Introducción

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Abril Trigo*
Ohio State University 

Los masivos movimientos migratorios de las últimas décadas han contribuido de manera radical a la transformación del paisaje social, económico, político, étnico y cultural en todo el mundo (Appadurai 1996). La irrupción en la geografía social de rostros, lenguas, vestimentas, comidas, con sus colores, olores, sonidos y sabores peculiares ha transformado radicalmente la experiencia vivida en la vida cotidiana (Erlebnis), arrastrando consigo las memorias culturales (Erfahrung) y generando nuevos habitus sociales en los rincones más apartados del mundo. Aun cuando los investigadores no se pongan de acuerdo en cuanto a la índole y la envergadura de dichas transformaciones, es la misma experiencia humana del tiempo y el espacio lo que está en entredicho, lo cual afecta la sociabilidad, la subjetividad y la práctica política en todas sus formas.

Pero, ¿qué hay de nuevo en estos flujos migratorios de dimensión global? Las migraciones humanas habrían comenzado hace casi dos millones de años, cuando el Homo erectus se echó a andar. Más allá de las innumerables motivaciones personales, entre las cuales no hay que descartar una cierta pulsión por lo ignoto, el riesgo y la aventura, los movimientos migratorios, no importa si individuales o masivos, están íntimamente vinculados al desarrollo socio-económico desigual entre distintas regiones entrabadas en complejos regímenes de expulsión y de atracción, por lo cual las migraciones obedecen siempre a múltiples causas de índole social, cultural, política y económica, cuya combinatoria sobredetermina las diversas modalidades de exilios, diásporas, desplazamientos y migraciones históricamente registrables. El Homo erectus echó a andar, sin duda, acosado por algún peligro o en busca de alimento.

Un fenómeno global
De acuerdo a la Organización Internacional para la Migración no existe una definición universalmente aceptada de migrante, y se parte usualmente de la premisa de que la decisión de migrar es tomada libremente por cada individuo en atención a razones de “conveniencia personal” y sin que existan presiones sociales. Se aplica por lo tanto exclusivamente a personas que se mudan a otro país o región con el fin de mejorar sus condiciones de vida material o social. Se trataría, en una palabra, de migrantes económicos. La ONU define como migrante a quien reside en un país extranjero por más de un año consecutivo, independientemente de las causas —voluntarias o involuntarias— y de los medios —regulares o irregulares— utilizados para migrar. Sin embargo, es usual considerar migrantes circulares o temporales a quienes se mudan atraídos por empleos transitorios, como los trabajadores agrícolas zafrales, los empleados en servicios domésticos o los obreros y técnicos especializados en industrias muchas veces de alto riesgo y en zonas apartadas (IOM 2011).

Según el World Migration Report 2015, el total de migrantes internacionales ascendía en 2010 a 232 millones, cifra que permanecía más o menos estable a pesar de la crisis económica global, que si bien redujo los flujos en algunos corredores, no logró modificar la tendencia al aumento de las últimas décadas. Si se suman a estos 232 millones los migrantes internos, que se calculaban hacia 2009 en 740 millones (UNDP 2009), se obtiene una cifra próxima a los 1.000 millones, lo cual equivale a una séptima parte de la población mundial (IOM 2010; IOM 2011). En otras palabras, uno de cada siete habitantes del planeta vive en la migrancia, no importa si como migrante interno o internacional, diferencia que se difumina si consideramos que las razones que determinan la decisión de migrar y las circunstancias que condicionan la experiencia migrante son bastante similares: las múltiples manifestaciones del racismo y el colonialismo interno hacen de la migración interna un primer escalón en la fuga migratoria. La distinción entre un tipo de migrante y otro responde a cuestiones de políticas migratorias nacionales y de gobernabilidad internacional, centradas fundamentalmente en los problemas que genera el estatuto jurídico de los diversamente llamados migrantes irregulares, indocumentados, ilegales o clandestinos. El ascenso de la derecha filofascista en Estados Unidos y algunos países de Europa seguramente agudizará estas circunstancias.

Lo fundamental, a mi entender, es que todos los movimientos migratorios, con excepción de los desplazamientos de refugiados y exiliados por motivos de guerra, persecución política, etnocidio o calamidades naturales, responden a los mismos principios económicos y operan bajo la misma lógica transnacional del régimen de acumulación global, flexible y combinado. En otras palabras, la inmensa mayoría de los migrantes de la época actual, no importa las distancias recorridas, ni las fronteras atravesadas, ni su estatuto jurídico, ni la ciudadanía que les ampare, son parte de un fenómeno más amplio, de carácter global, que es la transmigrancia. El problema es que hay datos fidedignos acerca de los llamados migrantes internos, aquellos que circulan dentro de fronteras nacionales y que constituyen tres cuartas partes de la totalidad, así como respecto a los migrantes internacionales irregulares, cuyo número se calcula oscila entre un 10 y un 33 por ciento del total de migrantes internacionales regulares, de modo que los datos existentes, correspondientes a estos últimos, son la única pista que tenemos para señalar tendencias.

De acuerdo a esto, los movimientos migratorios de hoy son, en última instancia, siempre transnacionales, como el capital. Aparecen al ser estudiados sobre el planisferio como un entramado de constelaciones demográficas cuya dimensión va de lo local a lo global; constelaciones constituidas por nódulos que organizan flujos y rutas de circulación, creando zonas de influencia y articulando corredores migratorios a distintas escalas. Así, por ejemplo, mientras Europa atrae “sudacas” argentinos, Argentina atrae “bolitas” bolivianos y Buenos Aires “cabecitas negras” del norte argentino. Tres distintas constelaciones migratorias funcionan en este caso concatenadas en un sistema global de organización y distribución de gentes regulado por las dinámicas económicas, sociales y políticas locales, por cierto, pero también por los efectos desiguales de la integración combinada de los mercados de trabajo a escala global y las seducciones del cada vez más ubicuo imaginario pop global. Regiones enteras pueden actuar como nódulos de una constelación, pero el carácter eminentemente urbano de la migración transnacional articula un entramado de ciudades de tránsito que convergen en las llamadas ciudades globales (IOM 2015). Tijuana sería un ejemplo de las primeras; Toronto, que concentra un 46 por ciento de los 7 millones de extranjeros en Canadá, lo sería de las segundas.

Si es posible decir que a nivel macro las migraciones actuales van de sur a norte, es decir de las zonas más pobres a las más ricas, y tienen un carácter fundamentalmente urbano (3 millones de personas migran a ciudades por semana), concentrándose en ciudades globales que resultan de ese modo cada vez más globalizadas, es indudable que el mapa migratorio mundial está dominado por dos constelaciones migratorias principales en las cuales confluye casi el 60 por ciento de los transmigrantes del mundo y cuyos grandes polos de atracción son Norteamérica, donde residen 50 millones de ellos, y Europa, donde viven 73 millones, llegando a constituir entre un 10 y un 13 por ciento de la población de cada país. Pero Norteamérica y Europa no solo materializan las dos constelaciones migratorias mayores a escala global sino que también son escenario de otras muchas constelaciones de escala regional, en una intrincada superposición y solapamiento que replica en gran medida la distribución geopolítica de zonas de influencia. Estados Unidos, el país con mayor población migrante del mundo, pues confluye allí un 20 por ciento del total, ejerce una atracción indiscutible sobre el resto de las Américas, mientras Rusia la ejerce sobre los países desprendidos de la ex Unión Soviética, y la Unión Europea, donde se cruzan distintos flujos intrarregionales, la ejerce sobre la Europa del este, el norte de África y el Oriente Medio (IOM 2010).

Pero hay muchas otras constelaciones de dimensión regional diversamente articuladas a las constelaciones mayores. En las Américas, por ejemplo, tanto Argentina, con casi 1,5 millones de inmigrantes procedentes de Bolivia, Uruguay, Paraguay y Perú; como Venezuela, con 1 millón procedente de Colombia y el Caribe; o México, con 750 mil provenientes de Guatemala y otros países de Centroamérica, constituyen importantes polos de migración regional. Estos corredores migratorios fronterizos no impiden la existencia de otros de escala más reducida pero no menos importante en el tránsito global, como las fronteras entre Nicaragua y Costa Rica o entre Perú y Chile. Pero no olvidemos que todos estos países receptores de migrantes son antes que nada productores de emigrantes: hay casi 30 millones de latinoamericanos radicados fuera de la región, y México por sí solo es el país con mayor cantidad de emigrantes en todo el mundo, con más de 10 millones. La frontera México-USA es de hecho el más vasto y transitado corredor migratorio del orbe, mientras que 38 por ciento de los migrantes en España son “sudacas” latinoamericanos (Durand 2009).1

De acuerdo al Banco Mundial, 26 millones de latinoamericanos vivían en el extranjero en 2005, un 14 por ciento de los cuales en otros países latinoamericanos. Esta cifra representa un 5 por ciento de la población total, por lo cual puede decirse que con la globalización América Latina ha dejado de ser un receptor neto de inmigrantes para convertirse en expulsor neto de emigrantes. En algunos países, como México, Nicaragua y República Dominicana, la población en la diáspora bordea el 10 por ciento, y llega hasta el 15 por ciento en el caso de El Salvador. Las cifras son mucho más dramáticas en el caso de las Antillas, adonde llegan hasta el 69 por ciento en el caso de Grenada. De los 26 millones, vivían en España en 2008 1,3 millones y 19 en los Estados Unidos, donde la población latina llegaría, según el censo de 2010, a 50 millones, equivalente a un 16 por ciento de la población de ese país, demostrando un crecimiento del 43 por ciento en apenas 10 años. Aun cuando todos los países están representados, la mayoría de la población latina es de origen mexicano (31 millones), con aportes significativos de puertorriqueños (casi 5 millones), cubanos (casi 2 millones), salvadoreños (más de 1,5 millones) y dominicanos (casi 1,5 millones). Del mismo modo, si bien la población latina se concentra en ciertos estados del sur como California y Texas, y aún cuando a partir de la crisis de 2008 su crecimiento ha aminorado, la presencia latina se observa en todas partes, hasta en los pueblos más pequeños y en los lugares más remotos. Esto ha generado todo tipo de respuestas, incluyendo las del politólogo conservador Samuel Huntington, quien ha escrito: “El flujo constante de inmigrantes hispanos amenaza con dividir a los Estados Unidos en dos pueblos, dos culturas, dos idiomas. A diferencia de los inmigrantes del pasado, los mexicanos y otros latinos no se han asimilado a la cultura norteamericana dominante, formando en cambio sus propios enclaves políticos… y rechazando los valores anglo-protestantes que hicieron posible el sueño americano” (2004). Poca gente se atreve a expresar en la actualidad la xenofobia, el racismo y la rancia defensa de la cultura anglosajona, convertida en ideología, como lo hace Huntington, pero el triunfo de Trump y su retórica arrogante y calumniosa prueba fehacientemente que son muchos los que piensan como él. En Europa las cosas no van mejor: la Liga del Norte en Italia, el Partido de la libertad (PVV) en Holanda, el Frente Nacional (FN) en Francia, el Partido por la libertad de Austria (FPÖ), la Alternativa por Alemania (AfD) y movimiento Brexit en Gran Bretaña explotan la misma histeria chovinista. En América Latina también aumenta la xenofobia.

En Europa se estima que uno de cada tres migrantes mundiales vive allí, llegando a casi un 9 por ciento de la población europea total (UN DESA 2009). Se trata de un escenario migratorio complejo, donde las constelaciones migratorias intrarregionales son tan importantes como las externas, con tres polos/corredores de naturaleza fluida: al interior de la Unión Europea, entre Rusia y los países de la periferia de la ex Unión Soviética, y entre Europa Oriental y Europa Occidental. Rusia y Alemania, por ejemplo, son exportadores e importadores de millones de migrantes, con un saldo neto irrisorio, mientras España e Irlanda resultan importadores netos (la población extranjera en España pasó de representar el 4 por ciento en 2000 al 14 por ciento diez años más tarde (IOM 2010 187)), lo cual tiene profundos efectos sobre su tejido social, étnico y cultural. Las ciudades globalizadas cumplen un papel importante en la escena europea. Aparte de Moscú, Londres y París, que tienen más de un millón de extranjeros cada una, hay 30 ciudades más con más de 100 mil extranjeros, los cuales representan el 25 por ciento de la población total de Amsterdam, Bruselas, Frankfurt y Londres (IOM 2010 184). Aparte de Rusia, que ha recibido 12 millones de inmigrantes provenientes de su zona de influencia, Alemania, con casi 11, Francia, con 7, el Reino Unido y España, con más de 6 cada uno, e Italia, con casi 5 millones, son los países de mayor atracción migratoria en Europa occidental. Se explica, claro, pues representan también las economías más fuertes de la Unión Europea, donde 34 por ciento de los migrantes provienen de otros países de la UE misma (IOM 2010 188).

Hay también otras constelaciones regionales importantes en África, Asia y Oceanía. Mientras los africanos del norte del Sahara buscan cruzar el Mediterráneo para emigrar a Europa, los flujos migratorios al sur del Sahara son mayoritariamente intrarregionales, siendo Sudáfrica, con su economía más desarrollada, el gran foco de atracción. África se destaca, lamentablemente, por el alto número de desplazados, refugiados y exiliados debido a la secuela de conflictos étnicos y políticos que continúan flagelando la región, al punto de que en África central y oriental hay 10 millones de desplazados –2 millones en Congo, 1,3 en Somalia– cifra que equivale a un 38 por ciento del total mundial (IOM 2010 127-132). La región del Mashreq se caracteriza por su alto número de desplazados y refugiados, que llegan a representar el 77 por ciento de los 9 millones de migrantes, 5 millones de los cuales son refugiados palestinos y 2 millones iraquíes. Indudablemente, uno de los nódulos regionales más importantes está formado por los países petroleros del Golfo Pérsico, donde la población extranjera, proveniente principalmente de India, Pakistán y el Sudeste Asiático, excede ampliamente la nacional, como ocurre en Qatar, donde llega al 86 por ciento, o en los Emiratos Árabes Unidos y Kuwait, donde alcanza el 70 por ciento (IOM 2010 206). A diferencia de los movimientos migratorios del Mashreq, que obedecen a conflictos internacionales, la migración de esta zona obedece a razones estrictamente económicas: la necesidad de mano obra barata en sociedades rentistas de escasísimo desarrollo demográfico, y la abundancia de la misma en los países del sur y sudeste asiático. Esto explica el carácter contractual de esta migración temporaria de trabajadores de Bangladesh, Pakistán y Filipinas que llenan todas las funciones de servicio (migrantes de otras regiones ocupan puestos técnicos y especializados). Algo similar, sin llegar a las mismas proporciones, ocurre en Australia, indudablemente el polo principal de atracción de migrantes de otras partes de Oceanía y del sudeste asiático, donde el número de trabajadores temporarios ha superado con creces el número de inmigrantes, que se mantiene relativamente estable (IOM 2010 225).

La migrancia transnacional
Antes que nada vale precisar un par de cosas. Primero, las migraciones internacionales no son nada nuevo, en tanto constituyen uno de los dispositivos medulares de la modernidad capitalista. Segundo, es preciso distinguir entre el plano internacional, que comprende las relaciones y políticas entre estados y sus ciudadanos; el multinacional, que abarca las actividades de corporaciones e instituciones en diversos países; y el transnacional, que refiere a las actividades que transgreden –ilegal o legalmente– las fronteras y la jurisdicción de los estados nacionales. Tercero, no se debe confundir el carácter irrevocable de las migraciones internacionales de la era industrial, protagonizadas por emigrantes-inmigrantes que terminaban asimilándose a la sociedad receptora, con la experiencia líquida (al decir de Bauman 2000) de los transmigrantes, que a pesar de migrar ya parcialmente aculturados a la cultura pop global, vivirán para siempre en la migrancia. Cuarto, los transmigrantes no son necesariamente los más pobres en sus países de origen, aunque sí lo sean en relación a las sociedades receptoras: migrar es una aventura que requiere de un capital económico cada vez más importante, en la medida que aumentan las barreras migratorias, y de un capital social compuesto de nexos, contactos e información del cual carecen los más desvalidos. Quinto, si bien los transmigrantes rara vez desean o proyectan radicarse en la sociedad receptora, el endurecimiento de las leyes migratorias y las dificultades crecientes para cruzar fronteras les fuerza a afincarse: las mismas leyes que restringen su acceso, los vuelven sedentarios, al hacer toda forma de migración circular o temporaria cada vez más difícil. Sexto —y aquí está el cogollo del problema— los migrantes proporcionan mano de obra barata calificada en todos los sectores de la economía receptora, contribuyendo así como trabajadores y consumidores al sostenimiento y la expansión de la misma: constituyen en tal sentido un factor primordial de la actual distribución global de la fuerza de trabajo. Por último, la emigración funciona en los países de origen como una válvula de seguridad que reduce las tensiones sociales, pero representa también una sangría, una transferencia neta de capital social, humano y cultural de países pobres a países más ricos que termina reforzando, en última instancia, la desigualdad consubstancial al régimen de acumulación global, flexible y combinado (Cohen y Sirkeci 2011 69).

En la vida cotidiana, la condición transnacional es vivida por los transmigrantes “como una dualidad: hablar dos lenguas, tener dos hogares en diferentes países y ganarse la vida cruzando fronteras” (Portes et al 1999 217). Según una ya clásica definición, transnacionalismo refiere a los procesos por los cuales los migrantes forjan y mantienen relaciones sociales bifocales, que se saltan las fronteras geográficas, culturales y políticas, entre sus localidades de origen y la sociedad donde residen (Basch, Glick Schiller y Blanc-Szanton 1994 8). Para Cohen y Sirkeci lo propiamente transnacional de esta experiencia consiste en la movilidad circular de los migrantes que viajan cíclicamente, lo que en otros tiempos y otras latitudes se llamaba migrante golondrina. De acuerdo a esto, el verdadero transmigrantes sería un “transmigrante”, cuyo migrar –que difiere cualitativamente de la emigración unidireccional de tiempos modernos– es un fenómeno dinámico, multilocacional y circular en el cual se constituye un nuevo espacio cultural, social y político “transnacional” (Cohen y Sirkeci 2011 7-8). Espacio transnacional, entonces, que se urde en el deambular de los migrantes, las redes que los conecta y las instituciones que los sostiene; instituciones, redes y recorridos que pueden ser materiales o simbólicos, enraizados en valores tradicionales o creados en prácticas recientes, pero que se enriquecen siempre con la movilidad permanente del transmigrante, término que representa más adecuadamente los movimientos transfronterizos, en tanto escapa a las limitaciones formales impuestas por la definición oficial de “migración” (residencia consecutiva durante doce meses en un país extranjero), y porque expresa la naturaleza inestable, flotante y fluida de la migrancia, término que a mi entender capta mejor que ningún otro la experiencia del transmigrar.

De acuerdo a una autorizada clasificación (Massey et al 2005), se podrían distinguir cuatro grandes periodos migratorios en el mundo moderno: la expansión colonizadora y mercantil que va del siglo XVI al XIX, las migraciones de la era industrial e imperialista en los siglos XIX y comienzos del XX, el reflujo migratorio que media entre las dos guerras mundiales y acaba con las grandes luchas anticoloniales y la consolidación del neocolonialismo, y el régimen de acumulación flexible y combinado que arranca en los setenta e instala la globalidad poscolonial biocapitalista. Como señalan Solimano y Watts, históricamente los desplazamientos migratorios acompañan los flujos del capital, esto es, el capital arrastra a la fuerza de trabajo constituyéndose mercados laborales a escala de los mercados de capital, de modo que los periodos de mayor expansión de capital son también periodos de grandes flujos migratorios (2005).

Si la colonización del Nuevo Mundo es el punto de inflexión de la modernidad, el mercantilismo colonialista se consolidaría sobre dos modelos migratorios, forzado el uno, inducido el otro: la trata de esclavos que suministró la mano de obra indispensable para la explotación colonial y la acumulación capitalista, y la colonización de los territorios conquistados con súbditos leales que garantizaban la estabilidad colonial. A lo largo del siglo XIX se sucedieron varias oleadas migratorias de carácter internacional que canalizaron los excedentes humanos y los requerimientos de mano de obra generados por la segunda revolución industrial en Europa, pero que respondía también a nuevas formas de colonialismo interno, migraciones masivas del campo a la ciudad y políticas de exterminio de poblaciones nativas, tanto en Europa como en las colonias, auspiciadas por ideologías expansionistas, racistas y civilizadoras. Aun cuando partiera soñando en el regreso, debido al horizonte imaginario y las posibilidades tecnológicas y materiales del espacio internacional en que se movía, el inmigrante moderno se embarcaba siempre en un proyecto de vida, en un viaje de improbable retorno que en la mayoría de los casos terminaba siendo así. Esto determinaba su disponibilidad a afincarse, a dejarse asimilar por la sociedad receptora e identificarse con su imaginario: a devenir inmigrante (Safran 1991 85). No obstante el indiscutible enriquecimiento cultural y psicológico que toda migración involucra, el inmigrante iba reconfigurándose en un proceso de transculturación difícil, tenso y siempre conflictivo, que sólo se resolvía, y nunca en forma completa, cuando el migrante no sólo se sabía, sino que se sentía inmigrante, asumiendo plena y profundamente la verdad y la responsabilidad inherentes a esa condición (Grinberg y Grinberg 1984 81-2). De este modo, la inmigración llegó a constituir el modo migratorio predominante –nunca exclusivo– durante la fase expansiva del capital industrial y del imperialismo: son nuestros abuelos quienes protagonizaron aquella historia sin héroes. Entre el imperialismo y el internacionalismo proletario, la inmigración configuraba un dispositivo íntimamente imbricado a los modos de producción económica, demográfica y cultural de la modernidad capitalista. Si las grandes migraciones modernas constituyeron un dispositivo demográfico fuertemente anudado al desarrollo del capitalismo y un componente estructural en la formación de los estados nacionales modernos, las migraciones transnacionales, al responder a la compleja onda expansiva del capital global, que reduce los estados periféricos al mero rol de administradores del mercado, ha de tener un papel destacado en la descomposición o recomposición de los estados poscoloniales globalizados. Pues si resulta claro que los movimientos migratorios ejercen un papel primordial en la constitución fundacional de los estados nacionales, también constituyen su lado oscuro, su coartada ideológica. La transmigrancia, sobredeterminada por una dual economía social y simbólica, opera como una válvula de seguridad que previene la disolución lisa y llana de los estados nacionales en la periferia, como un engranaje fundamental de la nueva división del trabajo transnacional, al dispersar, de acuerdo a las leyes del mercado demográfico y económico, su capital humano y cultural. En consecuencia, la transmigrancia opera respecto al estado-nación la misma función estructural que el mercado informal y el desempleo cumplen en el sistema capitalista: no obstante contradecirla en apariencia, llenan una necesidad estructural, un agujero negro donde la nación falla y hace visible el envés de su textura imaginaria.

Con la emergencia del régimen de acumulación global, flexible y combinado, la consecuente erosión de las fronteras y las soberanías nacionales y la revolución en las tecnologías de comunicación y de transporte, se fueron manifestando nuevas modalidades migratorias que invierten la clásica unidireccionalidad de las rutas internacionales de las inmigraciones modernas y, más importante aún, nuevos modos de experimentar la condición migrante, aun cuando se confirma el principio de la economía demográfica según el cual las migraciones se originan siempre en regiones económicamente periféricas. De este modo, mientras en los años 40 entraron a los Estados Unidos un promedio de 100.000 inmigrantes anuales, en los años 80 llegaron a ser 600.000, hasta que se estableció finalmente en 1990 una cuota anual de 700.000 (sin contar los millones de indocumentados) (Lash y Urry 1994 172). En estas últimas décadas, mientras la producción industrial manufacturera se desplaza a las periferias, las periferias se mudan a las ciudades globales de los centros, para ocuparse de las actividades menos remuneradas. La transmigrancia revela así un nuevo modo migratorio estructuralmente vinculado a una nueva distribución internacional y transnacional del trabajo cuyos protagonistas, provenientes de las regiones periféricas, neocoloniales o poscoloniales, buscan establecerse, muchas veces en forma clandestina, en las zonas metropolitanas, con lo cual permanecen en una suerte de limbo afectivo e imaginario alimentado por la experiencia cotidiana de la marginalidad y la incertidumbre de la permanencia. Ahí reside la diferencia geocultural y psicopolítica fundamental entre la transmigrancia global y la inmigración internacional de la época moderna. Mientras los inmigrantes internacionales experimentaban desde la partida un fuerte sentimiento de pérdida por lo que dejaban atrás, atormentados por la improbabilidad del regreso, los transmigrantes alimentan la esperanza del regreso, lo que les permite sobrellevar las vicisitudes del migrar y adoptar, incluso, una actitud emprendedora, gozosamente aventurera, en tanto la perspectiva del retorno fortalece la esperanza, alimenta ilusiones, habitúa a la angustia.

Ahora bien, debemos cuidarnos de no mistificar la condición transmigrante. Si hoy todos somos un poco turistas todo el tiempo, en la medida que navegamos cotidianamente, distantes y apresurados, en el flujo incesante y aturdidor de imágenes, signos y espacios, reales o virtuales, urgentes y efímeros (la experiencia turística como modo de vida característicamente cosmopolita y posmoderno), los transmigrantes, con su casa a cuestas y su inversión afectiva, nada tienen que ver con la elite de técnicos, profesionales, gerentes y funcionarios de carrera que circulan en los circuitos globales metropolitanos. En un clima cultural que recompensa el valor de la movilidad y la movilidad de los valores, mientras el capital y las elites cosmopolitas circulan libre y gozosamente urbi et orbi, las grandes mayorías permanecen amarradas a sus condiciones locales, u obligadas a lanzarse a la odisea de la migrancia. Como señala Zigmunt Bauman, el mundo se encuentra dividido entre los globalmente móviles, que pueden desplazarse física o virtualmente con libertad en un espacio carente de restricciones, y los confinados localmente, condenados a sobrellevar los cambios que les llegan desde fuera (1998).

Por ello, la transmigrancia no refiere solamente al acto del migrar, sino a los particulares modos de vida y prácticas sociales que configuran la cultura de la diáspora en el contexto global. Una cultura signada por el extrañamiento y la disociación psico-social, de modo que el transmigrante se siente siempre en tránsito, suspendido entre dos mundos. Esto se debe a una combinación de factores, desde la incertidumbre social y la inestabilidad económica, acrecentadas por la arbitrariedad de las leyes, las múltiples formas de la discriminación y la brutalidad de los mercados de trabajo globalizados, hasta la creencia de que el regreso a casa está siempre al alcance de la mano, debido a la accesibilidad de las comunicaciones y el relativo bajo costo de los medios de transporte. Este sentimiento de desarraigo constitutivo, de vivir en una tierra de nadie de remordimiento y ambivalencia, entre un pasado perdido y un presente aún no plenamente asumido, podría ser quizá una metáfora adecuada sobre nuestra condición (pos)moderna, como dirían Iain Chambers (1994), José Joaquín Brunner (1998), Martín Hopenhayn (1994), condición que el transmigrante representa paradigmáticamente. Errante en una temporalidad fractal y saturada, y alienado de un espacio siempre ajeno, abstracto, neutro, aunque nunca neutral, el migrante desarrolla poco a poco una suerte de multi-perspectivismo, la capacidad de ver las cosas desde dos puntos de vista simultáneamente, necesaria para negociar cada acto, diseñar estrategias cotidianas y dar sentido a prácticas en las cuales convergen el aquí-ahora de las experiencias vividas con el entonces-allá de las memorias culturales. Esta tensión genera una id/entidad dividida y esquizoide, conflictiva sino conflictuada; una id/entidad flexible pobremente ajustada a la flexibilización impuesta por el biocapitalismo; una id/entidad de sobreviviente basada en una nueva experiencia de lo comunitario. Esta id/entidad en suspenso está obligada a funcionar siempre en subjuntivo, como si fuera completa e indivisible, a sabiendas de que una identidad plena es sólo una ficción para seguir adelante día a día; una sutura estratégica sin la cual el sujeto, fragmentándose, sucumbiría al autismo social o a la esquizofrenia (Hall 1993, 135). En esta experiencia de la transitoriedad y la transitividad, la promesa del regreso a casa se vuelve imposible, ante la progresiva certidumbre de que la migración es tan sólo un viaje de ida, pues ya no queda adonde regresar. El riesgo del migrante es terminar alienado de ambos mundos, sumido en un profundo sentimiento de desarraigo, de extranjería, de extrañamiento social, cultural y existencial que le haga sentirse forastero en todas partes, exactamente a la inversa del cosmopolita, quien por definición se siente en todas partes como en su propia casa. Muchos migrantes, sobre todo los que disfrutan de cierta movilidad profesional y cultural, acceden ciertamente a los beneficios del cosmopolitismo, pero la mayoría permanecen atrapados en la malla pegajosa de su condición migrante. De ahí el riesgo de atribuir al transmigrante los privilegios de que gozan las elites cosmopolitas.

División transnacional del trabajo
Los flujos migratorios transnacionales, que se estima continuarán aumentando independientemente de cuanto se les reprima o intente regular, proporcionan la mano de obra barata y calificada requerida por el capital transnacional en las economías relativamente más desarrolladas, donde una confluencia de factores (envejecimiento demográfico, aumento de los costos de producción, predominio tendencial del trabajo cognitivo, flexibilización laboral) genera una demanda que el mercado interno es incapaz de llenar. Es una falacia que los migrantes arrebaten el trabajo a los nacionales como hace creer el miedo y la derecha, pero como ejército de reserva inagotable contribuyen, es innegable, a la caída de los salarios. En tal sentido son un peón más en el tablero de ajedrez capitalista, como bien comprenden los trabajadores desocupados del rust belt. Su precariedad laboral está un escalón más arriba de la vulnerabilidad del migrante.

Muchos especialistas se han dejado llevar por su entusiasmo culturalista y celebran “las inéditas oportunidades que ofrecen las nuevas tecnologías y medios de comunicación y de transporte a los migrantes para mantener vínculos transnacionales entre distintos países como alternativa a la asimilación” (Kennedy y Roudometoff 2002, 13). ¿Qué duda cabe que “las culturas transnacionales llevan a la formación de comunidades de gustos o creencias o intereses económicos compartidos”, pero cómo interpretar la afirmación de que en consecuencia “el transnacionalismo es necesario, inevitable y ventajoso” (Kennedy y Roudometoff 2002, 13)? La verdad es que las facilidades en términos de movilidad proporcionadas por los nuevos medios de comunicación y de transporte, la flexibilidad laboral impuesta por el neoliberalismo a escala mundial y la extrema vulnerabilidad de los migrantes –y muy particularmente, claro, de aquellos en situación irregular, indocumentada o ilegal– los convierte en una fuente inagotable de mano de obra barata y abundante, sumisa e invisible. Cuando el capital transnacional no puede ir adonde está la mano de obra barata, esta viene a él: la migración transnacional complementa, de un modo ciertamente perverso, el régimen de maquila y la economía informal, piezas todas ensambladas a un complejo sistema de distribución internacional y transnacional de la fuerza de trabajo. David Bacon observa la correlación existente entre los efectos del TLC en México y el aumento consiguiente de la migración ilegal a los Estados Unidos: la liberación de la importación de maíz subsidiado en este país arruinó a los pequeños productores mexicanos, desplazando a miles de trabajadores que pasaron a engrosar las filas de la mano de obra indocumentada en el país del norte. Mano de obra absolutamente necesaria para el funcionamiento de su economía a precios globalmente competitivos, y sobre la que descansan sectores enteros de la producción, desde la recolección de frutas y vegetales hasta las industrias lácteas y de la carne, sin mencionar la construcción, la jardinería, la hotelería y otros servicios. En otras palabras, la migración transnacional –legal e ilegal- es producida por las políticas neoliberales que facilitan la libre movilidad del capital, a efectos de regular la disponibilidad de mano de obra barata a escala global. La transnacionalización de la fuerza de trabajo equivale a una administración global de cuerpos, a un nuevo dispositivo biopolítico. El mismo sistema que genera la migración se aprovecha de ella, los mismos capitales que desplazan campesinos en un lado los reciben como mano de obra barata en el otro, aunque no necesariamente todos se conviertan en transmigrantes: para eso existen las maquilas, zonas francas y otras formas de economías de enclave (Bacon 2008). Y no se trata tampoco de que solo migren campesinos indígenas o mano de obra fabril no calificada. Contra todos los estereotipos en boga, Solimano señala que la migración latinoamericana está compuesta fundamentalmente por mujeres, gente joven y de un nivel educativo medio-alto (2010, 131). Esto último apunta a lo que visto desde un lado se denomina “fuga de cerebros” y desde el otro “brain drain”; es decir, la transferencia neta de mano de obra calificada: técnicos, especialistas, profesionales; de capital cultural, en fin, en beneficio de las economías centrales.

La muchas veces extrema vulnerabilidad jurídica, política, social y cultural del migrante le convierte en uno de los eslabones más débiles de la cadena productiva: mano de obra abundante y barata, movible y sumisa, calificada y desechable. Pero también le convierte en presa fácil y extremadamente lucrativa de las organizaciones ilegales y paralegales dedicadas a las diversas formas del tráfico humano (tráfico de órganos, prostitución, contrabando de migrantes), que articulan el crimen organizado y el capital financiero con la más alta biotecnología, la pobreza mundial y la mercantilización de la vida y de la muerte en un mercado global. Un millón de migrantes, veinte por ciento de los cuales chinos, son contrabandeados anualmente de los países pobres a los ricos, sin contar el medio millón que ingresa ilegalmente a USA por la frontera con México. Es interesante que, a partir de la crisis del 2008, el ingreso ilegal de inmigrantes (que solo puede calcularse en relación al número de aprensiones) habría disminuido a niveles de 1972, los más bajos en 40 años. Más interesante aún resulta el origen de estos migrantes ilegales, pues más del 27% de los capturados son hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, lo cual quiere decir que el tráfico de migrantes continúa en alza (WOLA 2013). Estos migrantes, indudablemente en condición ilegal, que pagan de cinco a diez mil dólares por el servicio, quedan luego enganchados a una deuda que devenga intereses usurarios. Paradójicamente, la persecución de la migración ilegal y la militarización de las fronteras han tenido el perverso efecto de beneficiar a los traficantes y expandir sus redes, al aumentar las dificultades, los riesgos y los costos del migrar. En tal sentido, las políticas represivas de la migración irregular en el entendido de que “esta socava el imperio de la ley, tiene un fuerte costo humano sobre los migrantes… y desgasta el apoyo público por la migración en general” (IOM 2010, 30-1), parece estar dirigidas a controlar los flujos de mano de obra más que a contener el tráfico humano. De ahí la preocupación por establecer políticas internacionalmente aceptadas que regulen los movimientos migratorios con las condiciones de los mercados laborales y establezcan así una equilibrada administración de la fuerza de trabajo a escala global. Se trata, en otras palabras, de establecer un régimen de gobernabilidad global que adecue las políticas migratorias nacionales a los requerimientos de mano de obra del capital transnacional (IOM 2010 12, 88).

¿Qué diferencia hay entre la flexibilidad y la precariedad del trabajo y de la vida ya características de las sociedades globalizadas y la vulnerabilidad del migrante? ¿Cómo distinguir entre trabajo atípico, temporal, flexible o informal, o entre free-lance y semi-empleo, o entre el trabajo voluntario y el trabajo informal? ¿Cuál es la diferencia entre el sistema de servidumbre infantil imperante en Haití (los restavèk) y el tráfico internacional de mano de obra migrante (sobre todo de mujeres y niños)?2 ¿Cómo diferenciar entre el turismo sexual, tan exitoso en Tailandia por ejemplo, de las redes de prostitución que proveen a Europa occidental de jóvenes eslavas o brasileñas? ¿Cuál es la diferencia entre un sweatshop en Los Ángeles donde trabajan migrantes indocumentados en un régimen de semi-servidumbre, y una maquiladora en El Salvador operada por mujeres que ganan diez dólares en jornadas de doce a catorce horas?

Transculturadores sin ciudadanía
El transmigrante es, por antonomasia, un transculturador, un agente de cambio e intercambio cultural como pocos. Su impacto sobre la sociedad receptora se magnifica exponencialmente al actuar en forma colectiva, como comunidad en la diáspora. A menos que sea aislado en un gueto, ese impacto es extraordinariamente visible en la vida urbana cotidiana, transformando los hábitos y el gusto en materia de sonidos y colores, sabores y olores, palabras y gestos. Su posición intersticial, mudable y mutante, a contrapelo siempre del medio en que se mueve, responde a la misma idea de transitividad y transitoriedad que anima el concepto de transculturación acuñado por Fernando Ortiz, en cuya concepción materialista y dialéctica de la cultura adquieren particular relevancia las constantes migraciones de gentes e ideas, lo que constituye una de las marcas históricas fundamentales no sólo de la cultura cubana a la cual él se refería, sino de todo el continente americano y de la modernidad occidental que se gestaran al unísono: “No hubo factores humanos más trascendentes para la cubanidad que esas continuas, radicales y contrastantes transmigraciones geográficas, económicas y sociales de los pobladores, que esa perenne transitoriedad de los propósitos y que esa vida siempre en desarraigo de la tierra habitada, siempre en desajuste con la sociedad sustentadora. Hombres, economías, culturas y anhelos todo aquí se sintió foráneo, provisional, cambiadizo, ‘aves de paso’ sobre el país, a su costa, a su contra y a su malgrado” (Ortiz 1978 95).

Esta misma idea intenta captar Antonio Cornejo Polar con sus reflexiones sobre “la condición migrante”, dimensión existencial, pero también social y subjetiva inspirada en la noción de “forasterismo” con la que José María Arguedas designara la desasosegante experiencia del mestizo, forzado a existir simultáneamente en dos mundos sin pertenecer plenamente a ninguno (1988). Según Arguedas, al migrar de las comunidades de la sierra a las ciudades costeñas, los indígenas andinos no se convierten en mestizos a través del contacto cultural y la interacción étnica, sino por ser explotados económicamente, marginados socialmente y discriminados políticamente como migrantes de otra etnia. Esto permite a Cornejo Polar sostener que la condición migrante no desplaza las categorías étnicas de indio o mestizo, sino que las subsume en una experiencia peculiar del tiempo y el espacio, pues “migrar es algo así como nostalgiar desde el presente las muchas instancias y estancias que se dejaron allá y entonces, un allá y un entonces que de pronto se descubre que son el acá de la memoria insomne pero fragmentada y el ahora que tanto corre como se ahonda, verticalmente, en un tiempo espeso que acumula sin sintetizar las experiencias del ayer y de los espacios que se dejaron atrás y que siguen perturbando con rabia o con ternura” (1995 103). Desgarrado entre la supervivencia del aquí-ahora y la nostalgia del entonces-allá, el migrante va configurando una subjetividad fragmentada y heterogénea, incapaz de sintetizar sus experiencias de vida sin sufrir grandes pérdidas y condenado a vivir en un mundo ancho y ajeno (Trigo 2003).

De acuerdo a esto, la transmigrancia no conduce a síntesis, fusiones e identidades estables, sino a una suspensión de culturas y epistemes en conflicto, siempre en vilo, en las cuales el transmigrante es un ave de paso (1996). Esto promueve una id/entidad dual y escindida, pues “el migrante habla desde dos o más locus y –más comprometedoramente aún– duplica (o multiplica) la índole misma de su condición de sujeto” (Cornejo 1994 209). La transmigrancia, en tal sentido, adquiere una dimensión cultural que flexiona un locus enunciativo inestable, portátil, a partir del cual se generan usos particulares de la(s) cultura(s) a mano, en los cuales se constituyen sujetos disgregados, difusos y heterogéneos (Cornejo Polar 1995 104). O trashumantes, tránsfugas y transculturados.

Sin embargo, es una falacia que la transmigrancia constituya un espacio privilegiado, despojado de servidumbres locales y ataduras atávicas, donde el individuo, desterritorializado, se libera de su sujeción a imaginarios nacionales para acceder a los beneficios de una supuesta ciudadanía global y un imaginario global que condensa las fantasías cosmopolitas de la utopía realizada, de la felicidad permanentemente renovada en el consumo, de la armonía universal de lo diverso en un mundo ultramoderno, sin frenos ni fronteras, sin poderes ni prohibiciones, de realización plena de la individualidad. Una utopía sin topos, claro, que oblitera la posibilidad de la utopía (Bauman 2002). Este imaginario global y globocéntrico, que nos permite a los integrantes de las minorías cosmopolitas andar por el mundo como turistas y sentirnos un poco ciudadanos del mundo, viene a sustituir al viejo eurocentrismo que constituyera el cogollo ideológico de la modernidad occidental (Coronil 2000). Imaginario que capta maravillosamente la experiencia de las elites globales, pero no la del transmigrante, el que recoge estas frutas en el centro de mi mesa, el que cuida de mi jardín o el que cocina en el restaurante donde ceno esta noche, y que no obstante también es seducido por dicho imaginario.

¿Cuál sería el papel de la transmigrancia en la emergencia de nuevas formas de ciudadanía? Pues el migrante es, por definición, un meteco, un extranjero que carece de los privilegios, los derechos y las obligaciones de un ciudadano, y a pesar de haber perdido gran parte de su soberanía económica y política bajo la globalización neoliberal, los estados nacionales siguen monopolizando, junto al ejercicio legal de la violencia, la capacidad de otorgar y denegar ciudadanía. Si es un lugar común de la tradición liberal asociar la libertad de mercado al sistema democrático, probado está, pese a la cantinela neoliberal, que la democracia y el neoliberalismo son, de hecho, inconciliables. La falacia reside en confundir las formas de la democracia liberal, no importa cuán vacías, con los elusivos valores democráticos, y la pluralidad con el multiculturalismo, que en sentido estricto busca regular la coexistencia de minorías étnicas y comunidades migrantes al interior de los estados nacionales. De este modo, tanto el multiculturalismo anglosajón como la interculturalidad europea surgen como respuesta política al desafío de una nueva realidad socio-cultural protagonizada por minorías étnicas movilizadas y comunidades transmigrantes en ascenso. A diferencia de las ideologías asimilacionistas modernas, el multiculturalismo —en cualquiera de sus formas— sirve para inculcar una postura tolerante y flexible en sociedades desbordadas por la diversidad cultural y, al igual que las políticas asimilacionistas, impone una identidad trascendente y un determinado modelo de ciudadanía con el fin de integrar distintos grupos étnicos a una sociedad y un mercado nacionales. La novedad estriba en que no procura disolver las identidades etnoculturales, sino amoldarlas a un nuevo tipo de ciudadanía multicultural que subsume lo diverso en las instituciones del estado (Kymlicka y Norman 2000). De este modo, pese a la furibunda oposición que sufre desde sectores nacionalistas de derecha, el multiculturalismo —en su versión autoritaria de “corrección política”— se ha constituido en un mecanismo político de administración de las diferencias, un dispositivo de contención de las tensiones sociales y los antagonismos políticos desviados hacia –o reducidos a– una manifestación predominantemente discursiva de lo cultural. Implementa, en otras palabras, una nueva cultura política, un nuevo modelo cívico que reduce la política de la lucha de clases a las políticas identitarias, contribuyendo a la larga a encubrir desigualdades más profundas y alteridades más radicales bajo el velo ideológico de la tolerancia de la diferencia. Constituiría, de este modo, una suerte de racismo vergonzante enmascarado detrás de las formalidades políticamente correctas de la tolerancia liberal (Jameson 1991 341; Žižek 1997 37). O, en otras palabras, un nuevo modo de la hegemonía (Trigo 2012 151ss).

Sin espacio aquí para elaborar sobre la relación entre multiculturalismo, liberalismo, sociedad civil y ciudadanía, vale recordar que convertida en bisagra entre el neoliberalismo y el multiculturalismo, la sociedad civil vuelve a ser lo que fuera bajo el liberalismo de principios del siglo XIX, cuando los derechos del ciudadano “no entraban en conflicto con las desigualdades de la sociedad capitalista, pues eran, por el contrario, necesarios para el mantenimiento de dicha desigualdad, porque en aquel entonces la ciudadanía garantizaba solamente derechos civiles, indispensables para una economía de mercado competitiva. Los derechos civiles otorgaban a cada individuo, en su condición de individuo, el poder de lanzarse a la lucha económica como entidad independiente, pero permitían también negarle protección social sobre la base de que estaba capacitado para protegerse a sí mismo”, según dice T. H. Marshall en su seminal ensayo de 1950 (2009 150). Los derechos políticos y sociales del ciudadano moderno vendrían después. Lo que observamos hoy bajo el régimen de acumulación global, flexible y combinado es una reconversión de la sociedad civil al modelo neoliberal, de modo que esta deviene un instrumento de regulación social y difusión ideológica, dispensador de ciudadanía y administrador de diferencias, articulador de antagonismos y garante del consenso multicultural que, como demuestra Kymlicka (1995), se ajusta a la más rancia tradición liberal, contrapartida política de la economía neoclásica actualmente en boga. Al diluirse las fronteras entre lo público y lo privado, lo político y lo cultural, se impone entonces desde el imaginario global un modelo de ciudadanía multicultural y cosmopolita basado en un individualismo hedonista, consumista, competitivo y empresarial que promete a los sectores subalternos y a los transmigrantes la posibilidad de acceder al festín de la globalización.3 Por un lado, este modelo de ciudadanía, que coquetea con el multiculturalismo, la interculturalidad y los derechos humanos (UNESCO 2005 4-5), estaría postulando quizás un nuevo principio de jus mundi que vendría a remplazar los tradicionales jus solis y jus sanguinis todavía vigentes. Por el otro, a pesar de las muchas, puntuales y novedosas formas de praxis social e intervención política de los innumerables grupos comunitarios, asociaciones barriales y movimientos sociales e indígenas, que ejercen y demandan nuevas formas de ciudadanía comunitaria y solidaria, las ilusiones de los migrantes continúan haciéndose trizas contra las políticas migratorias de los estados nacionales, cuyo fin es preservar aquello de que, en esencia, el capital es global pero el trabajo es siempre local (Castells 1996 475). ¿Qué pasará con los 11 millones de migrantes indocumentados, en su mayoría latinos, que siguen con alarma los tweets noctámbulos de un intempestivo presidente?

En un breve artículo publicado en 1993, e inspirándose en otro breve texto de Hannah Arendt en la que esta dijera “Los refugiados empujados de un país a otro representan la vanguardia de sus pueblos” (Arendt 1943 77), Giorgio Agamben reflexiona sobre como la figura del refugiado constituye algo así como el grado cero de la ciudadanía, y de qué manera el transmigrante actual, al igual que un refugiado, constituye una suerte de ciudadano de segunda (denizen). Escribe: “considerando el por ahora imparable declive de la nación-estado y la corrosión generalizada de las categorías político-jurídicas tradicionales, la figura del refugiado constituye quizás en el momento actual la única donde vislumbrar las formas y los límites de una comunidad política futura” (Agamben 2008 90). Y luego agrega, “Los países industrializados enfrentan hoy una masa permanente de residentes no-ciudadanos que no quieren ni pueden ser ya sea naturalizados o repatriados. Estos no-ciudadanos tienen a menudo una nacionalidad de origen, pero en la medida que optan por no ejercer esos derechos, se encuentran de facto, como los refugiados, en una situación de apátridas. Tomas Hammar creó el neologismo de ‘denizens’ para estos residentes sin ciudadanía, neologismo cuyo mérito es mostrar como el concepto de ‘ciudadano’ no resulta ya adecuado para describir la realidad socio-política de los estados modernos” (Agamben 2008, 94; Hammar 1990). Como sintetiza el clásico corrido de Los Tigres del Norte de 1986:

Aquí estoy establecido/en los Estados Unidos,/diez años pasaron ya/en que crucé de mojado,/papeles no he arreglado,/sigo siendo un ilegal./Tengo a mi esposa y mis hijos,/que me los traje muy chicos/y se han olvidado ya/de mi México querido,/del que yo nunca me olvido,/y no puedo regresar./¿De qué me sirve el dinero/si estoy como prisionero/dentro de esta gran nación?/Cuando me acuerdo hasta lloro/y aunque la jaula sea de oro/no deja de ser prisión. (“La jaula” 2009)

Ni quiere quedarse ni puede irse. Y por detrás, acompañándolo como su sombra, la memoria.

Artículos en este dossier
“Jóvenes inmigrantes mayas: una paradoja respecto a su bienestar emocional”, de Inés Cornejo Portugal y Patricia Fortuny Loret de Mola, propone analizar el bienestar emocional (equilibrio psicológico y salud mental) de jóvenes mayas residentes en San Francisco, California, en virtud de las diferentes circunstancias que determinan su experiencia migrante. Para ello, apoyándose en los conceptos de liminalidad social y negociación cultural —condiciones psicosociales determinantes de la experiencia migrante—, las autoras cotejan las historias orales de tres jóvenes provenientes del estado de Yucatán, cuya experiencia migrante difiere tanto en cuanto al tiempo de estadía en la sociedad receptora, como a las circunstancias económicas, sociales y culturales específicas para cada caso. Mientras Dante, quien ha vivido por largo tiempo en San Francisco y, por ende, se ha asimilado más al estilo de vida norteamericano, tiene grandes dificultades para alcanzar un equilibro mental y emocional, Roberto, que ha migrado hace apenas cinco años, es más capaz de lidiar con las presiones culturales y ajustarse, por ende, obteniendo un mayor bienestar. Estos estudios de caso ilustran las diversas maneras en que los migrantes se valen de toda una serie de recursos socio-culturales, como los lazos de familia, la religión, la amistad y las relaciones barriales para obtener un equilibrio emocional que les permite enfrentar las presiones también socio-culturales que pautan su vida en la sociedad receptora. Cornejo y Fortuny pueden así concluir que: “Cuando un migrante tiene objetivos claros (por modestos que sean) y, como Roberto, encuentra los recursos necesarios para alcanzarlos, puede negociar más sana y positivamente su relación con la(s) cultura(s) a la(s) que se enfrenta. Aun cuando permanezcan más de lo planeado, los inmigrantes económicos saben que su estadía en los Estados Unidos es temporal, por lo que no se esfuerzan por integrarse plenamente ni buscan el reconocimiento o la aceptación social de la sociedad receptora, como hacen aquellos que sí se han establecido o procuran hacerlo. Los migrantes recientes sólo necesitan negociar su inserción en la esfera laboral, pero pueden mantenerse al margen de la sociedad receptora apelando a sus fuertes lazos con familiares y paisanos que llenan el vacío del mundo que dejaron atrás”.

La contribución de Fortino Domínguez Rueda, “Deconstruyendo imágenes de poder: zoques en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, México”, estudia de qué manera se ha expandido y consolidado en el México de comienzos del siglo XXI el fenómeno social de la migración y urbanización de grupos indígenas. Al igual que otras urbes, la ciudad de Guadalajara, Jalisco, se ha convertido en un espacio de alta confluencia indígena. Bajo este contexto, el presente artículo aborda con mirada crítica los trabajos que se han desplegado sobre indígenas urbanos en esta ciudad, buscando con ello evidenciar la reificación de la diferencia étnica que dichos trabajos han generado sobre el sujeto y las culturas indígenas. Procura asimismo demostrar cómo un grupo de familias zoques originarias del estado de Chiapas y residentes en la actualidad en Guadalajara, trasgreden la visión hegemónica y universalista que la mayoría de la investigación académica ha proyectado. A partir de un trabajo etnográfico involucrado, Domínguez, él mismo indígena zoque de Chapultenango, Chiapas, evidencia las distintas maneras y diversos recursos para la reconfiguración de la identidad y la cultura zoque en el espacio residencial, familiar y disperso de la urbe.

El artículo de Mary Luz Estupiñán Serrano, “Gestión y racismo. A propósito de la migración subsahariana occidental en el Buenos Aires contemporáneo”, reflexiona sobre la dimensión política de los procesos migratorios actuales a partir del escasamente estudiado (e incluso conocido) tema de la migración subsahariana occidental a Buenos Aires. Poniendo en entredicho algunos postulados sociológicos acerca de la migración internacional, Estupiñán propone que la migración posterior a 1990 ha sido colocada en el centro de la agenda política de los países industrializados con la pretensión de gestionarla, lo que implica fomentar determinadas formas de movilidad sobre otras, y de ciertas nacionalidades, grupos étnicos y segmentos poblacionales sobre otros, con el fin de maximizar los beneficios y reducir los riesgos, no sólo en términos económicos sino también sociales y culturales. Se trata de políticas regidas por una economía política, una geopolítica y una biopolítica que tienen por objeto la rentabilidad de la vida y cuyas dinámicas jerarquizantes y clasificatorias se van reajustando de acuerdo a los requerimientos de los “mercados migratorios” y su satisfacción por una “industria migratoria” que adopta nuevos medios y traza nuevas rutas. La migración procedente del África Subsahariana Occidental es un ejemplo de estas dinámicas, al adoptar la ruta transatlántica hacia Buenos Aires ante el bloqueo de las rutas mediterráneas obstaculizadas por la Unión Europea en las últimas décadas. La migración subsahariana en Buenos Aires muestra, en varios aspectos, los rasgos de una migración de subsistencia, en tránsito, sustentada por la venta ambulante informal como mecanismo de supervivencia que conforma y confirma el estatuto irregular de un migrante racializado y exótico.

Adelanto de un ambicioso proyecto etnográfico, “Transterradas: lugares de memoria y memoria de los lugares en tres infancias exiliadas” nos ofrece una perspectiva fresca y conmovedora de la experiencia del exilio argentino en España, buscando recuperar las memorias infantiles del destierro de mujeres arrastradas por sus padres y las circunstancias políticas en sus países de origen a una vida en la migrancia. Sus autoras, Carolina Meloni González, Carola Saiegh Dorín y Marisa González de Oleaga, despaisadas y transterradas por decisión ajena (articulando estos dos términos tan expresivos, el uno del francés dépayser, y el otro acuñado por Antonio Gaos), deben navegar el inestable pero insoslayable equilibrio entre la autobiografía y la crítica, el testimonio y la investigación, para ofrecernos una suerte de instantáneas en indudable clave benjaminiana precedidas de una precisa presentación. Su proyecto es construir un archivo de memorias, una “topografía o cartografía del recuerdo” que permita repensar la experiencia y la vida en el exilio como algo más que un hiato, un tiempo perdido en la espera del regreso, un espacio vacío saturado de nostalgia, sino como condición de posibilidad de otras formas de la subjetividad, de una identidad otra en la cual “La escritura, el lenguaje y las palabras, cual metáforas errantes, nos sirven como hogares precarios, nunca definitivos, únicos espacios de protección para identidades marcadas por el destierro”.

“De la penuria del desplazamiento forzado a la formación de una subjetividad de retales”, de Ivana Belén Ruiz-Estramil, aborda la problemática del desplazamiento forzado, atendiendo al modo como los individuos que han pasado por esta experiencia reconstruyen su mundo de vida. A Ruiz-Estramil le interesa particularmente ver la manera cómo se reconstituye la subjetividad tras una experiencia de desestructuración en donde no solo la descontextualización física juega su papel, sino también la descontextualización simbólica de un individuo que, además de encontrarse en una sociedad distinta de la de origen, descubre que el propio hecho de estar allí representa un quiebre con el proyecto de vida que esperaba para sí. Para ello se vale de los resultados obtenidos en su trabajo etnográfico con campesinos e indígenas desplazados por la violencia en Colombia y en el Sahara Occidental. Siguiendo estas pautas, se hace hincapié en la destrucción del proyecto vital, en el proceso de reconocimiento al que queda sujeto el individuo desplazado y a los anhelos con los que ha de convivir. Todo esto le sirve como base analítica para ahondar en la hipótesis de que la subjetividad que construyen los migrantes desplazados es una subjetividad de retales, fragmentos de otra vida, restos de un naufragio a partir de los cuales un número cada vez mayor de personas, en el mundo entero y no necesariamente desplazadas, reconstruyen su subjetividad. Si así fuera —Ruiz-Estramil concluye apoyándose en Bauman— el desplazado sería el epítome de la actual precariedad de la condición humana, la principal fuente de temores y angustias de la humanidad en la globalidad actual.

“Memoria, trauma y perdón en la narrativa nisei de Augusto Higa Oshiro: escribir el pasado para atrapar al futuro”, por Irina Soto-Mejía, pasa revista a la literatura de Augusto Higa Oshiro, escritor peruano japonés, autor de obras que relatan la cotidianidad de las comunidades japonesas en el Perú y especialmente de la segunda generación (nisei). Soto-Mejía estudia los cuentos premiados Okinawa existe (2013), Extranjero (2013) y la novela Gaijin (2014), haciendo de paso breves referencias a la novela corta La iluminación de Katzuo Nakamatsu (2008) y el relato testimonial Japón no da dos oportunidades (1994). El análisis de los tropos de memoria, trauma y perdón en su obra tiene como objetivo propiciar una reflexión en torno a las luchas por la memoria suscitadas en torno a la diáspora japonesa —especialmente okinawense— en el Perú. Finalmente, vuelca la mirada hacia la necesidad de negociar las memorias fragmentadas de las generaciones migrantes y el impacto de la migración circular Japón-Perú para reconstruir la historia y el imaginario nacional peruanos. Soto-Mejía, boliviana de nacimiento, mestiza de sangre aymara y quechua, reside hoy en Japón, donde se siente en casa, recorriendo en su vida y con su cuerpo, pero a la inversa, el trayecto de los primero issei y de todas las generaciones de nikkei, peruanas y bolivianas.

Apoyándose en un riguroso trabajo de campo y un vastísimo corpus de entrevistas e historias de vida, Michelle Wibbelsman aborda en “Migrantes transnacionales Purijkuna otavalenses: movilidad global indígena y políticas de destino”, el complejo entretejido de la migración transnacional indígena, la constitución de comunidades en la diáspora y el espinoso tema del cosmopolitismo en relación con una comunidad de quichuas del norte del Ecuador conocida como otavaleños. Explora de qué manera una larga cultura del viaje y la movilidad es una pieza central en la autovaloración y permanente revaloración del sentido de identidad otavalo. A partir de esto, analiza qué influencia tienen los lugares de destino en las experiencias de los migrantes y cómo marcan la identidad y la cultura del retorno. De manera concluyente, Wibbelsman demuestra que el cosmopolitismo no es cualidad exclusiva de los centros hegemónicos, pues también se puede experimentar desde las periferias; ni distinción exclusiva de la subjetividad occidental y eurocéntrica —hoy global y globocéntrica—, pues puede constituir también el cogollo de una identidad fuertemente local, ancestral, indígena. Prueba, sin duda, que también existe, aunque suene a un oxímoron, un verdadero y antiguo —pues precede a la globalización— cosmopolitismo indígena.

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Notas
* Algunos pasajes de esta introducción han aparecido en “Nuevos espacios transnacionales: migraciones, transmigraciones y diásporas.” Historia de las culturas políticas en España y América Latina. Vol. 6. América Latina entre el autoritarismo y la democratización, 1930-2012, editado por Marta Casaus y Morna Mcleod, Zaragoza: Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2016, pp. 195-220.

1 La frontera entre México y Estados Unidos tiene una extensión de 3.169 km -de los cuales un tercio se encuentran cerrados por una valla cuyo costo supera los 3 mil millones de dólares- y es vigilada por 20.000 guardias de frontera, equipados con la más sofisticada tecnología. Esta valla, equiparable tan solo a la gran muralla china, es uno de los símbolos más infamantes de la globalización. Se trata, en rigor, de una frontera militarizada, pese a que más de 5 millones de camiones y 63 millones de pasajeros la cruzan anualmente en forma legal. Pero la “frontera norte” forma sistema con la “frontera sur” de México, lindante con Guatemala. Si la primera es una frontera de guerra, la segunda lo es del horror. Tiene una extensión de 871 km y es cruzada ilegalmente por 400.000 personas cada año, un tercio de los cuales busca continuar hacia los Estados Unidos, montados sobre “la bestia” o el “tren de la muerte” que se adentra en el sur de México. La promesa de Trump de construir un “muro de verdad”, al ignorar la realidad existente, demuestra su carácter estrictamente ideológico.

2 Bajo el régimen de restavèk dos mil quinientos niños y niñas son exportados a la República Dominicana cada año (Bracken 2006); mientras tanto, cada año, varios miles de dominicanos se lanzan al Caribe en yolas desmanteladas para poder desembarcar en Puerto Rico, al tiempo que la comunidad puertorriqueña en New York supera el millón. Una verdadera cadena de migrantes estratificados nacional, social y racialmente. Los medios y los recursos varían, los propósitos y las motivaciones son, esencialmente, las mismas.

3 Esto es particularmente importante en América Latina, donde amplios sectores de la población, aun cuando ideológicamente integrados al imaginario global, permanecen excluidos de los beneficios materiales de la globalización (Hopenhayn 1994). Esto explica su desconfianza en las instituciones del estado (30%) y los partidos políticos (20%), así como su baja estima de los derechos y obligaciones del ciudadano (31%). Si a esto agregamos los altos índices de percepción de discriminación (45%), los altos porcentajes de la población juvenil ni-ni (21%) y el temor a perder el empleo (35%), tenemos un cuadro ilustrativo de disponibilidad migratoria en América Latina (Latinobarómetro 2011).