Transterradas: lugares de memoria y memoria de los lugares en tres infancias exiliadas

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Carolina Meloni González – Universidad Europea de Madrid
Carola Saiegh Dorín – Universidad Carlos III de Madrid
Marisa González de Oleaga – UNED *

Durante la última dictadura argentina, el exilio y el destierro supusieron la única vía de supervivencia para miles de personas que se vieron abocadas a abandonar el país. Entre ellos, aunque las cifras no son concretas, muchos fueron los niños que acompañaron a sus padres en estas inciertas travesías. Nuestra propuesta tiene como objetivo abordar la cuestión del exilio desde una figura y mirada en particular: la infancia. La memoria de la infancia, incluso de la adolescencia, es uno de los temas capitales para iniciar un diálogo entre generaciones que vivieron y sufrieron las consecuencias de la última dictadura. Para ello, utilizaremos los textos de Walter Benjamin, así como de otros autores, en los que la memoria surge como condición de posibilidad de identidad y en los que cierta poética de la memoria o historiografía poética, utilizando el acertado concepto de González de Oleaga, permite el abordaje de los relatos autobiográficos de aquello que fuimos y lo que hoy somos. A través de este diálogo entre distintas narraciones de niñas-adolescentes transterradas, intentaremos proponer nuevas reconceptualizaciones del exilio y del destierro que nos permitan abordar tanto el pasado como el presente. Se trata, entonces, de una propuesta en dos movimientos: por un lado, el recuento de las experiencias propias, la de esas niñas/adolescentes que fueron “despaisadas” violentamente en un momento dado. Por otro, el diseño de un tipo de historiografía no mimética en el que el pasado aparece como un relámpago que ilumina por un instante el presente.

Palabras clave: Dictadura argentina, exilio, destierro, transterrados, infancia, memoria, historiografía poética, autobiografía.

Verdaderamente revolucionaria es la señal secreta de lo venidero que se revela en el gesto infantil”. Walter Benjamin, “Programa de un teatro infantil proletario”

Lo que el saber no sabe, es lo que sucede. Eso es lo que sucede”. Jacques Derrida, Un ver à soi

El exilio como tema y como problema: silencios y ausencias
No hace mucho una reconocida activista de derechos humanos, al ser preguntada por la falta de estudios sobre el exilio argentino en Madrid entre 1976 y 1983, señalaba: “El exilio nunca ha sido un tema en la Argentina”. Y hay mucho de cierto en esta afirmación. Si se compara toda la producción que aborda, de manera directa o indirecta, el exilio argentino durante la última dictadura militar con los materiales que han aparecido sobre otros aspectos de la vida política de esos mismos años, la diferencia resulta abrumadora. El exilio aparece, en este contexto, como un tema relegado.1 Ni los trabajos historiográficos o sociológicos2 ni ese otro género, el testimonial,3 tan en boga en las últimas décadas, han conseguido sacar a la temática del exilio de un muy discreto segundo plano. ¿Por qué el exilio masivo (se calcula que para esas fechas más de trescientos mil argentinos abandonaron el país) ha concitado tan poco interés entre los investigadores? ¿Por qué los exiliados han testimoniado tan poco? Son éstas preguntas obligadas que no pretendemos responder aquí. Tal vez sean muchas y variadas las razones; entre ellas, las decisiones políticas del período democrático que han organizado las formas de recreación de la memoria de esos años enfatizando el protagonismo de los detenidos desaparecidos frente a otros colectivos como sobrevivientes o exiliados. Y también, hay que decirlo, una cierta desconfianza hacia los que consiguieron sobrevivir al genocidio.

No obstante, si sorprende el poco interés relativo que el exilio argentino ha generado en el mundo académico y la poca difusión de la experiencia de los protagonistas, sorprende aún más el silencio que pesa sobre el exilio argentino en Madrid. Siendo la capital de España uno de los lugares que acogió al mayor número de desplazados (se calcula que para 1979 unos 50 mil) y siendo también escenario privilegiado del enfrentamiento entre emigrados políticos y la larga sombra de la dictadura militar,4 el exilio argentino en Madrid no ha recibido la atención que merece. No es este el lugar para especular sobre las posibles razones de este silencio, solo basta señalarlo, toda vez que el proyecto en el que estamos embarcadas tiene a Madrid como punto de referencia.5 Pero dentro de estos silencios y ausencias hay una en particular que convoca nuestro interés. Nos referimos al exilio de niños y adolescentes. Algunos testimonios, pocos, abordan este costado de la Argentina de los 70: El azul de las abejas de Laura Alcoba (2014) y Los niños del exilio de Diana Guelar, Vera Jarach y Beatriz Ruiz (2002), casi como únicos ejemplos de esta preocupación.

Y, sin embargo, el exilio (como problema y como experiencia) está ahí y debería importar. Los desplazamientos forzados son una de las escenas más características del mundo que nos ha tocado vivir. Basta hojear cualquier periódico o navegar por la web para encontrar toneladas de referencias a los movimientos de personas. Ahora mismo, a las puertas de Europa miles de refugiados sirios se agolpan en campamentos provisionales, y entre ellos un buen porcentaje son menores de edad. De un tiempo a esta parte esos menores son parte del reclamo publicitario para fomentar la empatía de los ciudadanos del primer mundo ante lo que se considera un desastre humanitario. Pero ¿qué sabemos de los niños exiliados o forzados a desplazarse a otros países? Generalmente, cuando se piensa en niños y adolescentes en esta situación, se piensa en los peligros que corren, pero se liga su destino material al de sus familias. ¿Cómo procesan o incorporan los niños estos movimientos forzados? ¿Cómo influye y de qué manera se apropian estos niños/adolescentes de estos movimientos que irrumpen violentamente en sus vidas? ¿Qué les supone perder la cotidianidad y el quiebre de las expectativas? ¿Cómo abordar este fenómeno desde la infancia y no sólo para la infancia? Esto, que podría parecer un decálogo de preguntas del manual de psicología de turno, debería formar parte de las inquietudes colectivas en la formulación de políticas públicas. No se trata de un problema individual, sino de uno de naturaleza política y colectiva. Poco sabemos de todo esto porque casi nunca se les pregunta a los niños sobre cómo experimentan estas situaciones y, cuando se hace, se puede escuchar un relato prefabricado, el relato de los mayores inducido por el tipo de interrogantes que ya presuponen las respuestas. ¿Es que no hay un relato propio de los niños desplazados? Y de haberlo ¿cómo es ese relato?

Resignificaciones del exilio: del diálogo a la historiografía poética
Esta es una de las puntas del hilo de nuestro proyecto. Tres niñas/adolescentes que padecieron destierro en distintos momentos de su vida intentan recrear esa experiencia convocando, para ello, retazos, fragmentos de una subjetividad infantil perdida. El contexto, la década de los 70 en América Latina, poco tiene que ver con la situación actual de los desplazados. Hay un mundo de diferencias, pero también esas diferencias las encontramos en las situaciones de partida de cada una de estas niñas y, sin embargo, en todos los casos hay una premisa común: el desplazamiento sobreviene, irrumpe como una decisión de los adultos (ya sean sus padres o los que ejerzan ese papel) y los niños/adolescentes no pueden decidir (no podría ser de otra manera) sobre la pertinencia de una decisión que muy probablemente les salvó la vida. No decidieron pero tuvieron que hacerse cargo de las consecuencias de la decisión de sus padres. Indagar en cómo experimentaron esa situación es el primer objetivo de nuestro experimento. No se trata, por tanto, de un trabajo sociológico o historiográfico en sentido estricto, pero tampoco de testimonios personales e intransferibles con variantes psicologistas. No pretendemos analizar las generalidades de los casos ni confeccionar una crónica de los acontecimientos, ni siquiera explicar o entender las razones que llevaron al desplazamiento de sus padres, y menos reconstruir el contexto en el que tuvieron lugar los distintos movimientos, aun cuando apelemos a todos y cada uno de esos registros para componer nuestros relatos. Tampoco intentar contar lo que nos pasó a tantos como algo cerrado y dado. No. Nuestra pretensión es otra y apunta hacia una resignificación de ese proceso confuso y doloroso que se llama exilio. Una suerte de diálogo —en el sentido etimológico de la palabra: a través del conocimiento— entre pasado y presente, entre lo que (nos) pasó y lo que (les) está pasando a otros. Para ello empezamos por el trabajo personal con otros niños y adolescentes que entonces fueron protagonistas de desplazamientos forzados. Pero ¿cómo abordar ese trabajo personal? ¿Por dónde empezar a reelaborar esa fractura, ese quiebre en las expectativas de un niño? ¿Cómo darle un lugar a esa herida en el flujo de la experiencia?

Nosotras, las que fuimos, decidimos emprender un proyecto experimental que nos permitiera compartir con otros niños, que en su día padecieron el desplazamiento forzado, esas experiencias. Nos pareció que “rescatar” la voz mediada —por el tiempo y la memoria— de esos niños/adolescentes argentinos expulsados en la década de los 70 podía ser un buen comienzo y para ello empezamos a trabajar en nuestros casos concretos para, más tarde, extender este ejercicio a otros casos. Una de las primeras cosas que hicimos fue revisar —como artesanas de la palabra— los instrumentos de los que nos valemos para componer nuestros relatos.

En un artículo recientemente publicado, una de las entonces niñas intenta revisar el concepto de exilio historizándolo, revisando las condiciones históricas —y, por tanto, contingentes— en las que ese concepto apareció, como un producto de la tradición occidental, para a continuación encontrar otras tradiciones, seguramente menos hegemónicas, con las que dialogar (González de Oleaga, Meloni González y Saiegh Dorín 2016). ¿Podría el exilio —como expulsión— transformarse en una suerte de pasaje provechoso entre culturas? ¿Podrían esas niñas exiliadas convertirse en transterradas después de los trabajos de la memoria? Y este es el segundo objetivo del proyecto. Provocar un cambio, elaborar y reincorporar eso que (nos) pasó de otra manera. Pero no se trata de una actividad terapéutica individual sino de un ejercicio que nació con vocación política. No necesariamente creemos que aquello que nos ocurrió en el pasado pueda servir a otros hoy, en el presente. No de manera mimética. No nos interesa el pasado y su historia como maestras de vida. Entre otras razones porque el conocimiento del pasado es paradójico: lo que hay de común entre el pasado y el presente o las enseñanzas que podríamos extraer del pasado y sus historias son generalidades que ya conocemos (por ejemplo, que las condiciones económicas que rodean cualquier desplazamiento forzado son importantes en su impacto), y que lo que es particular e irrepetible del presente —lo diferente— no puede encontrar en el pasado un espejo donde reconocerse (por ejemplo, el recuerdo melancólico de la sirena del barco al partir del puerto de Buenos Aires en el relato de una de las niñas). Sin embargo, es esa diferencia la que queremos poner en valor. ¿Para qué? Esas zonas del pasado (y la metáfora espacial no es arbitraria) en donde anida la diferencia (de contexto, de elección, de posición subjetiva) son las que arrojan luz, las que permiten ver y entender lo familiar de otra manera, posibilitan que lo conocido y naturalizado entre en turbulencia y pueda ser visto y oído de otra forma. Escuchar o leer el impacto de un sonido en esas experiencias históricas puede llevar a reparar en lo auditivo como registro de lo propio. Tal vez otra niña no recuerde ninguna sirena, toda vez que su salida no fue en barco, pero se le aparezca otro sonido, se dispare otro recuerdo enterrado. O simplemente caiga en la cuenta de que los sonidos no son parte de esa su memoria del exilio. Y ahí aparece una pregunta: por los sonidos y por los silencios.

Esta forma de lidiar con el pasado (una entre muchas), esta manera particular de entrar en diálogo con las experiencias de los otros, en la que no es la apropiación —la conversión o traducción de la diferencia en identidad— la que opera, sino la fricción —la aceptación de la irreductibilidad de la diferencia y su potencial desestabilizador—, se podría llamar historiografía poética. Historiografía en la medida que es una escritura y reescritura del pasado, y poética porque opera más como inspiración que como asimilación. Hay muchas maneras de leer un poema —desde muchas perspectivas y con variados propósitos—, pero la lectora de poesía no siempre busca las razones que llevaron a la autora a componer de esta o aquella manera, sino que también busca los ecos, la evocación que el poema genera en su propia experiencia. Algo de esto está muy presente en nuestro experimento. Friccionar con los relatos de la experiencia de los otros significa en este contexto generar un diálogo del que uno no sale como entró.6 Un diálogo que permite reconstruir los muchos presentes del pasado y, de esa manera, descerrajar e historizar el presente.7 En ese proceso turbulento e inestable se van generando ideas, paisajes, intuiciones que antes no estaban ahí, que son producto de ese roce con la diferencia.

Cartografías de una infancia transterrada
Si el exilio es uno de los nudos que queremos resignificar, hay otro concepto de particular importancia en nuestro experimento: el concepto de infancia. ¿Qué decir de ese paraíso perdido en el que se inscribe la infancia en nuestra cultura? ¿Cómo repensar ese período de la vida de cada quien por fuera de la concepción evolucionista que relega la infancia a un estadio en el desarrollo del individuo? ¿Cómo contrarrestar los efectos de esa concepción que opone la infancia a la vida adulta, un tránsito entre la falta (de racionalidad, de saber, de contención emocional) y la completud de la madurez? Para nosotras la infancia no es una etapa sino un lugar al que, tal vez, se pueda volver a través de la evocación y las diferentes memorias sensitivas. No es el tiempo el que marca esa posición sino un espacio, a la manera en que lo concibió Benjamin cuando pretendía cartografiar su propia infancia (Benjamin 2015).8

Por tanto no se trata estrictamente de una investigación académica sobre los exilios ni tampoco de relatos autobiográficos sobre la experiencia sabida del desplazamiento, sino de un cruce de caminos, de una encrucijada en la que lo colectivo se encuentra con lo personal a la manera de la autoetnografía,9 utilizando para ello la voz media, esa forma pronominal casi perdida en nuestra lengua10 que desestructura la polaridad sujeto-objeto y permite incorporar al investigador en la trama de la que habla (a los exiliados en el exilio). Casi un experimento que no persigue contar lo que ya sabemos sino ir sabiendo mientras lo contamos y en ese tránsito narrativo ir construyendo una comunidad, porque nombrar ese vínculo es la única manera que conocemos de ponerlo en marcha. Recrear y visualizar esa comunidad informal —la de los niños/adolescentes exiliados/transterrados— es el tercer objetivo de este proyecto. Y queremos enfatizar este tercer objetivo porque es el que nos diferencia de otros trabajos: su condición de relato encarnado. No concebimos la experiencia y su relato como instancias distinguibles, sino que el relato es la experiencia. Si en los trabajos sobre el genocidio militar se pueden identificar variados protagonistas (entre ellos los exiliados), nosotras pretendemos visualizar a los niños/adolescentes desplazados desde los adultos que somos hoy en un trabajo que no tiene final, que no tiene cierre y que se proyecta hacia los desplazamientos que están teniendo lugar ahora y en el futuro. Por nosotras y por los que vendrán.

Hacia un archivo de la memoria del exilio
Tal y como se ha señalado, uno de los objetivos fundamentales de este proyecto se focaliza en la idea de comunidad, siempre informal y recreada a través de los testimonios que pretendemos ir recopilando. Dicha comunidad vendría marcada, desde sus inicios, por la fragmentación y dispersión de miembros siempre distintos, dispares, cuya única semejanza podría encontrarse en la condición de transterrado. Condición heterogénea por antonomasia, que no solo define, sino que atraviesa estas “subjetividades e identidades” desterritorializadas y fronterizas. La comunidad de transterrados no puede ni debería definirse o situarse en la contigüidad ni en la mismidad radical de sus miembros. Si todo fenómeno de exilio es, en sí mismo, complejo y heterogéneo, una comunidad de exiliados necesariamente reside en esa heterogeneidad, en esa diferencia. La idea de un proyecto como este surge, en cierto modo, de la urgencia y la necesidad de hacernos cargo no solo de las similitudes que nos hermanan, sino de las separaciones y disyunciones que nos conforman. Incluso, diríamos, la única posibilidad de que dicho proyecto tenga lugar reside en la capacidad para asumir la diferencia y pensar de una vez desde y en la separación que nos constituye. Pensar los vínculos que nos unen y, al mismo tiempo, aquellos que nos distancian. Esta es, en cierto modo, la aporía, no paralizante sino movilizadora, en la que se sitúa nuestra propuesta. Recordemos que las aporías, los atolladeros, no son simples cruces o nudos paralizantes, también son pasos errados y errantes que, al mismo tiempo que nos detienen, nos exigen que nos pongamos en movimiento. Desde allí, no obstante, puede surgir una intimidad, un contacto distinto. Una comunidad, en definitiva, situada más allá de la lógica comunitaria identitaria y territorial; una comunidad que nos permita recuperar y resignificar una experiencia traumática como es el exilio desde otros términos y otras coordenadas: una comunidad sin unidad, una comunidad en la diferencia donde esa no-identidad es la que nos permite recolocar y resignificar el exilio.

Partimos, pues, de una serie de interrogaciones, las cuales, como hilos rojos, irán conformando nuestro proyecto: ¿qué significa, entonces, pensar el exilio desde un lado u otro del hemisferio? ¿Acaso podemos replantear, reformular o indicar ciertos puntos, nodos o ejes en común que definan a los niños-adolescentes exiliados durante la última dictadura? ¿Es posible una reflexión sobre la constitución de identidades transfronterizas, híbridas o transterradas? ¿Podemos hablar, acaso, de la existencia de dichas identidades? ¿Qué es, concretamente, lo que las definiría? Y, en el caso de llegar a puntos de acuerdo, ¿es necesaria la búsqueda de una identidad transterrada, de una unidad, de un espacio en común desde el cual hacernos cargo de nuestra condición de sujetos exiliados? Si cupiese la posibilidad de definir la infancia misma como cierta comunidad que hemos habitado, ¿cabría acaso la posibilidad de hablar de una comunidad identitaria de niños transterrados? ¿Qué entenderíamos por esa comunidad? ¿Cómo definir ese espacio en-común, ese hipotético ser-en-común? Estas cuestiones no han dejado de derivarnos a otras, cada vez más complejas, cada vez más alejadas de la idea de una comunidad homogénea. Así, nos planteamos las siguientes: ¿qué nos definiría como niños del exilio? Partiendo siempre de la idea de que configurar un supuesto ser-en-común exigiría hacerlo no desde las categorías de cercanía, pertenencia o identidad, sino precisamente desde la alteridad más radical. Y, en el caso de que esto fuera posible, deberíamos preguntarnos por la posibilidad de una comunidad diferente, situada más allá de los valores de proximidad, de presencia, de reunificación y de familiaridad comunitaria que dominan ciertos discursos identitarios (como ha sucedido con “otras comunidades” surgidas a raíz de la propia dictadura: como es el caso de las comunidades de militantes, de presos políticos, de hijos de desaparecidos, etc.). Por tanto, ¿cómo podríamos re-pensar la identidad transterrada y resignificar el propio exilio? Y, en definitiva, ¿cómo daríamos lugar, en tanto que apuesta teórico-política, a una comunidad? Quizás, retomando las definiciones de G. Bataille, M. Blanchot o J.L. Nancy, de una imposible, inconfesable, desobrada comunidad de aquellos que no tienen comunidad de pertenencia. Una alianza o amistad que no procede de la proximidad, sino de la diferencia y la lejanía. Especie de “política de la separación” entre aquellos que solo comparten la indecible experiencia de la no-comunidad (Blanchot 2002; Nancy 2001).

En esta búsqueda incesante de puntos de anclaje emerge la idea de un archivo audiovisual de la memoria del exilio infantil. Archivo asimismo heterogéneo y poco ortodoxo, sin ningún afán compilatorio o taxonómico. Archivo, diríamos, sin pulsión archivadora, sino abierto a la propia experiencia de la memoria, al relato fragmentado, a la lógica de la historiografía poética de la que hemos hablado. Archivo de memorias, relatos, experiencias, recuerdos infantiles, voces dispares. Retomando con ello cierta “metodología” benjaminiana, dos serían los ejes que van a definir este particular archivo de la memoria y de la infancia: por una parte, el afán del niño coleccionista, aquel que imprime a los objetos un significado distinto, aquel que busca tesoros en los lugares más insignificantes, aquel que juega con jirones y trapos viejos, extrayendo de ellos el verdadero sentido de la historia; por otra, la memoria de lo que fuimos se nos impone, desde esa mirada infantil, como una topografía o cartografía del recuerdo. Cartografía hecha de espacios, lugares, fogonazos y momentos discontinuos. El espacio de la vida, afirmaba Benjamin, debería articularse a la manera de un mapa, hecho de retazos y fragmentos, de sensibilidades y recuerdos, de aromas, perfumes o melodías que han ido dejando sus huellas mnémicas permitiéndonos así devenir lo que hoy somos. Asimismo, la memoria fragmentada y topográfica se construye también espacialmente, más que temporalmente, en aquellos lugares y emplazamientos que en algún momento de nuestra infancia hemos habitado, ocupado y recorrido (desde casas de infancia a escondites de clandestinidad; desde cárceles a Centros Clandestinos de Detención; desde aeropuertos, barcos, estaciones, lugares de tránsito y provisionales hasta patrias de acogida y casas familiares que nos han protegido). “El recuerdo —afirma Pinilla— se elabora desde el presente y desde el lenguaje, y este descubre de nuevo una memoria que se separa del modelo temporal retrospectivo” (Pinilla 2010 6). He ahí nuestra apuesta.

Abordamos, entonces, esta suerte de heterogéneo archivo, no desde esa pulsión archivante y totalizadora, no desde la mera recolección de experiencias y datos, sino desde la posibilidad de crear y abrir archivos que, cual fractales o criptas, pasillos y cajitas de pandora, irán conectando historias y creando comunidad. Dado que “no estamos pues —como nos dice Pinilla— ante una destilación sin más, en la que la memoria deba ser depurada, y, siguiendo el símil, casi disipada, para recuperar lo recordado. La memoria como escenario con las diversas circunstancias y hechos superpuestos y sedimentados constituyen un humus en realidad indiscernible de los recuerdos, que por lo tanto, no se van ‘coleccionando’ en un relato continuo, como si de un museo de nuestra vida se tratara” (Pinilla 2010 7). El archivo, por tanto, no será un mero depósito de un pasado cerrado. Tampoco el repositorio de historias lineales, teleológicas y coherentes. En su interior, albergará la contradicción, el olvido, la rememoración fragmentaria y parcial. Asimismo, la propia creación del archivo permitirá la conexión con otras historias y relatos, los puntos de encuentro, las similitudes, como también los desencuentros y las desemejanzas. El archivo, recordemos, nos señalaba un Derrida more freudiano, no es sino un juguete de niños. Y “la archivación produce, tanto como registra, el acontecimiento” (Derrida 1996 24).

Centrándonos concretamente en la metodología empleada y el tipo de archivo que estamos configurando, hemos de decir que este posee varias ramificaciones: partimos de tres relatos fragmentarios para, en cierto modo, abordar una memoria fragmentaria y nunca monolítica, con voces distintas y experiencias diferentes. Como hemos señalado, la herencia benjaminiana se hace presente en todos ellos, los cuales, a la manera de destellos, nos dejan entrever y husmear en las breves historias que se nos relatan. La escritura, el lenguaje y las palabras, cual metáforas errantes, nos sirven como hogares precarios, nunca definitivos, únicos espacios de protección para identidades marcadas por el destierro. Asimismo, la reconceptualización del exilio como condición de posibilidad de la identidad aparece en los tres relatos, intentando alejarse de todo posible discurso victimista. No es casual que en todos ellos, los transportes, como el barco, el tren o el avión, aparezcan como espacios de comunidad en los que encontrar un amparo o refugio, siempre provisional y carente de certezas. De ahí la reapropiación del término “transterrado” para definir estas identidades erráticas. Como bien sabemos, se trata de un concepto acuñado por el filósofo español José Gaos para definir el exilio español en México, exilio caracterizado por cierta idea de continuidad y de comunidad. Hay, por tanto, en nuestras identidades transterradas cierta reconfiguración de una subjetividad heterogénea y apátrida, que hizo del exilio su hogar y su razón de ser.

Por otra parte, los textos van acompañados de una serie de fotografías de los llamados “objetos de exilio”: pasaportes, cartas, fotos antiguas que nos conectan a través de imágenes no solo con la memoria latente del exilio, sino con la memoria infantil y la carga significativa que dichos objetos poseen para la construcción de la identidad transterrada. Gracias a la imagen, a esa imagen-recuerdo o imagen-fetiche (Didi-Huberman 2004), rozamos de alguna manera, como en un fogonazo o un arrebato de la memoria, las sensaciones y emociones que cierto objeto provoca y despierta en la niña transterrada: desde esas cartitas enviadas a un padre que nos espera ya en el exilio, a una agenda con los números de teléfono de entonces que, como las miguitas de Pulgarcito, eran la garantía de un deseado reencuentro, o un pasaporte en el que un nombre distinto al actual supone la marca de la ignominia y la violencia sufrida durante la dictadura. Estas imágenes-recuerdo nos permiten asomarnos tímidamente a esos objetos cargados de signos, de historia, de memoria, de ternura, de miedos que nos acompañaron en nuestras travesías, en las huidas, en los viajes. Objetos que se adquirieron ya en el exilio. Objetos que fueron y vinieron, cartas que se enviaron y nos volvieron a acompañar en otros exilios, en otras despedidas. El niño, nos decía Benjamin, colecciona, recopila, reúne. Desde trapos viejos hasta piedras, palitos o la entrada de su primera visita al zoológico. La infancia produce, crea esa reunión, esa comunidad de coopertenencia: fidelidades imposibles, espacios comunes, diferentes, heterogéneos.

Abordar las terribles consecuencias que la última dictadura argentina supuso en los miles de niños y adolescentes que sufrieron tanto la desaparición, la tortura y el exterminio de sus seres queridos, como la separación, la pérdida del hogar y el destierro, es una insondable tarea aún por hacer. Nuestra propuesta se presenta como una mínima contribución al respecto. No desde la novela familiar, ni desde la autoficción, sino desde el relato encarnado, desde cierta corpo-política de tres mujeres cuyos relatos, de manera cuasi rapsódica, se atreven a indagar en esos gestos infantiles que hoy nos hacen reconocibles a nosotras mismas.

Efectos del cruce: 3 relatos en diálogo
Relato 1:
Sauf le nom… (Carolina Meloni González)

 “Su niñez estaba poblada de nombres, su propio cuerpo era como un salón vacío lleno de ecos sonoros, nombres derrotados. No era un ser, una persona. Era una comunidad”, William Faulkner

La expresión francesa “sauf le nom” conlleva una serie de significados y usos distintos recogidos, en parte, en la obra homónima del filósofo Jacques Derrida. Este complejo y poco estudiado texto derridiano forma parte de una trilogía célebre escrita entre finales de los ochenta y comienzos de los años noventa. Junto con Passions y Khôra, aunque con temáticas distintas, suponen en cierto modo el punto de inflexión o tránsito que algunos críticos señalan entre un primer Derrida, todavía inserto en los juegos postestructuralistas, y el último, más ético, más político, más austero. La obra que aquí me interesa, concretamente, tiene como eje central la cuestión del nombre. Se trata, en definitiva, de un “ensayo sobre el nombre”, escrito en forma de diálogo y bajo tres ficciones filosóficas, a la antigua usanza casi, rememorando ciertos diálogos clásicos de la historia de la filosofía. No es, sin embargo, el único texto derridiano en el que “la cuestión del nombre” se hace presente.

¿Qué es, en definitiva, un nombre? ¿Cómo y por qué nombramos? ¿Qué nombra el nombre? ¿Qué sucede cuando damos nombre, cuando se nos da un nombre? Mi contrato nominal, por ejemplo, comienza con una fotografía de pasaporte en blanco y negro de una niña con cara asustada, bajo un nombre que, años después, sería alterado. ¿Y qué sucede cuando incluso se carece de nombre? Muchas de estas preguntas atraviesan los textos del argelino, incluso aquellos en los que la cuestión del nombre no forma parte de su temática central. Quizás porque la dictadura y el exilio, además de haber supuesto otras incertidumbres, perturbaron también mi nombre, he vuelto en numerosas ocasiones a estos enigmáticos textos deconstructivos.

Nada más seguro y certero que el nombre propio; signo de identidad, de unidad y, en definitiva, de entidad. “El nombre propio, afirma G. Bennington, debería asegurar cierto pasaje entre lengua y mundo y, en esa medida, debería indicar un individuo concreto, sin ambigüedad, sin tener necesidad de pasar por los circuitos de la significación”. Toda nuestra identidad se concentra y bascula en la cuestión del nombre propio. Nada más propio que el nombre. Nada más nuestro e indubitable. Fui nombrada, luego existo… ¿Acaso podríamos cuestionar la potencia onto-identitaria del nombre? ¿Acaso podría, el nombre, nuestro nombre, desnombrarnos, desapropiarnos, expropiarnos? ¿Y si el nombre puesto, impuesto y no elegido, se transformara en una experiencia de la “desapropiación”, de la desterritorialización? En definitiva, damos por hecho que “salvo el nombre” todo es incierto. El mundo entero podría desmoronarse, pero seguiríamos siendo reconocibles al otro, identificables social, política y administrativamente, nombrables, archivables en un DNI, hasta localizables en nuestra última morada. Incluso, nuestra tumba nos reinscribirá, casi performativamente, en el circuito de las vidas llorables, cuando se grabe en ella nuestro nombre. He aquí mi nombre: deícticamente, me interpelo y me erijo en un yo concreto, sustancial e identitario. ¿Salvo cuando me lo cambian?

La expresión francesa “sauf le nom” indica, en toda su potencialidad, una expresión de excepcionalidad absoluta: sauf, esto es, salvo, menos, excepto: todo menos el nombre, podríamos decir. Y, al mismo tiempo, sauf-sauve en tanto que adjetivo supone la salvación: salvo el nombre, salvados, acogidos, protegidos por un nombre concreto que de una manera casi teológica nos brinda un estado de refugio y resguardo. El nombre propio, afirmaba en este sentido Derrida, actúa como un verdadero “arte del paraguas”.

Mi experiencia como sujeto transterrado se inicia, sin embargo, como una experiencia del exilio del nombre. ¿Cómo se llega a ser lo que se es?, se preguntaba Nietzsche en su más autobiográfica obra, Ecce Homo, en la que, precisamente, pone en juego su nombre, su vida, para dar testimonio de sí mismo. ¿Cómo nos transformamos en lo que somos? Y ¿qué es lo que somos, en definitiva? Aún conservo ese primer pasaporte en blanco y negro y con cara asustada con el que tuve que salir de una Argentina dictatorial, en cuyo anverso, al lado de un nombre distinto a mi nombre actual, pone casi de forma irónica: “No firma aún”. La marca indeleble de mi identidad política ni siquiera podía hacerse visible en este documento que iba a permitirme salir hacia el exilio. Así comenzaría a ser la que soy. Poco he cambiado desde entonces. Salvo el nombre, modificado por mi padre cuando fue puesto en libertad en los inicios de la democracia. ¿Cómo se llega a ser lo que se es, cuando ni siquiera tenemos un mismo nombre a lo largo de nuestra existencia?

 
Foto 1. Carolina, Pasaporte. Cortesía de Hernando Gómez Gómez.

Quizás podría decir que nuestro exilio comienza el día en que mi madre recupera la libertad, tras cinco años y medio de cautiverio por su militancia. Ese día, mi abuela y yo la esperábamos impacientemente en un pequeño bar situado en frente de la cárcel de Villa Devoto, en Buenos Aires. Desde el interior, recuerdo que el único paisaje urbano que mis ansiosos ojos infantiles alcanzaban a divisar era el muro, infinito y amenazador, del penal, el cual me resultaba bastante familiar. Los primeros años de mi vida, sin contar el año y medio que permanecí con mi madre en cautiverio en distintas cárceles de la provincia de Tucumán, transcurrieron en trenes de segunda clase en los que mis abuelos y yo recorríamos media Argentina para visitar a mis padres, presos en diferentes cárceles de Buenos Aires. Estos viajes interminables, desde el interior del país, fueron mis primeras experiencias del destierro, de la desterritorialización más desoladora. En los vagones del famoso tren “El estrella del Norte”, que conectaba la Argentina profunda con la capital, comíamos, dormíamos, escuchábamos la radio, compartíamos relatos con otras familias de presos políticos que iban sumándose en las distintas provincias que atravesábamos (La Banda, Colonia Dora, Rosario Norte, etc.). Éramos también requisados y controlados por la policía y el ejército que subía prepotente con sus perros y ametralladoras en diferentes puestos fronterizos interprovinciales.

El 18 de julio de 1980, mientras esperaba a que mi madre saliera de la cárcel en aquel barcito junto a mi abuela, no era aún consciente de que esos oscuros años de visitas, esperas, viajes y pensiones baratas, requisas y canciones de cuna cantadas tras un cristal tocaban a su fin. Entre juegos y escondidas, conseguí salir del bar y esperar en la vereda. Cuando de repente, la vi. A lo lejos, caminando sola, casi pegada al frío y gris muro infinito. Tan bella, joven como inocente, con su abrigo de pana marrón y con ese aire desorientado de aquel que ha vivido el paréntesis del cautiverio y que debe volver a ingresar en un mundo distinto, un mundo que ha seguido cambiando sin su presencia. Corrí hacia ella para abrazarla y ella me esperó con sus brazos abiertos. El reencuentro con mi madre, ya fuera de la cárcel de Villa Devoto, inicia mi infancia transterrada.

 
Foto 2. Carolina, Muro. Cortesía de Hernando Gómez Gómez.

Salimos de Argentina un 27 de enero de 1981, mi madre y yo. Mi abuelo Juan nos esperaba en Madrid. Los días previos al viaje los pasamos en una pobre barriada de la provincia de Buenos Aires. Una familia de Santiago del Estero, con los que mi abuela había trabado amistad tras las incontables visitas a los hijos encarcelados, nos dejó una casita en Wilde, pequeña ciudad situada al sudeste de Buenos Aires. Allí estuvimos los últimos días, mi madre, mi abuela y la nonna Matilde, vecina y madre de desaparecido también que acompañaba a mi abuela en sus eternas e infatigables peregrinaciones en busca de sus hijos, secuestrados ambos durante el Operativo Independencia en Tucumán.

El día de nuestra partida, la nonna, esta entrañable mujer, enorme, gorda y maternal, se empeñó en llevar consigo el bolso con toda nuestra documentación. Quizás por miedo a ser interceptados por la policía, le cedimos nuestros billetes, pasaportes y visados a esta anciana con rostro de bondad. Emprendimos el viaje al aeropuerto de Ezeiza, un día de lluvia insondable, por calles sin asfaltar, cubiertas de barro y lodo, cargando maletas y sorteando los charcos y pequeñas riadas. En medio de esta aparatosa travesía, vimos en un segundo caer a la nonna, con su cuerpo enorme y cansado, en una pequeña zanja por la que corría barro, basuras de todo tipo y aguas estancadas. Mi madre y yo vimos flotar en esas podredumbres nuestros pasaportes y billetes, al tiempo que no parábamos de gritar y gesticular de forma alocada. Tengo grabada la escena en mi memoria, escena tragicómica y absurda, que aún nos hace soltar carcajadas.

Después de rescatar los restos del naufragio y de conseguir sacar a la nonna de la zanja, seguimos nuestro camino al aeropuerto, como parias, desamparadas y mojadas, asustadas y desposeídas. Como si el barro y la tierra en la Argentina se hubieran abierto de par en par para intentar engullirnos y no permitirnos salir.

La escritora chicana y lesbiana Gloria Anzaldúa definió la frontera de 3140 km que separa los Estados Unidos de México como una “herida abierta”, herida que va a atravesar el cuerpo de la mujer del Tercer Mundo, localizada y situada en ese espacio fronterizo de colonización y violencia (Anzaldúa 2007). La Argentina que dejábamos mi madre y yo, a comienzos de los años 80, se perfilaba tras nosotras también como una gran herida abierta en la que el dolor, el miedo y la muerte se habían hecho cotidianos. Allí se quedaban mis abuelos, mi padre, preso aún en la cárcel de Caseros, ahí quedaba mi pobre tío Hernán, desaparecido con solo 20 años y arrojado ya por esas fechas en el Pozo de Vargas, fosa clandestina en la que sería encontrado casi 4 décadas más tarde. Dejamos una Argentina herida, golpeada y torturada. Nos fuimos, de ese paisaje desolador, de cárceles y pasillos atestados de familiares, de Centros Clandestinos de Detención que comenzaban a ocultarse, de fosas anónimas que los verdugos intentaban ya esconder. Dejamos atrás escuelas, campos y plazas, calles de ciudades de provincias, cañaverales e ingenios, casas allanadas y abandonadas, escenarios siniestros de la muerte, el horror y el sufrimiento. Nos fuimos, mi madre y yo, cogidas de la mano, en un avión, conmovedoramente solas, huyendo del genocidio y del terror político.

Si bien nuestra interpretación político-filosófica del exilio viene marcada por la tradición griega, para la cual, la idea del ostracismo era entendida como un castigo sobrevenido al ciudadano que, en cierto modo, había traicionado la vida en común de la polis, convendría quizás rescatar otras concepciones de este fenómeno desde una perspectiva diferente. Así, por ejemplo, en su texto Política del exilio, Giorgio Agamben (1996) analiza la contribución al léxico jurídico-político que introduce el neoplatónico Plotino quien utiliza el término phygé para referirse al exilio. Si bien Plotino se refiere con este término a una condición cuasi místico-filosófica del alma, inicia, en cierto modo, la distinción entre huida y exilio, entendido este último no tanto como una pena acaecida a un ciudadano, sino como un derecho político. Se trataría de una suerte de refugio que se le ofrece a alguien que ha sido condenado a la pena capital, el cual tiene derecho a abandonar la ciudadanía, escapando así de la muerte. Hay, nos recuerda Agamben, cierta politización del exilio como condición del apátrida. Así, la condición de extranjero, de sujeto liminar, situado entre fronteras, reivindicada por numerosos autores hace que el exilio deje de ser una figura marginal, en el sentido de pena o penitencia que deberá sufrirse, cargar o sobrellevar como bien se pueda, para ser condición de posibilidad de numerosas identidades que han cobrado forma en su seno.

Llegué a Madrid con apenas 5 años, de manos de una madre a la que apenas conocía a través de mis visitas a la cárcel y a la que empecé a conocer en el exilio. Llegué a una ciudad diferente, que cual khôra platónica o útero materno, nos acogió y protegió de las sombras que habíamos dejado en Argentina. Aterricé con mi pasaporte no firmado, con un nombre que se modificaría años después, arropada sin embargo por esos apellidos materno-filiales. El exilio, hogar poblado de voces, ecos y risas infantiles, poco a poco, fue dando forma a mi existencia transterrada, marca indeleble que me permitiría llegar a ser quien soy. Extraña morada en la que he decidido permanecer.

Relato 2: Las sillas plegables (Carola Saiegh Dorín)
Aquella noche de mediados del mes de junio de 1976, metidos en la bañera de espuma mi hermano y yo, no sabía que ese momento iba a cambiar mi vida para siempre. Acababa de cumplir 8 años.

No era esa niña “la hija del turco”, sino una niña intensamente callada que había aprendido a habitar en las palabras de los otros, al punto de hacer brotar fiebres elevadas cuando las propias se arremolinaban en la garganta, pugnando por salir al exterior. Aquellas fiebres altísimas me hacían delirar y traían, con una irrefrenable cadencia de repetición, siempre las mismas pesadillas imposibles de explicar.

El día en que mi padre llegó a casa y nos contó a mi hermano y a mí que al día siguiente se iría del país para buscar otro lugar donde vivir, la espuma blanca y consistente que llenaba la bañadera nos cubría por completo; jugábamos a ponernos pelo y barbas blancas y toda el agua parecía de chantilly. No puedo recordar las palabras exactas que nos dijo, serio y profundo el semblante, sentado cerca del borde esmaltado, y tampoco sé qué le respondimos, pero la escena la recuerdo como si fuera hoy. Así son los recuerdos de la infancia, truncos, flashes, fogonazos, como retazos de historias.

Con 8 años la idea que uno tiene de un país es difusa, fragmentaria, construida desde la mirada propia y desde abajo, elevada hacia el mundo de los adultos, interrogándolos siempre con la mirada, deseando que respondan también a lo que no preguntamos, atentos los oídos a sus conversaciones.

¿Irse de la Argentina? ¿Adónde? Con 8 años yo ya vivía en los libros, de modo que quizás no fuera tan importante el lugar al que iríamos. Lo que de veras era importante era que mi papá encontraría un lugar para vivir y nos avisaría. Un mes y cinco días más tarde mi madre, mi hermano y yo lo seguíamos, cargando en nuestros bolsos y valijas todo lo que fuimos capaces de alzar. Mi hermano no levantaba gran cosa del suelo y caminaba trabajosamente transportando, con los hombros bien arriba, una Olivetti Lettera portátil metida en su funda verde azulado con banda negra en el centro.

Aterrizamos con nuestros gamulanes en el calor sofocante de Barajas. A recogernos vino con mi padre un amigo suyo, compañero de exilio, integrante de la pequeña colonia de exiliados argentinos que se había instalado ya en Madrid. El hijo del amigo de mi padre venía, flaquito y sin camiseta, con su melena larga y despeinada cayéndole sobre la frente, como la de mi hermano, tan años 70, tan diferentes de los chicos españoles que lucían sus cortes de pelo tan peinados y cortitos. Fuimos derecho a Torre Renta, un edificio aparthotel en la calle Capitán Haya. Probablemente allí pasamos las primeras semanas de exilio. Desde entonces mi cumpleaños ha caído siempre en verano.

No debió de ser muchas semanas antes de aquel mes de julio cuando mi madre había tenido que hacer un gran esfuerzo por seguir manejando su auto con solvencia mientras en el asiento de atrás mi hermano y yo manteníamos una conversación sobre lo que se veía por las ventanillas del coche. Mi hermano debió de preguntar que por qué estaban todos aquellos policías armados hasta los dientes apostados en el suelo de la calle por la que transitábamos, a lo que yo le respondí con naturalidad que era “para matar a los bajitos”. A mi madre se le debió de helar la sangre en aquel momento. A veces, la evidencia para un niño escapa al discurso de los adultos. Ya dos años antes, en septiembre del 74, mi padre había publicado como Decano de la Facultad de Medicina una solicitada de una página completa en el diario La Nación, sufragada por la comunidad universitaria, denunciando amenazas hacia su integridad física y la de su familia, y recordando que al hijo del Rector de la Universidad de Buenos Aires lo habían asesinado con una bomba sin que mediara una palabra oficial de condolencia. Sí, también había bombas para los bajitos.

Los relatos familiares poseen la capacidad de hacernos creer a veces que nosotros también estuvimos allí, que fuimos parte de esas historias que se cuentan en las sobremesas, en las madrugadas. Cuando mi hermano mediano era pequeño, era frecuente que yo le corrigiera sus relatos, le decía “pero si vos no estabas, no te podés acordar”. Pero sí se acordaba, aunque era verdad que él no había estado allí, por supuesto. Por demás está decir que estas discusiones nunca las tuve con mi hermano pequeño, que nació en Madrid. Vivimos en los relatos, y yo vivía en los relatos escritos. Habitaba en las palabras de mis libros, de mis cuadernos, de las pequeñas poesías que escribía. Me fabricaba unos diminutos libritos de papel cuadriculado que cosía con mimo. No abultaban más allá de medio dedo de alto y en ellos escribía mis “poesías para chicos y grandes”, influenciada sin duda por los poemas y canciones de María Elena Walsh. Toda una generación de chicos nos educamos sentimentalmente con los versos de “El Reino del Revés” y los cuentos (luego prohibidos por subversivos) de Elsa Bornemann. Entre aquellos micro-textos que yo escribía y que aún conservo hay algunos que al día de hoy leo con algo de sobresalto (“me voy para aquí/me voy para allá /y siempre me caigo/al columpiar”). Nos caíamos, caían también otros y siempre nos movíamos.


Foto 3. Carola, Cuaderno. Cortesía de Hernando Gómez Gómez.

Desde el año 74 al 76 casi todos mis recuerdos son de vida en la clandestinidad. Cambiábamos regularmente de domicilio, de escuela, siempre sin poder decir mi nombre, ni en qué trabajaban mis padres, ni dónde vivía. Una de las casas en las que vivimos era una quinta a las afueras de Buenos Aires, donde yo criaba gatos. Por vecino teníamos a un gendarme que, por supuesto, no debía saber quiénes éramos ni qué hacíamos allí. Las reuniones de militancia muchas veces tenían lugar en los domicilios y los chicos escuchábamos desde la cama lo que los adultos hablaban como en sordina. Un día, aparecí en mi casa con el hijo del vecino, el gendarme, que era el único niño aparte de mi hermano con quien yo solía jugar en aquel lugar, para que mi papá lo curara porque era médico, ya que se había lastimado en una rodilla. Y es que, ¿cómo guardar tantos secretos en la garganta de un niño? Imposible, salvo sin hablar con nadie… (“desde el balcón de mi casa/veo a los niños jugar/y a pequeñas avecillas/durmiendo en el palomar”).

Cuando aquella vez, a la hora del baño, mis padres nos explicaron que había que marcharse del país porque era peligroso quedarse, me cuentan que respondí: ¡Pero si a ustedes ya los mataron a todos!

Durante las semanas en las que mi padre se pateó media Europa de aeropuerto en aeropuerto buscando trabajo, yo le escribía pequeñas cartas en las que le contaba de nosotros, le decía cómo iba todo, pero sobre todo le preguntaba cuándo podríamos reunirnos con él. Las breves cartas se las escribía en cartoncitos recortados de las cajas de maní con chocolate. Cuando por fin llegó la noticia de que iríamos (vendríamos) a España, a mis tíos se les ocurrió contarme que en España había un rey. Qué lío tendría yo ya para entonces en la cabeza que asocié que si los Reyes Magos eran quienes eran, entonces, sin atisbo de duda, mi padre ¡era el rey de España!

En un guiño del destino, las circunstancias han propiciado que la primera vez que abordé escribir sobre mi exilio, fuera en una revista de nombre Kamchatka. ¿Puede una película propiciar la apertura de aquellas preguntas que en realidad siempre estuvieron allí, postergadas, agazapadas, esperando ser formuladas? Eso es lo que me ocurrió cuando vi por primera vez la película Kamchatka de Marcelo Piñeyro (2002). Nunca antes me había dado cuenta de que habíamos salvado la vida. Tras ver el final de la película, esa escena en la que los padres, militantes, se van, dejando a los hijos al cuidado de los abuelos, un grito ahogado se apoderó de mí. ¿Pero cómo? ¿Se van? ¿De verdad los dejan? Era la yo-niña, supongo, la que contemplaba perpleja y angustiada la escena. Estuve enfadada con esos padres tanto como estuve intentando agradecer a los míos que siguieran con nosotros.

La pregunta del millón durante todos los años de exilio en Madrid era “¿y… te volverías?”, pregunta formulada sin mucha intención de profundizar en nada, supongo, pero la respuesta interior era “¿Volver? ¿Eso no sería irse, otra vez?” ¿Cuál es el lugar de uno, su lengua, su patria? La idea de ser transterrados para siempre es la que nos mueve a intentar resignificar el exilio y las palabras que lo acompañan. La única patria que soy capaz de añorar y a la que siempre deseo volver son los brazos del hombre que amo. Todo lo demás es relato.

Cuando aún la dictadura impedía contemplar siquiera la idea de la vuelta a la Argentina, mis abuelos venían cada cierto tiempo a visitarnos. Una de esas veces llegaron con un valiosísimo regalo: un cajón de madera de un metro cúbico que habían fletado en un barco. En aquel cubo de un metro por un metro tuvo que caber toda nuestra historia: aparecieron juguetes recuperados, objetos de nuestras casas anteriores, alguna que otra foto, mi máquina de coser “Norita”, el muñeco de trapo de mi hermano… Mi abuelo serruchó el cajón y lo transformó en una mesa, y ese cajón debió de ser durante muchos años el único mueble pesado que hubo en la casa de mis padres. Todo el resto de los muebles fueron, durante larguísimo tiempo, muebles plegables, como aquellas sillas plegables de madera que aún conservamos. Por si había que volver.


Foto 4. Carola, Grupo. Cortesía de Hernando Gómez Gómez.

Relato 3: Entre paréntesis (Marisa González de Oleaga)

A veces justo esa pizca de poesía es la que hace que el recuerdo sea fiel a la verdad”, Katja Petrowskaja, Tal vez Esther

“Anduve por el mundo y sus lenguas como si todos supieran un secreto ignorado por mí. Sé ahora que no hay secreto, o que esa carencia era el secreto. Pero sigo siendo el extranjero. En todas partes soy el llegado de una isla lejana, inverosímil, imposible casi. De una isla que ya no existe”, Bautista Duizeide, Kanaka

“Uno nunca vuelve”, leí una vez que decían dos psicoanalistas famosos, los Grinberg, respecto a los fantasmas del exilio o el desplazamiento, que es como yo prefiero definir ese proceso que hizo que en dieciséis días dejara atrás toda referencia, todo lo conocido y familiar, y me instalara en otro país y en otro continente a mediados de 1975. Por aquel entonces, con quince años, mi salida de la Argentina no fue una expulsion, nadie nos perseguía y nadie nos obligó a exiliarnos. Fue decisión de mis padres —niños de la guerra civil Española— abandonar aquel país ya arrasado por la violencia política parapolicial —preámbulo de la violencia military— e instalarnos en Asturias, de donde ellos eran oriundos. Pensaban que en la casa familiar, en una pequeña aldea de un pueblo de la costa, encontrarían un refugio donde vivir y contener a su hija adolescente. En poco más de tres meses liquidaron lo poco que tenían y sacaron los pasajes para el Cabo San Roque, un transatlántico que haría con nosotros su última travesía. Cargados de baúles con los más variados enseres, que probaban —por si hiciera falta— que éste era un viaje sin retorno, estuvimos ocho días sin ver tierra firme, concentrados en el minúsculo espacio del camarote de segunda, vomitando todo lo que alcanzábamos a ingerir. Cuando mucho tiempo después visité el Jüdisches Museum Berlín y paseé por el jardín del exilio (curiosa combinación de palabras, casi un oximorón), ese espacio desnortado y desnivelado que pretende reproducir algo de la inestabilidad física que experimentan los desplazados, lloré un buen rato rememorando la semana que pasé sin poder levantarme del camastro en aquel cajón de madera rechinante y sonoro en el que me trasladaron de la Argentina a España en 1975. La mar está picada, el tiempo no acompaña. Todos sabíamos que se trataba de otra cosa pero hacíamos como si la culpa del mareo y de la confusión la tuvieran las corrientes y las tormentas. Aún no había palabras para nombrar lo que nos estaba pasando. En ese intermezzo de aire, agua y a veces tierra, en ese no lugar o lugar-en-medio-de-ninguna-parte formamos una familia de emergencia con la que soportar la pérdida de lo dejado y anticiparnos a la incertidumbre de lo que nos estaba esperando. Una familia efímera como efímero era el tránsito entre los dos mundos. Un paréntesis. Espacio de desarraigo radical donde no había nada que conservar porque todo estaba perdido de antemano.

De repente, todos los vínculos afectivos, esos que nos constituyen y que hacen que seamos quienes somos, se vieron cercenados de cuajo, interrumpidos por 11 mil kilómetros de distancia y en su lugar el fantasma de un miembro amputado, que clama por memoria y se resiste al olvido. De nada sirvió la aparición de una cohorte de familiares de sangre a los que nunca había visto y con los que no tenía ninguna afinidad, pues la familia es esa parte de la historia propia que está ahí esperando nuestra llegada al mundo, que recibe alborozada nuestro nacimiento. Es la que, a pesar de las diferencias y los desencuentros, es testigo de nuestra infancia. No es lógico que aparezca quince años más tarde. Menos que lo haga creyendo tener derechos o demandando un afecto que nunca cultivó. Como era de esperar, el injerto fracasó y nunca más volví a hablar de la pretendida prótesis de cosanguíneos, a quienes no volví a ver ni los extrañé, porque no se puede echar de menos lo que nunca se tuvo. De esa época me quedó el rastro de un deseo contradictorio e imposible. Por un lado, la añoranza de la garantía familiar, esa especie de pacto de sangre por el que uno pertenece a la tribu y es beneficiario de su protección y amparo, aun sin la mediación de acciones individuales. Por el otro, un profundo rechazo a este acuerdo involuntario por el que la familia nos acoge no por ser quiénes somos sino por ser parte de una filiación sobrevenida. Como si quisiera reunir lo mejor de los dos mundos —el de la familia biológica y el de la familia en funciones—, me he pasado parte de mi vida intentando reconciliar lo irreconciliable. La familia biológica es indestructible a condición de renunciar, parcialmente, a quiénes somos. La familia en funciones —como la amistad de la que es deudora—, se fundamenta en nuestras particularidades, pero, por eso, suele ser más fugaz y efímera o, al menos, está sujeta a los avatares de la existencia. Como si la seguridad —el amparo irrestricto— se llevara fatal con la libertad de ser quienes queremos ser. No sin dolor, yo hice mi elección.

Todavía hoy añoro a la familia que dejé en Buenos Aires. De ellos tenía noticias de vez en cuando. Las cartas eran entonces el único medio para mantener la comunicación, un medio tedioso para la impaciencia adolescente. Recuerdo cuántas veces preguntaba en casa si había llegado el cartero y recuerdo la emoción cuando intuía a través de las ranuras metálicas del buzón el sobre celeste y blanco. Noticias, buena o malas, pero noticias. Ese mundo que tanto añoraba todavía estaba ahí, palpitaba en mi mano como el corazón de un pequeño gorrión caído del nido. De alguno de ellos no volví a saber más. Con otros se fue perdiendo el contacto de a poco, de forma natural, casi imperceptible. En algún caso la conversación quedó suspendida en una carta que yo no contesté o que, del otro lado, demoraron tanto en responder que ya no hacía falta hacerlo porque el peso de ese silencio había colapsado toda palabra. Pero yo cultivé el recuerdo, los detalles, los olores, los colores, con la misma dedicación de un coleccionista que no sabe, a ciencia cierta, si son los objetos o la búsqueda lo que mueve su pasión.

Foto 5. Marisa, Recorte de periódico. Cortesía de Hernando Gómez Gómez.

Viví muchos años entre dos mundos, pendiente de las noticias que llegaban de la Argentina e intentando vincularme de alguna manera con el país de acogida. No fue fácil. Creo que me ayudó el habernos ido a vivir unos meses, a nuestra llegada, a una aldea de diecinueve habitantes, en la comarca de la sidra, en Villaviciosa y el haber podido contar con un tío (casi abuelo), el hermano mayor de mi padre, que había estado en Cuba y luego regresado muy a su pesar. Otro desplazado. Hablaba de una Cuba mítica, como mítica había sido su juventud ya ida, mientras escuchábamos en un transistor de galena, que él mismo había fabricado, Radio Pirenaica. Anarquista y anticlerical furibundo, este hombre alto y flaco, que parecía un quijote imberbe vestido con trajes remendados de los años 30, relojero e inventor, me salvó la vida. Y ese pueblo pequeño, ajeno y familiar al mismo tiempo, me permitió mitigar temporalmente la añoranza. Algo en esa casa grande, llena de recuerdos y fantasmas, me convocaba. Todo allí era desconocido y, sin embargo, me pertenecía.

Otro paréntesis. Lugar fuera de lugar que escapó al tiempo. Tregua entre dos mundos, el que habíamos dejado y el que prometía ser definitivo. Mientras tanto, aquellos cuatro meses en aquella casa a la que llegamos de madrugada un día del mes de julio, poco antes de mi cumpleaños. Esa primera noche nadie durmió pero yo fingí hacerlo. Todos hablaban de una habitación a otra como hacían cuando eran niños. Casi al alba escuché a mi padre sollozar y vi, a través de la puerta entornada, a su hermana mientras lo sostenía en un abrazo y él intentaba explicar su desconsuelo: cuando se había ido la casa estaba llena, a su vuelta ya no quedaba casi nadie. Había emigrado muchas décadas atrás y allí quedaron el padre, la madre, los diez hermanos —entre ellos Oliva, su hermana más querida, con la que me confundiría una y otra vez poco antes de morir— y sus tías. Una tribu, una auténtica tribu. A su regreso sólo dos estaban esperando. Sólo dos de tantos. Mi padre en esa casa se encontró cara a cara con la ausencia. Había sabido por carta de la muerte de cada uno de ellos y lo había sentido en la distancia, pero allí, en el lugar donde nació y donde dio sus primeros pasos, tuvo que hacer frente al vacío. Los ausentes pertenecen a un lugar y a un paisaje, no se los puede extrañar allí donde nunca estuvieron. Fuera del espacio donde uno los recuerda los muertos no se mueren del todo. Para mi padre, a su regreso, la casa familiar se transformó en una tumba, un gran agujero negro del que intentó escapar en cuanto pudo. Peleó titánicamente contra el desgarro de saber que esa casa se había tragado a todos los que había querido. En una especie de sacrificio último para conjurar la ausencia se propuso hacer arreglos en la vieja casona, llena de habitaciones y muebles, trabajó con tesón para acondicionarla, construyó un baño para aligerar mis incomodidades, acostumbrada como estaba a la gran ciudad, y en cada paso reconocía el fracaso inevitable: nada ni nadie le podían devolver lo perdido. Yo observaba esa lucha con ternura, la misma que hoy me produce mi hijo, que tanto se parece a él, cuando intenta ajustar cuentas con su memoria familiar.

Un barco en su última travesía y una casa grande y fría, marcados a cada centímetro por historias, nombres propios y recuerdos ajenos. Lugares de tránsito y, sin embargo, los lugares más permanentes que nunca tuve. Es en esos lugares efímeros, etapas de un largo viaje que creemos nos lleva a otra parte, donde durante mucho tiempo decidí arraigar, con la secreta esperanza de que su provisionalidad fuera un conjuro contra la pérdida y sin advertir que en esos lugares, como en las cartas escritas con tinta invisible, nuestro aliento va calentando el papel y haciendo emerger una misiva que tenemos que entender y de la que tenemos que apropiarnos, una carta escrita por otros y para otros pero que tenemos que hacer nuestra. Cuando lo conseguimos podemos decir que hemos regresado.


Foto 6. Marisa, Cartas. Cortesía de Hernando Gómez Gómez.

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Notas
* Este trabajo fue financiado con cargo al proyecto HAR2015-68468R.

1 Silvina Jensen es más optimista y habla de un “territorio historiográfico en expansión”. Como ella misma comenta, Horacio Tarcus señaló en 1999 que en la Argentina faltaba escribir el gran libro del exilio (Jensen 20111 y 4).

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Sin pretender ser exhaustivas, los trabajos de Marina Franco (2008) para el exilio argentino en París, los de Yankelevich (2002, 2004 y 2007) y los de Bernetti y Giardinelli (2003) para México, los de Silvina Jensen (1998, 2007) para el exilio en Barcelona son referencia obligada. Para el resto del Estado español: los trabajos de Guillermo Mira Della-Zotti (2003, 2004) y los de Margarita del Olmo Pintado (1990, 2002) son casi lo único que se ha escrito sobre el tema. En el primer caso son trabajos que versan sobre los argentinos radicados en España en un arco temporal amplio que incluye a emigrantes económicos también, aun cuando se puede rastrear algún artículo específico sobre las particularidades del exilio en Madrid (2004). En el segundo, aunque el exilio es el tema, lo que le interesa son las transformaciones operadas en las identidades culturales de los desplazados y el ámbito geográfico de los entrevistados es amplio.

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El género testimonial ha sido el registro más usado para dar cuenta de la última dictadura militar. Véase Sarlo (2005) y Bautista y De Oleaga (2002). Como señala Jensen (2011 10) se ha trabajado el exilio en la literatura: Boccanera (1999), Moyano (1993). Hay algunos testimonios del exilio argentino en México y Venezuela, como por ejemplo la obra de Bonasso (2006). También vale señalar recopilaciones testimoniales de artistas e intelectuales (Parcero et alt. 1985) y (Gómez 1999).

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En 1978 Emilio Massera, uno de los miembros de la Junta Militar de 1976, viaja a Madrid. Un año más tarde se creará en París el famoso Centro Piloto, destinado a contrarrestar las llamadas por los militares “actividades anti-argentinas”, organizadas desde el exilio. Todo parece indicar que se creó otro Centro en Madrid. En esa época viajan a la capital española significados miembros del grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada y, a su vez, gente del servicio de inteligencia naval (SIN) mapea a los exiliados e intentan secuestrar a uno de los oficiales de la cúpula de Montoneros. En julio de 1980 una Madre de Plaza de Mayo, Noemí Gianotti de Molfino, aparece muerta en un aparthotel de la capital española. Había sido secuestrada en Perú y entrado por Barajas en compañía de dos miembros del Batallón 601 de Inteligencia. La investigación de este caso está paralizada y parte del expediente extraviado. Véase las crónicas de Danilo Albin en <www.publico.es>.

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El proyecto que presentamos pretende abordar el problema del exilio infantil a través del testimonio de sus protagonistas. De las tres organizadoras de este experimento dos se instalaron en Madrid al salir de la Argentina y una en Gijón, ciudad portuaria asturiana, al norte de España. Y en Madrid se instalaron la mayoría de las niñas/os que hemos previsto entrevistar.

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Sobre la fricción y la evocación como gestos dentro de la historiografía poética, ver González de Oleaga (2011 320-21) y (2013 316).

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Greg Dening habla de “(…) giving others their otherness, giving back the past its own present” (Dening 2007 99). A su vez Hayden White ensaya otro movimiento en este mismo sentido: “it (to historicize) means treating the present as well as the past as history, which is to say, treating the present historically, as a condition adequate to its possibility but also as something to be gotten out of” (White 2007 225).

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No podemos dejar de mencionar un trabajo espléndido sobre este tema que permanece aún inédito. Nos referimos a la tesis doctoral de Rafael Sánchez-Mateos (2015). De la ruina a la utopía: una constelación menor. Potencias estético-políticas de la infancia. (Tesis doctoral inédita). Departamento de Filosofía y Filosofía moral y política. Facultad de Filosofía. Universidad Nacional de Educación a Distancia. Sobre todo el capítulo 2, 184-493.

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Esta fórmula narrativa de reciente aparición ha sido definida como una estrategia en la que “scholars across a wide spectrum of disciplines began to consider what social sciences would become if they were closer to literature than to physics, if they proffered stories rather than theories, and if they were self-consciously value-centered rather than pretending to be value free” (Carolyn Ellis et al. 2011 2).

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Ver White 1992; Barthes 1994. Esta voz característica del griego, el sánscrito y el indo-persa se perdió cuando los griegos comenzaron a utilizar un vocabulario relacionado con la idea de voluntad y elaboraron una filosofía que consideraba al agente como fuente de toda acción.