Natalia y su madre se quedaron en México.

Contrario al propósito que perseguían otros hijos de detenidos-desaparecidos por medio de la creación de sus cintas documentales, el de Natalia no es construir una imagen de su padre; no busca tampoco información acerca de la militancia de su padre, en general, y durante los nueve meses que transcurrieron entre la salida de Shula y Natalia al exilio y la desaparición forzada de su padre, en particular.

Sobre los operativos en que participó Víctor Bruschtein proporciona sólo datos escuetos. Distribuida en tres segmentos de texto (07:07-07:26), informa acerca del asalto fallido al Batallón 601, en diciembre de 1975, en que lo acompañó su hermana Aída (Noni): “La navidad de 1975, el PRT intentó hacer un copamiento al cuartel militar de Montechingolo”; “[l]es hicieron una emboscada y murieron muchas personas, entre militantes y gente que vivía en los alrededores de cuartel”; “[e]ntre los que participaron en el copamiento, estaban mi papá y mi tía Aída”.

Mientras ella es acribillada por el ejército, Víctor logra salvarse, hechos acerca de los cuales se informa mediante otro texto en pantalla: “mi papá logró escapar, en cambio mi tía fue capturada y fusilada por los militares y después enterrada en esta fosa común”; simultáneamente, la cámara muestra el pasto en que yacen algunos claveles rojos y la placa de la fosa común con los nombres de los allí sepultados (07:31-07:32). Llama la atención el estilo neutro en que no se expresa emoción alguna, al dar a conocer estos hechos sangrientos. No se recurre a una voz en off, sino que los textos aparecen en la pantalla acompañados por una música lenta, melancólica.  

Pero ni después de la muerte de su hermana, ni tras el golpe militar del 24 de marzo de 1976, el padre de Natalia, Víctor, sale al exilio, como su esposa Shula Erenberg y la entonces bebé suya, Natalia, lo harían en agosto de 1976. Natalia se propone conocer los motivos que pueden haberlo motivado a quedarse en la Argentina. Por eso, al inicio del cortometraje documental, ella afirma acerca de los objetivos del viaje a la Argentina, que emprendió en 2001 cuando tenía 26 años y cuando habían transcurrido 25 desde su propia salida de la Argentina: “Más que buscarlo, quería saber por qué mi papá no salió de Argentina” (01:45-01:48).

Otra pregunta que también la obsesiona, se relaciona con los motivos que llevaron a sus padres a militar en el Partido Revolucionario de los Trabajadores, y a su padre a entrar directamente al brazo armado de ese partido marxista-leninista, el Ejército Revolucionario del Pueblo, cuando en ese momento –mayo de 1975– su madre estaba embarazada, a sólo dos meses de dar a luz (02:06-02:27). Las respuestas más significativas al respecto son las de su madre y tío Luis. Ambos son de la misma generación que Víctor y compartían la ideología de izquierda. Luis le plantea a Natalia el significado que tiene para la propia vida el hecho de elegir la militancia.12 Según él (07:58-08:30), la militancia es un proyecto de vida alrededor del cual gira lo demás. Por eso no es una elección entre matrimonio y tener hijos, por un lado, y la militancia, por otro; al contrario, significa adaptar la vida familiar a la militancia, que confiere trascendencia a la vida.

A diferencia de la explicación racional del tío, la de Shula hace mayor énfasis en los lazos afectivos entre los compañeros. Para ella no había irresponsabilidad hacia sus hijos al seguir con la militancia tras tenerlos. Como explica, construyeron una red para responsabilizarse mutuamente con respecto a la crianza de sus hijos en caso de ser capturados o morir en combate:

Con tus compañeros tenías una relación de afecto tan grande y vos sentías que pensaban igual y querían igual y que sentían igual; que si a vos te pasaba algo había un compañero que inmediatamente te iba a reemplazar afectivamente y tu hijo iba a estar bien e iba a estar defendido y no iba a haber un riesgo real con respecto a tu hijo de que no creciera bien; era un sentimiento compartido. (04:40-05:06)

Justamente, acerca de la responsabilidad hacia los hijos, Natalia está inquiriendo a su madre en varios momentos de la entrevista, pues considera que sus padres tomaron el riesgo de que ella se quedara huérfana y que viviera con el trauma de haber perdido a sus padres: “¿No iba a ser más saludable para nosotros tener a nuestros padres vivos en lugar de estar con otra familia y tener siempre un trauma porque nuestros padres prefirieron quedarse en la militancia en vez de quedarse con los hijos?” (05:07-05:25). Shula destaca que no expusieron a sus hijos a una situación de riesgo, y admite que no pensaron en la posibilidad que, más adelante, “ustedes pudieran sentir la falencia o la bronca que el otro se haya expuesto como nos expusimos todos” (05:56-05:58).

Para los que de su generación se decidieron a participar en la militancia y con ello en un proyecto colectivo generacional, no era simplemente una cuestión de dar preferencia a la lucha armada, sino que para ellos la lucha era para que sus hijos vivieran en un mundo mejor y más justo (06:16-06:18). La decisión de tener hijos en medio de los años de lucha se debió a la intensidad con que vivían: “Como era todo tan intenso querías tener un hijo tuyo” (25:22). Según ella, no querían ser conscientes de que muy probablemente se iban a morir, pues querían vivir y no eran suicidas (03:47), sino que pensaban poder vencer.

Así también uno de los motivos con el que ella justifica que Víctor no optara por el exilio para salvarse es el de continuar con la lucha, pues creían que iban a vencer. El otro motivo era que él se sentía responsable por la desaparición de su padre,13 ocurrida el 11 de junio de 1976, cuando los militares buscaban a Víctor y a su hermana Irene en el domicilio de Santiago Bruschtein; esperaba que, quedándose en la Argentina, iba a obtener información acerca del paradero de su padre.

Haberse salvado ella, fue para Shula a costa de la pérdida de los lazos afectivos con sus compañeros de lucha, su marido, sus cuñadas, concuños y suegro, así como –aunque en el documental no habla de su propia familia– de los vínculos con ésta. Ciertamente, la violencia de Estado, poco después, desarticuló estos vínculos mediante la represión.

Sólo su cuñado Luis con su esposa Ana, su suegra Laura Bonaparte, su sobrino Hugo –hijo de Irene Bruschtein y Mario Ginzberg–, así como su propia hija Natalia la acompañarían al exilio. Para Shula estar en México era como estar en un hueco negro. Como afirma, “mil veces quería volver” (21:00); “si yo hubiera estado en los Montos, yo hubiera vuelto” (21:18-21:19), pero a diferencia de la organización de los Montoneros que llamó en 1978 a los antiguos montoneros exiliados a regresar a Argentina para realizar una ofensiva contra los militares, el PRT no llamó a sus miembros exiliados a regresar (21:05).

Partiendo de la aseveración de Shula, “para él [Víctor], vos no eras más o menos importante que sus compañeros, su partido, su militancia o sus sueños”, Ana Ros afirma que en una época en que las personas se retiraron a la esfera privada y se alejaron de proyectos colectivos, para una hija es doloroso aceptar y entender este tipo de razonamiento (2012, 68).14 La investigadora acierta en reconocer también que las entrevistas que Natalia hace a sus familiares, particularmente, la que realiza a su madre y a los que pertenecen a la generación de sus padres –sus tíos–, le ayudan a la documentalistas a superar la profunda brecha generacional (Ros 2012, 69). Gracias a la explicación de Shula, Natalia puede comprender el sentido de comunidad y de conectividad que unía a los militantes de la generación de sus padres y se oponen a las ideas actuales de sujeto, familia y esfera privada. Ocuparse mutuamente de sus hijos en caso de que los padres biológicos cayeran en la lucha o fueran detenidos –en ese tiempo no sabían que los militares los desaparecían en vez de liberarlos después de purgar una pena carcelaria, tal como ellos se imaginaban– era una forma de dar continuidad al proyecto colectivo generacional, más allá del grupo menor de la familia que, por lo general, se considera esencial para la transmisión y continuidad ideológica (Ros 2012, 70).

Sin embargo, no concuerdo con la interpretación de Ana Ros con respecto a la otra afirmación de Shula que cité líneas atrás: “Erenberg’s exile is linked to what is perhaps the saddest revelation for the director. The only reason why her mother did not return during the dictatorship was that, unlike Montoneros her party did not encourage exiled activists to do so” (Ros 2012, 70). Por un lado, no se puede saber si esto fue el único motivo de Shula, puesto que no se dice nada al respecto en la entrevista; por otro, Ros interpreta aquí únicamente desde la perspectiva de los hijos nacidos poco antes de la dictadura o durante la misma, que es también su propio caso, tal como explica en la introducción a su libro. Sin mantener una distancia crítica como investigadora, en alusión a las palabras de Shula, “mi vida era un hueco negro” y “¿qué estaba haciendo en México?” (21:25-21:26)”, Ros afirma: “We see mother and daughter looking at each other in silence for a few seconds. The daughter then gives a hint of a sad smile: she was also part of that ‘black hole’, and if Shula had returned, she would have probably grown up without a mother” (2012, 70).15

Se manifiesta incluso una contradicción entre esta afirmación de Ros y lo que antes subrayaba en cuanto al proyecto colectivo de la generación de los padres de Natalia Bruschtein, en que participaron Shula, Víctor y todos los hermanos de este último, y con el que simpatizaba la abuela paterna, Laura Bonaparte. Al vivir en el exilio, Shula ya no puede participar en este proyecto colectivo y perdió los lazos con los compañeros que quería; la ausencia que más le dolía era, sin duda, la de su esposo, tema sobre el que vuelvo al abordar más adelante las implicaciones psicológicas que tiene el exilio.

El silencio por unos segundos al que se refiere Ros, es parte de la escucha atenta entre ambos: “This ‘bridge’ implies investment and empathy on both sides. The kinds of questions asked by Bruschtein and her attentive listening invite her interlocutor to connect with her emotions and avoid defensiveness or evasive generalizations that increase the distance” (2012, 70-1). Ros reconoce aquí que de ambas partes hay compromiso y empatía, pero hace caso omiso de que Shula es tan atenta cuando escucha las preguntas de su hija como Natalia lo es cuando escucha las respuestas. Ros sólo ve la actitud positiva en la hija y no en la madre. A mi modo de ver, la sinceridad de la madre y su apertura hacia las inquietudes de su hija son fundamentales para permitir que se tienda el puente entre las generaciones. No es fácil hablar de un proyecto de vida brutalmente aplastado por la dictadura que desintegró una familia y la llevó a ella misma al exilio, un lugar donde no tenía nexos afectivos más allá de los pocos que la unían con los demás familiares exiliados: Luis, su esposa Ana, un sobrino y su suegra. Shula, pese a ser confrontada con los reclamos de su hija, manifiesta comprender sus inquietudes, por más difícil que sea seguir hablando, tras el fracaso, de un proyecto de vida en que creía cuando tenía la misma edad que su hija en el momento de la entrevista.

Ros no toma en cuenta lo difícil que es rehacer la propia vida en el exilio y más aún cuando uno tiene un hijo pequeño. Acerca del exilio, las palabras del filósofo Adolfo Sánchez Vázquez son muy ilustrativas; consideró al exilio, “el desgarrón más doloroso de la patria perdida” (según Jiménez 2011, 8).16 Shula se refiere a las ausencias que sufría, puesto que a la mayoría de los que quería los tuvo que dejar atrás (22:45). Además, tras quedar trunco su proyecto socio-político de la militancia, ella tuvo que redefinir el rumbo de su vida (21:32). Sobre la condición del exiliado, Jensen acierta en comentar:

Hacer Historia de los exilios requiere combinar niveles y escalas de análisis múltiples (local, nacional, regional, internacional, transnacional). Constituye un reto porque hace indispensable abordar a la vez el territorio que expulsa y que produce “víctimas” de un viaje no deseado originado en la violencia; como la sociedad de destino, o sea el territorio habitado por los sujetos exílicos devenidos “extranjeros” y por aquellos que son construidos como “nativos” por los recién llegados. La vida de los exiliados transcurre en la encrucijada entre un “aquí” y un “allá”, una dualidad que no remite sólo a dos geografías, sino a dos tiempos políticos, existenciales y simbólicos. Esta dualidad fundante del exilio suele acompañar el retorno al país de origen. En no pocos casos, el regreso, lejos de anular el descentramiento vital que condiciona la relación de los desplazados con el mundo y los lleva a definir “adentros” y “afueras”, se reedita y/o profundiza. (2011, 1)

El sentimiento de culpa que experimenta el exiliado que se pone a salvo mientras sus compañeros se siguen exponiendo a la muerte es sin duda un agravante en esta situación.17

Paulatinamente, Shula tuvo que crear nuevos vínculos de amistad y de pareja en México. En Nerio Barberis, otro exiliado argentino, encontró, finalmente, su nueva pareja, y Natalia una figura paterna a la que se siente vinculada por lazos afectivos, mas no de parentesco, como la propia Natalia admite en el documental: “Obviamente […] preferiría tener mi papá vivo y que mi papá me habría [sic] criado, pero no me tocó, y me tocó un padre que es Nerio y que es maravilloso también” (23:35-23:40).

La realización del documental y su reflexión sobre las afirmaciones de los entrevistados le permitió a Natalia elaborar la ausencia de su progenitor y encontrar respuestas a lo que no había entendido respecto a las decisiones de sus padres. Recurre hacia el final del documental a la estrategia que Lucía Quieto había utilizado en su ensayo fotográfico Arqueología de la ausencia (2000-2001), exposición realizada en Buenos Aires, que luego fue llevada a Madrid y a diversas ciudades italianas. Ana Amado explica al respecto que Quieto construyó trece historias a través de la yuxtaposición de imágenes actuales de los hijos con las de sus padres detenidos-desaparecidos. Así se conjugan en un solo espacio y una sola imagen “cuerpos distantes y tiempos diferentes” (Amado 2004, 54). Se presenta

una escena familiar ficticia y rehecha a contramano del rumbo trágico que le dio la historia. De pie, sentados, congelados en un movimiento, en un gesto, los hijos posan por turno delante de imágenes del pasado proyectadas que los rodean, y hasta cierto punto, los incluyen en una duplicación –de tiempos, de espacios, de generaciones– en la que ninguna narración, ni la del pasado ni la del presente, termina por plantarse nítidamente. (Amado 2004, 54-5)

En su cortometraje documental, Natalia contempla la foto de su padre, lo acaricia, toma su mano y luego se desplaza al otro lado de la imagen proyectada para volver a mirarlo. El encuentro con Víctor se realiza así en un nivel simbólico hacia el final del documental, cuando Natalia está parada enfrente de la foto que se mostró también al inicio del documental, ahora esta foto está digitalizada y se proyecta sobre el cuerpo de Natalia (28:08-28:55).

Si no encontró a su padre físicamente, ya que éste sigue desaparecido, sí logró hallar las explicaciones de las que requería para conciliarse con el hecho de que su padre decidió quedarse en la Argentina, a seguir con la lucha armada, arriesgando así su vida y que su hija creciera sin él. Es entonces una conciliación con la decisión del padre de tomar las armas. Se simboliza así el encuentro que logró con el ideario de sus padres, y en particular con el de su progenitor, al sentir empatía ya sin juzgarlo y formular reclamos acerca de sus decisiones. Aunque no hubiera tomado las mismas decisiones, ni puede entender plenamente desde su contexto generacional y de exiliada las de sus padres, supera mediante la empatía la distancia crítica en cuanto a lo que ella consideraba decisiones erróneas de parte de su padre: comprometerse en la lucha armada teniendo una bebé y no optar por el exilio. Los dos tienen aproximadamente la misma edad en el momento de este encuentro simbólico. Incluso, en el momento de realizar el documental, Natalia tiene casi dos años más que su padre cuando los militares lo secuestraron y desaparecieron.

Otro factor importante para posibilitar la reconciliación con la figura paterna es enterarse de parte de su madre que Víctor escribía cartas y afirmaba también que extrañaba a su bebé: Natalia. Cabe señalar que en la conversación con su madre la documentalista llega también a una reconciliación con ésta, quien con gran sinceridad y honestidad la hace partícipe del dilema en que se encontraba ella tras decidir abandonar la Argentina: el drama de dejar atrás a los que quería. Refiere la sensación ambivalente de aquel momento que acerca de la cual, a la postre, es difícil intelectualizar: “quiero salir y quiero salvarme y quiero salir adelante, pero no me quiero ir, carajo, me quiero quedar con mis compañeros” (22:06-22:14). Revive así en la entrevista los sentimientos encontrados al salir de la Argentina hacia Uruguay sobre el puente Paysandú.

Reflexiones finales
Ambas cintas analizadas –Papá Iván y Encontrando a Víctor– se alejan del formato tradicional para la realización de entrevistas en el cine documental que se caracteriza por la distancia emocional. Ante todo en Encontrando a Víctor, este alejamiento de las convenciones del cine documental posibilita una interacción dialógica y dinámica entre la documentalista y su madre Shula. Por ello, más que una entrevista parece ser una conversación. En vez de recurrir a tomas alternadas como en el caso de la entrevista a su tío, Natalia y su madre aparecen juntas sentadas en una mesa. Lo mismo ocurre en la entrevista hecha a la tía Ana: ésta y Natalia están juntas en el encuadre, ahora sentadas en una escalera. En Papá Iván, María Inés, al contrario, solo aparece ocasionalmente en el encuadre con alguno de los entrevistados, pero en ningún momento de la entrevista aparece con su madre.

En cuanto a los lazos familiares, por un lado, y los que se establecen con los compañeros de lucha hay una diferencia fundamental entre ambos documentales. Shula habla acerca de la forma en que los militantes reemplazaban mutuamente el vínculo afectivo en cuanto a los hijos de sus compañeros, en tanto que Azucena aborda la sustitución de los vínculos afectivos entre cónyuges, cuando uno de los dos rechazaba la opción de la lucha armada y la clandestinidad. Ella sufrió el abandono de Juan Julio Roqué cuando se resistió a acompañarlo a la clandestinidad. Poco tiempo después, él se relacionó amorosamente con Gabriela Yofre, quien compartía la vida clandestina, y con la que tuvo otro hijo, Martín.

En Encontrando a Víctor no se comenta la sustitución de los lazos afectivos en cuanto a la relación de pareja, pero se sabe que los militares secuestraron y desaparecieron a Víctor junto con su segunda pareja, Jacinta. A diferencia de Azucena, Shula conocía el entorno de la militancia. Además, Shula y Víctor tomaban las decisiones juntas; aunque ella por estar encinta no ingresó al brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores, estuvo de acuerdo con la decisión de Víctor de participar en acciones armadas como el intento de copamiento del Batallón 601. También decidieron juntos la salida de Shula y Natalia al exilio, viaje en que en un primer momento Víctor iba a acompañarlas. Fue la desaparición forzada de su propio padre, con el que le unía otro lazo afectivo, que lo hizo desistir del plan de exiliarse. Ciertamente, más adelante, hubo otros motivos para permanecer en la Argentina, que tampoco Shula conoce del todo.

En relación con las preguntas e inquietudes de la hija es fundamental que Shula compartiera los ideales del proyecto colectivo por el que luchaba su esposo. Azucena en cambio sólo compartía el proyecto educativo con su esposo en la primera mitad de los años sesenta, pero siempre rechazaba la vía armada por la que se decidió su esposo. Por ello, cuando su hija la pregunta en la entrevista, reitera el rechazo a la lucha armada. La hace partícipe de su dolor y decepción en torno a la decisión de su esposo de abandonarla. Las ideas tradicionales acerca de la familia, el sujeto y la esfera privada nunca estuvieron en duda para ella y no experimentó la conectividad entre los compañeros de la que Shula habla.

María Inés finalmente no logra llegar a una paz interior, ni de superar la distancia generacional que la separa de su padre y sus convicciones. A diferencia de Natalia, tampoco puede encontrarse en un nivel simbólico con su padre y reconciliarse a pesar del abandono sufrido, pues no encuentra respuestas a sus inquietudes.

Al tener que recurrir a recuerdos de otras personas en torno a sus padres, las hijas empezaron a incorporar estos recuerdos en su propia memoria –Silverman llamó este tipo de recuerdos “heteropathic memory”–; así se posibilita que el sujeto participe en el sufrimiento y los deseos de la otra persona. Es una memoria mediada que no conecta al sujeto directamente al pasado. Al contrario, se basa en la identificación heteropática: “the subject identifies at a distance from his or her proprioceptive self” (Silverman 1996, 23). La empatía con el otro hace posible que uno se involucre y convierta los recuerdos del otro en los propios. Vinculando el análisis de los dos documentales con estas afirmaciones, parece que Natalia logra la reconciliación y supera su trauma de huérfana, así como el sentimiento de no haber tenido el mismo valor que el proyecto colectivo de sus padres; esto es posible, ya que su madre logra por medio de la articulación de sus recuerdos despertar empatía en su hija con respecto a las decisiones que ella y Víctor tomaron en su momento. Al contrario, dado que Azucena no puede provocar vía sus recuerdos empatía en su hija con respecto a las decisiones de su padre, esta última incorporó en sus propios recuerdos el dolor, la decepción y cierto rencor con que su madre recuerda esas decisiones. En vez de reconciliarse y “encontrarse” con su padre, María Inés desiste de su búsqueda, y se resigna a que su película no logre convertirse en la tumba que quería construir para su padre, pensando que así iba a poder hacer un ritual de duelo y llegar a una paz interior.

Obras citadas
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Filmografía
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Notas
* Agradezco a la DGAPA-UNAM el apoyo que brindó al proyecto PAPIIT IN 402615, “Memoria cultural y culturas de rememoración”, en cuyo marco realicé la investigación para el presente trabajo.

1 Las autoras señalan: “Lo que une también separa. Así, otra de las acepciones de ‘lazo’ señala que ‘la ligadura es lo que impide a alguien hacer cierta cosa u obrar de cierta manera’. Si en un sentido puede pensarse que los arreglos familiares se ven favorecidos por los vínculos afectivos, sexuales, sociales, económicos que entablan sus miembros, son esas mismas disposiciones las que también actúan como obstáculo o barrera. De esta manera, al subrayar lo familiar desde los lazos intentamos poner en evidencia el doble mecanismo de enlace y separación, de atadura y corte, de identidad y diferencia que funda lo familiar en tanto proceso y a partir del cual se puede leer el orden político, social y cultural de la Argentina contemporánea” [cursivas en el original] (Amado y Domínguez 2004, 14).

2 Weiss (2016) analiza cinco cintas documentales y dos ficcionales, realizadas todas entre 2000 y 2012 por cineastas argentinos pertenecientes a la segunda generación.

3 Por lo general, se afirma que el documental de Habegger fue el primero realizado por hijos de detenidos-desaparecidos. Sin embargo, el primero es el de María Inés Roqué. A diferencia de Habegger, quien regresó en 1984 de su exilio en México a la Argentina, ella permaneció tras el fin de la dictadura en México, por lo que su trabajo no tuvo la misma recepción en su país de origen que él de Habegger. Albertina Carri, a su vez, quien rodó el célebre filme Los rubios (2003) sobre la desaparición forzada de sus padres permaneció en Argentina y no se fue al exilio en ningún momento. Con respecto al análisis del documental de Habegger, véase Seydel (2015), y acerca del documental experimental de Carri a Amado (2004) y Ros (2012). Considero importante señalar que Andrés Habegger realizó en el largometraje documental El (im)posible olvido (2016) un acercamiento a su padre y un intento de evocar recuerdos propios en torno a sus vivencias con él. Abordo este filme en el artículo “Las emociones y los afectos en la constitución de la memoria autobiográfica y cultural” (Seydel, en prensa).

4 Tras el cortometraje objeto de análisis del presente artículo, Natalia Bruschtein realizó Tiempo suspendido (2015) en torno a su abuela, Laura Bonaparte. Por su parte, Shula Erenberg dirigió junto con María Inés Roqué y Laura Imperiale Cavallo entre rejas en 2006, Bajo el mismo sol, con guión de su hija Natalia Bruschtein en 2009 y Rosario. Memoría indómita en 2013. En los documentales mencionados, Nerio Barberis estuvo a cargo del sonido.

5 Dutrénit Bielous remite al libro de Diana Kordon y Lucila Edelman (2007).

6 El estreno comercial fue en 2004, sin embargo, ya antes se exhibió en Argentina y diversos festivales.

7 Acerca de la trayectoria de Azucena Rodríguez Ousset como pedagoga, véase Alfonso (2016).

8 Cuando en 1973 Azucena Rodríguez Ousset, madre de la documentalista, se enteró que Juan Julio estaba en la prisión de Villa Devoto, decidió no llevar a los hijos, pese a que otros presos sí recibían la visita de sus hijos pequeños.

9 La organización Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio se fundó en Argentina en 1994, y en México en 2001.

10 Mientras que Natalia Bruschtein, María Inés Roqué y Andrés Habegger lograron exiliarse con sus respectivas madres, Albertina Carri perdió a su madre y padre. Otros niños perdieron también el contacto con sus hermanos, quedando completamente desintegrada su familia nuclear.

11 Las excavaciones que se realizaron en 2002, a un año del viaje de Natalia Bruschtein a Buenos Aires, pusieron al descubierto los muros de las celdas de los detenidos, algunos de sus objetos personales y objetos utilizados para la tortura. Véase (s/a. s/f)

12 Luis militó a finales de los años 60 en el Movimiento de Liberación Nacional, pero se exilió ya en octubre de 1975, por lo que siempre ha vivido con el sentimiento de culpa de haberse salvado mientras que sus hermanos y muchos amigos fallecieron en la lucha armada o fueron desaparecidos. Lamenta no haberlos convencido de exiliarse también.

13 En su propio testimonio, Luis apoya esta versión de Shula.

14 Véase el apartado “Children and Revolution” del capítulo “Building Bridges between Generations” en que Ros analiza el cortometraje documental de Natalia Bruschtein y El tiempo y la sangre, de Alejandra Almirón (2004).

15 Ros remite al lector de su libro a su correspondencia personal con la documentalista. Ésta le escribió que se tardó tres años en editar el material para armar el documental, pero no queda claro si fueron las respuestas de Shula u otras circunstancias que la llevaron a postergar la edición. Además, Ros no toma en cuenta las respuestas de Luis que en muchos aspectos coinciden con las explicaciones de Shula acerca de la militancia y las dificultades de vivir en el exilio.

16 Véase también Dutrénit Bielous (2013).

17 Luis aborda el sentimiento de culpa que le embarga siendo el único hermano que sobrevivió.