Los Estudios Culturales como una innovación en las Humanidades y en las Ciencias Sociales de América Latina

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José Jorge de Carvalho
Universidade de Brasília


Este artículo es una propuesta de fundamentación teórica de un Posgrado en Estudios Culturales en la Universidad de Santiago del Estero, Argentina. Leído como la Conferencia Inaugural de un curso, busca extraer las bases de los Estudios Culturales en Inglaterra y sugerir cuáles deberían ser los movimientos de innovación específicos de este nuevo programa en América del Sur cuarenta años después. La propuesta de Birmingham buscó llenar lagunas teóricas existentes en aquél entonces en las disciplinas establecidas (Historia, Sociología, Letras, Antropología y Comunicación) y provocar varios descentramientos temáticos y políticos (de clase, regionales, de género, simbólicos) que permitieron el surgimiento de una nueva área interdisciplinar y conectada con la sociedad británica de aquél momento. El Posgrado de Santiago del Estero parte también de un descentramiento geopolítico: todos los docentes vienen de las universidades del Norte Grande Argentino y ninguno de Buenos Aires. El artículo sugiere otros descentramientos innovadores, como la apertura hacia los idiomas locales, las tradiciones indígenas y populares y la inclusión étnica y racial, para promover un nuevo cosmopolitismo, distinto del perfil fuertemente eurocéntrico del modelo vigente en la capital del país. Así, los Estudios Culturales en Santiago pueden servir de inspiración para otras regiones de otros países de América Latina, en diálogo con las propuestas de los países centrales, pero sin dejarse colonizar por ellas; y al mismo tiempo operando descentramientos interdisciplinares en varios niveles para que puedan dialogar con las culturas y las sociedades de sus regiones de un modo innovador y autónomo.

Palabras clave: estudios culturales en Santiago del Estero (Argentina), regionalismo, inclusión étnica y racial, materialismo


 

Nota introductoria
Este es el texto, con pequeñas correcciones y actualizaciones bibliográficas, de la conferencia magistral que dicté en el Paraninfo de la Universidad de Santiago del Estero (UNSE) el 3 de mayo de 2007. Fui invitado muy gentilmente por Beatriz Ocampo, quien abrió y coordinó, con el apoyo de María Mercedes Tenti, la primera edición de un Posgrado en Estudios Culturales que representó una experiencia de construcción de red académica muy original en Argentina. Por una decisión consciente de enfrentamiento al colonialismo intelectual interno, tan fuerte en ese país, el Posgrado en Estudios Culturales con sede en la UNSE fue construido con una red de profesores exclusivamente del Norte Grande Argentino, o sea, de las siguientes provincias: Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Jujuy, Catamarca, Chaco, Misiones, Corrientes y Formosa. La exclusión de Buenos Aires de la red de docentes del curso fue un acto político para crear justamente una perspectiva distinta de la mirada más abiertamente eurocéntrica de la comunidad académica de la capital. Proyectado para generar una reflexión propia sobre la región a partir de ella misma, el Programa de Estudios Culturales de la UNSE se ofrece como una inspiración para nuevas iniciativas semejantes en otros países de América Latina.

I
Empezar ahora un curso de posgrado en Estudios Culturales en la Argentina –y muy particularmente a través de una red de universidades del Norte Grande del país, con una distancia intelectual y política estratégica de la capital federal– significa prácticamente refundar la propuesta disciplinar inicial de los Estudios Culturales, surgida en Inglaterra en los años 60. Ese acto de fundación/refundación debe ser tomado como un acto de libertad intelectual –de allí su potencial de innovación académica–.

Intentaré sugerir algunas líneas de esa innovación, que serían en realidad actos de descentramiento –y recordemos que la fundación de los Estudios Culturales en Inglaterra se dio a través de una secuencia de rupturas y descentramientos–. Re-fundarlos acá es provocar nuevos descentramientos en relación a la casi centralidad (paradójica, por supuesto, para un área de estudio que surgió al margen de las disciplinas establecidas) que ya hoy ocupan las cátedras de Estudios Culturales en las universidades de los países de lengua inglesa del Primer Mundo, muy particularmente de Inglaterra, Estados Unidos y Australia. En vez de copiar el gesto inicial, o trasplantar la agenda de origen, se espera de nosotros un gesto creativo, de adaptarlo para que corresponda a las necesidades y las expectativas de esta red de universidades del Norte Grande Argentino.

No pretendo aquí ofrecer una historia de los Estudios Culturales en general, ni mucho menos contar con detalles su presencia en América Latina. Ciertamente ha habido intentos anteriores de abrir cursos en esa área de estudios, pero me parece que la iniciativa de la UNSE es la más consistente que se ha hecho hasta ahora en Argentina, justamente porque busca recuperar sus orígenes para proyectarlos en el presente y en el espacio específico en que nos encontramos en este momento. De ahí mi intención de ofrecer esta conferencia como un homenaje, que me parece debido, a sus fundadores en Inglaterra y sugerir caminos para su refundación acá en Santiago y en otros espacios de nuestro continente.

No se trata de que seamos colonizados por el modelo británico o norteamericano de los Estudios Culturales. En primer lugar, está la dimensión lingüística de la tarea de descolonización. Los Estudios Culturales en los países anglosajones son, efectivamente, Estudios Culturales de lengua inglesa. Por otro lado, a nosotros nos interesa desarrollar reflexiones e intervenciones sobre nuestra realidad que sean formuladas en español y quechua, en el caso del Norte Grande Argentino; y en portugués, en el caso brasileño.

En primer lugar, hago un breve resumen de la fundación de esa (inter)disciplina, la cual es un área de estudio académica de herencia claramente británica. El término “Cultural Studies” fue creado en 1963 por Richard Hoggart, autor de uno de los libros precursores de esa área de estudios, The Uses of  Literacy (1957) (Los usos de la literatura) y quien fue también el fundador, en 1964, del célebre y ya mítico Center for Contemporary Cultural Studies (Centro para los Estudios Culturales Contemporáneos), de la Universidad de Birmingham, cerrado en el año 2002. Después de Hoggart, también Raymond Williams utilizó el término en su importante obra Cultura y Sociedad 1780-1950, (Culture and Society 1780-1950), publicada en 1958. Finalmente, el término aparece también en el libro La Formación de la Clase Obrera Inglesa (The Making of the English Working Class), de Edward Thompson, de 1963, una de las obras de mayor referencia en el campo de la Historia y las Ciencias Sociales de tradición británica.

El origen común del esfuerzo intelectual de esos tres autores fue el intento de desarrollar y expandir la teoría marxista de la cultura. Como se sabe, los escritos de Karl Marx y Friedrich Engels sobre arte y literatura quedaron dispersos y fragmentados a lo largo de toda su vastísima obra (ni siquiera hay todavía una antología que se pueda decir completa y satisfactoria de sus reflexiones sobre el campo simbólico y estético), pero la pregunta básica por la relación entre cultura y sociedad fue puesta por ellos de un modo extremamente original y teóricamente convincente. Una de las preguntas fundantes, por lo tanto, de los Estudios Culturales, es la pregunta por la articulación compleja e isonómica entre el orden simbólico general, las expresiones culturales concretas (o la superestructura, en el vocabulario marxista clásico) y la producción y reproducción de la vida social, con sus dimensiones material, política, económica, histórica y ambiental.

Pensando en la dimensión institucional del trabajo intelectual y académico, la propuesta del Centro de Birmingham surgió para cubrir deficiencias, silencios, censuras y prejuicios sobre aspectos de la producción cultural (temas, valores, prácticas sociales y simbólicas) que no eran contempladas por la Sociología, la Antropología, los Estudios Literarios, la Historia, ni por los Estudios de Comunicación. Aunque no nos parezca ahora difícil percibir las lagunas tan obvias dejadas por cada una de esas disciplinas, señalar sus limitaciones y proponer una visión integrada de los estudios de la cultura en 1964 significó una pequeña revolución intelectual, política e ideológica en el interior del espacio académico británico y occidental. Abrir el área interdisciplinar de los Estudios Culturales fue ciertamente el inicio de un movimiento eficaz por superar la fragmentación del saber en las Humanidades y las Ciencias Sociales.

La primera insatisfacción dejada por los estudios de Literatura era que se concentraban solamente en las obras canónicas de la literatura inglesa. Hasta las obras críticas de línea marxista se limitaban a investigar la producción literaria de élite, lo que significaba una contradicción con el propio ideario democratizante del marxismo. Los tres autores fundadores, Hoggart, Williams y Thompson, buscaron traer al circuito intelectual y político británico la producción cultural de la clase obrera y de los campesinos ingleses. Ellos propusieron, así, una inversión radical en la estructura del prestigio intelectual dominante al insistir en que era posible ejercer el mismo acercamiento teórico y metodológico para una novela de Dickens y un folletín de prensa del interior. Obviamente, cuando fue instalado, el Centro tuvo que enfrentar la hostilidad de los Departamentos de Letras y Teoría Literaria junto con los Departamentos de Sociología y de Historia.

La lectura sociológica también era insatisfactoria porque estaba básicamente centrada en la posición de la neutralidad axiológica de origen weberiano. Y la actitud de los fundadores de los Estudios Culturales era justamente no dejar perder la dimensión emancipatoria del saber académico, entonces definido hegemónicamente como objetificador, positivista y neutral. Dicho de otro modo, el paradigma sociológico clásico prometía un saber académico científico, mientras el paradigma marxista, o crítico, señalaba la necesidad del ejercicio intelectual comprometido con la justicia social y la conquista de ciudadanía. En verdad, podemos entender los Estudios Culturales como un intento de preservar la práctica intelectual (entendida como un par inseparable intervención–reflexión crítica en el mundo) en el interior de la institución académica, que ha sido casi siempre vista como un claustro separado del mundo. Si logramos permanecer estimulados, y con la energía intelectual creativa en la esfera académica, ya cumplimos lo que sería para mí la principal innovación implícita en la propuesta inicial de los Estudios Culturales, o sea: liberar la energía intelectual para satisfacer la curiosidad y el compromiso por todas las expresiones culturales y los procesos de movilización social que las generan y que ellas conllevan.

Por su parte, los estudios de Historia habían privilegiado las vidas y los procesos sociales de las élites, de allí la importancia intelectual y política, en el medio académico de aquella época, del libro de Edward P. Thompson que realzaba la memoria, las luchas, las expresiones simbólicas, el horizonte de vida y la dignidad propia de las clases populares inglesas. Su libro vino a rescatar una conciencia histórica importante, o sea, de que las clases trabajadoras fueron al mismo tiempo sujeto y objeto de la revolución industrial y de la instalación definitiva del capitalismo como base de organización de la vida, individual y colectiva, hasta hoy, en las sociedades industrializadas, primero en Occidente y ahora prácticamente en todo el mundo.

Los estudios de Comunicación también habían llegado a un cierto límite teórico y temático porque se dedicaban sobre todo a los medios industriales de comunicación – radio, prensa, televisión– y no se interesaban por otras tradiciones populares que todavía circulaban a través de rituales comunitarios. De hecho, los Estudios de Comunicación son los que más rápidamente se transformaron a partir de un diálogo más abierto con los Estudios Culturales, a punto de que los Estudios Culturales suelen ser, en muchas universidades, una disciplina que forma parte de las Facultades de Comunicación.

Finalmente, el caso de Antropología quizás sea el más emblemático de todas esas exclusiones disciplinares conservadoras. A pesar de que el concepto antropológico de cultura debería acoger, en principio, todas las expresiones simbólicas del homo sapiens sapiens en todo el planeta, la Antropología británica, aún en los años 60, seguía con su dedicación casi integral a las culturas llamadas primitivas o a los campesinos del Occidente visto como pre-modernos y sub-industrializados (como el Mediterráneo, la Europa del Este y los Balcanes). En suma, la Antropología Social acumulaba escasa reflexión sobre las culturas urbanas y el mundo moderno en general, y ni siquiera se interesaba por las culturas populares tradicionales, las cuales eran estudiadas por los folcloristas, grupo intelectual que ya no contaba con ningún prestigio académico y poca credibilidad en general en la escena de las Humanidades británicas.

II
La revolución de los Estudios Culturales en los años 60 del siglo pasado abrió enteramente el abanico de interés por todas las formas de producción y expresión cultural: la literatura escrita y la oral; la cultura de los jóvenes urbanos; los programas de televisión, las revistas, la publicidad, las cuestiones de género, raciales, étnicas, la diversidad sexual, las políticas de identidades, la cultura de los migrantes y la de los cyborgs. En fin, áreas de investigación que hoy parecen más evidentes, pero que no lo eran hace cuatro décadas: que todas las expresiones culturales merecen ser estudiadas e interpretadas; y todos los grupos humanos y movimientos sociales también son dignos de reflexión por parte de la academia, por más insólitos, extremos, exóticos o triviales que puedan parecer a primer vista.

Ese movimiento de renovación académica funcionó como si la promesa del relativismo cultural de la Antropología fuera finalmente cumplida, pero con un claro compromiso de que todos los grupos sociales y sus expresiones culturales pueden (y deben) ser estudiados. Por otro lado, la prioridad será revisada y en muchos casos invertida o revertida en relación a la pirámide de prestigio tradicionalmente atribuida por la academia a las tradiciones culturales: expandir el horizonte de los saberes implica acoger en primer lugar, de un modo contingente, temporario y estratégico, a las culturas populares y a las tradiciones de los grupos étnicos y de las minorías de todo tipo – raciales, sexuales, de género, regionales, etc–.

Paralelamente a esa democratización intelectual de las exclusiones practicadas por las disciplinas académicas establecidas, vino también la contraparte de democratización social de las clases populares con el proyecto de alfabetización de adultos, desarrollado por aquellos tres autores, los cuales eran miembros de la Workers´s Educational Association (Asociación Educativa de los Trabajadores), entidad de ámbito de actuación nacional.

Aquí, debemos subrayar que el tema de la amplificación de la participación popular en el mundo académico estuvo en la base del proyecto de los fundadores de los Estudios Culturales. Ello significó un descentramiento raro en ese ambiente académico enrarecido de Oxford y Cambridge, verdaderas torres de marfil que daban la espalda a los movimientos sociales y rechazaban abiertamente el compromiso de sus académicos en nombre de una ciencia pura que no podría ser “contaminada” por el mundo de la vida.

Evidentemente, nosotros en las universidades de Brasil, Argentina y toda la América Latina todavía somos herederos de esa concepción aséptica, elitista, segregada y excluyente de vida académica. Como si no bastara para nosotros tener que luchar contra el colonialismo de los países centrales, eurocéntricos e imperialistas, tenemos que luchar también contra su contraparte local, el colonialismo interno que duplica, en el interior de nuestras naciones, el mismo modelo excluyente de práctica académica generada en los países centrales del proceso histórico de occidentalización del mundo. En fin, los Estudios Culturales nos fortalecen para que podamos tomar distancia de la parte colonizada de nuestra propia academia, la cual quiere imponer, para todos nosotros, docentes y estudiantes, la visión eurocéntrica del mundo. Y las consecuencias de ese eurocentrismo en nuestras universidades se notan en el rechazo o la indiferencia hacia los temas, las perspectivas y los valores de nuestra diversidad – social, cultural, racial, étnica y regional–.

En 1968, el Centro de Birmingham pasó a ser dirigido por Stuart Hall, el cuarto intelectual de mayor influencia en la formación de los Estudios Culturales. Su enfoque significó también otro descentramiento importantísimo en la capacidad de innovación de esa disciplina. Más allá de ser un ciudadano británico, Stuart Hall era un jamaiquino que llegó a Inglaterra en la condición de inmigrante y que fue insertado en esa sociedad blanca europea como un negro caribeño. Creo que Hall es uno de los primeros, sino el primer académico negro de primera línea, que surgió en el campo de las Humanidades de Inglaterra. Fiel a la tradición de compromiso social de sus co-fundadores; él trabajó también en la Open University (Universidad Abierta), lo cual fue también un proyecto altamente democrático del gobierno obrero británico. Enseñar en la Universidad Abierta implicó escribir manuales didácticos que aproximaron a los estudiantes –jóvenes y adultos, en general de las clases populares– a temas emergentes, como las identidades de inmigrantes, de no-blancos, de trabajadores, de blancos periféricos (irlandeses, etc.).

Además de innovar en el medio de difusión (los cuadernos de la Universidad Abierta son un formato de texto académico más interactivo, polifónico, colectivo y menos autoral que el libro académico típico de las disciplinas establecidas), se innovó también en el modo de presentar los mensajes, los datos, las ideas y las teorías disciplinares e interdisciplinares. Consonante con ese principio, la escritura de Hall es siempre didáctica, sintética, pero no por ello menos profunda. Él siempre se propone teorizar de un modo que pueda ser útil, evitando el hermetismo muchas veces arrogante y narcisista de muchos académicos de las Humanidades. Por supuesto, sus preferencias por autores densos discursivamente, como Karl Marx, Jaques Derrida, Michel Foucault, Mijail Bajtín y Jacques Lacan no dejan de cargar su escritura también de una dimensión de alta complejidad. Sin embargo, esa dificultad es por él trabajada para que no se transforme en un virtuosismo elitista, rasgo que sigue siendo reproducido, con mayor o menor éxito, por muchos de nuestros académicos en las Humanidades y las Ciencias Sociales.

Yo estudié Antropología Social y Etnomusicología en el Reino Unido justamente en la época en que los Estudios Culturales se consolidaban y pude percibir el impacto que causaban en las disciplinas de Arte, Sociología y Antropología. La Antropología Social británica, todavía dedicada casi exclusivamente al estudio de las sociedades no-europeas y en su mayoría llamadas “primitivas”, es decir, pre-industriales, demostraba un total desprecio por los temas desarrollados por los teóricos de Birmingham. Para ilustrar el carácter desafiador de la producción inicial de los Estudios Culturales, me gustaría recordar acá el impacto que me causó la lectura de uno de los primeros panfletos ocasionales publicados por el Centro de Birmingham como papeles de trabajo que lleva el sugerente título de “El significado del monstruo de Loch Ness”. Roger Grimshaw y Paul Lester ofrecieron una interpretación de una leyenda urbana altamente movilizadora en el Reino Unido (el famoso monstruo del Lago Ness en Escocia), y al hacerlo dieron un salto en la consolidación de los análisis interdisciplinarios en el área de la cultura, en la medida en que tuvieron que articular varias dimensiones que pocas veces se conectaban en los textos académicos disciplinares: análisis del discurso, etnografía, producción y control de imágenes, sistemas mitológicos, identidades regionales, nacionalismo, folklore, cultura de masas, industria de turismo, paranoia colectiva, etc.

Si pudiéramos resumir entonces los descentramientos iniciales de la propuesta de los Estudios Culturales británicos, podríamos sugerir:

a)    El cuestionamiento de los cánones de la cultura nacional: No se trata más de confinar los estudios a la cultura de las élites, sino de valorar la cultura de las clases populares, es decir, traer las voces de las provincias sofocadas por el ambiente excluyente de los claustros académicos.

b)    El descentramiento de la figura del académico, que hasta entonces era casi exclusivamente un hombre, conservador, blanco, de clase alta, sin sentimiento popular: El propio Raymond Williams vino de clase popular y más de una vez comentó el sentimiento de inadecuación que experimentó al tener que convivir en la esfera enrarecida de Cambridge.  El caso de Stuart Hall es todavía más radical, porque vino de una excolonia caribeña y es negro. En este sentido, rompió con los estereotipos emblemáticos de la subalternidad en ese país central del Occidente: inmigrante, originario del Tercer Mundo, de clase popular, negro y hablante de un acento inglés identificado por el sentido común nacional como “bajo”, esto es, inferior en relación al inglés de clase alta que aún domina la academia británica.

c)     El descentramiento de los lugares establecidos de prestigio. El Centro para los Estudios Culturales Contemporáneos surgió en Birmingham, una universidad situada en una región industrial periférica que podía entonces ser considerada menos importante cuando era contrastada con las tres universidades de mayor prestigio del país: Oxford, Cambridge y Londres.

En la década de los 80, asistimos a una expansión internacional vertiginosa de los Estudios Culturales, al punto de que la disciplina pasó a ser asociada directamente con la academia de lengua inglesa, dentro y fuera de Occidente: creció en los Estados Unidos, Australia, Canadá, Nueva Zelanda, India, Hong Kong y Corea del Sur (siempre como una expansión de la red británica original). Un balance famoso de esa internacionalización fue el mega-congreso realizado en la Universidad de Illinois en 1987, del cual se publicó un libro de casi mil páginas, editado por Lawrence Grossberg, Cary Nelson y Paula Treichler, y en cuyo índice se revela el amplio espacio de interés teórico y temático que los Estudios Culturales ya habían alcanzado en aquél entonces.

Algunas de las críticas clásicas que se acostumbra hacer a esa expansión fuera del Reino Unido de los Estudios Culturales refieren al modo en que fueron asimilados en los Estados Unidos. Se dice que una vez exportados al país de Disneylandia, pasaron por varios retrocesos en su ímpetu crítico e innovador: disminuyeron su base marxista fundadora; se encapsularon de nuevo en el interior del mundo académico del mismo modo que las disciplinas tradicionales que supuestamente habían ido a sustituir; se volvieron más superficiales teóricamente y más triviales en sus temas de estudio. Los congresos internacionales sobre Elvis Presley, por ejemplo, inspirados en los Estudios Culturales, fueron abominados por los académicos tradicionales. Pienso que esa crítica sólo es correcta parcialmente, porque la fragmentación de intereses temáticos, acercamientos teóricos y posicionamientos políticos tampoco fueron inútiles o sin consecuencias intelectuales o epistemológicas.

Con todos los problemas señalados por sus críticos, no es más sostenible ni convincente el canon teórico y temático tradicional de la Sociología, Antropología, Filosofía, Historia y demás disciplinas. Nuevas cuestiones se presentan: la dimensión del poder en los estudios de la cultura; el cuestionamiento de la ilusión de un discurso transparente; el principio epistemológico de un sujeto cognoscente estable y centrado; el presupuesto de una comunidad con límites espaciales y simbólicos reconocibles. Al tener que incorporar y dar respuestas sólidas a esos temas, todas esas disciplinas ya establecidas sufren ahora una presión y un riesgo de implosión desde dentro hacia fuera, a menos que amplíen sus horizontes de algún modo análogo a la revolución intelectual estimulada por los Estudios Culturales.

III
Pensando ahora en nuestro continente, hay programas de Estudios Culturales en Colombia, Chile, Perú y Ecuador. Entre ellos señalo la propuesta del Doctorado en Estudios Culturales Latinoamericanos de la Universidad Simón Bolívar de Ecuador, bajo la coordinación de Catherine Walsh y el Programa de Estudios Culturales de la Universidad Javeriana de Colombia, que cuenta con la presencia, entre otros, de Santiago Castro-Gómez. Ambos programas se conectan con la red de estudios poscoloniales en América Latina. En este contexto continental, refundar los Estudios Culturales aquí en Santiago del Estero a partir del año 2007 significa ejercitar también varios descentramientos. Veamos algunos.

El primero deberá ser desplazar el eje del centro del país a la provincia, al interior. Recordemos que el Centro para los Estudios Culturales Contemporáneos de Birmingham empezó periférico en relación al eje central de la academia británica y ese cambio de la geografía del conocimiento tuvo consecuencias para un desplazamiento epistémico. Sin embargo, dada la geopolítica colonial del saber/poder académico entre Europa y América Latina, Birmingham y la lengua inglesa son centrales en relación a Buenos Aires y la lengua española. De ahí que el curso de Estudios Culturales abierto en la Universidad de Buenos Aires bajo la influencia de Beatriz Sarlo y Néstor García Canclini ya haya significado un intento de adaptar el formato británico original a la realidad de una región cosmopolita de Argentina y América Latina. El acto de abrir la Maestría en Santiago y no en Buenos Aires conllevaría un doble descentramiento. Mientras Buenos Aires controla un discurso sobre la cultura nacional argentina, Santiago del Estero y las demás universidades del Norte afirmarán otro discurso de cultura nacional, sensibles a las ricas tradiciones culturales de la región y procesos culturales específicos, basados en otros circuitos sociales, todos muy distintos de los que ocurren en la mega institución que es la Universidad de Buenos Aires y en las demás universidades del conurbano porteño.

Como consecuencia de esos descentramientos multi-periféricos, se trata de reconstruir ese proyecto académico en el Sur no-hegemónico –por ende, la desigualdad académica estructural del sistema-mundo deberá ser asunto de reflexión crítica–. El distanciamiento del centro hegemónico deberá ser trabajado a favor de la Maestría y no contra ella. Simultáneamente, habrá que desconstruir también el propio modelo subalterno del déficit y la carencia: no tenemos eso, no tenemos aquello; no somos eso, no somos aquello; el lugar del significado pleno está distante de donde vivimos, etc. Ya conocemos largamente las consecuencias paralizantes, inhibidoras y desestimulantes del idioma de la queja. La subalternidad inferiorizante podrá, cuando mucho, ser tomada como un síntoma y, como tal, interpretada e historizada como un discurso que eclosionó y se instaló en un determinado momento del pasado bajo determinadas condiciones, las cuales ahora se transformarán positivamente.

Por ejemplo, se trata de refundar una disciplina claramente británica en su origen, y de lengua inglesa en su expresión constitutiva, trasladada para un ambiente intelectual de expresión en lengua castellana. Toda la rica tradición de ensayistas latinoamericanos y de intelectuales y escritores de los países de la región deberán ser incorporados. Los nombres extranjeros europeos consagrados darán paso a nombres como Carlos Mariátegui, José Martí, Darcy Ribeiro, García Márquez, Octavio Paz y los nombres de los grandes artistas e intelectuales de las provincias argentinas.

Además de la influencia cultural del idioma español, la enorme gama de tradiciones culturales y folklóricas de la región se incorporarán al proyecto de ensanchar el interés por las expresiones culturales ya legitimadas. Y acá tendremos un descentramiento radical en relación a todos los modelos de Estudios Culturales en lengua inglesa, principalmente de Inglaterra, Estados Unidos, Australia y Canadá. ¿Y qué hay de común entre esos países anglófonos en términos de las características de su producción simbólica? Que son países altamente industrializados, a tal punto de organización tecnológica de la vida que no cuentan más con tradiciones culturales no-industrializadas que sean expresivas y que configuren modelos alternativos de expresión simbólica y vida comunitaria. De hecho, la modernidad ha aniquilado duramente la mayor parte de sus tradiciones culturales basadas en la transmisión oral, por ejemplo, mientras que las tradiciones orales siguen vivas, intensas y múltiples en el Norte Grande Argentino, así como en toda América Latina.

Debemos volvernos conscientes de que los países anglófonos no son capaces de generar, a la distancia, una teoría satisfactoria de las tradiciones culturales adaptadas a nuestro contexto, porque los académicos de esos países viven en un ambiente de expresiones simbólicas casi exclusivamente dependientes del circuito cultural industrializado. Podría dar un ejemplo de un área en que hay mucha producción en los Estudios Culturales ingleses: los estudios de la llamada “cultura popular”. Lo que Stuart Hall, Lawrence Grossberg y Dick Hebdige, entre otros, llaman “popular culture” no es exactamente lo que llamamos cultura popular en Brasil y tampoco es lo que Uds. llaman cultura popular en Argentina. Para los teóricos de lengua inglesa, “cultura popular” es la cultura que circula por los medios industriales y masivos de comunicación; dicho de otro modo, lo que es generado en el interior de la industria cultural. En fin, lo que hay en Inglaterra y Estados Unidos es cultura popular comercial, raramente de escala mediana y predominantemente de gran escala financiera y empresarial, que ya opera con una separación radical entre productor y consumidor.

Por otro lado, nosotros llamamos de cultura popular (o mejor, de culturas populares) a aquellas expresiones artísticas y simbólicas que son todavía controladas por las comunidades y los cultores –los grupos folklóricos, de música, danzas, artesanías, teatro popular–. Se trata de un universo cultural gigantesco, del cual ni siquiera tenemos un mapa muy preciso. Cuando leo ese término en los libros en inglés reconozco muy poco del horizonte de significado de nuestro mundo latinoamericano. Lo que sería anacrónico en Inglaterra o Estados Unidos (por ejemplo, hablar de folklore y cultura popular) no puede ser anacrónico en el Norte Grande Argentino y en prácticamente toda la América Latina, adonde sí hay intensas expresiones de folklore y cultura popular. Uno recrea la disciplina para que sea sensible al contexto cultural y social en que uno vive. Los Estudios Culturales fueron creados para retomar una sensibilidad con el contexto cultural de la sociedad británica que había sido negado y rechazado por las disciplinas académicas establecidas. Debemos hacer lo mismo acá: retomar la conexión con el contexto cultural y social de la Región Norte Grande Argentina, o intensificar esa conexión, en el caso de que ella no esté lo suficientemente fuerte, fértil o productiva.

Igualmente, el problema de las culturas indígenas y del mestizaje no fue trabajado en los Estudios Culturales de lengua inglesa y aquí en el Norte Grande Argentino deberá serlo. La cuestión de los indígenas y los mestizos nos conduce todavía a otra innovación que creo importantísima: la cuestión de la interculturalidad y la inclusión étnica y racial. Una de las expectativas de la creación de una Maestría en Estudios Culturales es que nos ayude a cuestionar las bases del eurocentrismo racista que caracterizó la fundación de nuestras universidades en América Latina (y ello de hecho vale por igual para todos nuestros países). La discusión de las acciones afirmativas y cuotas para negros e indígenas (lucha de la cual he tenido el privilegio de participar en Brasil desde su inicio hace ya más de una década) ciertamente habrá de formar parte de las propuestas concretas de conexión de los Estudios Culturales con la realidad de exclusión étnica y racial presente, como en Brasil, también en el Norte Grande Argentino.

Existe, en el momento actual, un gran movimiento de crítica post-colonial al saber eurocéntrico difundido por nuestras universidades. Las propuestas de interculturalidad son una respuesta creativa a esos patrones coloniales y neocoloniales de saberes científicos y artísticos, en general cerrados y dogmáticos. Se puede (y se debe) perfectamente interculturalizar los contenidos de la Maestría en Estudios Culturales para que las artes y las ciencias de la región dialoguen con las artes y ciencias de origen europeo y norte-americano. Eso sería una innovación de grandes y positivas consecuencias, no solamente para ésta, sino también para las demás regiones, para la capital y para los demás países de América Latina. Al fin y al cabo, el problema del saber colonizado y desconectado con la vida local y regional es el mismo en todo nuestro continente. Es por todo ello que la creación de esta Maestría en Estudios Culturales puede una vez más renovar esa área de estudios, fundada en la ruptura de fronteras de prejuicios y discriminaciones de las culturas pluralistas no hegemónicas de los países centrales y que no debe perder su vinculación con los grupos subalternos que inspiraron su creación.

IV
Finalmente, sintetizando lo que argumentamos anteriormente, el punto quizás más importante de la propuesta de Birmingham fue traer dignidad y legitimidad a una vasta gama de circuitos simbólicos surgidos en el interior de la sociedad de masas y que son vehiculados por la industria cultural. Acoger a esas expresiones culturales producidas por las llamadas sub-culturas fue un gesto tan innovador como reconocer la importancia de las tradiciones culturales propias de las clases trabajadoras. O sea, los Estudios Culturales avanzaron cuando se propusieron acoger las expresiones culturales surgidas en el contexto del capitalismo tardío, justamente lo que no había sido incorporado por las disciplinas establecidas.

En un movimiento opuesto, las disciplinas de Humanidades y Ciencias Sociales se establecieron en nuestros países rechazando las tradiciones culturales llamadas de folklore y cultura popular. Si pensamos en el paradigma de la modernidad como referencia, vamos a inspirarnos en los Estudios Culturales para acoger uno de los espectros extremos del continuum cultural del mundo contemporáneo. Mientras en los países anglo-sajones se trató de expandir la cultura de la modernidad para incluir las expresiones llamadas post-modernas (negadas por un canon demasiado estrecho de la Antropología, la Sociología, la Literatura y la Filosofía), en el caso de las universidades del Norte Grande Argentino se trata de abrirse a todo el espectro simbólico con que  se convive en un régimen de simultaneidad y a veces (pero no siempre) de paralelismo: a) las expresiones culturales de la modernidad (la así llamada gran tradición, tanto europea cuanto nacional); b) las novísimas expresiones de la pos-modernidad (ya incorporadas por los cursos de Estudios Culturales de Buenos Aires y bien ilustrado por el título de una obra de Beatriz Sarlo, Escenas de la vida posmoderna); c) y finalmente, lo que no hizo parte del repertorio original de los Estudios Culturales y quizás tampoco haga parte de su refundación en el espacio sociocultural porteño: las expresiones culturales tradicionales y folklóricas, incluyendo la diversidad lingüística, la religiosidad popular, las artesanías, las historias regionales, etc. En este sentido, los Estudios Culturales en las provincias no tendrán que ser (y no lo serán) Estudios Culturales provincianos. Todo lo contrario, esta será la oportunidad de que alcancen el máximo de apertura a la diversidad y que realicen de verdad el famoso espacio de cosmopolitismo que tanto se busca, a veces de un modo más retórico que concreto.

Por todo ello, las universidades del Norte Grande Argentino se encuentran en el momento y en el lugar estratégicos para innovar en esa área de estudios académicos y de compromiso político e intelectual con las comunidades de la región.

Obras citadas
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