Reseña de Carvacho Alfaro, R. Clásicos de la miseria. Canon y margen en la literatura chilena. Santiago de Chile: Oxímoron Aurelia Rivera, 2016, 125 pgs.

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Héctor Andrés Rojas
Grupo de estudios Territorios en Fuga

Clásicos de la miseria de R. Carvacho Alfaro se propone otorgarle a la literatura marginal chilena de la década del 60 el lugar que le ha sido negado en el canon literario. Este impulso reivindicador del autor aparece inicialmente como una paradoja, ya que el mismo reconocimiento del valor de estas obras como marginales se opone a la posibilidad de llevarlas al centro de la ciudad letrada. Este canon alternativo, si bien se compone de obras de gran circulación y con numerosas ediciones, resulta ser un corpus hasta el día de hoy poco estudiado, por lo que representa un desafío para los estudios literarios.

El estudio se centra en la producción literaria, la biografía y la recepción crítica de Armando Méndez Carrasco, Luis Cornejo, Alfredo Gómez Morel y Luis Rivano. Una de las grandes preguntas que atraviesa este libro es entender el origen del escritor marginal. Dicho espacio, ajeno a la producción de la cultura que está siendo valorada, tiene relación tanto con las vidas marginales y precarias de los autores, como con una resistencia de quienes conformaban el circuito letrado. El autor señala que Luis Rivano y Luis Sánchez Latorre —escritor y periodista este último que publicaba bajo el seudónimo de Filebo—, coinciden en que “los escritores de la Generación del 50, entre ellos Enrique Lafourcade y José Donoso, miraron con desprecio estas expresiones” (82). Filebo, quien rescata la importancia de la obra de Alfredo Gómez Morel al señalar que su novela, El Río (1962), “fue una explosión de realismo social” (82), le otorga incluso más valor a lo narrado que al proyecto literario. La recuperación de este canon alternativo, entonces, sigue siendo incompleta.

Carvacho establece una línea cronológica de las narrativas del margen, con distintos matices. Poseen cercanía con la Generación del 38, pero, a diferencia de ella, “no poseen una marcada ideología y su discurso narrativo no se constituye en un panfleto político o partidista, sino que como documento social” (43). El elemento característico sería que “la apreciación y la narración se configuran desde la horizontalidad, ya que el narrador y el mundo narrador se encuentran en el mismo nivel” (44), lo que resultaría en una distinta capacidad para comprender los sucesos. También proyecta a los herederos de esta tradición del margen sobre autores que publicaron en los 80 durante la Dictadura. Entre estos estarían Diamela Eltit y Pedro Lemebel, autores que luego lograron ingresar al canon de la literatura chilena. Los herederos del margen tienen como condición “que la gran mayoría proviene desde circuitos culturales letrados y con formación académica” (101). La narración desde el margen, tendría en este caso “una funcionalidad discursiva y política” (101). Otros de los autores mencionados son Mario Silva Mera, Cristóbal Gaete, Natalia Berbelagua y Cristian Geisse. La forma que adopta su condición periférica en estos últimos es la provincia, mención que abre la posibilidad de leer la marginalidad desde un enfoque más amplio que el propuesto inicialmente.

El análisis de la recepción crítica de las obras realizado por Carvacho Alfaro, le permite dar cuenta de las condiciones en que estas narrativas emergieran. En este punto es importante señalar que varias de las obras estudiadas fueron bien recibidas por la crítica, e incluso algunas de ellas tuvieron el respaldo de Hernán Díaz Arrieta, más conocido como Alone, el crítico más relevante e influyente en Chile durante el siglo XX. Estas obras además contaron con numerosas ediciones. Su marginalización tiene que ver más con la construcción de un canon de referencia en el que no aparecen al ser valoradas exclusivamente como fuentes historiográficas de la realidad social, lo cual explica la poca atención que han recibido de la crítica literaria.

Este es un libro que desde la primera impresión nos invita a hacer una reflexión geográfica. En la portada vemos un mapa de la ciudad de Santiago, dividida por el Río Mapocho, donde aparecen los nombres de las obras más emblemáticas de los autores estudiados. Sobre el agua, El Río de Alfredo Gómez Morel; en el lado sur, hacia la izquierda, Barrio Bravo de Luis Cornejo, y hacia la derecha, El apuntamiento de Luis Rivano; por último, en el lado norte del mapa, aparece Chicago chico de Armando Méndez Carrasco, una alusión interesante, al tratarse de un centro histórico donde se llevaron a cabo proyectos modernizadores de la ciudad, como la canalización del río y la construcción de jardines inspirados en modelos europeos, como ha estudiado el historiador Simón Castillo. Este espacio tradicionalmente habitado por la elite chilena durante el siglo XIX, comienza a ser abandonado cuando aparece la miseria, reflejada en cantinas, peleas, crímenes y prostitución. La miseria, al igual que en las obras literarias estudiadas por Carvacho Alfaro, conforma esa identidad del espacio que no quiere ser visto, pero que al mismo tiempo se resiste a ser silenciado. La importancia de este libro, entonces, consiste en proponer un cuestionamiento de la historiografía literaria chilena, al destacar un conjunto de obras que han sido consideradas casi exclusivamente como documento de la realidad que representan, lo cual las ha relegado del campo literario chileno. Nos hemos conformado a considerar como marginales expresiones culturales que proponen formas de pensamiento diferente, con lo cual hemos desaprovechado la oportunidad de leer otras formas de violencia y de deseo que bien podrían confrontarse a las formas canónicas establecidas por autores como José Donoso. Por esta razón, leer a R. Carvacho Alfaro y, a partir de su lectura releer a autores como Armando Méndez Carrasco, Luis Cornejo, Alfredo Gómez Morel y Luis Rivano, es una invalorable oportunidad para revisitar, a la luz de nuevos actores, el siglo XX de la literatura chilena.