La sirena

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Miguel Huezco Mixco


“La sirena” es el segundo capítulo de la novela Camino de hormigas. El Salvador: Colección Alfaguara/Editorial Santillana, 2014 (29-42).


He tecleado su nombre en el buscador tantas ve­ces sin resultado. Recién una señal se ha encendido, pero en la infinidad de nombres y sobrenombres que pueblan nuestro mundo la identidad es solo una viñeta. Se llama Aria, vive, o vivió, en El Pireo. Es, o era, una empleada de banco. Me dijo que en sus ratos libres hacía periodis­mo. Esta fue la razón que la empujó a hacer un larguísimo viaje desde Grecia hasta la angosta cintura volcánica en­charcada de sangre donde nací.

Mil novecientos ochenta y algo. Un verano pleno de sol y aburrimiento. Me encontraba escondido entre los pliegues de una zona montañosa situada en la frontera norte. Esperábamos, como era usual, que al acercarse el fin de año el ejército lanzara uno de sus rutinarios pero peli­grosos operativos destinados a desestabilizar el disciplina­do mundo en el que vivíamos. Año con año celebrábamos las fiestas en medio de la persecución de la infantería.

En La Cañada –este es el nombre de la montaña donde me encontraba– había frutas y agua en abundancia. Al atardecer subíamos hasta la posta más alta a contemplar el espectáculo de la agonía del día. Frente a nosotros se miraban como brócolis gigantescos las impenetrables montañas de Honduras donde aún viven coyotes, pumas y guacamayas. Si el cielo estaba limpio podíamos adivinar, al sur, la línea del mar, inmóvil, ligeramente curvada, cam­biando del celeste al gris y del gris al negro, como una hoja de acero humedecida. Bajábamos a buscar nuestra comida sin usar las linternas, pues eso nos delataría, tropezando con las piedras y chocando nuestras armas contra las pali­zadas.

A una hora y media de camino, montaña abajo, estaba Arcatao. Mejor dicho “está”, porque sigue allí. A ese minúsculo pueblecito semidestruido se llegaba, viniendo del sur, a través de una sinuosa calle, en algunos tramos sepultada por rocas blancuzcas o devorada por zacatales, matas de güiscoyol y hojas de guarumo del tamaño de un paraguas. Por allí llegó Aria.

Aquella mañana recibí un mensaje cifrado donde se me ordenaba que debía bajar al lugar para encontrar­me con dos periodistas gringas, responder a sus pregun­tas, asegurarles alimentación, un sitio donde dormir y despacharlas por el mismo camino por donde habían lle­gado. Bajé inmediatamente después del desayuno, con Nelson, quien operaba el radio comunicador. La misión me daba ocasión de comer sentado y conversar con ami­gos del pueblo. Además, podría visitar a Begoña y, con suerte, pasar la noche con ella.

No me costó reconocerlas. Las periodistas estaban recostadas contra una pared acribillada a tiros, hablando con una de las mujeres del lugar. Desde lejos les hice una señal de saludo que ellas devolvieron con entusiasmo. Me dijeron sus nombres pero no alcancé a entenderlos bien. Una de ellas hablaba español. Ya nos arreglaríamos, pen­sé. Con mi pobre inglés las convidé a tomar café en una de las casas. En la mesa de Filomena, después de enju­garme el copioso sudor que me cubría el rostro y limpiar mis gafas, volví a preguntarles:

–¿De dónde me dijeron que vienen?
–De Grecia... Somos griegas –respondió una de ellas, en mal español.
–¿Gringas?
–Griegas.
–Ahora entiendo –respondí, mirando a Nelson–. Han hecho un largo viaje –añadí.
–Mi nombre es Fedora. Ella es Aria.
–¿Aria?
–En realidad su nombre es Ariadna.
–¿Cómo la hija de Minos?
Fedora le tradujo y las dos sonrieron con aproba­ción. Aria se atrevió a participar:
–¿Dices tu nombre?
–Teseo –le mentí.
Las dos se miraron y abrieron la boca.
–No es verdad –las tranquilicé.

Abrieron sus libretas. Sacaron las grabadoras. Fe­dora preguntaba. Aria hacía las fotos. Se movía con la má­quina de un lado a otro, cambiaba lentes, tomaba mues­tras de luz. Era hermosa. Lo confirman dos fotografías de ella que guardo, junto con las tarjetas que me envió años después desde muchas partes del mundo. Conservo tam­bién una postal –una fotografía de George Meis– donde se mira una rústica y pequeña terraza griega con dos si­llas solitarias que tienen de fondo una pared amarilla y ventanas con marcos de madera pintados de un intenso color azul. Más tarde recibí otra postal suya, esa vez des­de Nueva Orleans. La imagen muestra un grupo de mú­sicos negros –piano, contrabajo, clarinete, saxo y bate­ría– ejecutando alguna de esas hipnóticas piezas de Coltrane. Para entonces la guerra había terminado... pe­ro no debo adelantarme a la historia.

Así, vuelvo al día en el que Aria está sentada en una de las bancas ubicadas alrededor de la iglesia, recibiendo un baño de sol, fotografiando las gallinas y los niños que pasan por los portales. Estoy en la acera de enfrente con mi sucia gorra sobre una de mis rodillas, despegando de mis botas la mierda de cerdo con una rama seca, mirando de reojo a la mujer griega de cuando en vez. En el almuerzo las visitantes se fueron a comer con un grupo de madres de mártires, despedazados y arrojados a la fosa de la gue­rra. Nos encontraríamos hasta el atardecer para la cena, a la que asistirían otros hombres y mujeres del pueblo, una fiesta de pobres, con guitarra y fogata, sin alcohol.

Me fui a husmear en los alrededores de la clínica para mirar a Begoña. Era española. En Madrid había ob­tenido un título de enfermera. Vino a Centroamérica, a los campamentos de refugiados en Mesa Grande, como voluntaria de una organización de médicos. Después in­gresó a Chalatenango. La encontré inyectando a un hom­bre viejo que mostraba una herida en una rodilla. Se ha­bía caído al intentar pasar por un cerco de alambre. Lucía atareada. Había más gente esperando. Apenas pudimos hablar. Acordamos, a señas, mirarnos después de la cena a la entrada del conventillo, enfrente de la iglesia. Le hi­ce un gesto juntando las manos que podía significar “te veo en la iglesia” o “te ruego que vengas”. Había algo entre nosotros. En las últimas semanas fuí a buscarla un par de veces al conventillo. La gente aseguraba que Be­goña era amante de uno de los curas. A mí eso no me importaba, desde luego. Me sentía atraído por su carác­ter decidido. Hablaba ensalivando cada palabra que pro­nunciaba. Se cortaba el pelo como un chaval y llevaba las muñecas cubiertas de pulseras de hilos de colores. Además, tenía libros. Se los conseguían sus amigos en la ciudad. Alguien me dijo: “busca a la española, la amante del cura, ella tiene libros”. Y eso hice. La había visto una vez, recién llegado al frente. Se lo conté el día que fui a buscarla, pero no pareció recordarlo. Me prestó un ajado libro de poemas de José Hierro y le aseguré que volvería para devolvérselo. Hablamos hasta bien entrada la noche en uno de los portales, en medio de la oscuridad, senta­dos en el suelo, mirando el trazo de los meteoritos. Cuando le pregunté si su nombre de verdad era Begoña me dijo: “por supuesto que sí. En España me co­nocen con otro nombre pero aquí no es España”. Me in­vitó a una de sus clases donde les enseñaba a leer a las mujeres y a los viejos. “Casi todos los hombres están en el monte”, se lamentó.

Un par de semanas después llegué a su clase. Mi campamento se estacionó en las proximidades. Íbamos ca­mino de Los Ranchos, un poblado destruido por el ejérci­to, a unas cinco horas a pie, pasando el río. El aula de Be­goña estaba debajo de un amate. Intenté mostrarme atento al aprendizaje del alumnado sobre la separación de las síla­bas, pero mi interés se enfocaba en su joven maestra. Esa vez tuve que retirarme de prisa. Los soldados nos andaban a las carreras. Había un avance del Destacamento 1 y los helicópteros podían aparecer en cualquier momento para limpiarles el terreno. Le devolví el libro diciéndole que vendría por otro en cuanto pudiera.
–Tienes que volver –me dijo.

No supe bien cómo entender aquella expresión. Eran días horribles. La guerra es un fuego oscuro. Podía tomarse como una frase alentadora para alguien que, por decirlo de un modo, se hace a la mar en una noche de tor­menta: “vuelve con bien”. Son cosas que dicen una madre, un hermano, una amiga o un simple conocido. Visto de otra manera podía ser una señal del tipo: “si te dejás matar te perderás una cogida que ni has soñado”. Mi fantasía adi­cional era que en su habitación del conventillo habría una cama… Tenía tiempos de no probar una con mujer inclui­da. Allí estaba, entonces, de regreso, asediándola, soñando con una victoria, haciéndome ideas sobre las posibilidades que se abrían para la noche que estaba por llegar.

En la tarde con Nelson decidimos ir a una poza formada con la corriente de agua que resbala por el res­paldo montañoso en el que se recuesta aquel poblado. Fui el primero en lanzarse al agua con un grito de júbilo. Nelson permaneció vigilante al lado de mis armas y mi ropa. Me restregué detrás de las orejas, extraje unas pe­queñas y hediondas costras del interior de mi ombligo, me lavé la ingle, el sexo y el culo. Antes de salir aprove­ché para lavar mi colcha y ponerla al sol. Luego llegó el turno de Nelson. Era guerrillero desde los 19 años. Cuando se desnudó le miré una cortadura que le pasaba de las costillas hasta la mitad de la espalda. Por allí le ha­bían extraído dos balas. Lo hirieron en un fallido ataque contra el cuartel de Chalatenango. Lo sacaron a duras penas hasta un puesto médico. Al sanar lo enviaron a mi campamento. Nelson se bañó metódicamente sin dejar de levantar la vista a uno y otro lado, y luego se puso al sol. Un par de horas más tarde volvimos al pueblo su­biendo con precaución por el empedrado en dirección a la explanada frente a la iglesia. En una de las esquinas me senté a fumar. Mientras Nelson descifraba los mensajes enviados por el mando redacté algunas peticiones para una unidad que acampaba cerca, en Nueva Trinidad. “Todo está tranquilo”, me dijo Nelson, guardando las claves en su morral. Era una buena noticia. Una de mis pesadillas recurrentes era que quedaba encerrado com­pletamente solo en un pueblo rodeado por el ejército. Me perseguía otra quizás peor: nos disparaban por todos los flancos y nunca llegaban refuerzos. Son sueños que se repiten. Es imposible deshacerse de ellos. Una vida ente­ra no basta para estrujarlos. Pensé en Begoña. Y en Aria. En Begoña y en Aria. En Begoña. En Aria...

Al final de la tarde nos encontramos con las dos griegas para la cena. Con ellas éramos diez personas a la mesa. Aria se sentó frente a mí y pude mirarla con más detalle aprovechando los claroscuros que el fuego pro­yectaba sobre su rostro. La sorprendí mirándome con di­simulo. La sobremesa se animó. Fedora y Aria parecían absorber cada gesto y palabra de aquel grupo de campe­sinos. Algunos habían perdido a sus hijos, otros provenían de caseríos devorados por la maleza, a donde habían huido abandonando todo para escapar de la implacable persecu­ción del ejército. Me sentí orgulloso de estar en ese mun­do. Agapito comenzó a tocar la guitarra en compás de dos tiempos y a cantar con voz lastimera. La canción era bien conocida, hablaba de una matanza y del héroe popular Justo Mejía. Miré mi reloj y me puse de pie para excusar­me pues debía ir al conventillo. Fui dándoles la mano, uno a uno, hasta llegar donde Aria. Cuando estuvimos frente a frente ella extrajo de su bolsillo un pequeño papel que le­vantó un poco para que el fuego lo alumbrara y leyó, des­pacio, arrastrando las palabras: “Espero veros mañana. ¿Sí?”. Y levantó la mirada del papel clavando su pupila azul en mis gafas que a esa hora, por efecto de la luz, debían proyectar un efecto infernal. Su mirada era la de una mu­jer dispuesta a cometer una locura. Había viajado miles de kilómetros para venir a hacer fotografías de tipos harapien­tos portando ametralladoras. “Sí, Aria. Te veré mañana, sin falta”, le dije, dejándole un delicado beso en la comisu­ra de los labios. Su reacción buscando el contacto con los labios fue instantánea. No pude evitar que se me erizara la piel. Cogí la mochila y salí.

Afuera estaba Nelson fumando y riendo con otros guerrilleros. Le dije que iba al conventillo. Caminé alumbrándome con la linterna. Begoña estaba en la puerta despidiendo a unas viejecitas. Me invitó a pasar y sentarme a la mesa. Había luz eléctrica. En realidad, eran dos débiles bombillas conectadas a una batería de carro, una en la escalerilla y otra en el comedor, rodeadas de insectos que bailoteaban frenéticamente. Todo un lujo. Presentí la inmediatez del sexo nada más puse un pie en aquel lugar. Me dijo con un guiño que iba a preparar unos mojitos. “Lo único que no hay es hielo, pero les pondré bastante azúcar”. “Me arrancarán los huevos si alguien lo sabe”, le dije, en voz baja. “No tiene que saberlo nadie”, respondió sin mirarme, trayendo los vasos y la botella de ron blanco. “Ponte cómodo, ¿eh?”. Me quité los arneses y los puse junto al fusil. Conservé únicamente la pistola, pegada a mis costillas, debajo del corazón. “Quítate eso”, insistió. “¿O es que cuando bebes te da por la ruleta ru­sa?”, dijo, con una carcajada. Hice como que no había escuchado y le pregunté por los curas. “Llegan mañana”, contestó. Cogí el vaso donde flotaba una ramita de hier­babuena y brindamos.

Los poemas de Hierro no dieron para tanto. Pa­samos pronto a las confidencias. Me habló de un aborto (“interrupción”); de su abuelo republicano, de su madre socialista y de su hermano que le va al Atlético. Le con­fesé que nunca había estado en España, que planeaba ir, dije, con una mueca, “cuando termine la guerra…”. Me cacheteó suavemente en una mejilla. “Y si no vas, qué importa, majo”. “¿Y si me matan?”. “Pues te matan. Hoy estamos, mañana no sabemos”. Para entonces nos había­mos tragado tres mojitos cada uno. Le pasé los dedos en­tre su pelo de niño y me acerqué para besarla. Se resistió un poco. “Sácate esa pistola, no sea que nos terminemos matando”. Hice saltar el tiro de la recámara y el golpe del mecanismo resonó en aquellas paredes desnudas. Puse el arma sobre la banca, a mi lado. Cuando volví la vista Be­goña estaba de pie, empinando el resto del vaso. “Ven acá”, me ordenó. Nos besamos. “Me han dicho que eres un puto”, me dijo, metiéndome la lengua en la oreja. “Me han dicho que eres la amante del cura”, repliqué. “Quedemos en que ambas cosas son falsas”, susurró, sin inmutarse, con los ojos cerrados, sin dejar de besarme. Rodamos hasta un colchón que no había visto entre la pe­numbra. Me sacó la camisa y comenzó a besarme las tetillas montándose sobre mí. Cuando intenté quitarle la blusa me di cuenta de que no llevaba nada debajo. “Surprise, surpri­se...”, canturreó. Sus senos eran pequeños. Los toqué y se estremeció. El ardor iba en subida. Comenzaba a desatar­le el cinturón cuando, de pronto, levantó la cabeza. “¡Al­to, alto!”, exclamó. Alcancé a escuchar un ruido, como un portón que se abría, y el sonido del motor de un ca­rro. “Levántate”, me ordenó, abotonándose. “Alguien viene”. Recogí mis cosas y me empujó hasta una pequeña bodega. Poniendo un dedo en mi boca me advirtió en voz baja: “No hagas ruido y si puedes, ni respires, ¿me oyes?”, y cerró la puerta.

No sé cuánto tiempo pasó. Los tragos me ha­bían tocado. Me miré en una situación extremadamen­te ridícula y penosa. Monté la pistola y la puse a la altu­ra de mi pecho, por cualquier cosa. Bum-bum, sentí mi corazón. Respiré. Intenté escuchar algo. La voz de Be­goña. Otra voz, de hombre. ¿El cura? ¡Oh, mierda! Agucé el oído. No era la voz grave y enfática del padre, un vasco cabezón y malhumorado. Pasos. Silencio. Pa­sos. La voz de Begoña, con un acento exageradamente español. La voz del hombre era suave, hablaba como excusándose. Era un campesino, sin duda. Se oyó el golpe de una puerta y un ruido de llaves, y luego silen­cio. Solo silencio. Escuchaba mi respiración. La bujía se apagó. Tinieblas. Tanteé entre las cacerinas hasta dar con mi linterna. No sé cuánto tiempo pasó. Escuché pasos en dirección a la bodega. Puse el dedo en el gati­llo. Era Begoña, con una lámpara.

–Sal de ahí.
–¿Todo bien?
– Ni preguntes. El motorista del cura nos ha echa­do a perder el polvo, ¿no ves? Ahora lárgate, querido –me dijo, llevándome hasta la puerta del conventillo.
Con un pie en la calle intenté besarla. Me esquivó.
–Ni se te ocurra –y cerró sin hacer ruido.

Era una noche sin estrellas. Intentaba orientarme cuando distinguí una sombra caminando en mi dirección. Encendí mi linterna apuntándole a la cara. Era Nelson, que había estado pendiente de todos mis movimientos. “Todo ha salido mal”, le dije, con una sonrisa. “La gringa, la más galana, me ha preguntado por vos”, me dijo, indi­cándome la puerta de la casa donde seguramente dormía junto con las otras mujeres del pueblo. Me sintió el olor a ron. “Tuvimos una misa concelebrada, pero sin comu­nión”, le expliqué. Su carcajada hizo ladrar a los perros. En el portal olía a pies y sudor. Tendí mi plástico y me eché a dormir, como desmayado, sin quitarme las botas.

Nos levantamos antes de que saliera el sol para asistir al simulacro de maniobra militar que se había orga­nizado para que Aria pudiera hacer fotografías. Una pe­queña unidad de hombres y mujeres, con las armas relu­cientes, ingresó a Arcatao desde el oriente tomando posiciones de combate, casa por casa. Luego apareció otra unidad, desde el poniente. El objetivo imaginario era el antiguo puesto de la Guardia Nacional que unos años atrás había sido destruido con granadas caseras y fuego de fusiles. En aquel combate no hubo prisioneros. Las griegas estaban excitadas. Suponían que mi presencia había servi­do para facilitarles el espectáculo y me dieron las gracias en todos los idiomas posibles. Aria se acercó a mí, sacó un papel de su bolsillo y leyó en voz alta: “Deseo conversar contigo. ¿Sí?”. Acepté efusivo. “Ahora mismo”, me dijo. Caminamos hacia una de las casas abandonadas. En el interior encontramos una banca. Nos sentamos uno al lado del otro. Sacó de nuevo el papel y leyó: “Cuéntame algo de ti, si puedes...”. Comencé a contarle, balbucean­te, en un idioma que apenas conocía, una historia similar a la que le había referido alguna vez a Begoña. Me dio a entender, aparentemente emocionada, que todo eso era admirable, que era un héroe. Me mostré en desacuerdo. Quise explicarle que en una sola persona se pueden en­contrar a la vez el heroísmo y la brutalidad más atroz, no sé si lo conseguí. Me preguntó sobre el sufrimiento. Pen­sé decirle que la guerra es una experiencia agónica, pero no encontré las palabras. “Tú, en este momento me haces feliz”, le dije de corazón. Inesperadamente, me arrebató un sollozo. Con un gesto que tenía mucho de maternal, Aria me pidió las gafas y las limpió con la punta de su ca­misa. Luego me separó las manos, que mantenía cubrien­do mi rostro, y me besó con una pasión indescriptible. Después, metió “clutch” y cambió a segunda. Todo se hizo más lento, deliciosamente lento, una deliciosa deriva. Nos besamos en silencio. Miré hacia la puerta semiabierta. Tu­ve el impulso de levantarme a cerrarla pero me detuvo. “Déjalo, no importa. Solo somos un hombre y una mujer despidiéndose”, me dijo en inglés. Nos besamos. Mientras la acariciaba no dejó de mirarme. Apenas cerraba los ojos para volverlos a abrir, cada vez más azules. Nos sentamos sobre el polvo apoyados en la pared. Unas gallinas entra­ron picoteando. Ladró un perro. Un alborozo de pájaros se posó sobre una mata de plátanos. Aria puso su enorme ca­bellera revuelta sobre mis piernas para que la acariciara. Contra todas las normas, le escribí en su libreta mi nom­bre y los números de un apartado postal en la ciudad, el de mi padre. Ella hizo lo propio y escribió: Aria Lelaki, deba­jo el nombre de una calle y el número de una casa en El Pireo, Grecia. Lo dobló y me lo entregó. Sacó de su bolso un pequeño barco de plata atado a un cordón de cuero, y me lo colocó en el cuello como la condecoración de una tribu de navegantes. Alguien tocó la puerta y entró. Era Nelson. Me dijo que debíamos irnos. Por la radio pedían que me reportara de inmediato en La Cañada. Con Aria nos dijimos adiós con una mirada. Cuando me puse la mochila a la espalda tomé conciencia de que probable­mente nunca volvería a verla.

La guerra terminó. Volví a usar mi nombre. Re­gresé a la ciudad. “A casa”. Me encontré las postales y las fotografías de Aria. Le escribí. Tardaba en responder, pe­ro respondía desde algún lugar. Le fui describiendo, en cada carta, la ruta de un viaje imaginario desde los trópi­cos hasta el mar Egeo, y la llegada al puerto, donde esta­ba ella, desde luego, como en una película americana, esperándome. El “no te olvidaré”, como promesa cum­plida. Luego me extravié. Hice mi embudo. Luché mi propio duelo, con florete, contra intrigas y zancadillas. Mis certidumbres se fueron a pique. Tuve que llegar al fondo para conseguir mirar arriba de mi cabeza. En eso, murió mi padre. Muy tarde caí en la cuenta de que su apartado de correos había sido clausurado. Seguí escri­biéndole para contarle que el nuevo país de la posguerra seguía demandando el sacrificio de siete veces siete hom­bres y mujeres para alimentar a nuestro insaciable Mino­tauro. Lo envié todo a su dirección. El correo devolvió mi paquete. No había nadie allí con ese nombre. Cuando sur­gió internet la busqué en todos los confines e idiomas po­sibles, sin éxito. He dejado rastros por doquier. Si se lo propusiera, no le costaría dar conmigo. Los motores de búsqueda han evolucionado tanto que es posible, si uno se lo propone, dar con una aguja. Cada cierto tiempo tecleo su nombre con idénticos resultados. Una vez, su nombre apareció en medio de una interminable lista de firmantes de una Red contra la Impunidad del Mercado, demandan­do la liberación de once indígenas mapuches. Volví a en­contrarla junto a más de un millar de activistas que de­nunciaban unos terribles hechos en Oaxaca. Un buscador más reciente le atribuye inclusive un video casero, realiza­do en Manila, que documenta una cirugía de restauración de himen, pero pienso que es un error.