Nuevas aproximaciones a los estudios culturales del siglo XXI: Breves apuntes sobre viabilidad investigativa en tiempos de crisis

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Héctor Fernández L’Hoeste


Partiendo de una anécdota en Oriente, el texto aboga por una evolución más pragmática de los estudios culturales, intentando ofrecer una alternativa viable para culturalistas de las generaciones presentes y venideras, quienes han tenido que enfrentar y sobrellevar las limitaciones resultantes del prolongado revés económico. Con este fin, el texto argumenta a favor de una práctica culturalista con enfoque interdisciplinario, comprometida con temáticas centradas en experiencias a ambos lados del Río Bravo; un “endurecimiento” del quehacer académico, enfatizando cada vez más la importancia de un acucioso trabajo de campo y deslindándonos un poco de cavilaciones autistas, que, a la hora de definición, poco contribuyen en términos concretos al mayor entendimiento del ejercicio docente; y un incremento de nuestros esfuerzos colaborativos, haciendo mejor uso de la variedad de conocimiento disponible entre quienes ya practicamos los estudios culturales con el fin de resistir los embates del neoliberalismo —tanto los sufridos por políticas gubernamentales norte y latinoamericanas como los experimentados en carne viva en el medio universitario estadounidense— de manera más fructífera. En este sentido, conjetura la argumentación, los estudios culturales tienen mucho que aportar, pues albergan la posibilidad de ofrecer, como pocas otras disciplinas, una salida factible ante la coyuntura en que nos ha sumido la supremacía del capitalismo. En síntesis, se aboga por una disposición diligente y adelantada, más “proactiva” —por decirlo de alguna manera—, menos fincada en actitudes reaccionarias o tardías y más dispuesta a explorar y probar nuevos caminos para el quehacer culturalista.


 

En una reciente visita a ese país, tuve oportunidad de entrevistarme con el jefe del departamento de castellano de la Universidad de Corea.1 Dada la pujanza económica de esa nación y el papel desempeñado por el sistema educativo —en particular, a nivel superior— en la recuperación y el descollamiento del país durante los pasados cincuenta años, tras la hecatombe que dividiera la península, tenía particular curiosidad por escuchar  una dilucidación del progreso coreano de boca de un catedrático familiarizado con el contexto latinoamericano. Desde ese punto de vista, sería factible una comparación informada entre el grado de igualitarismo social logrado por los coreanos versus la extensiva inequidad de clase del subcontinente latinoamericano. Cuál no sería mi sorpresa al hallar que el profesor coreano acababa de firmar un convenio de consultoría con una ingente chaebol (un gran conglomerado industrial con presencia en diferentes sectores económicos, a la usanza de las más exitosas marcas coreanas) redundando en la elaboración de un estudio de riesgo de inversión en Latinoamérica, gracias a una muy cercana colaboración con el profesorado de las facultades de administración de empresas y antropología de la misma universidad.

A diferencia de nosotros, afincados en entidades estadounidenses en las que los fondos de investigación se han convertido a menudo en botín de rapiña para la burocracia administrativa, producto del afianzamiento neoliberal en el medio universitario, en Corea el manejo de fondos suele ser menos enrevesado y buena parte del dinero permanece en manos de los investigadores principales de cualquier proyecto, sin llegar a ser apropiado por rectorías ni prebostes. De hecho, la impresión que extraje de la mayoría de mis intercambios con el medio académico coreano fue la de que allí se le da una gran prioridad al hacer en vez del proponer, circunstancia que, según el citado colega, a veces genera aprietos, ocasionando los correspondientes apuros en materia de obligaciones contractuales. Sin embargo, lo que me pareció más digno de emular del planteamiento de ese mismo catedrático fue la forma en la que han logrado justificar su disciplina como herramienta práctica al servicio de procesos globalizadores nacionales y transnacionales y, de manera simultánea, hacerle el menor juego posible al capitalismo desmedido, incluso por encima de manejos infractores (los cuales suelen limitarse en Corea a asuntos de cuello blanco).

En otras palabras, antes de invertir en América Latina, a cualquier conglomerado coreano se le hace bastante nomotético el financiar investigaciones de académicos latinoamericanistas dispuestos a asesorarles en materia de desarrollo de productos o servicios, a diferencia de los EE.UU., en donde dicha actividad acontece exenta de apoyo logístico culturalista. Al fin y al cabo, dicha producción ―trátese de bienes materiales o consultorías intangibles― conlleva un intercambio cultural. Y dicha postura me atrae, lo aclaro, porque lleva el proyecto de los estudios culturales a un ámbito político más amplio. Cabe recordar que lo político siempre ha estado ligado a los estudios culturales pero, en este caso, el objeto es rebasar lo político teórico y llevarlo a lo político pragmático en áreas como la economía, la sociología, la comunicación e incluso la mercadotecnia. Para decirlo en no pocas palabras, mediante esta práctica se viabiliza la concreción de un mayor aporte de los estudios culturales como quehacer pedagógico involucrado de lleno en el proceso de una mejor informada globalización, intentando equilibrar un poco la balanza en materia de relaciones internacionales.

En un tiempo global, en el que, por falta de imaginación, hemos quedado aprisionados en una coyuntura capitalista (ningún otro orden económico se perfila medianamente hacedero; en estos instantes, la resistencia más efectiva quizás provenga de ejemplares de socialdemocracia progresista), el llevar los estudios culturales a una posición de liderazgo en proyectos de investigación —trátese de lo económico o social—, posibilita el desarrollo de la disciplina en circunstancias menos adversas a las experimentadas en años recientes, en los que las ciencias exactas y otras disciplinas afines han afianzado su posición de liderazgo. La postura coreana, si bien funge de asociación marchante, viabiliza en un muy alto grado el desarrollo de una práctica investigativa fundamentada en los estudios culturales sin hacer apología alguna de intereses económicos ajenos. En este sentido, se me hace a mí, nos restan muchos esfuerzos por justificar una presencia análoga ante la oportunidad de iniciativas en y por Occidente. En otras palabras, en tiempos de crisis como los actuales, en los que muchos colegas adscritos a los estudios culturales se han visto afectados por el disminuido rol de las humanidades en el ámbito académico estadounidense, me parece que una buena estrategia de supervivencia radica en hacer caso omiso de fronteras disciplinarias y aventurarnos al reto, intentando compartir con otros el valor ingénito del conocimiento culturalista: el de una mayor competencia cultural en tiempos que exigen dicho discernimiento, cómodamente aplicable a una multiplicidad de disciplinas.

Porque vale la pena decirlo: la recesión ha vapuleado las aspiraciones y ambiciones de buena parte de los culturalistas afincados en universidades con presupuestos estrechos y matrículas decrecientes, golpeando el relieve de la disciplina. No hablo de universidades de élite ni de cátedras ventajosas, que son la minoría. No me refiero a catedráticos de mi generación, cuya trayectoria profesional se remonta a tiempos más propicios. Me refiero a los egresados de estos últimos años, quienes buscaron trabajo de manera infructuosa en un mercado pleno de poca demanda y máximas exigencias, ansiosos de darle continuidad al quehacer culturalista. Hablo del grueso del contingente culturalista, al que bien le serviría justificar sus afanes investigativos con proyectos de mayor reconocimiento en el marco de relaciones globales. A este respecto, no cabe sino anotar que, si hace años una empresa norteamericana hubiera contado con el apoyo de académicos culturalistas latinoamericanos o latinoamericanistas previo al momento de realizar inversiones de alto calibre, jamás se hubieran presentado episodios de oprobio como los de malogrados lanzamientos de productos o servicios norteamericanos en franco rechazo a una sensibilidad cultural latinoamericana o los sucesivos descalabros de incursiones empresariales y los consecuentes percances para los mercados laborales hispano y lusoparlantes del hemisferio.  

Los estudios culturales deberían fungir las veces de una puerta giratoria de conocimiento entre ambas culturas, la anglosajona y la latina, con el fin de maximizar el provecho para ambas. Imaginar una relación mutua de cualquier otra manera equivaldría a caer en la falacia de concebir el intercambio cultural, social, político y económico en las Américas como un juego de suma cero, deformación propia de épocas menos imaginativas. Los estudios culturales pueden, dadas las oportunidades, contribuir a que dichas relaciones adopten esquemas más cooperativos, menos desiguales. Pueden, en síntesis, promover que semejante intercambio adquiera un matiz más próximo al de una suma no nula. De paso, acogiéndonos a una práctica culturalista más participativa y menos autista —más proactiva, por decirlo a la manera de los coreanos2— sería mucho más factible postular proyectos investigativos fundamentados en las construcciones culturales resultantes de la infraestructura o las condiciones de vida latinoamericanas.

Éstos, se me hace a mí, no son tiempos para esconderse en torres de marfil, como dirían los críticos más cáusticos del quehacer académico —pese a que yo lo argumente por razones diametralmente opuestas—. Son, a mi juicio, tiempos de promover un mayor relieve para la práctica culturalista —y esto no se logra mediante meditaciones intimistas y disposiciones complacientes, sino a través de contemplaciones pragmáticas y posturas afirmativas—. Presento una atenuante, no obstante: no seré yo quien haga las veces de campeón del capitalismo. Aventuro lo que conjeturo sencilla y llanamente porque otros teóricos —Néstor García Canclini, entre varios— se han ocupado de resaltar la vigencia del consumo en la definición identitaria.3 De nada nos sirve en tiempos de incertidumbre rasgarnos las vestiduras ni argumentar procederes inmaculados. En tiempos inciertos —y los años transcurridos desde 2008 ciertamente califican como tales—, a los estudios culturales latinoamericanos les conviene  mayor arrojo. No es tiempo para disertaciones bizantinas ni para esconderse tras una semántica opaca. A los emperadores de antaño, llámense como se llamen, se les ha agotado el vestuario, que no el repertorio ni los artilugios, y su desnudez se encuentra a la vista de todos. Es tiempo de endurecer nuestros estudios y, con un aire diestro, hacerlos más vigentes y conspicuos con el fin de incrementar su visibilidad y perfil ante la población general.

El ejemplo de Corea del Sur es particularmente notable, pues el auge de los países orientales ha transformado el mundo en las últimas décadas. Y buena parte de este desarrollo se ha visto fundamentado en el avance educativo. Según un reciente artículo de The New York Times, China está invirtiendo 250 billones de dólares al año en educación en busca de duplicar su número de universidades. Hacia fines de la presente década, China espera tener cerca de 195 millones de egresados universitarios frente a tan solo 120 de los EE.UU.4 Corea misma ha sustentado buena parte de su desarrollo en el campo académico, con índices de escolaridad —aun en términos de la población con edad para una educación universitaria— por encima del ochenta por ciento.5 De hecho, si bien en primaria y secundaria el cubrimiento educativo coreano rebasa el noventa por ciento, en materia universitaria, dentro de la población en edad de escolaridad, supera el ochenta por ciento y la tendencia va en aumento, cifra insospechada incluso en los Estados Unidos de América, en la que el porcentaje de la población con titulación universitaria apenas rebasa el cuarenta y cinco por ciento en los mejores estados.6

Con contadas excepciones, las naciones orientales tal vez no figuren como ejemplos descollantes de práctica democrática, mas resulta muy evidente que las más ilustradas, en su afán por mejorar el nivel de vida de sus habitantes, implementan esfuerzos de buena voluntad por cubrir a buena parte de la población en materia de salud y educación. Dicha postura, me atrevo a argumentar, resulta de obligaciones que emanan de la homogeneidad demográfica y la tradición confucionista, aún superviviente pese a los desmanes mayúsculos de dirigentes escasos de juicio (léase: la Revolución Cultural, el Gran Salto Adelante o la búsqueda del enemigo oculto por parte de los jemeres rojos).

En Corea, en efecto, el cubrimiento en ambos campos es muy amplio, con un eficiente servicio de salud universal y una oferta educativa amplísima. Si bien Corea ha logrado su desarrollo mediante una práctica capitalista muy agresiva —gracias a relaciones promiscuas entre el sector privado y el Estado— también es innegable que, a lo largo del camino, casi ningún ciudadano ha quedado rezagado en materia de oportunidad educativa, servicio de salud y mejora en su nivel de vida. Independientemente de la metodología empleada a la hora de medir la pobreza y de afirmaciones acerca del aumento de la misma para la tercera edad, el dato circulado y aceptado de manera general en materia de pobreza en la República de Corea es de un 15% de la población, cifra verdaderamente envidiable para muchos países y comparable a la presente tasa de pobreza en los EE.UU.7

Y esto, para América Latina, encierra una lección formidable. De manera sencilla y abnegada, los orientales se han mostrado dispuestos a hacer por el prójimo cosas que en nuestras latitudes serían impensables, más allá de prejuicios anticapitalistas. De allí que un catedrático oriental vea con muy buenos ojos el colaborar con una empresa de gran envergadura en un proyecto de expansión comercial —que de manera muy efectiva implicará una expansión sucesiva del conocimiento latinoamericanista por parte de los orientales—, mientras que no pocos académicos latinoamericanos muy posiblemente denunciarían tal proceder como una asociación sospechosa, indignándose de manera ineluctable.

A pocos meses del anterior encuentro, bajo la excusa de una reorientación de fondos, destinados a sustentar un mayor interés por el estudio de Oriente ―tan en boga en estos días―, una prestigiosa universidad de la ciudad en donde vivo optó por suspender sus programas de doctorado en economía y castellano, al igual que el programa de periodismo, el departamento de artes visuales, la división de estudios pedagógicos y el departamento de educación física.8 Lo del periodismo, si bien no lo comparto, es una consecuencia de nuestras épocas. Las artes, lo pedagógico y la educación física eran disciplinas redundantes, cubiertas de forma efectiva por otros rubros, argumentaban no pocos. La suspensión del programa doctoral en castellano no fue materia de gran sorpresa, visto el deterioro en el que había caído el mismo ante la mirada inatenta de su profesorado, poco dispuesto a subirse las mangas y hacer lo necesario para protegerlo; mas la suspensión de un programa como el de economía, con una matrícula colegial de más de setecientos estudiantes y cuya cuota de producción aporta con creces al renovado perfil de dicha institución académica como entidad de renombre, fue vista como un auténtico desatino administrativo. Denunciada ante la American Association of University Professors (AAUP), la administración de dicha institución ha tardado en reconocer el desacierto tras su premura en recortes, la cual ha provocado incluso, en algunos casos, el aumento de la nómina salarial, dada la acechanza de otras universidades en procura de catedráticos descontentos. Tales recortes, si bien fueron criticados de manera sectaria por la comunidad universitaria, forman parte de la presente tendencia en el medio académico estadounidense, en abierto desafío a las humanidades y sus coterráneas. En esta arremetida, nadie está exento de riesgos; ni siquiera quienes velan, así sea a punta de hipótesis, por el capital.

Ahora bien, dicha tendencia no es nada nueva. Ha estado vigente en el medio académico estadounidense desde los años sesenta, época en la que la militancia política garantizó cierta presencia en la mira de los intereses corporativos. A partir de ese instante, de manera insidiosa y sostenida, la contratación de personal administrativo de tiempo completo en las universidades norteamericanas ha crecido, mientras que la contratación de profesorado con permanencia ha disminuido de forma sistemática y puntual. En términos concretos, tal dinámica ha significado la acelerada corporativización de la universidad estadounidense. Dicha pauta figura de antecesora a cuanto habría de acontecer en América Latina a partir del arribo de Milton Friedman y sus “Chicago Boys” (Jorge Cauas, Sergio Castro, Pablo Barahona, Hernán Büchi y Sergio de la Cuadra, entre otros) a Chile a lo largo de los setenta y ochenta, a raíz de lo cual se implementó una lógica semejante en diferentes sectores de la sociedad latinoamericana.

No hagamos alarde de ingenuidad: el neoliberalismo estadounidense no data de estas intentonas ochentistas. En estos días, con el fin de hacer frente a los embates de la presente crisis económica en los EE.UU., tal tendencia se ha exacerbado en el estamento académico norteamericano, contribuyendo de manera irrefutable a la pauperización del orden docente nacional. No es ésta una afirmación personal; lo dicen políticos de renombre, como el alcalde republicano de la Ciudad de Nueva York: el honorable Michael R. Bloomberg (que no es ningún demócrata, por lo general más desprendidos en cuanto a desembolsos universitarios).9 A diferencia de América Latina, en donde el neoliberalismo se identifica como un proceso marcadamente finisecular, en los Estados Unidos data de antes, de políticas adelantadas por la administración Nixon luego del auge comunitario de los sesenta, mediante las cuales se comenzó a atacar y disminuir la envergadura del estado del bienestar norteamericano, dando inicio a un proceso de desmantelamiento continuado por gobiernos de ambos partidos (Reagan, Bush, Clinton, etc.). Desde esa fecha, una vez tomada en cuenta la inflación, el ingreso promedio de buena parte de la población norteamericana se ha mantenido constante, sin aumentos ni descensos. El ingreso de un muy bajo porcentaje de la población —aquélla con la sartén por el mango, por decirlo de alguna manera—, en cambio, se ha incrementado de manera exponencial, culminando en el consabido uno por ciento de la población.10 Y un corolario de semejantes estratagemas neoliberales ha sido, desde el puro comienzo, el enfoque en una creciente burocratización y privatización del medio académico estadounidense, en busca de un mecanismo mediante el cual se pudiera contrarrestar los arrojos de las humanidades y las ciencias sociales, empecinadas en transformar una cultura obcecada en cuanto al cambio cultural y de “valores” —léase, en busca de mayor tolerancia a la diferencia de etnicidad, raza, clase y género, y de una mayor equidad social—.

Luego, al ser convocado a un simposio enfocado en los estudios culturales latinoamericanos en el siglo XXI, se me ocurre que no resulta verosímil ni propicio desligar estos hechos. La creciente desestatificación del medio académico norteamericano (para un buen número de entidades docentes públicas, el apoyo estatal ha disminuido de manera alarmante, de forma que apenas califiquen como instituciones oficiales), según la cual todo es vislumbrado como oportunidad cambiaria tras la exigencia de un rendimiento utilitario inmediato, con sus consecuentes corolarios ―la desprofesionalización y el empobrecimiento extensivo del profesorado y la toma institucional por parte de una clase administrativa (modelo adoptado al dedillo por el estado de Georgia, mi lugar de residencia, en donde, según un reciente artículo de The Chronicle for Higher Education, la disparidad remunerativa entre el profesorado y la casta administrativa alcanza índices insospechados)11―, nos invitan a pensar acerca de alternativas para nuestro medio, pues dadas las circunstancias, no queda otro remedio que resistir, a la manera de la Kamchatka (2001) de Piñeyro. En un medio en el cual la universidad se convierte cada día más en pieza de engranaje del andamiaje neoliberal, con presupuestos estatales en los que el recorte a la educación superior supera con creces el porcentaje presupuestal destinado al mismo sector (estrategia que equivale a que, en términos elementales, la educación subsidie la inversión en otros sectores de la economía), con estudiantes endeudados hasta la coronilla, profesores sin permanencia o con exiguos recursos y una casta administrativa vendida al mejor postor —de manera recurrente, el provecho corporativo—, los estudios culturales —y los latinos o latinoamericanos, en particular, por tratarse de la etnicidad de mayor crecimiento demográfico en los EE.UU. en los últimos años (y la segunda población hispanohablante de las Américas, tan sólo por debajo de México)— adquieren una mayor vigencia.

¿En qué consistiría una mejor oportunidad de resistencia para una disciplina aún temprana como los estudios culturales latinoamericanos? Sugiero que la supervivencia de nuestra práctica académica depende de aproximaciones particulares, ideadas con el fin de viabilizar los estudios humanísticos en un contexto empecinado en devaluarlos. Propongo que, en primera instancia, para lograr mayor valoración, los estudios culturales latinoamericanos deberían concentrarse en temáticas relevantes a ambos lados del Río Bravo —por decirlo de manera más clara, en temáticas que ostenten una disposición hemisférica—, cerrando la brecha entre los estudios enfocados en las comunidades hispanas en los EE.UU. (los cuales distan de ser privilegio exclusivo de ciertos contingentes puesto que la experiencia migratoria redunda en un fenómeno común tanto para la primera como la segunda generación) y aquellos destinados a asuntos en otros países del hemisferio, pues la implementación de directrices neoliberales no ha disminuido en ninguno de los dos lados de la frontera.

Y sugiero que, en algunos casos, nuestros intereses culturales pudieran enfocarse aún más allá, como en el caso de naciones latinoamericanas que sirven de puentes al intercambio cultural, político y económico entre los EE.UU. y Asia. De hecho, habiendo experimentado una temporada de trabajo en Costa Rica durante el año anterior, tuve oportunidad de apreciar de primera mano cómo la presencia de intereses comerciales orientales tiene impacto incluso sobre la forma de actuar la nación y ensalzar la cultura, pues grandes recitales y encuentros deportivos en San José se realizan en recintos donados, diseñados y construidos por el gobierno de China. En síntesis, China dictamina el ejercicio de costarriqueñidad, desde los vehículos oficiales —donaciones de radiopatrullas y autos para la cancillería— hasta un dudoso Barrio Chino en el corazón de la capital tica. Es por ello que, de manera escueta, me atrevo a argumentar que el enfocarse en asuntos de índole hemisférica o intercontinental redunda en beneficio de cualquier disciplina, pues sugiere una imagen facultativa más amplia y efectiva, logrando relacionarse con una mayor variedad de nacionalidades, sirviendo de puente al conocimiento inter-hemisférico y, por ende, ofreciéndose de forma atrayente a quienes esgriman disposiciones globales. En otras palabras, sería tanto la sustancia de nuestro estudio como la forma en la que pudiéramos hacerlo lo que facilitaría un mayor relieve a corto y mediano plazo.

Con respecto a asuntos de método, abogo por un creciente pragmatismo en los estudios culturales. Por esta precisa razón, tocaría hacerle el juego al contrario (en nuestro caso, las disciplinas con presupuestos de mayor envergadura) y “endurecer” nuestros estudios, incorporándoles un mayor y más sustancioso contenido de campo, de manera análoga a las ciencias sociales o exactas. Si hay quienes argumentan a favor de concentrarse en el trabajo teórico, de campo, cultural y sobre la cuestión indígena, en una tipificación dilatada y traslapada, yo argumentaría invariablemente a favor de temáticas en las que el trabajo de campo combine de forma práctica los intereses identitarios y las políticas estatales con el fin de incrementar el perfil de notabilidad de los estudios culturales latinoamericanos. Ya es hora de que funcionarios y burocracia admitan el aporte de los estudios culturales, por encima de teorizaciones adustas o políticas irrealizables. En este sentido, ¿qué mejor carta de presentación que un concienzudo trabajo de campo?

No atravesamos momentos para sumirnos en teorizaciones autistas. La crisis económica nos exige una respuesta categórica y competente, mediante la cual la funcionalidad del humanismo se ponga en evidencia. Para decirlo de manera prosaica: el argumento principal del neoliberalismo es que el humanismo carece de dimensión utilitaria, evocando más de cien años después las elitistas objeciones de José Enrique Rodó. Lo utilitario no es pecado, siempre y cuando devengue en beneficio de la población general, con la consecuente mejoría en el nivel de vida (esa ha sido la estrategia de las universidades estadounidenses, responsables del ascenso económico y comercial de la nación por espacio de buena parte del siglo previo; desde el aprovechamiento de plásticos hasta el uso de Internet). Es nuestra responsabilidad corregir y denunciar semejante equívoco. Quedarnos callados, ensimismados en nuestros estudios de prácticas diversas, equivale a legitimar dichas críticas. En este sentido, conviene una disposición diligente y preventiva (proactiva, reitero). De igual manera, con el objeto de ser prácticos, semejante resistencia se acogería a un esquema de fuerza débil, intentando no despertar coletazos reaccionarios en otras disciplinas o estamentos. La oposición frontal, bien lo confirma la práctica, suele engendrar una creciente autentificación de adversarios. Por ende, una resistencia débil, orientada hacia una negociación benéfica de diferencias, se ofrece más provechosa. Ceñirse a este modelo significaría comenzar a producir conocimiento con pautas más fructíferas, muy al estilo del medio coreano.

En tercer lugar, cabría incrementar la disposición colaborativa, que no interdisciplinaria, de los estudios culturales. En otras palabras, el asunto no redundaría ya en la implementación de esquemas interpretativos integradores —sumando mensajes de otras disciplinas al razonamiento culturalista—, sino en una práctica menos dispuesta a enfrascarse en discusiones baldías, menos insular, más en sintonía con los intereses de otras disciplinas a la hora de evaluar entornos —es decir, laborando de manera franca con profesionales de otras áreas, a la usanza de los colegas de Oriente—. Los estudios culturales latinoamericanos poseen todo lo necesario para justificar su presencia en un amplio marco de escenarios investigativos, sin atisbos de complejo de inferioridad. De allí que, como disciplina académica, nos resulte clara nuestra significación en una variedad de alrededores. Sin embargo, dicha resonancia no es igualmente evidente para colegas de otras disciplinas. Hace falta toda una obra de divulgación a este respecto, en particular porque el desarrollo político de las décadas recientes ha conducido a la satanización de la dimensión cultural de ámbito político (culture wars, culture warrior, etc.)

Estas tres delineaciones, las cuales parecieran caer por su propio peso, resultan ser en realidad mucho más complejas de lo pensado. A los estudios culturales latinoamericanos nos hace falta una mayor disposición pedagógica. No me refiero a nuestros estudiantes. Me refiero a nuestros correspondientes estamentos administrativos y colegas de academia. Conjeturo que no hemos presentado el mejor de los casos a la hora de explicar en qué consiste nuestro quehacer. Lo digo por experiencia propia: muchos de nuestros superiores no comprenden en qué consiste nuestra labor, qué tiene que ver con el diario vivir y qué tan valioso puede ser nuestro aporte en una variada gama de campos. Tan empecinados hemos estado en educar a nuestros semejantes —al fin y al cabo, se supone que nuestros estudiantes algún día nos reemplazarán: una auténtica antilogía escolástica—, que nos hemos olvidado de sugerir lo meritorio que sería realzar el grado de comprensión cultural de profesionales de otros campos. Al contemplar los estudios culturales latinoamericanos bajo esta óptica, se abren un gran número de oportunidades, todas orientadas de una manera u otra a una mejor comunicación con América Latina. En vez de indignarnos por imperialismos fortuitos o manipulaciones económicas, mejor haríamos con educar a quienes se preparan para servir de puntos de contacto entre el mundo angloparlante y Latinoamérica desde una multiplicidad de perspectivas —ciencias políticas, administración de empresas, biología, comunicaciones, economía, etc.—, con el fin de maximizar el rendimiento del recurso humano de ambas partes. Ésta es una labor loable y consecuente. Es en este sentido en particular —me atrevo a conjeturar— que los estudios culturales latinoamericanos podrían hacer un aporte según el cual la funcionalidad humanística resultaría incuestionable por mentes contables.

Un aspecto suplementario significativo de los estudios culturales es su disposición a una cierta practicidad, es decir, la capacidad de imaginarse más allá de una constitución netamente académica, con pretensiones de intervención política y crítica participativa. Fundamentándose en nociones gramscianas, los estudios culturales entienden lo político y lo cultural como dimensiones mutuamente constitutivas, en estrecha ligazón, de manera que la producción del conocimiento se halle íntimamente articulada a la práctica de lo político. Luego, convendría anticipar qué tipo de suerte podría correr una práctica catedrática incipiente, diseñada para contrarrestar los excesos de medios institucionalizados. Por otro lado, la institucionalización de la disciplina presenta el reto típico de quien, habiendo logrado un aporte al diálogo o la interlocución escolástica, se plantea la cooptación por parte del estamento educativo. Los estudios culturales contienen en su germen el cuestionamiento epistemológico e institucional de discursos establecidos, en muchos casos ligados al pensamiento convencional encarnado en toda serie de disciplinas letradas —muy en particular, la de la literatura—. Latinoamérica se ha regocijado a veces cuando el prestigio literario y el poder político se han unido (como en el caso de Rómulo Gallegos en Venezuela o de Sergio Ramírez en Nicaragua). No abogo por algo análogo para los estudios culturales, mas sí mantengo que convendría aventurarnos un poco fuera del ámbito estrictamente docente. Luego, el lógico paso a seguir involucraría una interrogación sobre cómo avanzar en materia de aporte sin hacerse partícipe de la legitimación y el apoyo institucional (en particular, en los casos divergentes). La estrategia más fehaciente, se me hace a mí, es la de no hacer alardes, la de promover una fuerza débil, quizás más eficaz a la hora de lidiar con ciertas temáticas que una oposición frontal. Hablar del desarrollo de los estudios culturales latinoamericanos, incluso cuando no se ofrece un breve recuento historiográfico (pues dicha intentona conllevaría un riesgo totalizante, según el cual no aparecerían todos los que son ni serían todos los que están), no encierra una apuesta mercenaria. Si acaso, sugiere un acercamiento interpolado y receloso al quehacer investigativo.

Asimismo, la institucionalización de los estudios culturales en sí presenta un reto para quienes hemos laborado bajo la divisa de la subversión docente, es decir, con el objetivo de minar y socavar los cimientos de los relatos maestros o grandes narrativas, pues a raíz del logro relativo de nuestros esfuerzos corremos el riesgo de generar un relato maestro propio, pleno de salvedades y atenuantes, como es el caso inconfundible de cualquier forma de conocimiento en su etapa menos imberbe. De ahí que esta argumentación exteriorice un afán de acompañamiento tan ecléctico, más que dispuesto a colaborar con otras disciplinas, de la misma manera que lo he intentado en varias de mis publicaciones: sirviendo de guía y acólito, que no de principio rector. El objeto de proponer reciprocidad o concurrencia es el de sugerir la trascendencia de los estudios culturales sin orientarse hacia una delimitación excesiva de la práctica crítica.

En un artículo de 2006, dos años antes del desplome de la economía, el catedrático norteamericano Lawrence Grossberg especula acerca del futuro de los estudios culturales angloparlantes.12 Grossberg sitúa los estudios culturales en una encrucijada y habla de una crisis, sugiriendo que el reto de los mismos es el de definir un nuevo tipo de modernidad, en la que el neoliberalismo anglosajón, que encarna la ideología de una particular alianza de facciones capitalistas, se vislumbre como el enemigo a contrarrestar. Se me ocurre que las teorizaciones de Grossberg tienen algo de fatalismo lúcido y anticipatorio pues, años antes de la verdadera crisis, enfatizan el nexo entre el neoliberalismo estadounidense y el mal momento que atravesaría su economía. En el caso de los estudios culturales latinoamericanos (afincados en los EE.UU.), la encrucijada es doble: hacemos frente a los embates del neoliberalismo latinoamericano en nuestra producción escolástica mientras que, de manera simultánea, sufrimos las consecuencias del mismo modelo en nuestra vida cotidiana. No queda más alternativa que hacer frente común ante la hostilidad y oponerse a la implementación de una nueva lógica en torno a política, cultura y economía.

Notas


1 Dentro de la historia de dicha institución, de manera característica al significado de la educación superior en Corea, se destaca el hecho de que fue fundada en 1905 por el tesorero del imperio coreano bajo la noción de que “la educación salva a la nación”. Por tanto, se liga de forma estrecha el desarrollo de la comunidad imaginada al progreso del medio académico. A este respecto, ver el apartado de historia institucional en <http://www.korea.edu/>.

2 El lema de la Universidad de Corea se resume en una voz anglosajona: proactive.

3 García Canclini, Néstor. Consumidores y ciudadanos: conflictos multiculturales de la globalización. México D.F.: Grijalbo, 1995.

4 Bradsher, Keith. “Next Made-in-China Boom: College Graduates”. The New York Times. 16 de enero de 2013. Disponible en <http://www.nytimes.com/2013/01/17/business/chinas-ambitious-goal-for-boom-in-college-graduates.html?pagewanted=all>.

5 A este respecto, ver los indicadores sociales según las Naciones Unidas en <http://www.unpan.org/Regions/AsiaPacific/PublicAdministrationNews/tabid/115/mctl/ArticleView/ModuleId/1467/articleId/18415/South-Korean-Social-Indicators-in-2008.aspx>.

6 A este respecto, ver el mapa interactivo en The Chronicle of Higher Education en <http://chronicle.com/article/Interactive-Map-Proportion-of/65009/>.

7 A este respecto, conviene ver el mapa interactivo de Index Mundi en <http://www.indexmundi.com/map/?v=69>.

8 Ver la cobertura correspondiente en The Atlanta Journal-Constitution en <http://www.ajc.com/news/news/local/emory-university-to-eliminate-programs/nSByn/>.

9 A este respecto, ver las declaraciones de Bloomberg en el momento de anunciar una reciente donación a la Universidad de Johns Hopkins en The Chronicle of Higher Education, en el artículo titulado “Bloomberg Discloses That He’s Given More Than $1 Billion to Johns Hopkins U.”. Disponible en  <http://chronicle.com/blogs/ticker/jp/michael-bloomberg-discloses-that-hes-given-more-than-1-billion-to-johns-hopkins-u>.

10 A este respecto, conviene ver los planteamientos del ex Secretario de Trabajo de la administración Clinton, Robert Reich, en su charla acerca de la desigualdad económica estadounidense para el sistema televisivo de la Universidad de California en Berkeley, disponible en el servicio universitario de iTunes.

11 Ver “Great Colleges to Work for 2012”, The Chronicle of Higher Education, volumen LVIII, número 43, 10 de agosto de 2012, pp. A11-A33. En cifras generales, los administradores tienden a tener mejores ingresos que el profesorado. Sin embargo, la disparidad es a veces mayúscula. En el Instituto Tecnológico de Georgia, por ejemplo (la única institución pública del estado de Georgia incluida en el recuento) el salario promedio de un administrador es $223,312, mientras que para el profesorado es $95,209; dicha tendencia se extiende a través del sistema estatal de Georgia. Sin embargo, también hay a veces disparidades en sentido opuesto en estados más progresistas: en Hofstra o NYIT en Old Westbury, el profesorado devenga mejor salario que los administradores ($103,872 vs. $109,442 en Hofstra y $91,000 vs. $113,500 en NYIT).

12 Grossberg, Lawrence. “Does Cultural Studies Have Futures? Should it? (Or What’s the Matter with New York?”, Cultural Studies, volumen 20, número 1, enero de 2006, pp. 1-32.