Ciudad Juárez: La frontera más bonita

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José Manuel Valenzuela Arce
Colegio de la Frontera Norte


Los textos que se presentan a continuación son fragmentos extraídos del libro Sed de mal, en el cual se interpretan expresiones de cultura, violencia, feminicidio y exclusión en ámbitos fronterizos. En este trabajo, Valenzuela Arce recrea ámbitos fragmentados de la historia social de la frontera para comprender su situación actual, caracterizada por la conspicua presencia de trasiego de drogas, miedo, violencia y muerte, así como de expresiones extremas que cobran forma en fenómenos inaceptables de exclusión, precarización, miedo, violencia, feminicidio y juvenicidio. Nuestro primer fragmento atestigua la precariedad e indefensión social que imperan en Ciudad Juárez. El segundo analiza representaciones cinematográficas de dicha precariedad, concentrándose específicamente en el feminicidio.

Palabras clave: feminicidios, precarización, exclusión social, Ciudad Juárez, frontera, violencia



I. Ciudad Juárez:
Precariedad e indefensión social
1
Chihuahua tiene cerca de tres millones y medio de habitantes, de los cuales 39 por ciento vive en Ciudad Juárez y cerca de 17 por ciento es de jóvenes cuyas edades se encuentran entre los 15 y los 24 años.  Juárez ha vivido un acelerado crecimiento poblacional superior a los promedios nacionales en las últimas siete décadas, debido al fuerte peso de la inmigración, de tal manera que la mitad de sus residentes no nació en esta ciudad fronteriza. Migración intensa y mala planeación generan graves problemas urbanos que incluyen deficiencias notables en infraestructura y servicios, elementos que participan en la ampliación de los escenarios de riesgo.2

Junto a los problemas urbanos y la vulnerabilidad que generan, la maquila y el desempleo han sido factores importantes que definen los procesos de precarización social y vulnerabilidad en los espacios públicos fronterizos. Desde hace casi una década se ha incrementado el desempleo en Ciudad Juárez, el cual había mantenido bajos niveles con respecto a los indicadores nacionales. Ciudad glocal, en Juárez se asentaron desde mediados de los años sesenta del siglo pasado industrias transnacionales maquiladoras que buscaban aprovechar intensivamente la fuerza de trabajo barata y precarizada.

La presencia de la maquila tuvo un despegue inicial que convocó a gran cantidad de mujeres: ochenta de cada cien personas contratadas en esta industria durante la década de los años setenta, eran mujeres, feminización que conllevó el abaratamiento de la fuerza de trabajo y de las condiciones laborales. La industria de ensamble adquirió centralidad en muchas ciudades fronterizas donde, sin mejores opciones, los hombres también se fueron incorporando a la maquila hasta igualar su proporción con las trabajadoras.

La maquila prefigura escenarios de flexibilización laboral ampliados a mediados de la década de los noventa, tras el comienzo del Tratado de Libre Comercio (TLC) y la expansión de las industrias maquiladoras de exportación a otras ciudades del país, y también a otros países, expresando nuevas condiciones de precariedad, flexibilidad y sobreexplotación laboral, al mismo tiempo que representa la opción disponible para una gran cantidad de personas, especialmente mujeres jóvenes y adolescentes, quienes tempranamente van asumiendo que maquila es destino. En 1966, en Ciudad Juárez había cinco plantas maquiladoras que empleaban a 760 personas como promedio anual. Diez años después, había 81 plantas y 23.580 trabajadores. Para 1986, la maquila juarense se componía de 180 plantas y 86.526 trabajadores. En 1996, el número de plantas llegó a 264 con 169.133 empleados, y en 2000, había 308 plantas con 249.380 empleados (Almada, 1995; De la O, 2001: 35).

Las dificultades económicas juarenses se incrementaron tras la salida de empresas maquiladoras que con el TLC encontraron otros espacios nacionales con abundante fuerza de trabajo, participando ellas mismas en el proceso de precarización laboral. No obstante, la maquila devino opción ocupacional para muchos jóvenes, quienes por necesidad o por gusto deciden dejar los estudios. La situación también se complicó tras el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, y los estropicios que generó en el cruce fronterizo. Además, el modelo maquilador se expandió a otras partes de México y del mundo, donde las empresas encuentran abundante fuerza de trabajo barata que permite incrementar ganancias, relativizando el peso específico de la localización fronteriza.

Con la llegada del tercer milenio, la disminución de empleos afectó la economía y las condiciones sociales en Ciudad Juárez, la cual perdió 63 mil empleos en 2001 y 16 mil en 2002, mientras que en la maquila, la pérdida de empleos en estos años fue de 48.653 y 14.602 (Stern, 2007: 117).

Otro elemento que ayuda a entender el crecimiento de la vulnerabilidad social en Ciudad Juárez es el alto peso poblacional de la migración, aspecto que muchas veces –mediado por la condición de clase– reduce el capital social de los migrantes y los vuelve vulnerables, pues llegan a nuevos contextos con un dispositivo reducido de relaciones sociales que permiten cobertura y apoyo. Esta condición se incrementa cuando las migrantes son mujeres solas o con hijos, expuestas a diversas formas de abuso y explotación. Este último fenómeno se encuentra asociado a procesos de precarización del trabajo, disminución de derechos y prestaciones laborales y ausencia de instancias de organización para la defensa de sus derechos. Esta condición se acentuó con la instalación de las plantas maquiladoras de ensamble en 1965, por el Programa de Industrialización Fronteriza.

La precarización se amplía debido a la distancia con las antiguas redes de relaciones sociales, la debilidad de las nuevas, el tiempo invertido en el trabajo –incluido el traslado–, la indefensión de los trabajadores frente al poder de patrones y empresarios, así como por el abandono, desinterés o ineficiencia de las instituciones. La capacidad de atracción de las maquiladoras instaladas en la frontera colocó a gran cantidad de mujeres en mayores condiciones de riesgo, al disponer de bajo capital social y alta exposición a situaciones riesgosas en el traslado al trabajo y en los espacios públicos. El proceso de vulnerabilidad se incrementa con la presencia de amplias deficiencias en infraestructura, urbanización y equipamiento urbano, especialmente en colonias populares, donde la ausencia de transporte seguro –o transporte a secas– y de alumbrado aumenta las condiciones de inseguridad.

II. La frontera más bonita: Imágenes y representaciones
Juárez, ciudad de piel áspera
El recorrido por Ciudad Juárez es una avalancha de imágenes que conforman un juego de espejos que otorga sentido a la ciudad percibida, proceso que recrea algunas de las múltiples ciudades posibles, ciudades distintas, diferenciadas en función de quien las mira, como Zemrude, ciudad invisible de Italo Calvino (1990).

Juárez, ciudad de piel áspera, zapatos abandonados, camiones cansados, desvencijados, prófugos del yonke que, con paso estridente, recorren colonias populares, el centro, áreas comerciales y zonas industriales. Camiones que conectan mundos contrastantes que se tiñen de colores de maquila y transportan a jóvenes obreras que viajan al lado de la muerte. Juaritos alerta, expuesta a ataques arteros que pueblan panteones de esperanzas truncas, vidas arrancadas de tajo inclemente o guadañazo traicionero, sorpresivo. Ciudad que se (des)dibuja como maquillaje de sombras y rostro de mujer, donde todo lo prohibido está disponible, como asienta Lourdes Portillo en el video documental Señorita extraviada (2001).

Juárez, ciudad maquila, ciudad-futuro, «la frontera más bonita de México». Emblema de prosperidad, paradigma de globalización flexible y deficiencias criminales representadas en Lomas de Poleo y Lote Bravo. Ciudad paridora, urbe receptora, madre desatenta que abandona a sus hijos, cihuateteo errante que llora a su progenie. Desorden reconocible, urbanización accidentada, ciudad de proyectos (des)ensamblados, demediados. Juaritos, ciudad de narcofosas, de desesperanza, de atrocidades ocultas y visibles, de cruces y caminos, cruces que hacen camino; cruces mojones de afectos extraviados, cruces calculados o fortuitos con la muerte. Juárez, ciudad de mujeres ausentes, seres entrañables que no debieron partir, que no debieron morir: caminos joviales que cruzaron con la impunidad recurrente, feminicidio lacerante, feminicidio persistente, feminicidio que señala los rostros oscuros del poder.

Juárez, ciudad reciclada, recreada con desechos del otro lado. Espacio en permanente construcción, saturada de diablitos energizados en colonias y barrios populares. Parafernalia tianguera que cubre de kitsch intenso los cruces fronterizos. Juaritos, escaparate transfronterizo. Ciudad de incendios y fuego que no purifica. Ciudad devastada, consumida por una narcopiromanía que cobra derecho de piso, amedrenta, extorsiona, castiga, destruye, asesina. Ciudad de bares, night clubs, cantinas y vida nocturna, de leyendas negras que refrendan la estulticia del senador Volstead y el fracaso de la Ley Seca. Ciudad de striptease y desnudos privados, de cuerpos supliciados, decapitados, torturados, deslenguados, cocinados, lugar donde los miedos se hacen realidad, como afirma Joaquín Cosío, locutor y conciencia pública en la película Traspatio de Carlos Carrera (2009). Ciudad frontera, sitiada por un río, alambre de púas y cerca ciclónica que evidencia desenlaces, mallas y bordos agresivos que mutilan esperanzas. Ciudad camuflada, que adapta productos, materiales y objetos de desecho, de segunda mano. Ciudad frontera, donde la esperanza habitacional utiliza carros o casas rodantes y recurre a llantas como escaleras y cimentación habitacional.

Juárez, ciudad de polvo, cruce y contención, circuitos donde las casas de cambio recrean un incansable travestismo monetario. Escaparate y mercado de ropa nueva y usada; ropa fayuca, término impreciso, devaluado con la avalancha nacional de productos estadounidenses amparados por el TLCAN. Ciudad yonke, de carros viejos y ofertas bíblicas, ciudad enriquecida por familias nativas y migrantes, muchos migrantes. Ciudad precarizada que subsidia el inmoral enriquecimiento de empresas transnacionales y una clase político-empresarial rapaz, indolente. Ciudad que llora a las ausentes y se indigna ante la presencia recurrente de ropa femenina manchada de sangre abandonada en el desierto, indicio que anticipa el desenlace indeseado, el temible encuentro que confronta muchos días de angustia. Ciudad copada por cruces, voces sin eco, gritos sin escucha. Juárez, ciudad entristecida por sus muchas muertas, de feminicidio impune, ciudad devastada que llora a sus mujeres, a sus jóvenes, ciudad calumniada por visiones oficiales, ciudad donde, pese a todo, la dignidad y la esperanza resisten abriendo paso y camino desde abajo.

Sangre de sus muertas niñas
Las representaciones son marcos intersubjetivos que participan en la construcción del sentido de lo cotidiano. Junto a las narrativas conformadas en los entramados barriales donde las familias buscan desesperadas a las personas desaparecidas o lloran a sus difuntas, surgieron las voces agraviadas que dieron nombre a sus muertas, enfatizando el acto artero y alevoso del asesinato y difundiendo en ámbitos locales e internacionales la infame presencia del feminicidio. El registro del feminicidio juarense encontró en el video documental un recurso privilegiado como documento con gran capacidad de comunicar los escenarios del miedo y la violencia asociados al acto feminicida. Señorita extraviada (2001), de la artista y videoasta chicana Lourdes Portillo, es un poderoso y valiente testimonio sobre el feminicidio en Ciudad Juárez. Las protagonistas de Señorita extraviada, son las redes afectivas de mujeres victimadas, sus voces y fotos que impugnan un silencio cómplice que perpetúa la impunidad. Las señoritas extraviadas son jóvenes pobres, delgadas, morenas, de rostros bellos y largas cabelleras, aunque también se asesina a mujeres que no encajan en el prototipo. Señorita extraviada resume la vulnerabilidad e indefensión presente durante dos décadas. Muchas de las mujeres asesinadas fueron trabajadoras de maquila, fábricas donde se labora extenuantes jornadas de trabajo por cuatro o cinco dólares al día. Los personajes de Portillo tienen nombres reconocibles y familias que les lloran, son figuras que mantienen vivo el reclamo contra la impunidad y exigen respuestas. A ellas se suma la propia voz desesperada de Portillo, quien pregunta desolada, anticipando el silencio displicente: ¿por qué se ignora la muerte de tantas mujeres?

La constante en las representaciones sobre el feminicidio en Ciudad Juárez es la impunidad, aun cuando se reconocen y señalan responsables. En el video documental Señorita extraviada, Lourdes Portillo identifica el escenario de precarización laboral introducido por la maquila (80% estadounidense), que encuentra en Juárez abundante mano de obra y salarios hasta diez veces inferiores a los que pagan en Estados Unidos en empleos similares. También registra voces oficiales, como el ex gobernador panista Francisco Barrio, quien afirmó que las mujeres asesinadas eran prostitutas con vida doble, que asisten a ciertos lugares, usan cierto tipo de ropa, frecuentan cierto tipo de gente y desarrollan cierta confianza con malvivientes, quienes devienen sus agresores. La retórica pedestre trata de construir sospechas que encubran la incapacidad y complicidad gubernamental. Jorge López Molinar, ex subprocurador del estado de Chihuahua, propuso que la sociedad se imponga un toque de queda para que los buenos se queden en sus casas y sólo los malos anden en las calles, olvidando que gran parte de los ataques ocurren cuando las mujeres salen o regresan del trabajo. Otros funcionarios chihuahuenses propusieron cursos de karate para que las mujeres puedan defenderse. Éstas son propuestas oficiales que vician y confunden, verdaderas agresiones a la inteligencia, miradas cómplices que han sido parte indisociable del problema.

Por el video testimonial Señorita extraviada, circulan sospechosos delincuentes y chivos expiatorios: Latif Shariff Shariff, el Egipcio (ingeniero químico de cuarenta años de edad, quien tenía antecedentes penales en Estados Unidos por agresiones sexuales), Los Rebeldes, Los Choferes, Los Creyentes, personajes satánicos, narcotraficantes, productores de videos snuff, asesinos de juerga, traficantes de órganos, la maquila, corrupción y criminalidad policial, la connivencia entre delincuentes y los responsables de castigarlos. El trabajo de Portillo identifica contaminación de escenas de crimen, pérdida de evidencias, archivos mal elaborados, ocultamiento de información y retraso intencional en los procesos. Señorita extraviada evidencia la responsabilidad oficial por omisión, participación y encubrimiento. En el video también aparecen medios masivos de comunicación sometidos al poder, afectados por una insoslayable proclividad al escándalo. Durante su filmación se asesinaron a cincuenta mujeres en Ciudad Juárez. Señorita extraviada es un video documental de gran fuerza testimonial que muestra lo que la gente sabe, pero ocultan quienes deben impartir justicia.

La noticia llega tras muchos días de zozobra: «encontraron otro cuerpo», y se anticipa un destino doliente, un desenlace que se devela en la morgue, en alguna fosa clandestina o al ras de la tierra, en un lote baldío. La periodista de El Paso Times, Diana Washington y Oscar Máynes, ex perito de la Policía Judicial del Estado de Chihuahua, sostienen la tesis que muchos juarenses comentan: en el feminicidio participan asesinos en serie, narcotraficantes, hombres ricos y poderosos de la economía, la política y la Policía Judicial de Chihuahua, personas cercanas al poder presidencial, quienes hacen orgías en las cuales asesinan mujeres y luego las tiran, con encubrimiento oficial.3 También destacan prácticas de tortura para obtener confesiones, la creación de chivos expiatorios y otros aspectos infames exhibidos en los testimonios registrados en el video documental.

En Bajo Juárez. La ciudad devorando a sus hijas (2006) de José Cordero y Alejandra Sánchez, elaborado cinco años después de Señorita extraviada, se presenta un escenario que conjunta voces desesperadas de personas que siguen buscando justicia para sus hijas, esposas o hermanas asesinadas o desaparecidas, en relación y contraste evidente con la indolencia autocomplaciente de autoridades cuyas voces suenan ajenas, distantes:

La ex fiscal especial para Crímenes Contra Mujeres (1998-2000), Zully Ponce, considera desproporcionada la cifra que alude a las mujeres asesinadas, argumentando que las personas que piden justicia: «empiezan a exagerar y a sumar todo tipo de homicidios». María López Urbina, también ex fiscal especial para Crímenes Contra Mujeres (2004-2005), después de confundir a Juana de Arco con Sor Juana Inés de la Cruz y pedir a los padres que no permitieran que sus hijos lleguen a las seis de la mañana, afirma que 356 víctimas «no son números tan escandalosos». Sin demérito al nivel declarativo de las dos ex fiscales, el entonces presidente Vicente Fox destacó que la mayoría de los asesinos estaban en la cárcel y declaró contundente: «No se vale estar refriteando los mismos 300 o 400 casos».

Junto al vía crucis de padres, madres y hermanos que buscan a sus seres queridos o exigen el esclarecimiento de sus crímenes, Bajo Juárez presenta algunas de estas historias en escenarios donde pintar una cruz rosa alude a cientos de historias, y escarbar en el desierto o en los campos juarenses conlleva códigos cruzados entre el deseo de hallar a la persona querida y la esperanza de que siga viva. Han tocado muchas puertas, incluso la presidencial, motivados por la declaración de Vicente Fox acerca de que las puertas de Los Pinos estaban abiertas para ellos, pero no les recibieron ni siquiera la carta que deseaban entregar al ejecutivo. Tras doce largos años de búsqueda y zozobra, la justicia no llegó; una vez más, traicionaron sus esperanzas y deseo de justicia.

Pero la lucha de los familiares de las víctimas ya había alcanzado repercusiones internacionales y convocaba una solidaridad amplia, que incluía a estrellas del cine como Jane Fonda, quien puso en claro la condición desigual y clasista de la justicia:

Soy famosa, soy blanca, tengo una hija, tengo una nieta y estoy segura de que si ellas fueran secuestradas o desaparecidas, las autoridades trabajarían muy duro para descubrir quién las mató o quién las secuestró. Ir ante la autoridad y ser tratadas como si no importara. Sentir que soy invisible, como estas madres se han sentido y no sólo eso. ¿Por qué hace falta que vengan estrellas internacionales para que ustedes reaccionen de esta manera?

Junto a Señorita extraviada y Bajo Juárez. La ciudad devorando a sus hijas, otros documentales, como La batalla de las cruces (2006) de Rafael Bonilla y Patricia Ravelo, presentan testimonios que ayudan a entender el doloroso recorrido del feminicidio en Ciudad Juárez y en otras partes de México. También el cine ha producido películas que colocan los asesinatos de mujeres en el centro de su argumento y ofrecen pistas de interpretación; entre ellas destacan Bordertown y Traspatio.

Bordertown (en México Verdades que matan), película del chicano Gregory Nava (2006), director de El Norte, la historia se construye a partir de la llegada de la periodista Lauren Brian (Jennifer López) a Ciudad Juárez para cubrir un reportaje sobre el feminicidio, para el Chicago Herald, enmienda picaporte para que le otorguen su deseado nombramiento como corresponsal del diario. Allí se reencuentra con Alfonso Díaz (Antonio Banderas), un valiente periodista local que ha denunciado complicidades subyacentes al feminicidio. Lo que parece ser una historia más, reconstruida desde una mirada superficial hollywoodense utilizando figuras taquilleras, se transforma cuando Lauren conoce a Eva (Maya Zapata), una tránsfuga del diablo, quien regresó de la muerte al sobrevivir un ataque artero en Lomas de Poleo, donde fue violada y golpeada de forma desalmada hasta casi perder la vida. La transformación de los personajes deriva de su complementariedad, su empatía anclada en biografías tempranas donde no parecen tan distintas: Eva, muchacha pobre que llegó a trabajar a la maquila y Lauren, muchacha de origen mexicano que emigró de México a Estados Unidos con su familia. El ingreso de Lauren a la maquila es un recurso-carnada para atrapar a los asesinos. Eva le otorga el toque popular mediante accesorios para lograr el camuflaje esperado: «ya te ves igual a mí». Así, Lauren ingresa al mundo automatizado de órdenes conminatorias y control. Lo que Eva desconoce es que existe un vínculo mucho más fuerte entre ellas, como parte de un sector vulnerable. Este vínculo se hace evidente cuando Lauren reclama a George Morgan (Martín Sheen), director del periódico, por su negativa a publicar la historia de Eva y lo increpa: «todo esto [refiriéndose a las máquinas y muebles de la oficina del periódico en Chicago] fue ensamblado en Juárez y está cubierto de sangre», luego, enfatiza su adscripción identitaria: «yo soy una de esas mujeres, mis padres llegaron aquí como inmigrantes, los mataron en el campo y fui adoptada […] cuando conocí a Eva me vi a mí misma. Toda la vida he huido de quien soy, porque no es bueno ser mexicana, no en este país».

Gregory Nava ubica los escenarios del crimen en el espacio de mediación entre la casa y la maquila; allí actúan los asesinos, quienes aparecen como conductores de camiones, policías o empresarios a cuyas fiestas acuden sacerdotes, políticos y empresarios de ambos lados de la frontera, figuras que poseen historias hermanadas por intereses asociados al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Entre ellos se encuentra Marco Antonio Salamanca, el atacante de Eva, a quien ella identifica como su violador. Sara (Sonia Braga) trata de minimizar el hecho argumentando que los indígenas no distinguen las cosas reales de las que imaginan, comentario disuasivo y racista complementario al del jefe de policía, quien, ante una nueva joven asesinada, afirma que se trata de casos de violencia doméstica. Este argumento desafortunadamente no surge de la ficción cinematográfica, pues el informe conclusivo de la Procuradoría General de la República (PGR) durante el gobierno de Vicente Fox, establecía que el feminicidio en Juárez se reducía a crímenes pasionales, explicación manida que buscaba minimizar la condición misógina y sistemática de los asesinatos.

La complicidad entre delincuentes y figuras supuestamente respetables vulnera la vida de las mujeres en Juárez. Esta idea, presentada en Bordertown, se conforma con la participación de funcionarios de ambos países, como el senador Rolling, quien utiliza sus influencias para silenciar a la prensa estadounidense, el gobernador de Chihuahua (muy preocupado por su imagen e intereses personales, pero indolente frente a los asesinatos de mujeres), o empresarios con doble nacionalidad atados a intereses económicos estadounidenses y lealtades con ese país, como Salamanca, empresario educado en Harvard y dueño de naves industriales donde se asientan maquiladoras, para quien ser estadounidense o mexicano es sólo un término, una opción manejable a conveniencia, por ello afirma soberbio: «ésos son sólo términos que limitan, no significan nada en el mundo moderno. Hay dos conjuntos de leyes en cada país, una para gente con dinero y otra para todos los demás. Yo compro políticos en ambos lados». De la misma clase es Aris Rodríguez, feminicida perteneciente a una familia de prosapia juarense cuyos intereses empresariales se encuentran relacionados con el TLCAN.

El interés común de estos empresarios y la clase política es silenciar las noticias sobre asesinatos de mujeres, pues aleja inversiones y daña la imagen de la ciudad. Imagen, impostura, gesticulación, de allí deriva una certeza apabullante: «Los gritos de las mujeres de Juárez se han silenciado porque nadie escucha». Ni las grandes corporaciones que hacen sus ganancias con el trabajo de estas mujeres ni los gobiernos de México y Estados Unidos que se benefician con el TLCAN, nadie quiere escuchar. La evidencia indica que hay muchos asesinos. Toda una cultura de asesinato: «Encubrir es más barato que proteger a estas mujeres». En Bordertown se señala sin ambigüedades la responsabilidad de los gobiernos de México y Estados Unidos, por ello Lauren estalla en ira e impotencia: «No es libre comercio, es esclavitud, es un maldito fraude, todos ganan mucho dinero y no les interesan esas mujeres». Los medios masivos de comunicación también aparecen como cómplices, incluso George, el director del periódico a quien Lauren tenía gran aprecio y respeto profesional, por las presiones de políticos estadounidenses se niega a publicar la historia de Eva, a pesar de la exigencia de Lauren, quien enfatiza que esa historia puede salvar la vida de muchas mujeres… mujeres como ella.

Bordertown culmina con la muerte de Aris, inmolado al incendiar la casa de Eva con la intención de asesinar a Lauren. Mientras Aris se calcina como ritual de purificación, Eva y Lauren se abrazan: «si las dos nos ayudamos, podemos lograrlo». El corolario es contundente: ni una más, un grito firme y desgarrador atribuido a Susana Chávez, activista que luchó muchos años contra el feminicidio y fue asesinada el 6 de enero de 2011 en Ciudad Juárez, Chihuahua.

En Backyard (Traspatio), dirigida por Carlos Carrera (2009), los personajes centrales son Blanca Bravo (interpretada de forma estupenda por Ana de la Reguera), agente policial que enfrenta el sexismo y la corrupción policial buscando esclarecer quiénes son los responsables del feminicidio. Juanita (Asúr Zágada) es una joven de 17 años, hablante de tzotzil, quien llegó a Ciudad Juárez procedente de Cintalapa, Chiapas, con vestuario tradicional, larga cabellera trenzada y deseos desbordados de vivir y conocer personas, para lo cual decide liberarse de atavismos y del estricto control que padecía en el pueblo; el proceso que acelera cuando ingresa a laborar en la maquila y comienza una nueva vida, con cuarto propio y corte de cabello que para ella significa: «quitarse lo indio». En la maquila, un médico le exige pruebas mensuales de embarazo para que pueda conservar el trabajo, y le entrega pastillas anticonceptivas aduciendo: «aquí las mujeres cambian de costumbres». Posiblemente eso le recuerda la advertencia de su padre: «no me regreses embarazada». Ahora Juanita se encuentra en un mundo moderno, con diez minutos por turno para ir al baño y una nueva figura que se encargará de controlar su vida y su cuerpo en aras del cumplimiento de las extenuantes jornadas de productividad.

Carrera asume que Juárez es un lugar donde los miedos se hacen realidad, y la define como «ciudad herida con la sangre de sus muertas niñas». Los responsables adquieren diversos rostros, como el gobernador de Chihuahua, al servicio de los intereses de la industria maquiladora, empeñado en cubrir información que pueda ser utilizada por los globalifóbicos contra las marcas globales y su propia carrera política. También se identifican cuerpos policiales que no hacen su trabajo a pesar de la existencia de cientos de mujeres asesinadas, como señala Sara, activista de derechos humanos, quien podría ser Josefina Reyes, Marisela Escobedo, Susana Chávez, o cualquier otra activista asesinada en Ciudad Juárez. En Traspatio se cuestiona e ironiza la tesis policial que declaró resuelto el caso tras haber identificado y aprendido al Sultán, supuesto feminicida serial, quien representa al Egipcio, pues a pesar de encontrarse preso e incomunicado, se le acusó por parte del gobierno de Chihuahua de continuar coordinando asesinatos desde la cárcel. También se cuestiona el argumento de que las víctimas son producto de la violencia intrafamiliar.

Figura destacable de Backyard, es Mike Santos (Jimmy Smith), un estadounidense ex convicto supuestamente rehabilitado con largo historial de agresiones sexuales que vive una paternidad aparentemente ejemplar en Estados Unidos, pero posee negocios en Ciudad Juárez, lugar donde ataca sexualmente a adolescentes. Carrera coloca a los presuntos responsables señalados por las corporaciones policiales, incluidos Los Rebeldes y Los Choferes, asesinos por deporte, traficante de órganos y autores de videos snuff. Por ello, la voz crítica del locutor afirma: «En Juárez, matas a una mujer, la tiras en el desierto y es como si tuvieras licencia de impunidad». Aunque en Traspatio no se excluyen responsabilidades, el desenlace específico la coloca en la salida convencional presentada por las instancias oficiales, cuando Cutberto, el novio despechado de Juanita, junto con un grupo de amigos, la droga para después violarla. El corolario es previsible: «el manjar del ángel», asesinato mediante estrangulamiento simultáneo al orgasmo del victimario. A pesar del reconocimiento de que: «en las noches de luna llena el viento trae los gritos de las mujeres asesinadas», estos gritos siguen siendo desplazados por la corrupción, la ineficiencia y la tortura, triada destacada en Traspatio como base de la impunidad. También se destaca la responsabilidad de las corporaciones policiales, por ello el jefe de la policía invoca las palabras básicas: «no hay, no se puede y no se pudo», reconociendo que evitar el asesinato de mujeres no es prioridad, mientras que la editora de un diario nacional explica a manera de justificación que «los feminicidios dejaron de ser noticia».

Sin el interés interpretativo de Bordertown o Traspatio, algunas películas incluyen de forma tangencial el tema del feminicidio. Entre estos trabajos se encuentran Espejo retrovisor y La virgen de Juárez. Los protagonistas de Espejo retrovisor (Molinar, 2002) son adolescentes clasemedieros que juegan a la vida sin grandes precauciones, aunque eventualmente topan con la pobreza o la violencia, condiciones que les increpan a través de imágenes mediadas por el espejo retrovisor, como realidades idas que anticipan un destino inevitable. A pesar de su distancia social con las trabajadoras de las maquilas, ellos también son sitiados por cruces rosas sobre fondos negros que aparecen en los postes, en los caminos o en los diarios, como incansables recordatorios de las jóvenes asesinadas, marca emblemática del feminicidio; las cruces son signos que advierten la emboscada, indicios de una expresión violenta que los va envolviendo hasta el desenlace fatal con el secuestro y asesinato de Paloma (Geraldine Bazán).

Espejo retrovisor muestra la agresión de niños de la calle que acechan tras los cristales del auto, espacio de encuentro de personas con disímiles proyectos y expectativas de vida. Exhibe la desatención o la perspectiva falaz de quien cree que lo que se observa en el espejo retrovisor es parte del pasado, que se encuentra detrás de nosotros y allí se quedará sin alcanzarnos. Pero los planos vuelven a cruzarse y Paloma es asesinada por el niño de la calle, el Gamín a quien años atrás, cuando era niña, observaba por el espejo retrovisor.

En La virgen de Juárez, de Kevin James Dobson (2006), aparecen elementos que marcan el reciente escenario juarense: drogas, armas, metralletas… y trabajadoras; sin eso posiblemente Juárez no sería un «avispero de asesinos». Después de ser violada, Mariela (Ana Claudia Talancón) emerge en su propia epifanía como virgen visionaria. Los estigmas en su cuerpo refrendan su nueva condición: vidente que deviene en centro de fe popular protegida por madres y familiares de mujeres perdidas, desaparecidas. Virgen vidente, símbolo de cambio y certeza de que aún se pueden elegir caminos, senderos y proyectos de vida. Virgen justiciera: se distribuyen las fotos de los asesinos y violadores que serán ejecutados.

Virgen de esperanza: preciosa luz resplandeciente que sangra pero no siente dolor. Junto a la identificación de la difícil condición que se vive en la ciudad, la virgen sentencia y presenta su misión: «expulsar al mal en todas sus formas, los opresores […] el momento es ahora […] de enfocar a los que abusan, a los que reprimen. Deshagámonos del mal en la paz de nuestros hogares». Al igual que en Traspatio, donde la agente Blanca Bravo, cansada de tanta impunidad y de constatar los yerros del sistema de justicia, ejecuta al violador Mike Santos, La virgen de Juárez apunta a una salida de justicia por propia mano. Los creyentes de la virgen incluyen a una poderosa pandilla de cholos de Los Ángeles, definidos como guerreros implicados en la batalla por la supervivencia, así como devotos que creen en la condición milagrosa de la virgen, colocándose en una dimensión paralegal que los llevará al exterminio en una emboscada fraguada por las fuerzas militares al servicio de empresarios maquiladores, quienes acusan a la virgen de espantar clientes y propiciar desempleo. Con tales adversarios, la virgen deviene en figura proscrita por el poder, rechazada por el clero y perseguida por el FBI.

Los compromisos y responsabilidades de la virgen resultan explícitos, manifiestos: «Quiero que se sepa […] estoy peleando en nombre de la lucha del mundo frente a la violencia y el miedo y además por la paz y la armonía […]».

Desatendiendo la voluntad y la virginal intercesión de la santa niña juarense, la violencia y la muerte crecen impunemente en Ciudad Juárez y en gran parte del país.

Obras citdas
Almada, Hugo, 1995, «La industria maquiladora y su impacto en la migración y el empleo», Nóesis, Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, vol. 15, pp. 129.

Bonilla, Rafael y Patricio Ravelo Blancas [video documental], directores, 2006, La batalla de las cruces, México, Rafael Bonilla y Asociados.

Carrera, Carlos, director, 2009, Backyard/Traspatio, México, Tardan/Berman, Inbursa/Copel/Fondo para la Producción Cinematográfica de Calidad (Foprocine)/Argos.

Cordero, José Antonio y Alejandra Sánchez [video documental], directores, 2006, Bajo Juárez.

La ciudad devorando a sus hijas, México, Fondo para la Producción Cinematográfica de Calidad (Foprocine)/Imcine/Pepa Films/unam.

De la O, María Eugenia, 2001, «Ciudad Juárez: un polo de crecimiento maquilador», en María Eugenia De la O y Cirila Quintero, coords., Globalización, trabajo y maquilas: las nuevas y viejas fronteras en México, México, Plaza y Valdés, pp. 25-71.

González, Sergio, 2002, Huesos en el desierto, Barcelona, Anagrama.

Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), 2010, Censo de Población y Vivienda, México, INEGI.

___ , 2000, XII Censo General del Población y Vivienda, México, INEGI.

James Dobson, Kevin, director, 2006, The Virgin of Juarez, Estados Unidos, Las Mujeres llc.

Molinar, Héctor, director, 2002, Espejo retrovisor, México, Cine Producciones Molinar S.A. de C.V.

Nava, Gregory, director, 2006, Bordertown/Verdades que matan, Estados Unidos, Möbius Entertainment, El Norte Productions, Nuyorican Productions, Mosaic Media Group.

Portillo, Lourdes [video documental], director, 2001, Señorita extraviada, México, Xochitl Films.

Stern, Ana, 2007, «Industria maquiladora de exportación», en Clara Jusidman y Hugo Almada, coords., La realidad social de Ciudad Juárez. Análisis social, tomo I, Ciudad Juárez, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, pp. 99-138.

Washington Valdes, Diana, 2005, Cosecha de mujeres. Safari en el desierto mexicano, México, Océano.

Notas
1 En el estado de Chihuahua viven 3.406.465 personas, de las cuales 1.332.131 (39.10%) radican en Ciudad Juárez (49.97% hombres y 50.03% mujeres); 16.98% de la población juarense son jóvenes cuyas edades se encuentran entre 15 y 24 años (INEGI, 2010). Al igual que otras ciudades fronterizas, Juárez se caracterizó por un crecimiento poblacional acelerado, manteniendo tasas de crecimiento superiores a los promedios nacionales (tanto por crecimiento social, como por crecimiento natural). Al igual que en Tijuana, cerca de la mitad de la población de Ciudad Juárez nació en un sitio diferente. Durante las décadas de 1940 a 2000, las tasas de crecimiento de Ciudad Juárez fueron superiores a los promedios nacionales.

2 En Ciudad Juárez existen 320.585 hogares con un tamaño promedio de 3.8 personas, de éstos, 242.746 son jefaturados por hombres y 77 839 por mujeres. De las 338.900 viviendas particulares que hay en la ciudad, 32.091 no cuentan con agua de la red pública, 26.948 no disponen de energía eléctrica, 31 141 no tienen drenaje y 30.975 no tienen excusado o sanitario. Además, 270 mil viviendas se encuentran ubicadas en zonas de alto riesgo (INEGI, 2000).

3 Esta posición es documentada por Diana Washington en Cosecha de mujeres. Safari en el desierto mexicano (2005) y por Sergio González en Huesos en el desierto (2002). Sobre la complicidad de grupos de empresarios poderosos en los feminicidios Sergio González Rodríguez y Diana Washington plantean que: «De acuerdo con fuentes de seguridad federal, se trata de seis prominentes empresarios de El Paso, Texas, Ciudad Juárez y Tijuana quienes patrocinan y atestiguan los actos que cometen los sicarios, dedicados a secuestrar, violar, mutilar y asesinar mujeres –su perfil criminológico se aproximaría también a lo que Robert K. Ressler ha denominado "asesinos de juerga" (spree muders). Las autoridades mexicanas –al más alto nivel– están al tanto de estas actividades desde tiempo atrás y se han negado a intervenir. Estos empresarios –del ramo del gas, transportista, de medios de comunicación, refresquero y de establecimientos de ocio, juego y apuestas– guardan nexos con políticos del gobierno de Vicente Fox Quesada» (González, 2002: 251).
«Los expedientes de los funcionarios de Estados Unidos y México mencionan a gente que es probable que tenga acceso a la información que ayudaría al esclarecimiento de los crímenes. Algunos de los apellidos que aparecen en estos archivos son: Molinar, Sotelo, Hank, Rivera, Fernández, Zaragoza, Cabada, Molina, Fuentes, Hernández, Urbina, Cano, Martínez, Domínguez y otros. Me puse en contacto con algunas de estas personas para preguntarles lo que sabían de los homicidios, pero ninguno contestó. Si algunos de ellos cuenta con datos cruciales, entonces deberían aportarlos a las autoridades. Probablemente se contienen por miedo o para no ofender a sus poderosos rivales. Otra posibilidad es que las personas mencionadas como potenciales fuentes de información se sometan de manera voluntaria a la prueba del polígrafo, aplicada por una corporación internacional neutral, como la fuerza especial de las Naciones Unidas, compuesta de expertos en justicia criminal de Europa y Estados Unidos, que emitieron reportes sobre los asesinatos en Ciudad Juárez» (Washington, 2005: 236).