Posfacio. La migración de retorno y la cuestión del capital humano y social

Download PDF

Ignacio Corona
The Ohio State University


Hoy parte de la colección permanente del Museo de Arte de Philadelphia, la fotografía que Graciela Iturbide tituló “Mujer Angel” (1979, https://www.sfmoma.org/artwork/2007.231) ha suscitado numerosas interpretaciones tanto de carácter poético como antropológico. Hay aquéllas para las que sugiere la fragilidad de la vida tradicional en el cambiante mundo contemporáneo hasta las que ven en la imagen la representación de una apremiante tensión civilizacional. Patrocinada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, Iturbide tomó la fotografía en el Desierto de Sonora, precisamente en un periodo en que comenzaban a tomar forma comunidades de migrantes indígenas mexicanos a lo largo y ancho del territorio estadounidense. Ubicada en ese contexto de una migración étnica y culturalmente más diversa de la que por mucho tiempo ha conectado la región centro-occidental (Jalisco, Michoacán, Zacatecas, Guanajuato) con “El Norte”, se podrían agregar otras interpretaciones muy ad hoc. La mujer seri en la imagen simbolizaría una migración transnacional indígena que desafiaría, así, expectativas sobre su supuesta inmovilidad por su milenario arraigo a la tierra. Con su larga y flotante cabellera y portando su vestimenta tradicional, su solitaria figura es captada por la cámara de espaldas y en apresurada marcha. Como para contradecir el título, sus alas no son visibles —al menos para los espectadores que no se hallen en estado de gracia—. Lo que sí lo es, es el objeto que lleva en su mano derecha, al parecer una importante posesión material: una radio-grabadora o boombox. Más que un previsible accesorio en una difícil y azarosa jornada migratoria, el ubicuo aparato ochentero sería un acompañante que le permitiría mantener una conexión vital con su lugar de origen a través de la música.

Tal libérrima interpretación dependería del hecho de que el observador de la escena estuviese situado en el lado mexicano —como fue el caso en realidad—. Ahora bien, y sin recurrir a la fotografía satelital o a alguna otra información que la proporcionada por la propia imagen, no queda claro si la mujer va o viene. Por ende, la interpretación opuesta sería válida por igual. La instantánea capturaría, entonces, no el momento de la ida, sino del retorno, y la misma vestimenta tradicional anunciaría su plena reintegración comunitaria. Como muchos migrantes mexicanos cualquier día de la semana desde hace más de un siglo —sin duda, una de las migraciones de mayor duración en el mundo—, la mujer estaría regresando con algo tangible, una especie de prueba material del fruto de su arduo trabajo allende la frontera mexico-estadounidense. En este caso, traería consigo una pequeña muestra de la modernidad tecnológica de aquel país que, para la mayoría de los migrantes mexicanos, ha encarnado la Modernidad tout court, con la conveniencia añadida de tratarse de un artefacto que también opera con pilas, algo nada despreciable a sabiendas de la pre-moderna carencia de infraestructura en muchas comunidades rurales. Así pues, en algún lugar de esa expansión desértica —o más allá— estaría el punto en que su jornada habría comenzado y en donde tal vez terminaría, de manera permanente o solo temporal, dando pie en tal caso a un nuevo ciclo migratorio, en un movimiento espacial circular que nunca sería tal desde una perspectiva subjetiva o cultural, debido al básico agregado experiencial inherente a todo desplazamiento migratorio. Agregado que se relaciona, en la proposición central de este ensayo, con algunos aspectos de la problemática designada por el concepto de “capital humano”.

Si ambas interpretaciones constituyen, por lo tanto, sendas posibilidades de lectura sugeridas por la primordial ambigüedad de la fotografía, propongo superponer la imagen al fenómeno del desplazamiento poblacional y asumir dicha ambigüedad como punto de partida en referencia a un hecho innegable con respecto a la migración: los flujos bidireccionales. Es innegable que, al discurrir sobre el fenómeno migratorio, la realidad del retorno ha permanecido en un segundo plano no solo en los imaginarios sociales y en las políticas gubernamentales, sino también como objeto de estudio. La más somera revisión de la copiosa bibliografía multidisciplinaria sobre la migración permite constatar que es un solo sentido direccional en tales flujos el que ha sido enfocado de forma predominante tanto en la retórica política como en la investigación académica. A saber, la trayectoria que va del lugar de origen al destino, comprendido por las etapas de la salida, la llegada y el acoplamiento o adaptación a la sociedad huésped o receptora. De hecho, a finales de los sesentas, solo 10 de 2051 títulos existentes en una bibliografía general sobre la migración abordaban, en ese entonces, el tema de la migración de retorno (Gmelch 8). Y si la bibliografía del retorno es relativamente pequeña, la del impacto del retornado en su entorno es todavía menor. Tal vez porque la atención de aquélla se ha centrado en las dificultades de la reinserción y en la evaluación de lo alcanzado durante la estancia migratoria ante la perspectiva del retorno definitivo. Tan soterrado se encuentra este en el discurso público bajo la concepción de la migración qua inmigración que el propio término “migración de retorno” parece aún hoy día un tanto forzado, como superpuesto a una realidad sociológica, tal vez como se ha hecho aquí con la célebre “Mujer Angel”.

De cierta manera, un creciente interés académico en el retorno como un subcampo de los estudios inter y multidisciplinarios de la migración, va a coincidir en los noventas con el examen del impacto social y cultural del neoliberalismo y la globalización. La interrelación de ambos fenómenos, migración y globalización, no es accidental. Se ha observado que un incremento en los flujos comerciales se corresponde a través de la historia con mayores flujos migratorios, como dos caras de la misma moneda, tema sobre el que las respectivas bibliografías de la globalización económica y de la migración tras fronteras ofrecen numerosos ejemplos (McVey). Algo semejante se puede argüir con referencia al efecto boomerang de la colonización y del intervencionismo militar alrededor del orbe. En uno de sus últimos libros, Žižek ha resumido esta perspectiva crítica de la siguiente manera: “[w]hile large migrations are a constant feature of human history, their main cause, in modern history, is colonial expansions […] it was colonial occupation that threw off the rails [a] traditional way of life and which led to large-scale migrations (not of course, forgetting the other related force migrations of the slave trade)” (109). Su panorámica afirmación sobre los flujos migratorios a través de la historia permite contextualizar episodios específicos del fenómeno a nivel global, así como aludir al aspecto económico que se pretende resaltar aquí y que no se puede separar de formas contemporáneas de colonialismo y dependencia. Virando hacia el contexto latinoamericano que nos ocupa, en especial del último cuarto del siglo veinte, en un escenario de intensa “producción” de sujetos migrantes y refugiados, no se puede obviar el papel jugado por la agudización de conflictos internos —inestabilidad política, dictaduras, guerras civiles, inseguridad pública, etc.— dentro del espectro de “factores de empuje”. Así, el migrante motivado por estrictas razones laborales, o de índole económica, que ve en una inserción laboral transnacional no UN recurso, sino EL recurso hacia la sustentabilidad económica o hacia una proyectada movilidad social, el refugiado y el exiliado van a conformar una misma realidad de desplazamientos poblacionales hacia afuera y a través de la región. En su heterogeneidad, van a experimentar también diferentes grados de asimilación a la sociedad receptora. Como es lógico esperar, la relación entre las posibilidades de retorno del refugiado y del migrante laboral o económico resulta inversamente proporcional. Sin embargo, para algunos investigadores, lo que más ha motivado la actual atención académica al retorno o remigración ha sido la reciente crisis de refugiados en Europa, debido, sobre todo, a la búsqueda de nuevos modelos de recepción (Klinthäll 1). Si entre un 50 a un 80% de los migrantes laborales o económicos a nivel internacional terminan regresando a sus países de origen, la necesidad de voltear hacia la migración de retorno se impone por sí sola. De hecho, se ha reportado que hasta un 85% de un millón de griegos que emigraron a Alemania (entonces Occidental) entre 1960-1984 regresaron a Grecia (Glytsos 525).

El retorno o remigración es, pues, una realidad tan masiva y contundente como la emigración. Su estudio actual contrasta diversos modelos teóricos y abordajes para sondear un fenómeno que no se agota en los temas de la agencia económica o los cálculos y la toma de decisiones racionales a nivel individual o grupal, como parecerían haberlo conceptualizado los primeros esquemas de corte economicista clásico. De estos, a la aplicación de las teorías de redes y algoritmos de análisis de grupos se abre un juego de posibilidades heurísticas en el examen de los múltiples factores y relaciones que intervienen en la migración de retorno. Al cerrar el presente dossier, este posfacio se limita a ofrecer un esquema interpretativo entre fronteras disciplinarias, buscando conectar diferentes objetos de estudio, información estadística, producción cultural y parcelas epistemológicas. Mi cometido es el de complementar, a ese respecto, algunas de las conclusiones ofrecidas por los ensayos que componen el dossier —el cual se propuso acercarse a dicho fenómeno desde el punto de vista regional—, lanzar algunas preguntas en busca de respuesta desde la pertinencia disciplinaria o interdisciplinaria y glosar algunos testimonios de exmigrantes como una pequeña muestra empírica en espera de ser ampliada. Demás está decir que la realidad del retorno se escamotea en el debate migratorio estadounidense, pudiendo suponerse con el propósito de exacerbar una posición anti-inmigrante en la opinión pública, como veremos. De lo cual se deriva la importancia no solo académica sino política de reconocerlo y abordarlo, así mismo, como objeto de estudio.

En relación a la migración mexicana en particular, en la cual nos enfocaremos principalmente por su duración y magnitud, los mayores factores causales son de sobra conocidos: la insaciable necesidad de mano de obra barata por el lado estadounidense, en tanto gigantesco factor de jale —que comenzó, de hecho, en las postrimerías del siglo diecinueve—, frente a la imperiosa necesidad de mejores ingresos y ocupación laboral, como el gran factor de empuje por el lado mexicano. En teoría se trata, pues, de un tema de “capitalización” recíproca (con respecto a cada contexto nacional) que no ha encontrado el marco legal transnacional adecuado que lo imagine, reglamente y haga funcionar en tanto mercado laboral transnacional que es: para el empleador estadounidense, ganancia neta por reducción de costos de mano de obra, frente a ganancia comparativa por mayor salario para el trabajador mexicano transnacional. Las razones del impasse, por supuesto, exceden el ámbito de lo económico. Así se trate de dos de las once mayores economías del mundo, tal reciprocidad se produce y retroalimenta en la desproporcionada brecha que separa las respectivas economías y escalas salariales. Según cálculos conservadores, la diferencia entre el salario mínimo en los EEUU (US$ 7.25) y México (US$ 0.61) es de más de 7 a 1. Considerado el retorno a gran escala, y en ausencia de una tácita relación contractual transnacional entre empleador y migrante —documentado o no—, cabe preguntar ¿qué sucede con dicha capitalización cuando el migrante vuelve a su país? Haya sido una experiencia migratoria “exitosa” (en cumplimiento de ciertos objetivos económicos) o fallida o, inclusive, traumática, como es el caso para miles de migrantes maltratados, agredidos y humillados, ¿puede la experiencia migratoria ser “capitalizada” por el propio migrante o por su red social y producir, a su vez, una dimensión económica?

Plantearlo así precisa no de transferir sino de ampliar el tema económico para abarcar el ámbito estrictamente laboral en que se inscribe el trabajador transnacional, así como el de lo social, cultural y educativo en general (formal e informal); ahí en donde Pierre Bourdieu hablaría de conversión del capital económico en otras formas de capital (cultural, social o simbólico). Para destacar la dimensión subjetiva inherente a la experiencia migratoria, en tanto sedimento o base de la siguiente etapa de vida del retornado, adaptamos para este propósito el concepto de “capital humano”, popularizado en los sesentas por el Nóbel de Economía 1992, Gary S. Becker. Conscientes de su inherente reificación de relaciones y procesos (y hasta de su cierta laxitud conceptual), se pretende aludir con él al impacto (económico, cultural y social) que la repatriación o la reintegración tiene en los exmigrantes mismos, como en las comunidades emisoras primero y receptoras después, es decir, “emi-receptoras” (permítase el término para indicar la doble función que asumen estas en el proceso de emigración y retorno).

La migración de retorno

You won't have your names when you ride the big airplane,
All they will call you will be "deportees"
Woodie Guthrie,
“Plane Wreck at Los Gatos”

Con respecto al concepto de remigración o migración de retorno, lo primero que hay que aclarar es que hace referencia a varios fenómenos a la vez, desde la migración de corto plazo o por contrato, el retorno voluntario o repatriación y la migración circular, hasta el retorno “forzado” u obligado por razones legales, remociones y deportaciones. La migración de retorno es una realidad global, aunque pareciera ser un fenómeno mucho más común en Asia por las dimensiones que alcanzan en ese continente los programas de trabajadores internacionales invitados (guest worker programs). No solo los países del Lejano o Medio Oriente superan en número la política del retorno a nivel mundial, sino que algunos, como Malasia, imponen récords en ese sentido (Xiang 2). Uno de los cambios de política en varios países respecto a tales flujos migratorios es que no se ha promovido una política de freno o bloqueo a la migración per se (otra cosa serían las más recientes crisis de refugiados en algunos países centro-europeos), sino una estrategia de regular la movilización mediante la movilización misma. En consecuencia, se limitan las estancias de trabajadores extranjeros, se retienen parte de los salarios a ser entregados al término de la estancia, se prohibe su retorno y, en suma, se alienta una política de puerta giratoria: “one in, one out” (3).

Las preguntas básicas de quién, cómo, cuándo y porqué decide regresar han originado las líneas de investigación fundamentales, comenzando por la crucial acerca de la agencia del propio migrante en la acción de remigrar. La diversidad de factores que intervienen en el retorno es considerable: ¿término de contrato, ausencia de las oportunidades laborales esperadas, agotamiento de las mismas, motivación personal o pérdida de esta, factores externos no previstos, falta de o inviabilidad de recursos, motivos familiares, dificultades de adaptación al nuevo entorno, planeación individual, hostigamiento, objetivos cumplidos, grado de preparación para el retorno, incumplimiento de contrato, motivos de salud? Para el análisis respectivo, se hace necesario extender el radio de las variables y factores en juego tras de la aparente uniformidad del concepto de retorno; ello con el fin de hacer justicia a la diversidad de tipos y razones para el mismo. Inclusive, se podría considerar que el retorno resulta mucho más diverso que la emigración, aún considerando acciones tales como solicitar asilo político o refugiarse legal o clandestinamente.

Los abordajes que han predominado en el estudio del retorno, a saber, el neoclásico, enfocado en las ganancias comparativas, el de la nueva economía de la migración laboral (NELM), el estructuralista o contextualista y el trasnacionalista han intentado explicar cómo y por qué algunos migrantes regresan y otros no y por qué algunos de los retornados se convierten en agentes de cambio en sus comunidades o sociedades de origen y otros terminan reforzando la estructura social, económica y axiológica existente (Cassarino, “Theorising”270). La tipología que Francesco Cerase propuso a mediados de los setentas, en su estudio sobre retornados italianos del sur provenientes de los EEUU, constituye todavía un acercamiento útil a la problemática en cuestión. Cerase identificó cuatro amplias categorías o tipos de retornados: a) el que retorna por haber fracasado en sus expectativas o no haber logrado una integración a la sociedad receptora; b) el que retorna después de haber conseguido sus metas económicas, pero no está interesado en producir ningún cambio en la sociedad de la que salió y a la que regresa, sino al contrario, en la preservación del status quo, aunque desde una posición económica personalmente más ventajosa; c) el que retorna solo para jubilarse, después de haber adquirido alguna propiedad; y d) el innovador, esto es, el que retorna como agente de cambio potencial, aquél consciente de las destrezas y habilidades aprendidas durante su experiencia migratoria, que ha logrado conjuntar un cierto capital con sus ahorros y que considera que la sociedad de la que emigró ofrece mayores oportunidades para satisfacer sus expectativas que la sociedad receptora. Sobre el particular, Cerase consideraba que tales expectativas eran poco probables de ser cumplidas, dada la estructura de poder y la correlación de intereses y fuerzas imperante en la sociedad emisora, todo lo cual impediría que el retornado innovador se convirtiese en un efectivo agente de cambio social, económico o cultural (251). Como veremos a continuación, en cierta forma, lo que subyace a esta tipología es la cuestión del capital humano y el capital social en el examen de cómo el sujeto migrante interactúa con su nuevo entorno y con la sociedad emi-receptora, tras su retorno.

Ante la escasez de estudios empíricos sobre el retorno en el contexto latinoamericano, se hace preciso indagar en la evidencia anecdótica como un primer punto de partida. Extrapolando la tipología de Cerase a testimonios de exmigrantes mexicanos y a la representación de la experiencia migratoria en cierta producción cultural, en sí misma un índice de recepción social, se puede constatar su utilidad en el mapeo del fenómeno. Entre los testimonios recabados por quien esto escribe en los estados de Jalisco, México y Yucatán se encuentra el caso de un exmigrante de sexo masculino cercano a los cincuenta años de edad, quien tuvo una experiencia de menos de ocho meses como migrante indocumentado en Arizona a finales de los noventas. Regresa a Guadalajara por motivos familiares, sin haber conseguido ninguno de sus objetivos económicos. Su caso representa el primero de los tipos de retornados identificado por Cerase. Su corta estancia —consistente con el 95% de los migrantes mexicanos hasta la década de los noventa (Passel et al. 23)— y las razones de su retorno, comprobarían el hecho de que es más probable que el migrante regrese si tiene familia y no puede llevarla consigo o, en su defecto, enviar por ella. Un aspecto de interés en este testimonio sería la confirmación de la supuesta actuación discrecional de las autoridades migratorias estadounidenses. Según el relatante, poco después de haber ingresado a territorio estadounidense como parte de un pequeño grupo de migrantes, el grupo fue sorprendido por oficiales del Servicio de Migración en la casa que el pollero y sus socios usaban como estación de distribución de los migrantes hacia sus respectivas rutas. Las autoridades detuvieron al pollero, pero dejaron ir a los migrantes. Al preguntarle sobre porqué creía que no los habían detenido y deportado a ellos, el exmigrante explicó que otros trabajadores le habían dicho durante su estancia en Arizona que cuando los agricultores en California requerían de mano de obra, por ejemplo durante la cosecha, de alguna manera se lo hacían saber a las autoridades migratorias y, al parecer, estas relajaban su labor de freno total a la migración indocumentada. Este tópico ha sido siempre negado por las autoridades estadounidenses, pero circulado entre migrantes y exmigrantes a través del tiempo, como aspectos encontrados de los marcos legales, las políticas migratorias y las necesidades reales de la economía estadounidense.

En contraste, el relato de su hermano mayor sobre su propia experiencia migratoria, cabría dentro del segundo tipo identificado por Cerase. También casado, aunque sin hijos, regresaría meses después que su hermano, pero tras haber pasado más de siete años trabajando en la construcción de casas-habitación. Su patrón, inclusive, le había dicho que le ayudaría a legalizar su estancia, pues estaba muy satisfecho con la calidad de su trabajo. No obstante, su regreso fue precipitado por razones de salud. Como la mayoría de trabajadores indocumentados, no contaba con un seguro médico para atenderse lo que resultó ser una diabetes peligrosamente descuidada. Durante todo ese tiempo en Arizona, había logrado comprar una bodega en un mercado de Guadalajara con sus envíos de dinero a su padre, casi siempre por medio de su red social, parientes y amigos. Al retornar, y con el resto de sus ahorros administrados por su esposa, había comenzado un pujante negocio de alimentos preparados en el pueblo del sur de Jalisco en donde a la fecha continúa viviendo. Al preguntársele porqué no había decidido establecer un negocio más acorde a la actividad laboral a la que se había dedicado como migrante, dado el amplio repertorio de destrezas adquiridas, explicó que a pesar de las casas mandadas construir por migrantes en la localidad, dicho pueblo estaba lejos de experimentar el boom inmobiliario que él había observado en Phoenix, además de que los materiales eran muy distintos. Su conocimiento técnico en el ramo de la construcción le resultaba menos redituable en su entorno que volver a dedicarse a la agricultura en pequeña escala, algo que él ya había hecho antes de emigrar, y al negocio relacionado de preparación de alimentos que, de hecho, generaba empleo también para su esposa y algunos familiares de ella. En su caso, el conocimiento técnico aprendido durante su experiencia migratoria, no había encontrado las condiciones propicias para ser aplicado o transferido a la sociedad emi-receptora como capital humano, pero le permitió reinsertarse en la actividad económica local a través del ahorro.

Como lo plantea el tercer tipo de retornante identificado por Cerase, en muchos casos el regreso se da al final del ciclo vital y/o laboral propiamente dicho. El exmigrante que retorna para jubilarse y vivir en alguna propiedad adquirida, o acondicionada mediante sus envíos de dinero, estaría representado por un tío de los dos exmigrantes antes mencionados. Esta persona había vivido la mayor parte de su vida adulta en el sur de California y adquirido, décadas atrás, la nacionalidad estadounidense. A edad avanzada, y en fase terminal de una grave enfermedad, regresa a su pueblo natal, también en el sur de Jalisco, para cumplir su deseo de ser enterrado ahí. Su retorno, como el del fenómeno sociológico que representa sería, a su vez, el sustento material de cierta concepción metafórica que se tiene de las poblaciones emi-receptoras. Entre los estados mexicanos del centro-occidente que, desde principios del siglo veinte, han alimentado la migración hacia los EEUU, se hallan pueblos con una asombrosa estabilidad demográfica, los cuales parecen cumplir un destino ineluctable como cuna y cementerio de migrantes. Una alegoría perversa de este fenómeno social lo representaría la trama de la película The Three Burials of Melquiades Estrada (2005) escrita por Guillermo Arriaga y dirigida por Tommy Lee Jones, en la que el retorno sería efectivamente eterno, pero fuera de toda concepción nietzscheana.

Finalmente, la categoría de innovador podría estar ejemplificada por dos exmigrantes que, durante la llamada Gran Recesión estadounidense (2008-2014), regresan a México. En el primer caso, a su hogar en una zona conurbada y de alta marginación de la Ciudad de México, habiendo pasado dos años en Nueva York y siete en Columbus, Ohio, trabajando como pintor durante el día y en la limpieza de oficinas por la tarde-noche. En su testimonio, se declaraba orgulloso de haber logrado, con sus transferencias electrónicas, costear los estudios de enfermería de su hija menor, comprado maquinaria para iniciar un negocio de reciclaje de plásticos y de fabricación de bolsas de vinilo, además de haber adquirido un camión semi-nuevo para ese mismo negocio, en el cual participaban ya dos generaciones de su familia (su madre, hermanos, esposa e hijos). Estaba consciente de haber conseguido ciertas metas personales a través de su experiencia migratoria e, inclusive, haber influido en el cambio de práctica de desecho de materiales plásticos entre los dueños de los comercios de la zona en que operaba. Su caso puede ser explicado también por la teoría de la nueva economía de la migración laboral (NELM): el regreso no significaría fracaso, sino lo opuesto. El segundo caso de retornado innovador estaría representado por el único de este pequeño grupo de exmigrantes que cuenta con estudios universitarios. De hecho, obtuvo un doctorado en estudios agrícolas en los EEUU y una experiencia laboral que incluyó la docencia de tiempo parcial y una temporada como administrador en Walmart en donde, según su relato, aprendió bastante de los sistemas altamente automatizados de esa cadena comercial, como por ejemplo en el surtido y distribución interestatal de mercancías. No habiendo obtenido el puesto académico ideal durante la recesión estadounidense y, a fin de estar cerca de sus hijos, regresa al sureste mexicano, mas no al lugar del cual es originario sino a Mérida, la ciudad con mayor oferta educativa de la región. En su difícil reintegración, se enfrentó a lo que considera inercias negativas y exceso burocrático en dependencias gubernamentales y universidades locales y regionales. Admitiendo determinación y persistencia propias, aunado al capital social representado por su red de contactos, logra conseguir una posición directiva en uno de los proyectos más ambiciosos de articulación de la investigación científica con el sector empresarial en el país. Hoy día, como participante del Parque Científico y Tecnológico de Yucatán, colabora en proyectos ganaderos y agrícolas ofreciendo asesoramientos técnicos diversos y promoviendo una política de sustentabilidad en esos sectores productivos, a la vez que una reducción de la preocupante contaminación de los acuíferos en el estado.

En ambos casos de exmigrante innovador, se encontraría el núcleo de una contra-narrativa de aquélla que, a semejanza del naturalismo positivista de un siglo atrás, presupone la inevitable reproducción de la marginación en los migrantes mexicanos que hacen los trabajos que los ciudadanos norteamericanos no quieren hacer, según arengaba el entonces alcalde de Los Angeles, Antonio Villaraigosa, a los manifestantes de “Un día sin mexicanos” en 2007: “We clean your toilets. We clean your hotels. We build your houses. We take care of your children” (Castañeda, Ex Mex 119). Según la visión fatalista de esa narrativa, no se podría esperar un mejoramiento de la vida de aquellos migrantes que experimentan hasta una doble o triple marginación en la sociedad estadounidense y que son forzados a regresar. Como se puede colegir de las narrativas testimoniales mencionadas, la heterogeneidad de la experiencia migratoria mexicana reciente obliga a construir esquemas interpretativos más cercanos a la realidad de quienes, en muchos casos, aprenden a vivir con poco más de la mitad de lo que perciben para remitir el resto. La proporción promedio de remisión de poco más del 10% del salario que devengan, según datos del CEMLA, incluiría a quienes envían menos de ese porcentaje o ya dejaron de enviar (Leyva). Y, en ese sentido, cabría preguntar si tales prácticas de ahorro y administración de recursos, así como estrategias, hábitos, destrezas, técnicas diversas aprendidas durante la estancia migratoria, son transferidas o transferibles al contexto emi-receptor y, si es así, por cuánto tiempo. O si, por el contrario, son cambios de conducta o influencias que, paulatinamente, se pierden, caen en desuso, o no es posible continuar ejerciéndolas en este último. Cuestiones que, de cierta forma, se encontraban ya en la investigación sobre los retornados por parte del fundador de la antropología mexicana, Manuel Gamio, en su Mexican Migration to the United States (1930).

Como ha analizado Jean Cassarino, los modelos teóricos que, al presente, intentan explicar la migración de retorno, consideran de manera diferente al retornante (“Debates”). Subyace a dichas teorías un criterio eficientista sobre la emigración y la remigración como estrategias económicas. Lo fundamental podría ser evaluar la experiencia migratoria en su relación con el contexto emi-receptor: ¿es quien retorna el que tiene éxito, al cumplir debidamente un ciclo laboral de corto o mediano plazo y, con él, sus objetivos económicos, o quien fracasa y por eso mismo vuelve? Sin duda, la evaluación del retorno es también un asunto de acuciantes repercusiones políticas. Toda sociedad emi-receptora genera marcos evaluativos al respecto. En muchos casos, la emigración puede ser, más que tolerada, fomentada por los gobiernos locales con el fin de lidiar, de manera temporal o indefinida, con realidades económicas adversas tales como la depresión económica, la ausencia de crecimiento, los desastres naturales, el desempleo crónico o los estragos generados por conflictos internos o externos. Lógicamente, en este escenario la emigración se convierte en una válvula de escape social y económica para postergar o evitar estallidos sociales. En un contexto de sobrepoblación, el caso de la migración japonesa al Brasil en la primera mitad del siglo pasado resulta ilustrativo. De hecho, como piedra de toque de una implícita política cultural, el discurso de un Japón global consideraba la emigración como coadyuvante al engrandecimiento del imperio, más que un debilitamiento por sangría poblacional. En consecuencia, a la posibilidad del retorno del migrante se anteponía en él una apreciación positiva de la permanencia en el extranjero. Así, los órganos informativos de la comunidad diaspórica japonesa establecida en territorio paulista, la mayor en el exterior, y con conexiones con el gobierno japonés, consideraban a quienes expresaban un deseo por regresar como contrarios a los intereses de un supuesto proyecto transnacional nipón. Para la corriente de opinión que representaban, el deseo de regresar era entendido como una debilidad personal y, más aún, como una “enfermedad” (Sasaki 24-25). Por ende, ese migrante con deseos de regresar era considerado como un fracasado y como un elemento nocivo. La “enfermedad” del retornado se relacionaba con la sintomatología mental de quien carecía de la disposición (carácter, coraje, entereza, etc.) de desplegar las esencias nacionales por el mundo, incluyendo un inclaudicable sentido de japonidad capaz de trascender las fronteras nacionales. En ese contexto, regresar implicaba ser atávicamente conservador. Por contraparte, ser progresista implicaba involucrarse, de forma productiva, con el proyecto de una pujante y próspera comunidad japonesa en el exterior (25).

Durante la mayor parte del siglo veinte, el caso mexicano resulta muy diferente del japonés en varios aspectos. La política cultural emanada del discurso nacionalista posrevolucionario estuvo marcada por una evaluación negativa del fenómeno migratorio, al implicar una relación de cooperación con la figura antagónica representada por los EEUU. Hasta los sesentas, cuando el vecino del norte pasó a ser considerado el más importante socio comercial, el emigrado y sus descendientes habían sido percibidos como dándole la espalda al país y ofertando su trabajo al poderoso vecino, en lugar de contribuir a la fundación del México moderno. Una excepción de esta percepción social serían los braceros, participantes en el programa de cooperación binacional (1942-1964), y con frecuencia representados en la producción cultural (sobre todo en el cine y la literatura) como víctimas de ambos países. En cuanto a los retornados, y como se desprende de su respectiva representación cultural, esta estaría caracterizada dentro de un rango que iría de la desconfianza (en la literatura de Agustín Yáñez u Octavio Paz, por ejemplo), a una cierta ambigüedad (como en el caso del pachuco extraño, pero gracioso), a la crítica constructiva, entendida como reeducación del retornado en los “valores nacionales” y las “buenas maneras y costumbres”. Hay pocos casos de abierta hostilidad o franco rechazo al tipo de mexicanidad periférica que aquél representa. Esta genealogía representacional del migrante se modifica, de nuevo, a partir del periodo neoliberal y de la entrada en vigor del TLC (NAFTA). En medio de los efectos masivos de la reestructuración económica y de los estragos del llamado “error de diciembre” (1993) cuando, a la vuelta de milenio, el número de migrantes hacia los EEUU alcanza la cifra sin precedentes de 400.000 al año, el mexicano en el norte va a suscitar otros afectos y generalizadas muestras de solidaridad. El seductivo tropo de un México transnacional iría adquiriendo visos de realidad como nunca antes. De hecho, 43% de la población admitiría en 2012 conocer a alguien o tener un pariente en los EEUU (Gonzalez-Barrera 8).

De la misma forma que la sociedad civil, el Estado mexicano tuvo que reconocer la centralidad del fenómeno migratorio en términos estratégicos, adoptando políticas reactivas, enmiendas constitucionales —la más importante de las cuales admitió la doble e, inclusive, múltiple nacionalidad (1997)— y esquemas de intervención pro-migrantes a través de varias secretarías, la red de consulados y el servicio de aduanas. De forma dramática, el migrante pasa a ser caracterizado de forma superlativa en la reactualización del discurso sobre la migración por parte del gobierno del presidente Fox (2000-2006). Los migrantes son, en tal coyuntura, los “nuevos héroes” de México, país al que las estadísticas internacionales de la emigración situarían como el principal exportador de recursos humanos del orbe (10.62% de su población total), superando aún a los mayores captadores de remesascomo la India (0.97% de su población total) y China (0.62% de su población total) (Cervantes 6). El giro discursivo del migrante otrora vilipendiado como “poco mexicano”, al migrante alabado como salvador del desastre económico, aderezaba de forma retórica los nuevos indicadores financieros: las remesas ascendían hasta convertirse en el segundo rubro de ingresos del país después del petróleo y, en 2006, alcanzarían la cifra récord de 23 mil millones de dólares. Y aunque tal cantidad representaría menos del PIB en comparación con otros países latinoamericanos, en esa relación entre tamaño de la economía nacional, remesas y PIB superaría en 5% la inversión directa extranjera en México en 2011 (Cervantes 5). Es decir, las remesas representaban una especie de justicia poética de las asimetrías de la globalización. En cierta forma, constituían una inusitada intervención desde abajo (o de “los de abajo” contemporáneos) en el añejo “arreglo neocolonial” entre ambos países. Sobre todo, contribuían a equilibrar, de facto, la balanza de pagos nacional no solo frente a la fuga de capitales, sino también frente a los gigantescos réditos y beneficios económicos de las transnacionales en México. No obstante que, como se deduce de la demanda en 1997 contra Western Union, Money Gram, etc., las compañías estadounidenses también hicieran, en ese entonces, pingües negocios con las remesas en una proporción de $42 por cada $500 enviados o tres veces más del costo de la transferencia electrónica a Canadá (Pescador). A semejanza de las propias transnacionales, los desempleados y arruinados por la “revolución neoliberal” “recomendada” por el llamado Consenso de Washington y los organismos financieros internacionales (FMI, Banco Mundial, etc.) ante las repetidas crisis de la economía mexicana durante la “década perdida”, se convertían, de manera masiva, en agentes económicos de a pie operando tras fronteras.

En tal coyuntura, el objetivo del discurso foxista no era el de incentivar el retorno o la repatriación, en analogía con el caso japonés, sino al contrario, adoptar una política migratoria más abierta del lado mexicano y coadyuvar a colocar al centro de la agenda binacional una posible reforma migratoria en los EEUU. En contraste con su larga tradición no intervencionista, el gobierno mexicano adopta una posición proactiva en el debate migratorio en ese país tras de la “enchilada completa” propugnada por Fox. Con esta metáfora culinaria se indicaba la posición de su gobierno frente a una reforma migratoria que incluyera tanto una significativa ampliación de programas de trabajadores invitados o temporales, como la regularización de los migrantes indocumentados. Proyección que el impacto político de los atentados terroristas del once de septiembre acabó por sepultar o, como supone retrospectivamente el entonces ministro de Relaciones Exteriores, Jorge G. Castañeda, sirvió de pretexto para postergar una reforma migratoria en los Estados Unidos de forma indefinida (Ex Mex 93).

El factor económico (la importancia de las remesas) como subtexto en el discurso y la política cultural oficial es también, a nivel de las comunidades emi-receptoras, el más influyente en la percepción que se genera del proceso de reinserción de los retornados. En Jalisco, con una de las más antiguas y multitudinarias historias de migración a “El Norte”, la migración continúa siendo evaluada en esos términos por las comunidades respectivas, sean rurales o urbanas. Si la percepción grupal es la de que los objetivos del retornado no se lograron, el juicio colectivo tiende a ser severo: “regresó como se fue” o “volvió peor de como se fue” o “mejor ni se hubiera ido” implicando con ello una cierta pérdida de estima por el sujeto en cuestión. La divulgación del “fracaso” de un migrante en particular, a su vez, sirve de exemplum al resto de la comunidad y como una especie de relato de aprendizaje, acicate y/o advertencia a migrantes potenciales. Más allá del predominante aspecto económico, el migrante es examinado, así mismo, en relación a muchos otros criterios: comportamiento, actitud, consumo, valores, habla, etc., con lo cual la experiencia migratoria entra en una nueva fase de reestablecimiento de vínculos y reintegración comunitaria no siempre fácil para todas las partes implicadas. La pregunta básica que se hacen los grupos respectivos (familiares, socios, amigos, etc.) en dichas comunidades emi-receptoras es acerca del grado de cambio experimentado por el sujeto. Esto es, ¿cómo la experiencia migratoria de corto, mediano o largo plazo modificó la subjetividad y los valores del ahora exmigrante? Esta recepción, a su vez, y la psicología adaptativa de los exmigrantes constituyen otro campo de los estudios del retorno.

Por ello, y dependiendo de la duración de su estancia en el país húesped, la reintegración también constituye una fuente de estrés para los exmigrantes y sus familias. En la última década, esto ha sido objeto de estudios psicológicos, enfocados tanto en los mismos retornados como en los miembros de la segunda generación, en el caso de aquellas familias que deciden o son obligadas a retornar (el Censo General de Población de México de 2010 indica que casi la mitad de los retornados en la década previa lo había hecho con toda la familia [Passel et al. 17]). Este es todavía un campo en desarrollo y con necesidad de teorías que exploren la problemática particular de la transición del país húesped al de origen. El de Nan Sussman sobre el cambio de identidad cultural ha sido uno de los modelos más empleados por los investigadores interesados en la sintomatología psicológica que experimenta el exmigrante a su retorno. Sussman identifica cuatro tipos de estrategias adoptadas por este en relación a su identidad cultural —sustractiva, aditiva, afirmativa e intercultural—, las cuales se generan en el reconocimiento implícito de la discrepancia que encuentran entre la cultura de la sociedad huésped y la emi-receptora. Cada uno de estos tipos indica en qué medida el retornado experimenta una mayor o menor dificultad psicológica en su proceso de readaptación. Al volver, muchos exmigrantes descubren que se sienten diferentes y como si no estuviesen “en casa”, al grado de considerar más difícil el proceso psicológico de reinserción a la sociedad de origen que la misma adaptación a la sociedad húesped en la primera fase de su experiencia migratoria. En un estudio sobre retornados turcos, la estrategia intercultural que, en el modelo de Sussman, representaría la adopción de una identidad propiamente “intercultural”, en la cual se experimenta un retorno sin complicaciones y se es capaz de navegar las diferencias culturales con facilidad, resultó el tipo menos frecuente entre los sujetos que conformaron el estudio (Kunuroglu 18). Los investigadores lo atribuyeron al hecho de que las normas culturales en Turquía son muy rígidas y admiten pocas desviaciones, no solo de costumbres y valores, sino también lingüísticas (18). En marcado contraste con la sociedad turca, en Hong Kong habría una más flexible aceptación de los repatriados por su larga tradición migratoria y convivencia multicultural.

Ahora bien, en esa discrepancia que encuentra el exmigrante entre la sociedad húesped y la emi-receptora, la problemática cultural que enfrenta el retornado innovador resulta de particular interés con miras al estudio del impacto social y económico de la remigración. Obliga a considerar, pues, la interacción de los exmigrantes con el entorno emi-receptor, el cambio cultural y social en dicho entorno y el papel que desempeñan, en el mismo, los procesos y relaciones sugeridas por conceptos tales como capital humano y capital social. Abordar el retorno en términos de “capitalización” supone indagar si la circunstancia de aquellos que se han preparado para el retorno luego de una estancia en el exterior de 4 a 15 años (Cassarino, “Theorising” 273), y que, en su inserción laboral y adaptación individual a un contexto cultural diferente han adquirido destrezas, conocimientos, patrones de pensamiento, competencia bilingüe, o dicho de otra manera, una cierta especialización técnica o administrativa, no constituye una variable (capital humano) equivalente a una “ganancia” (brain gain) en términos de desarrollo social. En un planteamiento optimista, ¿es este fenómeno la contraparte de la fuga de brazos y cerebros (brain drain), en que se genera una pérdida de personal calificado y de fuerza laboral no calificada en el proceso de transferencia social de los países del tercer al primer mundo vía la migración? Y si fuese así ¿cómo canalizarla como puntal de desarrollo a nivel comunitario?

La cuestión del capital humano y social en los estudios sobre la migración

The question is whether we want to import more produce from abroad,
Or more workers from abroad to pick our produce
Tamar Jacoby

He aludido páginas atrás al hecho de que, en la longue dureé del capitalismo por el mundo, la actual constituye solo la fase más reciente de esa relación proporcional que se ha dado en la era moderna entre intercambio comercial a nivel mundial (la globalización) y flujos migratorios entre países y regiones. En ese sentido, la migración como tema de debate y estudio resulta un efecto cultural de la propia globalización. Sobre todo en las sociedades receptoras se ha configurado en una arena en la que se confrontan valores, identidades, ideologías, epistemologías y hasta concepciones de mundo. En el contexto estadounidense de las últimas décadas, también como efecto cultural de aquélla y del impacto social del capitalismo actual a nivel local, se ha convertido en uno de los tres o cuatro temas fundamentales del debate público. La migración figura como parte de una discusión sobre el presente y, claro está, sobre el futuro de la nación. Por esta razón, los estudios de la migración adquieren una gran relevancia social y hasta cierta urgencia. La investigación académica del demógrafo, el sociólogo y el antropólogo de la migración no espera su rescate o interpretación futura, sino que se ve absorbida y traducida con celeridad por los medios y, en un plazo asombrosamente corto puede encontrarse aplicada en acción social, sea política o económica.

Dada esta carga ideológica, resulta poco menos que una ilusión tratar el tema “objetivamente” o recurrir a la “neutralidad ideológica” de números y estadísticas. En la coyuntura actual, los números se relativizan en términos políticos; carecen de validez absoluta. Cómo se obtienen esos números, quién los maneja y para qué es la verdadera cuestión. A lo cual se puede agregar la pregunta de: ¿quién los patrocina? Inclusive, para algunos sectores de la población estadounidense, las cifras de los especialistas sobre la migración son como los datos o evidencias esgrimidas por los científicos sobre el cambio climático, apenas una “opción” o “alternativa” para creer o autopersuadirse. Si se menciona que la tasa de criminalidad entre los migrantes es menor que la de la población nativa, ipso facto se ofrece el contra-argumento de que los migrantes aumentan la delincuencia y el crimen en las comunidades. Además del desempleo entre algunos grupos (Borjas et. al.). Como en épocas bastante remotas, la “realidad” se esconde de datos y evidencias empíricas. Por lo tanto, no puede ser “revelada” por metodologías científicas, siendo perceptible, en última instancia, a la fe o a la muy individual y propia voluntad de creer. Así, las cifras sobre el impacto positivo de la migración sobre la economía pueden pesar menos que alegatos retóricos o demagógicos. No extraña que el debate migratorio en términos políticos se encuentre en un impasse y que el asunto mismo sea, como ha afirmado Jorge G. Castañeda “always intrincate, on occasion intractable, eternally irritating, and sometimes incomprehensible” (Ex Mex 190).

La formulación sobre ese impacto económico de la migración en los medios tiende a orientarse hacia el examen de las pérdidas y ganancias, los costos y beneficios: ¿qué gana y/o qué pierde la sociedad receptora con el arribo de migrantes de otros países, sean definitivos o temporales, documentados o indocumentados? La evidencia positiva acumulada en las sociedades desarrolladas ha sido considerable, en términos tales como la apertura de nuevos negocios, la ganancia de una migración especializada o con recursos económicos, el abaratamiento de los servicios y productos e, inclusive, una mayor productividad. En general, los migrantes, calificados o no, reactivan la economía, contribuyen a ella, generan empleos, sostienen los sistemas de pensiones, crean riqueza. En fin, las capitalizan. En el caso concreto de la migración mexicana de los EEUU, esta cabe dentro del mismo esquema interpretativo a nivel global. Como lo demuestra un estudio del Servicio de Estudios Económicos del BBVA-Bancomer, los mexicanos que laboran en los EEUU son responsables del 3.8% del crecimiento del PIB estadounidense, además de que por cada trabajador mexicano, independientemente de su estatus migratorio, se paga la pensión de cuatro jubilados de ese país (Albo y Ordaz 13-14).

Ahora bien, dado que la investigación académica sobre la migración no se abstrae de las implicaciones políticas del tema, como se ha mencionado ya, no es accidental que se obtengan resultados aparentemente encontrados casi en cualquier categoría. Se suman estudios que indican cómo la presencia de inmigrantes actúa en menoscabo de los salarios para el trabajador nacional, de saturación de los servicios, de costo al gasto público, de empobrecimiento de la calidad de vida e inseguridad de las comunidades —muchas veces segregadas— en que se establecen. Pareciera que las conclusiones antecedieran a la obtención de los resultados y, por ende, determinaran la adecuación de las metodologías empleadas. Dada la confrontación de datos y cifras en el plano económico, muchos estudios académicos de la migración han enfilado sus baterías hacia lo social. Sus conclusiones no reafirman la mencionada capitalización de la sociedad húesped, sino su afectación. En esta perspectiva conservadora, el tema del capital social sustituye al capital económico o cultural (Bourdieu) y trasciende los acostumbrados cálculos de costo y beneficio para implicar profundas y/o inconmensurables connotaciones sociales y culturales. Esto es, ¿cómo la presencia de los inmigrantes altera o modifica el tejido social y, con el tiempo, la sociedad receptora misma? Uno de los argumentos que ofrecen algunos investigadores es que la falta de equipamiento cultural de los migrantes resulta en detrimento de la sociedad receptora. Guiados en el fondo por una ideología anti-inmigrante, explican cómo se deteriora el capital social en aquellas comunidades en donde se establecen los inmigrantes, negándose la obviedad de que toda adaptación toma tiempo y requiere de igualdad de oportunidades. El enfoque cortoplacista a través de categorías que anticipan sus conclusiones y prefiguran su objeto de estudio, refuerza ciertas preconcepciones y ansiedades sociales del grupo mayoritario, tanto como la urgencia de la acción.

Así, cuando uno de los teóricos del concepto de capital social, Robert D. Putnam, lo pone en relación con la inmigración, las conclusiones que extrae son, hasta cierto punto, predecibles. Intentando examinar su impacto en las comunidades receptoras, y mediante el uso de categorías tan neutrales como “trust or distrust of neighbors” en sus encuestas, “descubre” que la inmigración y la diversidad étnica obstaculizan o desafian la “solidaridad social” e inhiben “el capital social” en dichas comunidades. Por ello, en un trabajo anterior comenté al respecto:

What it comes as a surprise is the naiveté of researchers who apparently had expected that complete assimilation and effective intercultural knowledge and communication is produced instantly upon contact with other groups, as a sort of social osmosis. Their study does not hypothesize how the inhibition of social capital they find, if verified by other studies, can be diminished by the adequate participation of a diversity of social and political actors. (Corona 260)

La manera de conceptualizar el fenómeno es, por lo tanto, una manera no solo de entender, sino también de manipular la realidad. Al abordarlo como entidades o efectos aislados y privilegiar ciertas categorías por sobre otras, el estudio se condiciona de cierta manera. En realidad, no hay una neutralidad científica al respecto. Si el objetivo fuese mostrar, por ejemplo, cómo la diversidad étnica relacionada a la inmigración genera capital económico, social y cultural en las sociedades receptoras, es decir, cómo las “capitaliza” en el mediano o largo plazo, seguramente las categorías empleadas serían otras y las conclusiones distintas. El mismo planteamiento de pérdida de capital social en las comunidades receptoras arroja un tufillo de nostalgia por épocas supuestamente más armónicas y homogéneas, sin mencionar su parcialidad al hacerle el juego a los voceros anti-inmigrantes. Tal ideologización es una extensión, en el campo académico, del debate en los círculos políticos y sus aporías, socavando con ello la propia epistemología positivista en que se fundamenta la investigación. Es decir, un mismo objeto puede ser y no ser al mismo tiempo, la migración tiene a la vez un efecto benéfico y perjudicial como si, paradójicamente, se sembrara la incertidumbre a través de la producción de conocimiento.

En relación a la migración mexicana a los EEUU, la “capitalización” implícita en el fenómeno ha estado a la base de algunas de las principales formulaciones vertidas en el debate estadounidense, desde que los candidatos presidenciales Ross Perot y Pat Buchanan colocaran a la migración mexicana como tema infaltable e infalible de toda campaña política. Ahora bien, la pregunta sobre las ganancias y pérdidas para la sociedad receptora con la migración encuentra su contraparte exacta en los países emisores, al menos a nivel de retórica política: ¿qué gana o pierde la sociedad que envía migrantes? Un ejemplo sería el discurso del presidente mexicano Felipe Calderón (2006-2012), para quien la emigración equivalía a pérdida de recursos humanos, en contraste con su antecesor, el presidente Fox (Castañeda, Ex Mex 193). Para la sociedad emi-receptora, entonces, la cuestión es semejante pero de signo contrario: si la emigración es pérdida, ¿será ganancia el retorno?

Con respecto a la cuestión del capital humano, la problemática cultural que enfrenta el retornado innovador obliga a considerar la interacción de los exmigrantes con el entorno emi-receptor y la posibilidad de cambio social. Sobre todo, porque comparado con el tema de las remesas y su relación con el desarrollo, constituye un debate complementario de igual intensidad y relevancia para la sociedad emi-receptora. De hecho, el énfasis (celebratorio) en una correlación positiva entre aumento de remesas e incremento del PIB podría concebirse como encubriendo una concepción “parasítica” de desarrollo nacional, tácitamente articulado a la emigración y el envío de remesas, o dependiente de ellas. Esto es, no como un paliativo temporal en un periodo de crisis particular, sino como una política pública de plazo indefinido. En ese sentido, la pregunta fundamental sería: ¿es el mejoramiento de las perspectivas económicas de un migrante en particular y el impacto que esto tiene sobre la comunidad de origen un efecto que, multiplicado por cientos de miles de casos, equivale a una forma de desarrollo a nivel país o, por el contrario, un efecto que termina ahondando una dependencia económica y cultural retardataria de ese mismo desarrollo?

El caso de Chiapas, como uno de los estados mexicanos que se integró al fenómeno migratorio hacia los EEUU apenas en las postrimerías del siglo veinte, puede ofrecer una perpectiva poco alentadora al respecto, según un estudio reciente sobre el efecto macroeconómico de las remesas. “No obstante que es una de las entidades que mayor cantidad relativa y absoluta recibe en el país —concluyen los investigadores— estas no impactan significativamente más allá que el consumo corriente de los receptores” (López-Arévalo et al. 85). En su análisis de factores locales, aluden a la falta de condiciones propicias para que aquéllas constituyan un puntal de desarrollo o impacten el tejido productivo debido a la ausencia de políticas económicas adecuadas. Más aún, señalan que en esa entidad: “sesgan la producción hacia los sectores no transables, y ante la insuficiencia de oferta interna, los empleos que contribuirían a crear en Chiapas se crean en otros estados del país o del extranjero” (86). Por supuesto, y dado que muchos otros estudios indican un efecto positivo en el consumo y hasta en la creación de micro-empresas, el que el aprovechamiento de las remesas en otros estados ofrezca evidencias en sentido contrario involucraría una discusión sobre el desarrollo desigual por regiones o estados y la conveniencia y sustentabilidad de los ingresos por ese concepto a mediano y largo plazo. A falta de una legislación binacional del mercado laboral, las remesas continúan siendo una fuerte entrada de divisas para el país durante lo que va del llamado periodo neoliberal. En consecuencia, el estudio de las remesas constituye un subcampo imprescindible de los estudios de la migración en el cual se libra un fuerte debate acerca de su conveniencia como factor u obstáculo de desarrollo. La pregunta crucial permanece sin respuesta por el momento: ¿puede un país construir sus expectativas de crecimiento económico y desarrollo social sostenido a largo plazo vía la terciarización de un diez por ciento de su fuerza laboral, como en el caso mexicano?

Si la cuantificación de las remesas y su impacto económico constituyen el objetivo de una importante línea de investigación, ¿qué se puede decir de los intangibles a que hace referencia el concepto de capital humano y que están involucrados en la adaptación a la sociedad receptora? De lo cual se sigue la cuestión sobre la transferencia de un multitudinario capital humano de la sociedad receptora a la emi-receptora en el retorno por interpósita persona. A reservas del escepticismo que rodea la cuestión empírica de si el capital humano generado en interacción con determinado contexto (sociedad huésped) se puede transferir de manera agregada, a través de los retornados, a otro con muy diferentes variables y factores en juego (sociedad emi-receptora), no resulta descabellado suponer darle seguimiento, por ejemplo, en términos de la reinserción laboral de los retornados y dimensionar cómo esta se logra o malogra. Analizar, por ejemplo, las fuentes de empleo que se generan en un periodo dado y si esto produce un efecto amplificador que redunde en crecimiento económico a nivel local. Otro caso lo representan los estudiantes financiados por sus gobiernos y enviados a cursar un posgrado o especialización en universidades y centros de investigación del primer mundo y que retornan a sus países para, eventualmente, ocupar cargos de gobierno o puestos especializados y directivos en el sector empresarial, en uno de los ejemplos más socorridos de formación y/o transferencia de capital humano y “materia gris”. De cualquier manera, una de las preguntas que puede hacerse en el estudio del retorno es si ese mismo concepto de capital humano, antes de desecharlo por su inocultable carga ideológica que metaforiza una prevalente lógica económica enfocada en la capitalización, puede servir en sentido contrario para estudiar el impacto del retorno. Dicha investigación intersectaría los numerosos estudios y la polémica sobre el uso de remesas como palanca, o no, de desarrollo social y económico, un subcampo de los estudios de la migración que ha recibido una mayor atención académica.

Mas tan pronto como se persigue la analogía entre remesas y capital humano con respecto al tema del desarrollo la operación se hace insostenible. Críticos del concepto de capital humano, inconformes con su impronta positivista y cuantificadora, han encontrado problemático obtener la misma correlación entre capital humano especializado y beneficios económicos en sociedades diversas, por ejemplo, aquéllas que no cuentan con las condiciones necesarias para beneficiarse de dicho capital (Jamil 14). Mas lo fundamental son las discrepancias conceptuales e ideológicas que subyacen al mismo. El concepto de capital humano es, en última instancia, múltiple. En realidad, y al igual que el propio concepto de capital social, no hay ni siquiera consenso sobre su definición. Quién lo define, cómo, cuándo, porqué y para qué arroja siempre diferentes resultados. No es posible, pues, abstraerlo de una determinada posición ideológica, ni suprimir o evadir la política relacionada (Foley & Edwards 551).

Los críticos del modelo de desarrollo basado en las remesas verían con igual escepticismo la transferencia de capital humano (por interpósita persona) al producir otro tipo de dependencia cultural heredera, a fin de cuentas, del colonialismo y el neocolonialismo. En los rezagos culturales del colonialismo en países subdesarrollados, todo recurso, producto, conocimiento, bien o estrategia conlleva un capital simbólico inherente a su procedencia metropolitana y, a fortiori, se considera superior en calidad o más avanzado en el tiempo. Bastaría recordar el fenómeno mara para concluir que no todo aprendizaje y/o (de)formación de recursos humanos en transferencia de la sociedad receptora a la emi-receptora es benéfico para esta, ni generará la capitalización adecuada para un tipo de desarrollo social ideal o deseable. El planteamiento del efecto amplificado de la transferencia de capital humano, aprendido o incrementado a través de la experiencia migratoria en una sociedad con una economía mayor y más especializada, con mayores índices de desarrollo tecnológico, recursos, productividad, eficiencia administrativa y transparencia o, si se quiere, en una sociedad más estructurada, organizada, con un mayor nivel de escolaridad y menor corrupción, se presta a analogías con una concepción desarrollista que ignora las diferencias contextuales, las condiciones y recursos particulares y asume una concepción universalista de desarrollo, casi hegeliana de progreso, a nivel global.

A la concepción de transferencia de capital humano basada en una noción individualista habría que agregar al debate la negociación y dinámica generadas por los comités de migrantes (hometown associations) en sus respectivos proyectos de desarrollo comunitario. La reconfiguración transnacional de las comunidades se manifiesta en su mantenimiento a control remoto de la vida económica, cultural, social y hasta política de muchas de ellas, como puede evidenciar la labor de cientos de clubes y asociaciones de paisanos que envían recursos tanto para obra pública, como para costear la celebración de festividades locales y actividades educativas, religiosas, artísticas, deportivas y otras más. Dichos comités han canalizado el capital económico, humano y social en torno a objetivos colectivos y, a la vez, replanteado su relación con el Estado mexicano a nivel municipal, estatal, pero también federal, como se podría colegir de las obligadas visitas de los candidatos presidenciales en gira por los EEUU. Es indudable que, desde hace al menos tres décadas, los gobiernos mexicanos a nivel federal y estatal han buscado construir una red de colaboración con los comités de migrantes en el exterior con el propósito de colaborar en el desarrollo de proyectos a nivel local, como bien lo expone Sixth Section: Immigrants Organizing Across Borders (2003), del cineasta peruano-americano Alex Rivera. En dicho documental, el comité de migrantes de Boquerón, Puebla, cobra conciencia de su potencial colectivo de cambio social y de la relevancia política que la comunidad diaspórica en Nueva York adquiría, conforme su contribución económica era necesariamente reconocida por el gobierno de Puebla. Contra el cálculo de cierta racionalidad económica, a la par del envío de remesas a particulares, se contribuye colectivamente al sostenimiento de las tradiciones y la cultura de la comunidad. En la conformación de estos circuitos económico-culturales se puede replantear la conceptualización misma de “comunidad” y de “Estado-nación”. Sixth Section ofrece una representación concreta de cómo el sentido de comunidad local trasciende el espacio y adquiere un doble estatus ontológico —material e imaginado, real y virtual, social y simbólico— que se hace funcionalmente indivisible… y posmoderno. El sentido de comunidad desterritorializada, entonces, genera una nueva ontología que incorpora una variedad de sitios y territorios a la vez. El sistema de relaciones que lo sostiene se esparce por el espacio transnacional por medio de formas tangibles e intangibles de intercambio. Ese intercambio es una de las maneras en que se sostiene, se actualiza y se reinventa una comunidad local y, a gran escala, la propia comunidad nacional. Sobre todo, la agencia asumida por los migrantes viabiliza un cierto posnacionalismo al complementar —si no es que de facto sustituir— al Estado en sus responsabilidades de desarrollo social.

Otros procesos de institucionalización de esos nexos transnacionales han sido procurados, aunque hace falta una investigación de campo para producir una perspectiva panorámica o por regiones del fenómeno, sobre todo en las nuevas coyunturas políticas y económicas a ambos lados de la frontera. Mas también sociales, pues por una combinación de factores económicos y demográficos, la migración mexicana a partir de 2005 ha experimentado un decrecimiento por primera vez en cuarenta y cinco años. En parte, esto se debe a que el número de mexicanos que retorna —o es forzado a regresar— es mayor que el número que ingresa a los EEUU. Ya en su reporte sobre México (2012), el Pew Research Center informaba que la inmigración neta desde ese país había caído a cero (o incluso menos) entre 2005 y 2010, lo cual significaba que el número de mexicanos que se desplazaban a los Estados Unidos era igual o menor del que regresaba a México (Passel et al. 6). Durante el lustro 2009-2014, más de 1 millón de mexicanos con su familias (incluyendo hijos nacidos en los EEUU) habían regresado (Gonzalez-Barrera 5). A juzgar por la virulencia del discurso anti-mexicano en la esfera pública estadounidense, ese decrecimiento durante poco más de una década no ha sido ni siquiera registrado, o ha sido convenientemente soslayado, a fin de canalizar el discurso político hacia otros derroteros, los cuales trascienden el debate mismo sobre la migración. En el fondo, dichos derroteros no se abstraen del impacto negativo de la propia globalización al interior del país y son, a la vez, efecto y respuesta cultural y política a la re-estructuración de la economía a nivel global, aunque haya algunas corrientes de opinión en los EEUU que no lo reconozcan. En efecto, estar al centro de los flujos globales no equivale a aislarse de sus efectos, aunque para ese sector de la opinión pública eso constituya poco más o menos que estar en un punto ciego, en las antípodas del aleph borgiano.

Un país sin mexicanos

One can say “Jew” or “communist” or “capitalist” or “Mexican” or “Muslim.”
The name doesn’t matter: in our hearts the dream remains the same.
It’s the diseased other—that must be removed if the nation is to become “great” again.
Richard Koenisberg

A la realidad del retorno voluntario en la historia de la migración mexicana hay que agregar, así mismo, la de las deportaciones. La era de la crisis inmobiliaria o de la Gran Recesión (2008-2014) ha sido conocida entre los migrantes mexicanos como la de la Gran Deportación. Por significado histórico, sin embargo, vendría después de la ocurrida a partir de la Gran Depresión (1929). La caracterización racial —parecer “mexicano”, no necesariamente serlo— era la justificación principal tras el mecanismo de deportación masiva ante el cual cualquier documentación en sentido contrario resultaba, en el contexto mismo de las redadas, poco menos que irrelevante (211). Tan solo en cinco años, de 1930 a 1935, la comunidad mexicana de Los Angeles se despobló en casi 30% (Sánchez 213). Algunos calculan que el porcentaje fue mayor en todo el país. El mencionado Manuel Gamio, autor de Forjando Patria, uno de los textos fundadores del nacionalismo cultural mexicano, coordinó el traslado de miles de repatriados a las tierras que fueron puestas a su disposición por el gobierno mexicano como Presidente del Consejo Consultivo sobre la Emigración (Gamio 235-241). Otra deportación masiva ocurrió durante la llamada Operation Wetback, a cargo de la administración Eisenhower, en la cual se deportaron 13 millones de mexicanos en los años cincuenta (Meza 266). Sin embargo, aunque la administración de Barack Obama (2009-2015) acumuló 1.3 millones de migrantes mexicanos deportados entre remociones y retornos “voluntarios” (sin orden de remoción) tan solo en su primer periodo, es la administración de Bill Clinton (1993-2001) la que todavía tiene el récord respectivo (Meza 267). La multiplicación actual de deportaciones es solo uno de los aspectos de la migración de retorno a considerar.

Mencionaba en la introducción que el retorno del migrante, principalmente indocumentado, se ha escamoteado en la opinión pública de Estados Unidos. Como se puede analizar en las posiciones diseminadas en los medios sociales y electrónicos, así como en el discurso político sobre la migración mexicana, hay razones de peso para obtener un significativo rédito político a la aparente omisión o desconocimiento del fenómeno. Antes de referirme a esto, es necesario recordar con respecto a la historia de esa migración que, desde los primeros enganchadores de mano de obra mexicana en Texas y California a finales del siglo diecinueve, hasta prácticamente la última década del siglo veinte, la mayoría de los migrantes concebía una migración temporal y no definitiva. “My family knew many Mexican men who came to el norte only to work”, recuerda al respecto el ensayista mexico-americano Richard Rodriguez. “They came north in order to sustain the dream of a complete and enduring life elsewhere. Never did these Mexican men speak of having left the past behind […] These Mexican men worked to sustain the past; they sent money to the past every Saturday. From the Mexican migrants’ point of view, California was a commute” (155).

En efecto, hasta el recrudecimiento del clima de inseguridad y violencia relacionado al problema del narcotráfico en México, la mayoría de los migrantes siempre había argumentado que la principal razón para migrar era de tipo económico. En conversaciones informales con migrantes y exmigrantes, estos se refieren a la motivación de juntar fondos para un propósito específico (solventar alguna urgencia financiera, ahorrar para un negocio o compra de un inmueble, pagar por la educación de los hijos, etc.). Inclusive, la mayoría tenía ocupación al emigrar, pero al hacerlo esperaba ganar más del “otro lado”, ahí en donde el cálculo comparativo estaba implicado de raíz en tal decisión. Se trata de migrantes laborales o económicos, pues, que han actuado como multitudinaria fuerza de trabajo en el tácito mercado laboral transnacional entre ambos países.

La temporalidad que ha acompañado históricamente al fenómeno de la migración se puede verificar en cifras. He mencionado antes que hasta 1995 solo el 5% de los migrantes repatriados había tenido una estancia mayor a un año (Passel et al. 23). Más aún, en 1920 la población mexicana en los EEUU era el 10% de la población mexicana total, aproximadamente el mismo porcentaje actual de 10.5% de mexicanos en los EEUU. Es decir que, a pesar de su incremento en términos absolutos, dado el crecimiento de la población mexicana que es en la actualidad de 115 millones, o sea una tercera parte de la estadounidense, el porcentaje ha permanecido más o menos igual por casi un siglo. Por supuesto que este dato inconveniente no encaja para nada en la narrativa paranoica de la ultra-derecha estadounidense, en el entendido de que los EEUU están sufriendo una progresiva, silenciosa y devastadora invasión mexicana (o morena, mejor, pues es el color el quid de la cuestión: aunque el número de canadienses que rebasa la estancia permitida por su visa (visa overstay) sea el doble que el de mexicanos, según cifras del propio Department of Homeland Security (USDHS 22), esto no produce ninguna alarma en los medios).

Si la migración mexicana fue en alto grado circular a lo largo del siglo veinte, ello se debía al hecho de que estaba vinculada a los ciclos propios del trabajo agrícola, pues buena parte de la mano de obra que fortalecía ese sector provenía del sufrido y poco productivo campo mexicano. La agricultura era y es la mayor fuente de riqueza en el suroeste de los EEUU. El hecho de que nunca se haya legalizado esa oferta laboral de una manera más sistemática, y solo se hayan otorgado visas temporales para trabajo agrícola en cantidades no realistas (con un déficit al menos de 50%), explica algunos de los desajustes entre la ficción y las necesidades reales de la economía estadounidense y la insuficiencia legislativa correspondiente. Aunque dicha migración circular era menor para quienes lograban insertarse en la industria o en el sector servicios, dada la vecindad entre ambos países, las idas y vueltas de los migrantes eran un hecho común a fin de cumplir con calendarios cívicos y religiosos, visitar a la familia extensa, etc. En general, el migrante alimentaba el deseo de regresar. Los especialistas indican la década de los noventas, con la virtual militarización de la frontera y programas como Operation Hold-the-Line and Operation Gatekeeper durante la administración Clinton, como la del fin de la migración circular mexicana. Desde entonces, cruzar la frontera ha sido cada vez más costoso y peligroso para los migrantes indocumentados, razón de peso para postergar el retorno o, si se puede, traer a la familia para que la reunificación se dé fuera del país. Las cifras obtenidas por el Pew Research Center son bastante ilustrativas respecto al fin de esa migración circular y la recíproca motivación del migrante de permanecer más tiempo en los EEUU. En 1995, solo el 5% de los repatriados reportó que había vivido en territorio estadounidense por un año o más, comparado con el 26% en 2010 (Passel et al. 23).

Dada la coincidencia, en los noventas, de una economía estadounidense en bonanza y la mexicana con un excedente laboral sin precedentes, como consecuencia de su reestructuración neoliberal, la posibilidad de un programa de trabajadores temporales entre los dos países se antojaba como una opción posible, si bien no viable. Por el lado estadounidense, la oposición de los sindicatos y otras agrupaciones del partido demócrata, y el temor de que los números de mexicanos naturalizados aumentara a futuro el número de votantes demócratas por parte de los republicanos, así como cierto resquemor de que se repitieran los abusos y problemas del Programa Bracero por el lado mexicano, hizo imposible siquiera su formulación, menos aún su discusión o aprobación (Castañeda, Ex Mex 89). No obstante, si se renegociase el TLC habría una posibilidad, por el momento remota, de que se incluya el tema del mercado laboral.

Ahora bien, soslayar o negar la migración temporal, circular o coyuntural, sea documentada o indocumentada, es solo una parte de la estrategia comunicativa con la cual se construye mediáticamente el tema de la migración mexicana. A nivel de connotación, si no es que en ocasiones de contenido, se alude a ella como una incesante e incontenible marejada. Tal vez la mejor prueba de la eficacia de esta estrategia comunicativa sea la paradoja presente en aquellas comunidades rurales que tienden a ser profundamente anti-inmigrantes, a pesar de tener nulo o escaso contacto con migrantes “mexicanos”. El entrecomillado se debe a que si bien dos de cada tres migrantes latinoamericanos a los EEUU han sido mexicanos, en una proporción que no ha variado mucho desde mediados del siglo veinte, el énfasis en dicho origen nacional en el debate público sobre la migración generaliza o tipifica al sujeto migrante. De hecho, hace equivalentes los términos “migrante” y “mexicano” o “migrante mexicano” y “migrante latinoamericano”. Algo que los inmigrantes guatemaltecos, hondureños, salvadoreños, nicaragüenses, ecuatorianos y colombianos que, en los últimos meses, han reportado en los medios haber sido agredidos verbal o físicamente y conminados a regresarse a “México”, saben ahora que no solo se trata de una cuestión de nacionalidad (veáse, por ejemplo, el episodio “Frutos del odio” del programa “Aquí y Ahora” de Univisión, abril 2017,https://www.youtube.com/watch?v=ig65fchTEe4). Su origen nacional no constituye ninguna salvaguarda ante acciones motivadas por otras (sin)razones (Savino). (Error también a la base de la Freudenschade que experimentan aquellos migrantes latinoamericanos auto-identificados como blancos, para quienes se trata de un problema contra los mexicanos y no contra ellos, o entre quienes en la comunidad india consideran irónicamente que si hay que ser moreno (Brown) en los Estados Unidos, lo mejor es ser indio, aludiendo al hecho de que es la migración de la India la más exitosa de la historia estadounidense, habiendo superado ya a la proveniente de Polonia en todos los indicadores comparativos.)

En esa generalización del migrante y del migrante latinoamericano como mexicano se fusionan, entonces, raza y/o etnicidad y estatus migratorio. La migración racializada cumple más de una función discursiva en la retórica anti-inmigrante, no solo en relación a las consabidas dicotomías de carácter ético-político (legal e ilegal) o económico (por ejemplo, creación y pérdida de empleos), ambas engarzadas al tema de la seguridad nacional, sino también y, sobre todo, de carácter identitario (ellos vs. nosotros). Es esta una dicotomía crucial al servicio del nativismo y del esencialismo cultural. Explota una profunda veta etno-cultural de la identidad estadounidense y su discurso de formación nacional, puesto en práctica desde la conquista de los territorios concebidos como la “frontier” (cultural) en su marcha hacia el oeste y sobre los territorios que entonces fueran mexicanos. (Con todo y que la cultura de la que surge la mítica figura del cowboy, como personificación de un cierto ethos estadounidense sea, irónicamente, una de las más fuertes herencias de la cultura ranchera mexicana). Es esta la misma veta que explota el politólogo y futurólogo Samuel P. Huntington para fabricar el núcleo identitario del argumento anti-migración mexicana de su libro Who Are We? (2004):

Huntington displaces the socioeconomic problematic of migration to work with imaginary constructs —such as identity. His culturalist approach is channeled by preconceived notions and stereotypes that reaffirm the migrants’ otherness to conclude, beforehand, that their ethnocultural difference is precisely the main obstacle against their assimilation. (Corona 260-261)

Who Are We? es un estudio híbrido que desborda el modelo comunicativo de las ciencias sociales para combinar el reportaje periodístico y el ensayo, en una especie de manifiesto político. Hibridismo que se explica por sí mismo: procurando un lector académico y un lector general, no necesariamente informado. En este y otros alegatos semejantes del populismo conservador hay una total omisión del rol que lo económico desempeña en los procesos sociales, incluyendo los desplazamientos migratorios. Lo sorprendente es que esta reacción académica desafía con fuerza la tradición migratoria del país e, ideológicamente, vuelve a las fuentes del puritanismo anglosajón como “única” base legítima del proyecto nacional. Esta posición percibe la migración como alimentando el multiculturalismo y corroyendo la “esencia” del país, en la idea de que poner grupos en contacto solo ahonda la diferencia cultural en lugar de disminuirla y que esta tensión compromete a futuro la política social estadounidense como un todo homogéneo. Niega la visión cosmopolita del país como un gran laboratorio mundial del multiculturalismo e intenta rescatar un fuerte sentido etno-cultural basado en la comunidad anglosajona histórica, es decir, la del siglo dieciocho.

Por ello, es importante analizar ese discurso anti-migrante en un contexto de cambios estructurales de la economía y del citado impacto social y cultural de la globalización al interior de la propia sociedad estadounidense. Como una fuerza física, estos cambios generan resistencias y oposiciones colectivas. La progresiva mezcla de los sectores afectados por los cambios económicos y demográficos, los aquejados por la percibida pérdida de estatus económico y los conservadores más recalcitrantes se combinan en oposición a la migración mexicana. En el imaginario de dicho discurso, y a pesar de su vulnerabilidad en el espacio transnacional, el incauto migrante mexicano adquiriría, sin advertirlo, un inconmensurable poder transformador, al punto que Huntington advierte que el verdadero peligro civilizacional de los EEUU no es la amenaza de la cultura musulmana contra el Occidente, sino el representado por los migrantes mexicanos y la tenaz reproducción de su cultura al norte del Río Bravo/Grande.

Si bien a lo largo del siglo veinte la presencia de los migrantes mexicanos no fue del todo bien recibida, como se puede ilustrar con la representación de la experiencia migratoria en el subcanon respectivo de la literatura chicana —de Tomás Rivera y Miguel Méndez a Oscar Z. Acosta y de Gary Soto a Gloria Anzaldúa—, en su mayor parte había sido tolerada, sobre todo por su contribución a sectores clave de la pujante economía estadounidense. Su subordinación como grupo era el precio a pagar. En su modo auto-denigratorio, exhibiendo el trauma causado por la interiorización de la política racial dominante, Richard Rodriguez lo pondría de manera por demás elocuente: “No adjective has attached itself more often to the Mexican in America than “dirty” –which I assume gropes toward the simile “dirt-like,” indicating dense concentration of melanin” (xii).

No obstante, el actual clima anti-migrante o anti-mexicano es el resultado de dos corrientes de opinión principales: una de tipo coexistencial, y que involucra el sentido de identidad colectiva, y otra coyuntural, en respuesta a las presiones socioeconómicas de la globalización (pérdida de ciertos empleos por la terciarización y la automatización, pérdida de estatus económico con respecto a la generación anterior, etc.) y la consecuente búsqueda de soluciones inmediatas, pero también de chivos expiatorios, en un periodo de crisis real o fabricada. Por supuesto, es más asequible visualizar un grupo dado, como chivo expiatorio concreto, que concretizar abstracciones tales como sistemas económicos y fenómenos macroeconómicos como detonantes de una determinada situación. Una corriente coexistencial subyace al conservadurismo expuesto por Huntington y otros ideólogos de filiación semejante, corriente que se relaciona con la veta etno-cultural de un nacionalismo que, a través de la historia, ha sostenido una demarcación identitaria entre ambos países: ser estadounidense es no ser mexicano. Si la formación étnica de la sociedad estadounidense como bicolor (blanca y negra) representó una estricta forma de organización social estructurante, al menos hasta la era de la lucha por los derechos civiles, la diferenciación con lo mexicano ha sido útil para delimitar categorías culturales como nacionalidad, lenguaje, cultura y etnicidad, así como psicológicas, francamente auto-congratulatorias: el “nosotros” virtuoso y positivo frente al “ellos” defectuoso y negativo. Las recurrentes explosiones de este sentimiento de identidad colectiva en coyunturas específicas solo indican su permanente latencia y su periódica irrupción o manifestación coyuntural. Esta es una de ellas. En el escenario actual, con varias décadas en gestación, la corriente coexistencial se combina con la coyuntural como expresión en la esfera pública de las ansiedades sociales por los cambios económicos, sociales, culturales y, sin duda, demográficos. Se va escribiendo en ella la narrativa del migrante como agente contaminante y enemigo del orden social, político y económico de la nación.

Los primeros atisbos de esta postura, y el antimexicanismo relacionado, se manifiestan con las mencionadas candidaturas de Ross Perot y Pat Buchanan. En su discurso se prefiguraba un nuevo enemigo público al conectar al migrante con algunos de los principales problemas del país: crimen, endeudamiento, declive o saturación de servicios, desempleo, drogadicción. El discurso público subsecuente los fusionaría para producir la figura del migrante-narcotraficante-delincuente. De ahí que un alto porcentaje de noticias relacionadas en los medios subsecuentemente derivaran de ese universo temático y representaran la “cara” pública del objeto-tema discursivo llamado México. Con excepción del TLC, la propia agenda de la relación binacional pasó a ser dominada por una trinidad de objetos-tabú definitorios de lo mexicano en la esfera pública estadounidense: migración/frontera + drogas + delincuencia/seguridad nacional.

De cierta manera, la reacción contra la migración mexicana ha querido ser explicada solo en términos cuantitativos. El “problema” sería su “magnitud”. Como declaró sobre el tema la exgobernadora de Alaska y excandidata a la vicepresidencia de los EEUU, Sarah Palin: “es que son demasiados” (Palin). Argumento nada nuevo para los nativistas. Ya en 1925, en un reporte a la Secretaría del Trabajo, Robert Foerster advertía que: “to allow the continuing migration of this group of people to the United States [courts] the disasters of racial inundation and the end of American way of life. […] Within a few generations Mexicans would control the United States through the sheer weight of numbers because of [their] geometric rate of increase” (Cardoso 133). De manera semejante, en la preocupación de Palin confluyen cifras significativas para la política identitaria y racial dominante. Por una parte, informa el Pew Research Center que: “The U.S. today has more immigrants from Mexico alone —12.0 million— than any other country in the world has from all countries of the world. Some 30% of all current U.S. immigrants were born in Mexico. The next largest sending country —China (including Hong Kong and Taiwan)— accounts for just 5% of the nation’s current stock of about 40 million immigrants” (Passel et al. 6). Por otra, se estima que el incremento de la población mexicana en los Estados Unidos explica el 40.8% del aumento de 2000 a 2010 de la población total de este país (Cervantes 20). Para rematar, Richard Rodriguez agregaría: “The Census Bureau began making national predictions: By the year 2040 one in three Americans will declare herself Hispanic” (121). Los números parecen exacerbar, entonces, otro tipo de miedos y fobias aludidos por el propio ensayista en Brown: “North of the U.S.-Mexico border, brown appears as the color of the future. The adjective accelerates, becomes a verb. ‘America is browning.’ South of the border, brown sinks back into time. Brown is time” (xii). Este es el principal temor tras de la declaración de Palin.

Por ello, en el contexto de respuestas sociales al aumento de la migración mexicana desde los ochentas, en la imposición a rajatabla de un nuevo modelo económico en ese país y su “producción” de migrantes como uno de sus efectos inevitables, se “racionalizan” las fobias demográficas correspondientes. En California se aprueba la proposición 187 ya en 1992, a fin de “aligerar” el sector servicios negando su acceso a los indocumentados. En Arizona, uno de los laboratorios de la intolerancia hacia los mexicanos, se prohiben en 2012 los estudios chicanos y étnicos en general, en un intento de borrar la historia mexico-americana, y se endurecen las medidas contra los inmigrantes indocumentados con la SB 1070. Lo mismo en Texas, con la SB 4, recién firmada por el gobernador Greg Abbott, que permite preguntarle a cualquier individuo acerca de su estatus legal en cualquier trámite. Se trata de la experimentación con un estado policíaco en que se impone la ley sobre bases fenotípicas para distinguir quién es o parece “legal” o “ilegal”.

La campaña presidencial de 2016 expuso al mundo otra corriente de opinión minoritaria, pero aún más radical, compuesta por un impreciso rango ideológico que va del del ultranacionalismo y la “derecha alternativa” al supremacismo como opción política, y que se une a las mencionadas corrientes de opinión en voz del candidato Donald Trump. El antimexicanismo de Trump logró amalgamarlas en relación a diferentes tópicos: crisis económica, desempleo, ansiedad social, recuperación de los privilegios de la mayoría blanca —interpelada por este como minoría amenazada o en “peligro de extinción”—. La agenda supremacista de algunos de sus asesores aprovechó el ambiente propicio de las ansiedades de una parte del electorado estadounidense conservador ante los cambios producidos en el corazón del “imperio”, según la polémica formulación de Hardt y Negri (polarización económica sin precedentes, decrecimiento de la clase media, terciarización de la industria manufacturera, declive de la industria pesada, déficit en la balanza comercial con algunos países, incremento de la deuda nacional, etc.), para filtrar la identificación de un fácil chivo expiatorio. En el mismo discurso de lanzamiento de campaña de aquél, este fue presentado ante la opinión pública con gran eficacia: el sujeto ilegal por definición, el extraño (extranjero) que se mete sin permiso a la casa-país, roba (trabajos y bienes), introduce (drogas), agrede (crímenes y delincuencia), se burla (de las leyes) y —para exacerbar tanto el machismo como las fobias al mestizaje con el Otro racializado— viola (mujeres). Era, por lo tanto, la presentación de un enemigo nacional y, a la vez, la descripción metafórica de la escena de un crimen con reverberaciones psicoanalíticas (teniendo como blanco ideal los aprehensivos espectadores familiarizados con el formato televisivo de CSI en pos del culpable). La respuesta lógica de los destinatarios de esa burda pero triple apelación al miedo, el coraje y el odio solo podría ser la pronta expulsión del cuerpo nacional de 11 o 12 millones de gérmenes o agentes infecciosos, causantes principales de la enfermedad nacional: la decadencia del país. No solo hay que expulsarlos, sino también evitar su regreso y frenar el ingreso futuro de otros como ellos con un gigantesco, hermoso e impenetrable muro pagado por ellos mismos.

Lo absurdo e impráctico de la propuesta se trasmutaba en su opuesto en su sorprendentemente positiva recepción entre sus seguidores, muchos de ellos provenientes del medio rural y de suburbios —virtuales refugios antiétnicos de la posmodernidad estadounidense y de su atribulada clase media—. Si la esfera pública se saturó de mensajes y declaraciones en apoyo a la propuesta trumpiana, una vídeoimagen podría simbolizar para la posteridad el profundo efecto catártico que había tenido: la de fervorosos asistentes a sus actos de campaña coreando al unísono “Build the Wall!”. Imperativo que se transformaba, así, en una emocional llamada a la acción colectiva y, a la vez, en declamación de la “evidente” solución a muchos de los males, ansiedades y temores colectivos. A fin de cuentas, lo que estaba en juego era el proyecto de renovada grandeza nacional a cualquier costo. (Huelga decir que la propuesta trumpiana no fue tan bien recibida en el exterior. Fuera del mundo iberoamericano, el entonces presidente de Francia, François Hollande, la criticó ferozmente, a diferencia de su contraparte israelí, Benjamin Netanyahu —a quien la escritora conservadora Ann Coulter había puesto como ejemplo de cómo se debía tratar a los mexicanos, siguiendo la política israelí respecto a los palestinos, consejo sin duda tomado por Trump—. En un twitter, después borrado de su cuenta, Netanyahu felicitaba a Trump, a la vez que se vanagloriaba de la eficiencia del muro de Gaza (Booth). Declaración que, a su vez, fue acremente criticada por la comunidad méxico-israelí, recordándole al primer ministro cómo el país latinoamericano había siempre dado la bienvenida u ofrecido refugio a la comunidad judía internacional. Quizás la más escueta respuesta provino del líder de la banda británica Pink Floyd, Roger Waters, quien en su álbum The Wall había abogado por el derrumbamiento del muro de la conformidad, de la intolerancia y, en última, de la enajenación: “Tear Down the Wall”. Durante su concierto en el Zócalo de Ciudad de México, celebrado poco antes de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, proyectó el mensaje en español “Trump eres un pendejo”, como para resumir su opinión sobre el asunto.)

Así, lo que habían sido los primeros atisbos de antimexicanismo en campañas políticas en Perot o Buchanan, encontraría treinta años después su versión más cruda en el discurso de Trump, quien como candidato rompió con todos los estándares públicos de lo que, hasta entonces, se había mantenido en privado o en una esfera pública minoritaria. Ha sido la más punzante expresión política de un discurso anti-inmigrante desde los primeros avatares interhemisféricos del neoliberalismo. La poco convencional incorrección política del discurso trumpiano ha servido de aliciente para que en la red y las redes sociales, pero también en pintas callejeras, se hagan menos infrecuentes las muestras cada vez más enfebrecidas del delirio supremacista del retorno: que los blancos retomen el país que les ha sido arrebatado, expulsen a los judíos, mexicanos e inmigrantes de color, manden a los africano-americanos a Africa y a los nativo-americanos de regreso adonde hayan venido; en síntesis: “limpiar” la casa (Worley).

En sus primeros meses, la administración de Donald Trump ha mantenido el mismo ritmo de deportaciones que la administración Obama, pero eliminado su distinción humanitaria entre indocumentados prioritarios de remoción (ingresos recientes o con historial delincuencial) y no prioritarios. Por ende, todos los migrantes indocumentados son sujetos de deportación, así lleven décadas de vivir en los EEUU y no hayan cometido ningún delito. Los retornados están llegando a un país cuyo gobierno está fallando en demostrar que no se trata de un Estado fallido, con siete ex-gobernadores y varios de sus más cercanos colaboradores presos, sujetos a proceso o prófugos de la justicia; con poblaciones y regiones enteras del país prácticamente sustraídas a la normalidad y en donde no es clara la línea que separa a las autoridades del crimen organizado. Ante el endurecimiento de la posición de la nueva administración estadounidense respecto a la migración, el gobierno mexicano tiene la responsabilidad de ofrecer apoyo a los deportados o retornados voluntarios para la expedición de documentos, inserción laboral, facilidades y crédito para el inicio de micro-empresas, asesoría psicológica y/o educación bilingüe a los hijos en edad escolar, entre muchas otras necesidades. Hasta el momento, el gobierno federal ha asignado 50 millones de dólares a los consulados para gastos legales y un Centro de Defensoría Legal. Ha creado el Fondo Nacional para Migrantes Repatriados para otorgar apoyos económicos para la capacitación y el empleo (25 mil pesos a proyectos individuales; 75 mil para familias), aunque los solicitantes requieren documentarse justo al momento de la deportación ante el Instituto Nacional de Migración. Los programas han suscitado ya sus primeras críticas por su ineficacia:

[…] en lugar de que Gobernación haya colocado [en los 12 puntos de entrada] los módulos del INE, del Seguro Popular, de Bansefi y de los principales gobiernos estatales de destino, el INAMI, en el mejor de los casos, les entrega a los deportados un inútil oficio de repatriación. Con dicho “documento” (que no es tal), no pueden ni cambiar dólares en un banco ni tomar un vuelo dentro de la república ni obtener un celular ni entrar en varios edificios públicos. Los deportados le reclamaron amargamente en el foro a la encargada del programa Somos mexicanos, de la Segob, que lo que les dan, cuando se los dan… no sirve de nada. (Castañeda, “Lamento”)

Por eso, el mayor reto será no desperdiciar la coyuntura trumpiana y el bajo nivel de la relación bilateral para replantearse, sobre todo, el modelo de desarrollo que se quiere para el país ante los sempiternos rezagos nacionales, las herencias más nefastas de la dependencia y los desafíos de la globalización.

Obras citadas
Albo, Adolfo y Juan Luis Ordaz Díaz. “Los efectos económicos de la migración en el país de destino. Los beneficios de la migración mexicana para Estados Unidos.” BBVA / Bancomer. Documento de Trabajo, vol. 11, no. 17, 2011, pp. 1-20, <https://www.bbvaresearch.com/KETD/fbin/mult/WP_1117_Mexico_tcm346-257505.pdf> .

Becker, Gary S. Human Capital. A Theoretical and Empirical Analysis, with Special Reference to Education. U Chicago P, 1993.

Borjas, George, Jeffrey Grogger y Gordon H. Hanson. “Immigration and the Economic Status of African-American Men.” Economica, no. 77, 2010, pp. 255–282.

Booth, William. “Israel’s Netanyahu applauds Trump’s plan for wall; Mexico not pleased.”

Washington Post, 29 enero 2017.

https://www.washingtonpost.com/news/worldviews/wp/2017/01/29/israels-

netanyahu-applauds-trumps-plan-for-wall-mexico-not-

pleased/?utm_term=.28fbd035c486.

Bourdieu, Pierre. “The Forms of Capital.” Handbook of Theory and Research for the Sociology of Education, editado por J. Richardson, Greenwood, 1986, pp. 241-258.

Cardoso, Lawrence A. Mexican Emigration to the United States 1897-1931. Arizona UP, 1980.

Cassarino, Jean-Pierre. “Theorising Return Migration: The Conceptual Approach to Return Migrants Revisited.” International Journal on Multicultural Societies, vol. 6, no. 2, 2004, pp. 253-279.

---. “Debates on Return Migration. Scholarly Approaches to Return Migration.” Return Migration and Development Platform. European University Institute, 2011, pp. 1-7. <http://rsc.eui.eu/RDP/research/schools-of-thought/>.

Castañeda, Jorge G. Ex Mex: From Migrants to Immigrants. The New Press, 2007.

---. “El lamento de los deportados.” El Financiero, 5 mayo 2017. <http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/el-lamento-de-los-deportados.html>.

Cerase, Francesco P. “Expectations and Reality: a Case Study of Return Migration from The United States to Southern Italy.” International Migration Review, vol. 8, no. 2, 1974, pp. 245-62.

Cervantes González, Jesús. “Remesas familiares y la migración de mexicanos a los Estados Unidos.” Documentos de coyuntura. Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos, no. 3, 2011, pp. 1-28. <http://www.cemla.org/PDF/coyuntura/COY-2011-06-03.pdf>.

Corona, Ignacio. “A Clash of Civilizing Gestures: Mexican Intellectuals Confront a Harvard Scholar.” Reading the United States from Mexico, editado por Linda Egan y Mary K. Long, Vanderbilt UP, 2009, pp. 252-277.

Dolfsma, Wilfred y Charlie Dannreuther. “Subjects and Boundaries: Contesting Social Capital-Based Policies.” Journal of Economic Issues, vol. 37, no. 2, 2003, pp. 405-413.

Foley, Michael y Bob Edwards. “Escape from Politics? Social Theory and the Social Capital Debate.” American Behavioral Scientist, vol. 40, no. 5, 1997, pp. 550-561.

Gamio, Manuel. Mexican Immigration to the United States. A Study of Human Migration and Adjustment. Arno Press, 1969.

Glytsos, N.P. “Remittances and Temporary Migration: A Theoretical Model and its Testing with the Greek-German Experience.” Weltwirtschaftliches Archiv, vol. 124, no. 3, 1988, pp. 524-549.

Gmelch, George. “Return Migration.” Annual Review of Anthropology, no. 9, 1980, pp. 135-159.

Gonzalez-Barrera, Ana. “More Mexicans Leaving than Coming to the U.S.” Pew Research Center, 19 nov. 2015, pp. 1-32. <http://www.pewhispanic.org/2015/11/19/moremexicans-leaving-than-coming-to-the-u-s/>.

Hardt, Michael y Antonio Negri. Empire. Harvard UP, 2000.

Huntington, Samuel P. Who Are We? The Challenges to America’s National Identity. Simon & Schuster, 2004.

Jamil, Rossilah BT. “Human Capital: A Critique.” Jurnal Kemanusiaan, ISSN 1675-1930, 2004, pp. 10-16.

Klinthäll, Martin. “Immigration, Integration and Return Migration.” International Symposium on International Migration and Development. United Nations Secretariat. Population Division, 20 junio 2006, pp. 1-21. <http://www.un.org/esa/population/migration/turin/Symposium_Turin_files/P06_Klinthall.pdf>.

Kunuroglu, Filiz, Fons van de Vijver y Kutlay Yagmur. “Return Migration.” Online Readings in Psychology and Culture, vol. 8, no. 2, 2016, pp. 1-28. <http://scholarworks.gvsu.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1143&context=orpc>.

Leyva, Jeanette. “Remesas equivalen al 10% de los ingresos.” El Financiero, 1 mayo 2016. <http://www.elfinanciero.com.mx/economia/remesas-equivalen-al-10-de-los-ingresos.html>.

López-Arévalo, Jorge, Bruno Sovilla-Sogne y Francisco García-Fernández. “Efectos macroeconómicos de las remesas en la economía mexicana y de Chiapas.” Papeles de Población, no. 67, 2011, pp. 57-89.

McVey, Henry H. “Outlook for 2017: Paradigm Shift.” KKR, 11 enero 2017. <http://www.kkr.com/global-perspectives/publications/outlook-2017-paradigm-shift>.

Meza González, Liliana. “Mexicanos deportados desde Estados Unidos: Análisis desde las cifras.” Migraciones Internacionales, vol. 7, no.4, 2014, pp. 265-276.

Passel, Jeffrey S., D’Vera Cohn y Ana Gonzalez-Barrera. “Net Migration from Mexico Falls to Zero—and Perhaps Less.” Pew Hispanic Center, 23 abril 2012, pp. 1-46. <http://www.pewhispanic.org/2012/04/23/net-migration-from-mexico-falls-to-zero-and-perhaps-less/>.

Pescador Osuna, José Angel. “México y Estados Unidos: El impacto de las remesas.” Nexos, 1 dic. 1998. <http://www.nexos.com.mx/?p=9109>.

Savino, Lenny. “Hate Fuels Fight In Kissimmee.” Orlando Sentinel, 8 julio 1998. <http://articles.orlandosentinel.com/1998-07-08/news/9807070798_1_crespo-rosado-rican-youth>.

Simmons, Katie, Ana Gonzalez-Barrera, y Russ Oates. “Mexican President Peña Nieto’s Ratings Slip with Economic Reform.” Pew Hispanic Center, 26 agosto 2014, pp. 1-21. <http://www.pewglobal.org/2014/08/26/mexican-president-pena-nietos-ratings-slip-with-economic-reform/>.

Putnam, Robert D. “E Pluribus Unum: Diversity and Community in the Twenty-first Century. The 2006 Johan Skytte Prize Lecture.” Scandinavian Political Studies, vol. 30, no. 2, 2007, pp. 137-174.

Rodriguez, Richard. Brown: The Last Discovery of America. Penguin Putnam, 2002.

Sánchez, George. Becoming Mexican American: Ethnicity, Culture, and Identity in Chicano Los Angeles, 1900-1945. Oxford UP, 1993.

Sasaki, Koji. “To Return or Not to Return: The Changing Meaning of Mobility among Japanese Brazilians, 1908–2010.” Return: Nationalizing Transnational Mobility in Asia, editado por Biao Xiang, Brenda S. A. Yeoh, y Mika Toyota, Duke UP, 2013, pp. 21-38.

Savino, Lenny. “Hate Fuels Fight in Kissimmee.” Orlando Sentinel, 8 julio 1998. <http://articles.orlandosentinel.com/1998-07-08/news/9807070798_1_crespo-rosado-rican-youth>.

Sixth Section: Immigrants Organizing Across Borders. Dirigido por Alex Rivera, American Documentary Inc., 2003.

Sussman, Nan M. “The dynamic nature of cultural identity throughout cultural transitions: Why home is not so sweet.” Personality and Social Psychology Review, vol. 4, no. 4, 2000, pp. 355-373. <http://dx.doi.org/10.1207/S15327957PSPR0404_5>.

---. “Testing the Cultural Identity Model of the Cultural Transition Cycle: Sojourners Return Home.” International Journal of Intercultural Relations, vol. 26, no. 4, 2002, pp. 391-408.

---. Return Migration and Identity: A Global Phenomenon, a Hong Kong Case. Hong Kong UP, 2010.

Tannenbaum, M. “Back and Forth: Immigrants’ Stories of Migration and Return.” International Migration, vol. 45, no. 5, 2007, pp. 147-175. <http://dx.doi.org/10.1111/j.1468-2435.2007.00430.x>.

The Three Burials of Melquiades Estrada. Dirigido por Tommy Lee Jones, guión escrito por Guillermo Arriaga Jordán, Sony Pictures Home Entertainment, 2006.

Tsuda, Takeyuki. “Why Does the Diaspora Return Home? The Causes of Ethnic Return Migration.” Diasporic Homecomings: Ethnic Return Migration in Comparative Perspective, editado por Takeyuki Tsuda, Stanford UP, 2009, pp. 21-43.

U.S. Department of Homeland Security. “Entry/Exit Overstay Report.” 2015, pp. 1-21. <https://www.dhs.gov/sites/default/files/publications/FY%2015%20DHS%20Entry%20and%20Exit%20Overstay%20Report.pdf>.

Worley, Bill. “Donald Trump and the Young White Supremacists Who Want to ‘Cleanse’ America.” iNews, 25 julio 2016. <https://inews.co.uk/essentials/news/world/donald-trump-young-white-supremacists-want-cleanse-america/>.

Xiang. Biao. “Return and the Reordering of Transnational Mobility in Asia.” Return: Nationalizing Transnational Mobility in Asia, editado por Biao Xiang, Brenda S. A. Yeoh y Mika Toyota, Duke UP, 2013, pp. 1-20.

Žižek, Slavoj. Refugees, Terror and Other Troubles with the Neighbors: Against the Double Blackmail. Melville House, 2016.