El desmantelamiento del nacionalismo revolucionario y la apuesta por el nacionalismo cívico en México

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Luis Ochoa Bilbao
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla

 

El artículo expone y analiza el contenido de la crítica intelectual mexicana al nacionalismo revolucionario y revisa las conclusiones de los estudios mediante encuestas sobre el carácter nacional contemporáneo. Ambos casos son considerados en este artículo, como parte de un proyecto intelectual que pretende eliminar los lastres del nacionalismo revolucionario mexicano por considerarlo obsoleto y fuente del autoritarismo político que vivió el país. La nueva propuesta, todavía abierta y ambigua, pugna por construir un nacionalismo cívico de corte liberal y cosmopolita, que reemplace al viejo y rancio nacionalismo revolucionario que tanto desprecian los intelectuales mexicanos contemporáneos.

 

En “La sombra del futuro” Roger Bartra (2009) escribió que “el futuro es incómodo y peligroso”, que “provoca intensas discusiones y amargos enfrentamientos”, que “es díscolo y engañoso”; que “el futuro es indócil y no obedece al mandato de los profetas”. Con estas ideas como preámbulo, Bartra cuestionaría en un ensayo la idealización utópica de Cortázar sobre el socialismo y, basándose en Huizinga, afirmaría que “no podemos explorar el futuro. Lo que podemos estudiar son las sombras que el porvenir proyecta en el presente”.

Precisamente junto con Bartra, otros intelectuales mexicanos han emprendido la azarosa tarea de desmantelar “las sombras que el provenir proyecta en el presente” respecto al nacionalismo mexicano. Esa apuesta intelectual será analizada desde una perspectiva crítica en este ensayo. Mi propósito es someter a escrutinio el proyecto militante e inconexo de proponer para México un nacionalismo cívico, que logre superar las insuficiencias y las perversiones del nacionalismo revolucionario mexicano, según sus promotores.

La apuesta por el nacionalismo cívico se trata de un proyecto que hace eco de las voces inconformes de varios intelectuales mexicanos, quienes pugnan por cristalizar en México los valores liberales que edifiquen un nuevo acuerdo social fundamentado en la libertad, el mercado, la justicia, la seguridad y la democracia. El nacionalismo cívico parece coincidir con la desilusión por la transición democrática mexicana, por lo tanto, es también una queja contra la cultura política mexicana que se construyó con la institucionalización de la revolución y que no ha superado sus atavismos antidemocráticos. Bartra lo escribió con claridad: “los estudios sobre ‘lo mexicano’ constituyen una expresión de la cultura política dominante. Esta cultura política hegemónica se encuentra ceñida por el conjunto de redes imaginarias de poder, que definen las formas de subjetividad socialmente aceptadas, y que suelen ser consideradas como la expresión más elaborada de la cultura nacional” (Bartra 2013 14). Para Bartra, tanto “la configuración del carácter nacional mexicano” como “las reflexiones sobre lo mexicano” son “una construcción imaginaria…una emanación ideológica y cultural del mismo fenómeno” que Bartra pretendió estudiar (2013 14).

Considero al nacionalismo cívico como militante porque cada uno de sus promotores se asume como promotor de un nuevo México y se erige como faro que ilumina el devenir deseable impreso en un nacionalismo contemporáneo. Lo considero inconexo porque no responde a un movimiento ideológico organizado por sus protagonistas, ni en sus medios ni en sus fines. Pero sus ejes generales son reconocibles, ya sea en un libro o en un ensayo, en una conferencia o en un artículo periodístico y en la elaboración de diversas encuestas. Si bien los protagonistas no se identificarían como parte de un movimiento civil articulado, coinciden plenamente en promover la clausura del nacionalismo revolucionario por considerarlo un mito obsoleto que se adecuó a los intereses de un Estado autoritario y paternalista.

Si consideran al nacionalismo revolucionario como un mito, entonces podríamos decir que estos intelectuales aceptan los criterios del constructivismo. Y si no lo hacen por convicción teórica o metodológica, lo hacen de manera implícita al condenar que el propósito instrumental del nacionalismo revolucionario fue construir una identidad mexicana ficticia que sometiera a la sociedad bajo el liderazgo de un Estado autoritario e incuestionable.

En los siguientes apartados voy a exponer el contenido de la crítica intelectual mexicana al nacionalismo revolucionario y las conclusiones de los estudios mediante encuestas sobre el carácter nacional contemporáneo. Luego esbozaré los ejes de esa propuesta, todavía abierta y ambigua, por construir un nacionalismo cívico que reemplace al viejo y rancio nacionalismo revolucionario que tanto desprecian los intelectuales mexicanos contemporáneos.

La crítica. El nacionalismo revolucionario como problema
La estrategia más sencilla e inmediata para desmantelar al nacionalismo revolucionario mexicano es reducirlo a una narrativa instrumental y ubicar su eficacia en el pasado. Es así que se le define como un nacionalismo obsoleto, que nubla el porvenir con las sombras del pasado oscureciendo el presente. El nacionalismo revolucionario se vende como una herencia de la que debiera liberarse la sociedad mexicana contemporánea. Es obsoleto porque fue un invento mítico, porque creó identidades ficticias y porque sus fines ideológicos se tornaron perversos.

Respetados intelectuales contemporáneos como Mauricio Tenorio, el mismo Roger Bartra, Jorge G. Castañeda, Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín y Pedro Ángel Palou coinciden en resaltar el carácter mítico del nacionalismo revolucionario. Y, como todo mito, dicen que tiene una fecha de nacimiento y proclaman que ya alcanzó la fecha de su caducidad. Y también, como todo mito, se le considera una construcción social.

Luis González y Gonzaléz (1986) escribió: “los sucesivos grupos dominantes en México han hecho todo lo posible por crear la imagen de una patria epopéyica y uniforme...”. Roger Bartra ha dicho que “a lo largo del siglo XX la cultura mexicana fue inventando la anatomía de un ser nacional cuya identidad se esfumaba cada vez que se quería definirlo…” (2014 11). Carlos Monsiváis considera que “la expresión cultural del nacionalismo se propone [es decir, se construye voluntariamente] dotar al país de formas expresivas que, al serle propias, configuren la fisonomía espiritual y la identidad intransferible, y obtengan el reconocimiento internacional y las enmiendas políticas concretas…” (2013 211); Mauricio Tenorio sostiene que “ya en la carrera por hacer nación y Estado no hubo otra opción que la reescritura del pasado nacional con sus consecuentes mitos…” (2009 123); y Pedro Ángel Palou asevera que “en el orden simbólico creado a partir de su carácter de evento, la Revolución mexicana (1910-1921) es el acto fundacional de la nacionalidad del país…” (2014 13).

Después de leer tales ideas, abrumadoramente se sostiene que el nacionalismo mexicano es una construcción social, un invento, un mito. ¿Es que podía evadirse la necesidad imperiosa de inventar naciones durante los siglos XIX y XX? México como nación era inevitable; y como nación es un mito, tanto como cualquier otra nación. Esa es una mirada contemporánea que se pone en pie de lucha contra la idea absurda de que las naciones han sido siempre en el tiempo y serán siempre en el futuro. Esta postura niega que las naciones sean verdades históricas inmanentes e inmutables. Los intelectuales del nacionalismo cívico mexicano aceptan la naturaleza cambiante del nacionalismo en general y parecen considerarlo un artilugio irremediable y perecedero. Para ellos, el nacionalismo revolucionario merece ser desmantelado para superarlo, insisto, por viejo y por perverso.

Al ubicarlo en el tiempo, los críticos del nacionalismo revolucionario mexicano denuncian que éste respondió a la necesidad del Estado mexicano por dibujar forzadamente una identidad acorde al siglo XX. Es en dicho contexto socio-histórico, dicen, donde se diseña el perfil cultural mexicano de pasado indígena y de presente mestizo, de valores de convivencia basados en la familia nuclear clásica y protegidos por la serena autoridad patriarcal del sacerdote. Se trataría de un modelo católico secular que debía distanciarse del individualismo exaltado por la modernidad.

La identidad mexicana del nacionalismo revolucionario sería protegida por un Estado fuerte y benefactor, que desembocó en el Estado autoritario que condenan los intelectuales contemporáneos, al igual que Octavio Paz cuando lo bautizó como el “ogro filantrópico” (2011 149). El Estado fuerte del nacionalismo revolucionario era el promotor de la cultura, del arte, de la educación, del trabajo, de la salud, de la seguridad y de la prosperidad. Esos atributos todopoderosos y omnipresentes constituyen el centro de las quejas de los intelectuales contemporáneos. Nunca se sabrá a ciencia cierta si fue planificado o si la desviación fue involuntaria, pero el Estado promotor y benefactor corrompió su misión para convertirse en un Estado paternalista y corporativista.

La defensa de la identidad mexicana, de su peculiaridad cultural e histórica, recaería también en el Estado mexicano que, ante el mundo del siglo XX, reclamó su potestad sobre las riquezas naturales del país. Logró explicar retóricamente que la debilidad de la nación en el pasado se debió a la injerencia externa y a la falta de unidad interna. Intentó también crear un discurso de hermandad latinoamericana y, con un alto grado de eficacia, sembró la fuerte idea de que México era una nación pacifista.

El nacionalismo revolucionario, fue, como todo discurso nacionalista, una empresa interna y externa. Y aquí radica la razón para denunciar su obsolescencia. México cambió con el paso de los años y el mundo también. Por lo tanto, los críticos del nacionalismo revolucionario cuestionan que el Estado mexicano se haya resistido a cambiar, condenando a su sociedad a repetir fórmulas caducas e inoperantes.

De manera simplista, los promotores del nacionalismo cívico mexicano consideran que el mundo ya no le es hostil al país. Los males de México no deberían recaer ya en la injerencia externa, según estos intelectuales, como si de un plumazo México se hubiera vuelto verdaderamente ajeno a los intereses externos en sus recursos naturales, en su mano de obra barata y en su sistema financiero desregulado. Clamar la presencia del mundo externo en México como estrategia neocolonial es considerado por los intelectuales del nacionalismo cívico como un resabio ideológico del socialismo. El verdadero mal de México radica en insistir en el chauvinismo, el aislacionismo y el parroquialismo de su apuesta nacionalista. Por lo tanto, el primer paso que se da para el desmantelamiento del nacionalismo revolucionario es identificar los cambios experimentados por el mundo a finales del siglo XX y su impacto en México, como veremos en el siguiente apartado.

El contexto. México, el nuevo orden global y el nuevo nacionalismo
Antes de describir las propuestas del nacionalismo cívico mexicano, es necesario reparar en aquello que los intelectuales reconocen como nuevo en México y en el mundo, y que debiera registrarse en un discurso nacionalista acorde a los tiempos. Se trata de una parada indispensable si se pretende entender lo que debe desecharse del nacionalismo revolucionario, lo que puede mantenerse de la tradición, lo que debe incorporarse de la modernidad y lo que debe potenciarse de la experiencia contemporánea de la mexicanidad en la era de la globalización.

El México ideal para los intelectuales contemporáneos que promueven un nuevo nacionalismo debe ser un México proyectado hacia el mundo, sin temores ni recelos. Debe ser un México multilateralista, con una creciente presencia y activismo en todos los foros internacionales, promotor del libre comercio y consciente de su pertenencia geográfica e histórica a Norteamérica.

Al mismo tiempo, dicen, debe ser un México abierto y amigable con el mundo. Debe ser un sitio ideal para la inversión extranjera directa y para el establecimiento de las empresas transnacionales que harían de México un país manufacturero en la última oleada de la industrialización de la globalización. Debe ser también un país amigable al capital privado nacional e internacional y debe abrirse a la internacionalización de la explotación de las riquezas naturales. Pero, sobre todas las cosas, para los intelectuales del nacionalismo cívico mexicano, el país debe incorporar los modelos educativos impulsados por la OCDE, la gestión y la administración de la riqueza delineadas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, y aceptar el escrutinio internacional en materia de derechos humanos y transición a la democracia.

Es obvio que el nacionalismo revolucionario parroquial, chauvinista, timorato y autoritario no aporta el ideario necesario para el México globalizado al que aspiran los intelectuales del nacionalismo cívico mexicano. Y aquí conviene plantear un argumento de corte metodológico que le imprima sensatez a nuestro escrutinio sobre el nacionalismo en general.

Siguiendo lo que Joel S. Migdal propone para lograr una nueva definición del Estado1, podemos también sugerir una definición que aprehenda mejor el fenómeno del nacionalismo. Migdal critica el supuesto arquetípico del Estado weberanio que plantea que sólo éste “mantiene o debería mantener los medios de la violencia para hacer que la gente obedezca esas reglas”. Dicha percepción del Estado “minimiza y trivializa la rica negociación, interacción y resistencia que ocurre en toda sociedad humana entre múltiples sistemas de reglas” (Migdal 2011 30-37). En el caso del nacionalismo mexicano, los intelectuales liberales caen en el error de adjudicarle al Estado la capacidad absoluta de crear identidad y de proporcionar valores que se difunden y se deberían mantener para garantizar la cohesión nacional. Por lo tanto, la guerra contra el nacionalismo revolucionario es en el fondo la guerra contra el régimen político que se confunde en una guerra contra el nacionalismo mexicano. Porque el nacionalismo revolucionario fue resultado de una amalgama enorme de ideas, de valores, de criterios y de patrones. Ya fueran católicos o progresistas, socialistas o conservadores, indígenas, criollos o mestizos, todos confluyeron en distintos momentos durante la época de la construcción de las instituciones estatales al final de la Revolución Mexicana.

Es un error considerar al nacionalismo revolucionario como un Frankenstein del régimen político, tal y como lo hace Bartra. Hay en ese nacionalismo elementos criollos como ya lo demostró David Brading, o clásicos e hispanistas como lo sugirieron José Vasconcelos, Alfonso Reyes y Octavio Paz; con pretensiones socialistas como con los hermanos Flores Magón, o de inspiración católica como en el nacionalismo de Gómez Morin. Es indígena como en Manuel Gamio o neo urbanizado como en Samuel Ramos. Es un nacionalismo que adquiere tintes diversos a lo largo de la extensa y variada geografía mexicana. Es, como todos los nacionalismos, un entramado de ideas, valores y conceptos que está vivo y en constante transformación.

El nacionalismo es una amalgama ideológica conformada por narrativas históricas, artísticas y culturales que de pronto adquieren cierto grado de coherencia en un tiempo específico y que logra también cierto grado de aceptación. Estas narrativas logran crear ciertos rasgos en los que se reconocen los habitantes de un territorio determinado, otra vez, en un tiempo específico. Pero el nacionalismo se encuentra también en las prácticas reales y cotidianas, individuales y colectivas de quienes lo viven.

Esto significa que el nacionalismo no es monolítico, ni es percibido ni vivido de igual forma por todos aquellos quienes se identifican con él. Sobra decir que los mexicanos, viven, sufren y se reconocen de múltiples formas y con variados matices en su mexicanidad. El nacionalismo mexicano, como todo nacionalismo, es un objeto socio cultural inacabado que incorpora de manera anárquica múltiples elementos. Algunos se descartan y otros persisten. Por ejemplo, el imaginario colectivo mexicano vinculado a la vida campirana, impreso en los cuentos y en las canciones e historias de rasgos caballerescos encarnadas por el personaje del charro, escenificados en las haciendas y consagrados por el cine de los años cuarenta, se respira anacrónico en un país con una población urbana en rangos del 70 por ciento.

Para Bartra, Krauze, Aguilar Camín y otros intelectuales del nacionalismo cívico mexicano, lo que se debe desmantelar es la narrativa emanada de la Revolución Mexicana. Según ellos, por obsoleta y retrógrada en su estado-centrismo, por ideológica y anacrónica en su socialismo y por abusiva y antidemocrática en su instrumentalización. Se confunde, por lo tanto, la negación del estado con la negación del nacionalismo y eso es lo que dejaría a la deriva a la sociedad mexicana desposeída de sus recursos, de sus instituciones y de sus elementos identitarios. A cambio, se apuesta por un nacionalismo cívico, como veremos más adelante.

Tratando de hacer un ejercicio más objetivo, hay que partir de la idea de que el nacionalismo está vivo y, por lo tanto, las preguntas deberían ser: ¿En qué medida se mantienen vigentes los criterios culturales del México del siglo XX? ¿Qué es lo que persiste, qué se ha transformado y qué es lo que ha desaparecido del nacionalismo mexicano del siglo XX? Algunas respuestas han empezado a difundirse, y estas provienen de las encuestas que, en México, se han vuelto moda desde mediados de los años noventa del siglo XX.

Radiografía y diagnóstico. Las encuestas sobre “lo mexicano”
La empresa de definir el carácter nacional mexicano durante el siglo XX ya había sido de por sí un tema complejo y polémico. En él se involucraron plumas reconocidas como las de José Vasconcelos, Samuel Ramos o Alfonso Reyes, todos ellos impactados por la construcción de las instituciones nacionales. De igual forma, se debatió el carácter nacional mexicano cuando el Estado comenzó a dar indicios de inoperancia, y como muestra destacan algunos trabajos de Octavio Paz o Carlos Monsiváis. La empresa sigue vigente con la complejidad de descubrir, como hemos dicho, aquello que permanece, aquello que ha cambiado y lo que debería permanecer y desecharse.

Una parte de esta empresa, la de retratar la uniformidad y la variabilidad del sentimiento mexicano ha sido abordada por las encuestas. Se han elaborado muchas y muy variadas. El gran motor de las encuestas en México ha sido la democracia electoral. Las intenciones de voto, las preferencias electorales, los candidatos favoritos son motivo de encuestas locales y nacionales todo el tiempo, abonando con sus datos a la intelectualidad mexicana habida de opinar y aparecer en los medios de comunicación masiva. Pero también se encuesta el lugar de México en el nuevo orden mundial, en sus relaciones con Estados Unidos y América Latina, y en sus valores, en sus creencias y en sus razones para la identidad.

La primera referencia inevitable corresponde a las tres encuestas realizadas por Enrique Alduncin a petición de una institución bancaria mexicana en 1981, 1987 y 1995.2 En el comparativo de dichas encuestas elaborado por Enrique Orozco (2002) se destaca lo siguiente:

  • Ante la pregunta ¿Estás satisfecho con lo que es el mexicano? La respuesta “mucho” mejoró en 1995 respecto a 1981;
  • Sobre las percepciones de la calidad de vida las respuestas eran mejores en 1981 que en 1995. Y ante la pregunta sobre ¿cómo piensan que vivirán sus hijos? En 1995 la respuesta “mejor” bajó del 57% al 47%;
  • En 1995, los encuestados respondieron en mayor porcentaje que se sentían “muy satisfechos” o “satisfechos” respecto a los logros alcanzados como nación en comparación con las encuestas anteriores;
  • Las respuestas más comunes respecto a la pregunta ¿cuál es mi objetivo en la vida? Fueron en orden de mayor a menor: mejor vida familiar 14%, vivir tranquilo 9%, encontrar a Dios 8%, Éxito profesional 8%, oportunidad para hijos 8%;
  • La honradez fue la característica más valiosa en una persona en 1995, la persona que le merece más respeto ha sido la madre en las tres encuestas y ante el planteamiento “si tuviera tiempo y dinero lo gastaría en…” las dos respuestas más consistentes fueron “ayudar a mi familia” y “educación de mis hijos”.

En esta primera radiografía, se aprecian respuestas propias de una sociedad conservadora y tradicionalista que hacia 1995 vivía los estertores de una crisis económica brutal enmarcada por el nuevo proyecto de nación neoliberal instaurado en esos años. Quizá por eso, ante la pregunta ¿qué caracteriza al pueblo de México? La respuesta más reiterada fue: “aguantador”. El perfil conservador del nacionalismo mexicano ya había sido descifrado atinadamente por Monsiváis, quien entendió los valores nacionales de la “mentalidad derechista” en “aquello que contiene y permite la nación: la familia, último guardián de los valores morales y eclesiásticos. Y de la Familia se desprende la empresa, el culto al esfuerzo individual que prolonga el sentido de lo familiar en el mundo de las transacciones” (Mosiváis 2104 296). Este argumento lo utilizó Monsiváis para explicar cómo las élites olvidaron fácilmente la paternidad del estado mexicano sobre la economía, para abrazar sin condiciones el modelo neoliberal. El libre comercio celebrado por la derecha mexicana, implicó la renuncia de la retórica del nacionalismo revolucionario sobre la potestad de la nación respecto a sus recursos naturales y a favor del adelgazamiento del Estado. Por corporativista, por estatista y anti libre mercado, el nacionalismo revolucionario fue despreciado.

Nuevamente, y con motivo del bicentenario de la independencia en 2010, se levantó una encuesta por parte de Alduncin para el Banco Nacional de México (BANAMEX). Este ejercicio sirvió para actualizar la fotografía sobre el nacionalismo mexicano vigente en la primera década del siglo XXI. Entre los resultados destaca que:

  • La historia, los deportes y el orgullo nacional son los aspectos que se perciben como los más unificadores en el país;
  • En contraparte, las diferencias sociales, la política y los partidos políticos son percibidos como los aspectos que más dividen a los mexicanos;
  • Los mexicanos no sólo se ven a sí mismos bajo una óptica de clases sociales, sino que consideran que la estructura social es fuertemente divisiva, más que nuestras diferencias étnicas, regionales, ideológicas, generacionales e incluso religiosas. México es un país marcadamente dividido por las clases sociales;
  • La política no se ve como una vía para el acuerdo y la negociación, sino como el espacio de los desencuentros y los desencantos. Es un campo de batalla. En particular, los partidos políticos son considerados como aquello que más divide a la sociedad mexicana.
  • Y respecto a los objetivos del país para los siguientes 10 años, las respuestas fueron: economía fuerte (38%), seguridad social (23%), democracia funcional (20%) y estado de derecho (20%). (Este País, 2011).

Estas respuestas hablan de un cierto grado de inconformidad con el estado de cosas en México, es decir, con los problemas de la desigualdad, la corrupción política, la economía estancada y el Estado inoperante. No olvidemos que todo nacionalismo apela a la defensa del suelo patrio, de los recursos naturales, del modelo político y económico, del pasado histórico. ¿Vale la pena defender a una nación que no está satisfaciendo necesidades fundamentales de sus ciudadanos? Será en la promoción de un modelo de vida liberal, en donde encontrarían motivación los intelectuales del nacionalismo cívico mexicano para defender a la nación.

Retomando las aportaciones de las encuestas, se puede leer con claridad que, en aquellos temas relacionados con el nacionalismo mexicano, se vive una tensión entre la tradición y el cambio. No podía ser de otra forma. Es prácticamente el mismo argumento de los intelectuales del nacionalismo cívico: algo queda, algo debe rescatarse y mucho debe modificarse. Y es el mismo argumento que me convence sobre la noción de que toda narrativa nacionalista está viva y en constante transformación. Pero los resultados de las encuestas van un poco más allá, porque logran retratar el sustrato pragmático del nacionalismo. Es decir, qué vale la pena mantener del nacionalismo mexicano y qué vale la pena desechar o cambiar con la finalidad de hacer vivible a México.

En un profundo estudio basado en preguntas aglutinadas en diversos temas, Julia Isabel Flores logró reunir casi todas las cuestiones que parecerían necesarias para resolver la interrogante de cómo percibe el mexicano su propio nacionalismo. Sus conclusiones apuntan a la idea de cambio. Por supuesto hay valores, concepciones, nociones y aspiraciones nacionalistas perdurables que se expresan en las encuestas. Pero lo que resalta es el cambio que hay en el nacionalismo mexicano y que Flores describe en las claves del cambio en los valores. La primer clave tiene que ver con la educación y con el hecho de que a mayor escolaridad “aumenta la tendencia a tener valores democráticos” (Flores 2015 343). La segunda tiene que ver con el recambio generacional: “los jóvenes experimentan en una mayor medida que la población adulta valores libertarios, igualitarios, favorables a la igualdad de géneros, permisivos sobre el plano de la moral y progresistas en el plano político (Flores 2015 344). La tercera apunta hacia un reconocimiento implícito del problema de la desigualdad en México, ya sea en términos de estratificación social, acceso a las oportunidades para estudiar y trabajar, así como las diferencias en el desarrollo de las regiones que componen al país (Flores 2015 345). La cuarta clave se sostiene en el incremento de la autonomía individual que implicaría un aumento de la tolerancia hacia el otro, tanto como la exigencia del respeto a uno mismo. Dice Flores que “la tolerancia es el indicador por excelencia de una sociedad que se va volviendo más democrática” (Flores 2015 347).

Como colofón a su extenso estudio, Flores considera que las respuestas dan cuenta de que existe un creciente patrón que apuesta por la “superación personal” y que no aspira a “cambiar al mundo” sino a “cambiar de vida.” (Flores, 2015: 350). Este no es otro más que el ideal liberal individualista por excelencia.

Finalmente, ninguna radiografía del nacionalismo mexicano podría estar completa sin contrastarlo con el mundo o con otras naciones. Esta empresa ha sido asumida sistemáticamente por el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). El proyecto se denomina “Las Américas y el Mundo” y en su página web indica que “es el único estudio de opinión pública sobre temas de política exterior en América Latina. El proyecto inició en 2004 en México y, a partir de 2008, se transformó en una investigación de alcance regional latinoamericano.”

El último reporte sobre México, levantado en 2014, presenta en su resumen ejecutivo las siguientes conclusiones, que abarcan los resultados de 2004 a 2014:

  1. Los mexicanos perciben que los asuntos mundiales afectan más al país que a las propias personas; no obstante, desean una política exterior que mejore su bienestar personal y la seguridad nacional.
  2. La población es pesimista respecto al mundo y quiere una participación internacional limitada. Los líderes son optimistas y desean participación activa y con liderazgo.
  3. Los mexicanos prefieren una política exterior que utilice instrumentos de poder “suave” e invierta más recursos en ello.
  4. Aumentó el déficit de interés, conocimiento y contacto de los mexicanos con el mundo.
  5. Los mexicanos tienen una identidad estable hacia la comunidad nacional, aunque son más cosmopolitas y su nacionalismo es más patriótico.
  6. Las actitudes hacia la apertura económica son positivas;
  7. La ONU tiene valoraciones altas, pero su actuación en el país tiene límites;
  8. La emigración de mexicanos ha disminuido, así como las buenas actitudes hacia la inmigración;
  9. Existe una brecha entre líderes y población en la exposición al discurso de los derechos humanos, aunque ambos comparten la mala situación de estos en el país;
  10. Las actitudes y opiniones hacia Estados Unidos han mejorado en la última década;
  11. Las preferencias regionales están en América Latina, donde hay amigos, pero con valoraciones distintas.

Las conclusiones sobre el nacionalismo mexicano aportan también elementos dignos para ser revisados. Las baterías de preguntas estuvieron organizadas en torno a tres dimensiones: la cultural, la política y la soberanía nacional.

En primer lugar, “la dimensión cultural del nacionalismo tiene que ver con una actitud defensiva o de rechazo a mentalidades, modos de vida y formas de ser de otras naciones distintas o ajenas a la propia” (Maldonado et. al. 2014 41). En las respuestas de los encuestados se encontró que “uno de cada tres mexicanos son nacionalistas culturales que consideran que es malo que ideas y costumbres de otros países se difundan en México” y que “la mitad de los mexicanos no ven con buenos ojos o tienen dudas con respecto a la influencia de culturas distintas a la mexicana” (Maldonado et. al. 2014 41). Estas respuestas no difieren con posiciones similares en Estados Unidos y Europa en una era de crecientes sentimientos negativos hacia la inmigración en todo el mundo.

“Una segunda dimensión del nacionalismo que captura la encuesta es de naturaleza política y se refiere a la indisposición para permitir el ingreso e incorporación a la comunidad nacional de personas que no tengan la nacionalidad mexicana por nacimiento” (Maldonado et. al. 2014 42). La respuesta mayoritaria fue abrumadora: hay una fuerte oposición en el público mexicano a que extranjeros nacionalizados puedan ocupar puestos de representación popular y representarlos políticamente. Una mayoría rotunda de 78 % rechaza la idea de que un extranjero nacionalizado pueda llegar a ser electo como presidente de la república” (Maldonado et. al. 2014 42). Nuevamente, resultaría muy difícil no encontrar respuestas similares en otros países, en lo que, al igual que México, los derechos políticos y sociales se consideran propios de los nacionales.

La tercera dimensión del nacionalismo sobre “el que indaga la encuesta se relaciona con las nociones de soberanía nacional, autodeterminación e integridad territorial.” (Maldonado et. al. 2014 41-4). Aquí se busca establecer qué tanto los mexicanos están dispuestos a defender la independencia y autonomía de su país o qué tanto están dispuestos a cederla en pro de beneficios económicos. Los resultados indican que “53% de los mexicanos están de acuerdo con la idea de que México y Estados Unidos formen un solo país, si esto representa una mejor calidad de vida” (Maldonado et. al. 2014 43). En este punto resultaría interesante profundizar con estudios similares, porque no se puede entender el nacionalismo sin el componente soberanista. Este conflicto de orden económico, político, simbólico y cultural está vigente en las contradicciones diarias que viven los ciudadanos de la Unión Europea y que motivaron la salida del Reino Unido de la unión. En el caso mexicano, el tema cobra relevancia, ante la polémica de ubicar a México como una nación norteamericana o como una nación latinoamericana. El debate se ha reabierto con fuerza toda vez que los nacionalistas cívicos mexicanos critican con energía a los gobiernos progresistas latinoamericanos a los que califican de populistas. Por el contrario, abrazan y aplauden el alineamiento de México hacia las estrategias estadounidenses y Europeas y celebran que el país forme parte del G20 y se compare con las naciones desarrolladas de la OCDE. Si todo esto implica alejarse de la región latinoamericana, los nacionalistas cívicos consideran que es un precio digno de pagarse.3

En resumen, las encuestas sobre el nacionalismo mexicano o los valores identitarios del mexicano están motivadas por los cambios sociales e internacionales que experimenta el país. Es obvio suponer que “el carácter mexicano” no es igual en el siglo XXI que durante los primeros años de la independencia o durante la segunda mitad del siglo XX. Y las encuestas, como escribí antes, pretenden detectar qué se mantiene vigente y qué se ha transformado en el imaginario colectivo de los mexicanos sobre su identidad.

En el fondo, lo que las encuestas buscan son respuestas a preguntas similares que se destacan en la preocupación de los intelectuales del nacionalismo cívico mexicano por encontrarle razones, justificaciones y legitimidad a la irrenunciable necesidad de ser y sentirse mexicano en el mundo contemporáneo. Pero eso es un problema, ser mexicano implica reconocer elementos de identidad compartidos y rechazar otros que no lo son. Todo nacionalismo descansa en un continuo ejercicio de antagonismos, seleccionando lo que le es propio a una comunidad imaginada y lo que le es ajeno. También, lo que merece defenderse y lo que no. Estos planteamientos nos servirán de eje para evaluar en el siguiente apartado los contenidos y el alcance del nacionalismo cívico mexicano.

La propuesta. El nacionalismo cívico en México
¿Debe ser el México moderno un país aislacionista o cosmopolita? ¿Debe seguir el ímpetu de la globalización o participar activamente de ella? ¿Es posible hacer coincidir la realidad geopolítica norteamericana de México con sus aspiraciones de hermandad latinoamericanistas? ¿Debe tener México socios o aliados? ¿Cuál es el precio que debe pagar México por ser socio comercial o aliado político de alguna nación en particular? ¿Qué piensa la gente de todo esto? ¿Qué nos dicen las respuestas de las encuestas sobre la naturaleza del nacionalismo mexicano contemporáneo?

Estas preguntas rondan como fantasmas penitentes entre quienes reflexionan sobre el nacionalismo contemporáneo mexicano porque los nacionalismos excluyentes siguen vigentes como en la extrema derecha de Europa e Israel; porque los discursos ultra nacionalistas de potencias como China, Estados Unidos y Rusia abruman al mundo justificando sus acciones; porque el nacionalismo catalán, escocés, kurdo, palestino o saharaui reclaman su reconocimiento y legitimidad; porque el nacionalismo clásico en India, Sudáfrica, Brasil, Irán o Venezuela, plantan cara a los discursos globalizadores, neoliberales y hegemónicos; porque el excepcionalismo nacionalista estadounidense defendido por Samuel Huntington alimenta las conciencias de los votantes de Donald Trump contrastando los valores anglosajones con los mexicanos.

En suma, el nacionalismo es un problema para los intelectuales mexicanos porque todo nacionalismo corresponde al diseño de una identidad colectiva imaginada que pueda identificarse con un pasado relativamente común, con un presente inevitablemente común y con un futuro deseablemente común. No importa si se trata de un nacionalismo moderno o contemporáneo y de valores liberales, capitalistas o democráticos; como todo nacionalismo, pretende enarbolar valores que enorgullezcan a la gente que vive en un territorio determinado en un tiempo particular, y que canalice ese impulso empático hacia la solidaridad y el sacrificio por el otro para “hacer comunidad”.

Al explicar las preguntas realizadas sobre el nacionalismo por el proyecto del CIDE, sobre México y el mundo, los autores aportan una definición instrumental que nos puede servir de guía: “El nacionalismo, como una forma intersubjetiva de relación entre población y Estado, es un fenómeno complejo y multidimensional que alude a nociones de apego, lealtad y defensa de una comunidad imaginada sobre la creencia de una cultura compartida, un mismo origen y un territorio común” (Maldonado, et. al. 2014 41). El nacionalismo construye alteridades y construye elementos solidarios para cohesionar la defensa de lo propio. Ese puede ser el éxito del nacionalismo revolucionario. Al menos de forma pasajera, logró consolidar sentimientos patrios más o menos generalizados. Y eso es lo que los intelectuales del nacionalismo cívico mexicano critican.

Sin embargo, al desmantelar los criterios del nacionalismo revolucionario mexicano surgen dos preguntas profundamente preocupantes: ¿tiene sentido seguir siendo mexicano? ¿vale la pena ser mexicano en un país arruinado por la corrupción, atemorizado por la violencia y avergonzado por la desigualdad?

Y a éstas le sigue otra pregunta elemental de cualquier retórica nacionalista: ¿Qué es lo que vale la pena defender de México: su pasado histórico, sus recursos naturales, sus valores familiares o religiosos, su diversidad folklórica, la integridad de su territorio, los estilos de vida, las mínimas conquistas sociales como la salud y la educación públicas, el precario estado de bienestar, su gastronomía, sus sitios turísticos?

Es obvio que no vale la pena defender de México a sus gobiernos corruptos y antidemocráticos, inoperantes ante el crimen organizado y hasta cómplices de la corrupción y de la escalada de la violencia. Entonces ¿qué pretende el nacionalismo cívico mexicano, en dónde radica la fuente de su orgullo o la justificación para clamar por la defensa de un México digno de ser protegido? Pues bien, ante el desmantelamiento de un discurso nacionalista, emerge la construcción de uno nuevo.

El llamado a la clausura del nacionalismo revolucionario mexicano corre el riesgo de dejar en la orfandad a quienes viven en México y no encuentran ya razones reales ni simbólicas para seguir siendo mexicanos, salvo la fuerza de la costumbre y la inevitabilidad de una existencia pasajera que, por el hecho de ser cotidiana, se sobrelleva. Quizá los intelectuales del nacionalismo cívico mexicano habrán tenido que afrontar la disyuntiva: ¿nacionalismo o no nacionalismo? Pero no se puede vivir en un país sin un mínimo de criterios de identidad colectiva que permitan llevar las relaciones sociales, y que no podemos dejar de llamar nacionalismo.

Lorenzo Meyer alguna vez se planteó la pregunta “¿y si ya no hay necesidad del nacionalismo en México, qué le queda a México?” (2006 421-464).4 Es otra forma de preguntar ¿cómo se puede ser nación sin criterios elementales de identidad nacionalista? Considero que el nacionalismo seguirá siendo fuente de unidad y conflicto a lo largo de este siglo. Y muy probablemente del que sigue. La globalización no podrá desmantelar en el corto plazo el ideal exclusivista de los nacionalismos que se vienen construyendo y reconstruyendo en el mundo desde hace más de tres siglos.

Por eso, surge lo que aquí he denominado el nacionalismo cívico mexicano. Quizá se está formulando de manera intuitiva y, como señalé antes, sin conexiones claras en las que sus promotores se identifiquen como parte de un colectivo. Pero con ejes fácilmente reconocibles dentro del imaginario liberal burgués. Como describiré a continuación, el ideal del nacionalismo cívico mexicano propuesto por algunos intelectuales en el país responde al ideal de los medios y modos de vida de las clases medias. En otras palabras, sólo valdrá la pena ser mexicano y defender al país si éste permite los modos de vida deseados por los valores socioculturales de las clases medias citadinas.

La noción de nacionalismo cívico que expreso a continuación se conforma a partir de las definiciones propuestas por Rousseau, Hans Kohn, Ramón Máiz. Entiendo por nacionalismo cívico la aspiración por conformar una sociedad que comparta valores liberales fundados en la libertad, el reino de la ley, la justicia, la eficacia gubernamental y la convivencia cívica. Se trata de un nacionalismo que permite la adscripción de cualquier persona porque se fundamenta en el ideal de la “voluntad popular”, es decir, en el contrato libre, racional y soberano de los individuos por pertenecer y ser partícipes del funcionamiento de una sociedad libre, justa y equitativa. Como dice Máiz, el nacionalismo cívico tendría una carga positiva moderna occidental por ser cívico, inclusivo y político (Máiz, 2004: 107). El propósito del nacionalismo cívico es distanciarse de otras formas de reconocimiento identitario no modernas, basadas en mitos de predestinación, concepciones excepcionalitas, aislacionistas y étnicas.

El nacionalismo cívico mexicano pugna también por distinguirse de formas contemporáneas de nacionalismos beligerantes como el nacionalismo étnico de la extrema derecha en el mundo occidental, el nacionalismo religioso de algunos países islámicos, y el nacionalismo de izquierda anti hegemónico, anti globalización y anti neoliberal como el de algunos gobiernos de Sudamérica.

Tras el proyecto claramente identificado de desmantelar el nacionalismo revolucionario en México, la apuesta por el nacionalismo cívico responde a la búsqueda de criterios mínimos de convivencia deseables y exigibles a las clases gobernantes. Para quienes los han formulado, como Bartra, Aguilar Camín, Krauze, Denisse Dressder y Castañeda, entre otros, lo que destaca es la apuesta por la democracia electoral, la rendición de cuentas en el ejercicio de gobierno y la eficacia gubernamental para la resolución de problemas comunes como la violencia y la inseguridad. En una primera instancia, valdría la pena ser mexicano en un país democrático, con gobiernos eficientes, transparentes y que rindieran cuentas. Es decir, el nacionalismo cívico mexicano apuesta por la correcta gestión gubernamental como requisito básico e indiscutible. Para lograr esta meta, el primer frente es construir una sociedad civil organizada, cohesionada y poderosa.

Y estas pretensiones descansan sobre la base de que México es un país en obra negra, que no ha consolidado ni la equidad, ni la transición a la democracia. Así se puede leer en el prólogo del libro de Denisse Dressder (2016), o en la agenda propuesta por Castañeda y Aguilar Camín. (2009; 2010). De lo que se trata, dice Dresser, es cambiar la estrategia: “la consigna actual no debería ser la celebración de lo logrado, sino la honestidad ante los errores cometidos […] se trata –en esencia—de cambiar cómo funcional la política y cómo funciona la sociedad” (Dresser 2011 7). El eje de su argumento es luchar por la construcción de ciudadanía, algo que ella considera “hacer una declaración de fe”. En esta propuesta resuena el ideal de Renan de que “una nación es un alma, un principio espiritual” o de que la ciudadanía “en sus sentidos formal e informal de pertenencia social, es también un estado afectivo, en el cual se configuran los afectos” (Berlant 2011 115).

En un tono que amalgama la actividad legal y comercial de los Estados y los individuos (Berlant 2011 114), es decir, más pragmático y orientado hacia las aspiraciones de la sociedad de consumo, Castañeda y Aguilar Camín proponen una agenda, también para superar el México en obra negra. Primero debería liberarse de su pasado y de la “pobre idea que tiene de sí mismo” (Aguilar Camín y Castañeda 2010 7). Segundo, aceptan, con cierto grado de resignación, que para materializar los cambios que requiere México se necesita que los políticos, los partidos, los poderes fácticos y los grupos de poder los acepten y los promuevan a pesar de afectar el estatus quo que les otorga una posición privilegiada (Aguilar Camín y Castañeda 2010 101). Y para ello se requiere de ciudadanos que presionen y persuadan a las élites (Aguilar Camín y Castañeda 2010 101).

En el fondo, la idea que priva es que para lograr que México deje de ser un país en obra negra, incompleto y maltrecho, se requiere la cereza del pastel de la modernidad que cristalizaría la añorada transición democrática: una sociedad civil organizada. El nacionalismo cívico mexicano ha generado la narrativa de la responsabilidad de la sociedad civil para contribuir a la reconstrucción del Estado y la defensa de la nación.

Más adelante, en un segundo cúmulo de propuestas, el nacionalismo cívico mexicano también aborda el problema del estado de derecho, de la justicia, la equidad y el combate a la desigualdad. La miseria y la pobreza, la precariedad de la seguridad social, la mediocridad de la educación pública y temas similares forman parte de la agenda del nacionalismo cívico mexicano. Es una agenda que pone el dedo en las llagas que no se curan en el país. Pretende hacerlo visible mediante la movilización ciudadana y la denuncia. A través de marchas contra la violencia y de acciones específicas mediante una variedad de organismos no gubernamentales, los temas lacerantes del precario estado de derecho en México salen a la luz pública. En buena medida esto es posible gracias a varios medios de comunicación masiva que contribuyen a la visibilidad de los Think Tanks y las ONG´s involucradas y de sus temas.

Por ejemplo, se hacen públicos los estudios sobre desigualdad y pobreza de OXFAM México, o sobre las estrategias de política exterior publicados por COMEXI; se divulgan los trabajos de INTEGRALIA sobre la calidad democrática en el país, las propuestas de IMCO para orientar y mejorar las políticas públicas, los resultados de “Mexicanos Contra la Impunidad”, que ha hecho un recuento de los escándalos de corrupción en diferentes entidades del país, o las investigaciones sobre la corrupción de gobernadores en el país documentadas por “Animal Político”. Esta estrategia corresponde al objetivo de construir una narrativa nacionalista de corte liberal o neoliberal.

Se propone, por ejemplo, reconocer las razones geográficas, económicas, políticas, migratorias e históricas para que México se considere a sí mismo como un país de Norteamérica (Aguilar Camín y Castañeda 2010). Se defiende la idea de que el libre mercado, el comercio internacional, la inversión extranjera directa y la privatización de los recursos naturales es el camino deseable. Por supuesto, para lograr esto hay que desmantelar los “prejuicios” del nacionalismo revolucionario obsoleto, como propuso Enrique Krauze en 2008 para defender la privatización de la industria petrolera mexicana: “la razón histórica debe tener sus límites, sobre todo cuando sus paradigmas entran en conflicto con las circunstancias reales. Al menos tres afinamientos vienen al caso. En primer lugar, el miedo indiscriminado a todo lo que viene de afuera nos ha debilitado: en el siglo XIX retrasó irremediablemente la inmigración y en el XX minó nuestra competitividad internacional. En segundo lugar, la historia -al menos en este caso- no puede repetirse. Por más voraces que sean, las compañías petroleras de hoy no pueden moverse ya con la impunidad de sus antecesoras en los años treinta. En tercer lugar, hay que reconocer alguna vez que nuestra victimada historia no es tan excepcional” (Krauze 2008).

Y para que la lógica del mercado opere en México, los intelectuales del nacionalismo cívico siempre tendrán como contraejemplo lo que denominan “el fracaso económico” de Cuba o el chauvinismo petrolero de Venezuela, que se sustentan en modelos dictatoriales y antidemocráticos. Es decir, los intelectuales del nacionalismo cívico mexicano enarbolan los logros de la democracia electoral y de la libertad de opinión de la prensa para señalar que los “otros”, los antidemocráticos como Cuba y Venezuela, son también anticapitalismo, anti privatizaciones, anti neoliberales. De alguna forma defienden la idea de tomar partido. La opción de la izquierda trasnochada que critican los promotores del nacionalismo cívico serían Cuba, Venezuela, Bolivia o Nicaragua. La opción de ellos serían Estados Unidos y la Unión Europea. Los caminos deseables serían la OCDE, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional; los deleznables: UNASUR y el ALBA. La fórmula sería la siguiente: (sociedad civil + democracia + mercado + mundo occidental = México moderno, justo e igualitario).

Y en un tercer escalón, mucho más difícil de alcanzar, podemos encontrar las denuncias a las prácticas cotidianas de la discriminación y la humillación. Algunos intelectuales promotores del nacionalismo cívico mexicano se darían por satisfechos con un Estado eficaz y transparente, otros requieren de cambios estructurales más profundos para resolver la injusticia y la desigualad en el país, pero otros más empiezan a apuntar sus baterías críticas a los graves problemas culturales que observan en el país. En este nivel apenas llegamos a la denuncia del México racista, del México machista y homofóbico, del México con profundos prejuicios raciales y de género que harían insostenible la convivencia, a pesar de la apuesta por gobiernos eficaces y transparentes o por cambios estructurales superficiales en un reparto más equitativo de la riqueza y de la procuración de justicia.

Dos libros aparecieron en 2016 que abordan dicha problemática. Federico Navarrete publicó México racista, una denuncia, en el que hace un elaborado estudio de los modos y las formas en las que en México priva de manera generalizada el desprecio por los rostros y los hábitos del mestizo o del indígena. Y, por el contrario, se celebran los rostros y los hábitos del México blanco. El trabajo de Navarrete va desde la publicidad hasta el lenguaje para denunciar que el racismo opera en México. Esta crítica a la cultura política en el México contemporáneo se vio reforzada por un estudio realizado por el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI) titulado “Módulo de Movilidad Social Intergeneracional (MMSI)”. Uno de los resultados destacados señalaba que “Mientras más oscuro es el color de piel, los porcentajes de personas ocupadas en actividades de mayor calificación se reducen. Cuando los tonos de piel se vuelven más claros, los porcentajes de ocupados en actividades de media y alta calificación se incrementan” (INEGI 2017). Esta polémica revive la idea del “fracaso del mestizo” sugerida por Palou, como estrategia “biotipológica y biopolítica” de la construcción ideológica del nacionalismo revolucionario. Y también apunta a un problema vigente de racismo que obstaculizaría cualquier proyecto de identidad cívica en un México en el que predomina la discriminación.

Y la discriminación se aprecia más amplia en la medida en que se descubren las formas en las que opera la humillación en México, como lo ilustra en su libro L. M. Olvera, Árboles de largo invierno. Un ensayo sobre la humillación, publicado también en 2016. El texto de Olvera desarrolla varios pasajes de la vida contemporánea de México en el que la desigualdad social se convierte en el aditamento de la práctica cotidiana de la humillación. Humillación en contra de los pobres, de las mujeres, de los homosexuales, de los jóvenes y de los migrantes, de los campesinos y de los indígenas; humillación provocada por las élites, por el abuso de las autoridades, por el desprecio y la violencia de las bandas criminales.

Los temas del racismo y de la humillación aparecen justo cuando la retórica del nacionalismo revolucionario se diluye para darle paso a la propuesta de un nacionalismo liberal de corte burgués. La descripción de los contenidos de la narrativa del nacionalismo cívico mexicano, apuntan hacia una polémica sobre la cultura política y la ciudadanía en México. Hasta ahora predomina el contenido instrumental de un nacionalismo cívico liberal que se reduce a proponer gobiernos menos corruptos y bienestar económico. Pero el nacionalismo cívico mexicano está lejos de abarcar la enorme gama de temas no resueltos en un país marcado por la desigualdad y la violencia.

Conclusión
El nacionalismo mexicano, como fenómeno socio cultural, se encuentra en un momento de redefinición que no desentona con las crisis políticas e identitarias que viven buena parte de las naciones del mundo contemporáneo. En otras palabras, el nacionalismo mexicano no es el único que experimenta el conflicto que desata la lucha por mantener su vigencia o doblegarse ante su obsolescencia. La apuesta por el nacionalismo cívico mexicano está en marcha ya desde la década de los noventa del siglo pasado. Es un proyecto enarbolado por un contingente de intelectuales que ven en su ideario la desmitificación de un colectivo nacional que favoreció el autoritarismo del régimen político que lo articuló.

Ramón Máiz (2004) plantea que se debe superar el obstáculo epistemológico de la dicotomía artificial entre nacionalismo-étnico/nacionalismo-cívico para lograr la evaluación normativa de ambos procesos desde “las irrenunciables exigencias de la democracia”. El reto de los promotores del nacionalismo cívico mexicano recae precisamente en superar dicho obstáculo. En su afán racionalista de pronto pareciera que enarbolan sólo las bondades de la subjetividad instrumental: la identificación colectiva bajo la condición del bienestar.

Máiz advierte “que cada particular combinatoria de elementos políticos y étnicos propuesta por cada nacionalismo, son siempre el resultado de una hegemonía entre las varias posibles, y por definición contestables y contestadas, por lo que deben ser sometidos a escrutinio evaluación normativa […] pero a la vez resulta preciso garantizar democráticamente las condiciones de contexto para la deliberación, participación e inclusión de mayorías, minorías e individuos singulares en la conversación a múltiples voces que constituye cada nación” (Máiz 2004 122).

La evaluación normativa del nacionalismo cívico mexicano debe comenzar por reflexionar sobre el universo simbólico que defienden sus promotores. El contingente intelectual y ciudadano que lo enarbola responde a las aspiraciones de las clases medias citadinas y educadas de México. Por ello aspiran a tener gestores más que gobernantes, a recibir rendición de cuentas de una administración austera más que cambios estructurales, y a gozar de los beneficios del mercado propios de la vida urbana. Quizá piensen que tales demandas son básicas para garantizar la participación y la inclusión de mayorías, minorías e individuos singulares. Pero, hasta el momento, en el nacionalismo cívico mexicano, lo que predomina en su contenido es la narrativa liberal que opaca en la conversación a las múltiples voces que constituyen la nación.

Obras citadas
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Paz, Octavio. (2011) Sueño en libertad. México: Seix Barral.

Notas
1 Migdal escribe (2011 34): “El enfoque del Estado en la sociedad que se ofrece aquí sugiere una definición de Estado diferente de la de Weber. El Estado es un campo de poder marcado por el uso y la amenaza de violencia y conformado por 1) la imagen de una organización dominante coherente en un territorio, que es una representación de las personas que pertenecen a ese territorio, y 2) las prácticas reales de sus múltiples partes.” Esta definición sirve de base para la que ofrezco sobre el nacionalismo ya que incluye el tema de la identidad (la representación de las personas) y el de las diferentes formas de vivir y experimentar la identidad (las prácticas reales de sus múltiples partes).

2
Al respecto escribe Carlos Enrique Orozco: “Uno de los estudios pioneros sobre este tema, la Primera Encuesta Nacional de Valores de los Mexicanos, la realizó Enrique Alduncin para el entonces Banco Nacional de México en 1981. En el plano estatal, la Universidad de Guadalajara realizó un estudio titulado Los Valores de los Jaliscienses, que fue coordinado por Marco Antonio Cortés, en 1999. De la encuesta de Alduncin para Banamex, se hizo una segunda versión en 1987 y la tercera se aplicó en 1995. En los tres casos, la misma empresa ha realizado los estudios, lo que permite hacer un seguimiento de 20 años con algunas preguntas clave”. La información puede encontrarse en: https://www.banamex.com/resources/pdf/es/estudios_finanzas/mercados/publicaciones/valmex.pdf

3
Aguilar Camín y Castañeda escribieron (2010; 47): “Es la hora de elegir de nuevo: hacia América del Norte o hacia América Latina. La sociedad mexicana y sus élites no saben lo que quieren. Por ello parece indispensable iniciar un debate sobre lo que podríamos resumir bajo la odiosa pero útil formulación del código postal. A cuál queremos pertenecer: al universo de Zelaya y su sombrero, de Chávez y su boina, de Raúl y su senectud, de Brasil que no nos quiere en el vecindario, o al de América del Norte”.

4
Lorenzo Meyer escribió: “En la introducción de su último libro, "La Diplomacia" (México, Fondo de Cultura, 1995), Henry Kissinger advierte que el naciente orden mundial se caracteriza, entre otras cosas, por el resurgimiento de los nacionalismos. Si este es el caso -y evidentemente lo es-, entonces resulta que hoy México navega a contracorriente. En efecto, en el último decenio lo que ha ocurrido en nuestro país es precisamente lo contrario: el desmantelamiento de uno de los nacionalismos más antiguos en el mundo periférico. El nacionalismo que hoy dejó de tener vigencia surgió de una gran explosión revolucionaria, pero no acabó cuando esa revolución concluyó, hace medio siglo. En efecto, la idea nacionalista continuó como justificación del proyecto nacional, del modelo económico posrevolucionario que operó entre 1945 y 1985.Cuando finalmente ese modelo quedó cancelado, ambos, modelo y nacionalismo, fueron desechados sin mayor ceremonia por una nueva generación de la élite política. Ahora bien, si alguien consideró que el vacío que dejaba el nacionalismo posrevolucionario se podía llenar fácilmente con la ideología antinacionalista encarnada en el Tratado de Libre Comercio, se equivocó, pues el nuevo modelo empezó a fallar apenas recién estrenado y, por ahora, lo único claro es que al vacío dejado por la desaparición del nacionalismo no lo ha llenado nada.” Véase: (http://www.mty.itesm.mx/dhcs/deptos/ri/ri-802/lecturas/lecvmx210.html) Consultado el 3 de febrero de 2017.